El primer encuentro con la vida militar
Después de haber sido aceptado para realizar el curso de suboficial, nos concentraron en el Distrito Militar de mi ciudad. Éramos más de veinte jóvenes, todos aproximadamente de mi misma edad, reunidos con un mismo propósito y un mismo sueño. Nos subieron a un bus contratado por el Ejército Nacional que nos llevaría hasta Melgar, Tolima.
Antes de subir, tuve que despedirme de mi mamá. Aquel momento quedó grabado en mi memoria. No sabía cuánto tiempo pasaría antes de volver a verla ni todo lo que encontraría en el camino que estaba a punto de comenzar. Sabía que dejaba atrás mi casa, mi ciudad y una parte importante de mi vida.
Iniciamos el viaje hacia Melgar.
Era la primera vez que salía de mi natal Bucaramanga. Me sentía ansioso, pero al mismo tiempo profundamente feliz. Por fin estaba comenzando la etapa que tanto había soñado. Quería ser militar. Sabía que el camino no iba a ser fácil, que tendría que enfrentar disciplina, sacrificios y momentos difíciles, pero nada de eso me hacía cambiar de decisión. Había esperado mucho tiempo aquella oportunidad y estaba dispuesto a darlo todo.
Después de aproximadamente quince horas de viaje llegamos al Fuerte Militar de Tolemaida.
Para mí, aquel lugar representaba mucho más que una instalación militar. Era, de alguna manera, el símbolo de la vida que había decidido emprender. Cuando el bus comenzó a ingresar, pude observar la inmensidad de sus instalaciones y, por primera vez, sentir de cerca lo que significaba pertenecer al mundo militar.
El calor era intenso, incluso más fuerte que el de mi ciudad natal. Sin embargo, había algo diferente en el ambiente. Era difícil explicarlo, pero se respiraba un verdadero espíritu de milicia. A nuestro alrededor se veían jóvenes uniformados corriendo y marchando bajo aquel sol implacable. Se escuchaban los cantos militares de quienes realizaban sus entrenamientos y el sonido de las voces de mando acompañaba nuestro recorrido.
Yo observaba todo desde la ventana del bus.
Mientras avanzábamos, sentía que aquel vehículo no solamente nos estaba llevando a una escuela militar; nos estaba conduciendo hacia una nueva vida.
Todos los que viajábamos en aquel bus teníamos el mismo sueño: convertirnos en militares del Ejército Nacional de Colombia.
Después de unos treinta minutos nos ordenaron bajar. Al hacerlo, nos encontramos con una escena que jamás había imaginado. Éramos más de novecientos jóvenes provenientes de diferentes regiones del país. Había muchachos de todas partes de Colombia, cada uno con su propio acento, sus costumbres, su forma de hablar y las experiencias de vida que traía desde su tierra.
Sin conocernos, todos estábamos allí por la misma razón.
Nos organizaron alfabéticamente y posteriormente fuimos distribuidos en diferentes compañías. A mí me correspondió la Compañía Nariño, conformada por aproximadamente 143 jóvenes.
Después de la organización inicial nos entregaron nuestra dotación y nos llevaron al alojamiento. Allí encontramos nuestras literas, unos catres metálicos de dos niveles que serían nuestro lugar de descanso durante nuestra permanencia en la escuela.
Compartí el catre con un joven proveniente de Montería, Córdoba. Era alegre, despreocupado y tenía una personalidad muy diferente a la mía. Sin embargo, desde el primer momento encontramos algo que nos unía: los dos estábamos allí con el mismo sueño.
Esa noche, después de todo lo vivido durante el día, pensé que finalmente tendríamos unas horas para descansar.
Me equivoqué.
Eran aproximadamente la una de la madrugada cuando, de repente, se encendieron las luces del alojamiento. Inmediatamente se escuchó el fuerte sonido de una corneta. Al mismo tiempo, un suboficial comenzó a gritar:
—¡Todos afuera! ¡A formar! ¡Uno detrás de otro!
La tranquilidad desapareció en cuestión de segundos.
El calor había sido tan intenso que apenas había podido dormir, pero aquella situación hizo que me levantara rápidamente. Sin saber exactamente qué estaba pasando, salí junto con mis compañeros y nos formamos como nos habían ordenado.
Aquella fue nuestra bienvenida.
Desde aproximadamente la 1:30 de la madrugada hasta las 4:30 de la mañana realizamos ejercicios físicos. Corrimos, hicimos diferentes actividades y recibimos nuestras primeras instrucciones bajo las voces de mando de los instructores.
La noche comenzó a desaparecer lentamente y, mientras el cielo empezaba a aclarar, nosotros continuábamos entrenando.
Para muchos de nosotros aquella fue una sorpresa. Para mí fue la primera demostración de que la vida militar sería completamente diferente a todo lo que había conocido hasta ese momento.
Así comenzó nuestra primera noche en la Escuela Militar de Suboficiales.
Yo había llegado con un sueño: convertirme en militar