Hoy me arme de valor y me acerqué a hablarle. A la chica de las pecas, de los ojos azules y el cabello teñido por el color del fuego.
Le hablé de ti. Le conté la historia de la banca, de las cartas cruzadas sobre el océano, y de cómo me enamoré perdidamente de una presencia sin rostro.
Ella se limitó a escucharme en silencio. No interrumpió, no pareció sorprendida. Al final, solo dibujó una sonrisa pausada. Una sonrisa tan serena que pareció contener, de pronto, todas las respuestas que estuve buscando durante años.