Dark Lord siempre había pensado que había algo extraño en él.
No porque quisiera ser diferente, sino porque, desde que tenía memoria, veía cosas que los demás aseguraban que no existían.
Era un joven disléxico, algo que muchas veces hacía que las palabras parecieran jugarle malas pasadas. Sin embargo, había algo mucho más extraño que confundir letras o perderse entre líneas: sus ojos parecían ver un mundo que permanecía invisible para todos los demás.
Pegasos cruzando el cielo entre las nubes.
Unicornios que aparecían durante unos segundos entre los árboles.
Fénix que ardían con llamas doradas y desaparecían antes de que pudiera acercarse.
Y, algunas noches, criaturas hechas de sombra que caminaban silenciosamente por las calles.
Lo más extraño era que no le daban miedo.
Aquellas criaturas eran majestuosas.
Algunas parecían observarlo.
Como si lo reconocieran.
Dark Lord vivía con su madre en Nueva Jersey, en una casa sencilla donde la vida transcurría con una tranquilidad casi normal.
Casi.
Porque para Dark Lord, lo normal había dejado de existir hacía mucho tiempo.
Tenía el cabello negro como la noche y unos ojos rojizos, intensos como la sangre viva. Era un poco más alto que el promedio para su edad y caminaba con una seguridad tranquila, como si siempre estuviera esperando que algo apareciera detrás de la siguiente esquina.
En la escuela, sin embargo, no era precisamente popular.
Los demás jóvenes lo consideraban extraño.
—Ahí viene el raro —murmuraban algunos.
Dark Lord fingía no escucharlos.
Había aprendido a hacerlo.
Cuando hablaba de los animales que veía, se reían.
Cuando decía haber visto un Pegaso sobre los edificios, se burlaban.
Cuando intentaba describir a las criaturas de sombra, algunos incluso comenzaron a imitarlo.
Así que dejó de hablar.
Guardó aquel mundo para sí mismo.
Hasta que un día llegó Nebado.
Fue imposible no notarlo.
Era completamente blanco, pero no de un blanco común. Su piel parecía reflejar un suave resplandor, semejante al de la luna cuando ilumina un lago durante la noche.
Sus ojos eran profundos y misteriosos, como el lago más hermoso que Dark Lord hubiera visto jamás.
Y era altísimo.
Mucho más alto que cualquier otro joven de la escuela.
Además, era ruso.
Pero había algo en él que llamó especialmente la atención de Dark Lord.
No era su apariencia.
Era la manera en que Nebado lo miró.
Por primera vez en su vida, alguien observó a Dark Lord sin reírse.
Sin señalarlo.
Sin llamarlo raro.
Nebado simplemente lo miró fijamente durante unos segundos.
Luego dijo, con una calma inquietante:
—Tú también los ves, ¿verdad?
Dark Lord se quedó completamente inmóvil.
Sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Ver qué?
Nebado miró hacia la ventana.
Afuera, entre las nubes, algo enorme acababa de pasar volando.
Dark Lord lo había visto.
Pero esta vez...
Nebado también.
Y por primera vez, Dark Lord comprendió que quizá nunca había estado imaginando aquellas cosas.
Quizá el mundo que todos llamaban imposible...
era el verdadero mundo.
Y él acababa de encontrar a la primera persona capaz de verlo. 🌑