Tenía dieciocho años cuando terminé el colegio en Bucaramanga, Santander. Era el cuarto de cinco hermanos y vivía junto a mi familia en un hogar que, como muchos otros, había tenido que enfrentar momentos difíciles. Mi padre había fallecido pocos años atrás, y mi madre tuvo que asumir responsabilidades para las que nunca se había preparado. Le tocó trabajar en labores que jamás había realizado, luchando cada día para sacar adelante a sus hijos.
Yo, como muchos jóvenes de mi edad, no tenía muy claro qué quería hacer con mi vida. Sentía la necesidad de buscar mi propio camino, de salir de mi ciudad y conocer mi país. Soñaba con recorrer Colombia, descubrir nuevos lugares y enfrentar experiencias diferentes. Sin embargo, nuestra situación económica no nos permitía hacer realidad fácilmente esos sueños.
Después de pensar en diferentes posibilidades y buscar un rumbo para mi futuro, tomé una decisión que cambiaría por completo mi vida: intentaría ingresar al Ejército Nacional de Colombia.
Desde muy joven había sentido admiración por los soldados. Siempre tuve una vocación de servicio y el deseo de vestir el uniforme. Por eso, en varias oportunidades intenté presentarme para prestar el servicio militar. Sin embargo, fui rechazado en cada uno de mis intentos.
Cada rechazo fue una frustración. A pesar de ello, mi deseo de ser soldado nunca desapareció. Por el contrario, cada vez que me decían que no, sentía con mayor fuerza que ese era el camino que quería seguir. Durante seis meses continué pensando en la posibilidad de ingresar al Ejército, sin saber si algún día tendría la oportunidad de cumplir aquel sueño.
Un día pasé nuevamente por un distrito militar. Algo dentro de mí me decía que esa vez sería diferente. Sentía una seguridad difícil de explicar, como si el destino me estuviera dando una nueva oportunidad.
Y así fue.
Pero esta vez no era para prestar el servicio militar.
La oportunidad que se presentaba ante mí era mucho más grande de lo que había imaginado: podía presentarme para realizar el curso de suboficial del Ejército Nacional de Colombia.
Sin pensarlo demasiado, decidí intentarlo.
Después de presentar los exámenes médicos y psicológicos y superar el proceso de selección, recibí la noticia que durante tanto tiempo había esperado: había sido aceptado.
Mi sueño comenzaba a convertirse en realidad.
Ingresaría a la Escuela Militar de Suboficiales, ubicada en el Fuerte Militar de Tolemaida, en Melgar, Tolima. Sin saberlo todavía, aquel joven de dieciocho años que quería salir de Bucaramanga para conocer Colombia estaba a punto de comenzar un camino que le cambiaría la vida para siempre.
Un camino lleno de disciplina, sacrificios, alegrías, dificultades, compañeros que se convertirían en hermanos y experiencias que quedarían marcadas para siempre en mi memoria.
Ese fue el comienzo de mi vida militar.