El mundo no se detuvo, pero el tiempo sí… por completo… para mí.
Ahí estaba, inmóvil, parada frente a un umbral. Una fina línea de luz cortaba, sin piedad alguna, una vida a la mitad. Como dos espejos enfrentados que reflejan una misma realidad con matices opuestos: la vida y la muerte; la ilusión y la decepción; el deseo y la desesperación. De un lado, una vida plena; en el reflejo, solo escombros.
El umbral comenzó a desvanecerse. El tiempo avanza lento, frágil y doloroso.
Debo moverme, pero el cuerpo no responde como debe. No es solo dar un paso: es caminar sobre sombras en un paisaje desolador. Todo está igual, pero nada va a volver a ser lo mismo.
Mi pecho comenzó a agrietarse. Un vacío enorme lo invadió, el aire pasaba con dificultad y mi estómago se cerró por completo. La herida estalló en un llanto desgarrador.
Mi duelo comenzaba.