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El Viaje que no termina

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El Viaje que no Termina

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El Viaje que no Termina

Pequeño ensayo sobre el arte de ir sin llegar

Hay frases que no se leen, se sienten. Que entran por los ojos y se

quedan a vivir en el pecho, como un inquilino silencioso que de

repente, un día cualquiera, se levanta y le habla a uno con la voz de

los viejos. Eso me pasó con una frase de Juan Carlos Dávalos: "Yo

no viajo por llegar. Viajo por ir." No es una frase, es un

testamento. Es la llave de una puerta que todos, en el fondo, sabemos

que existe, pero que la "Religión del Algoritmo" se ha empeñado en

tapiar con ladrillos de ansiedad y zanahorias de cartón.

Mi abuelo Juan Cancio lo decía a su manera, sin tanta poesía pero

con la misma sabiduría de "culo en tierra". Él no hablaba de viajes,

hablaba de la vida. Le bastaba con ver a un hombre corriendo como

loco tras un peso para sentenciar: "Ese no sabe pa' dónde va, pero va

con afán y ese afán lo esclaviza". Yo, de niño, no le entendía. Hoy,

viendo a la humanidad trotando detrás de un "me gusta", lo entiendo

todo.

Porque eso es lo que nos han vendido: la vida como una carrera. La

meta, el éxito, el llegar. Nos metieron en la cabeza que el viaje es un

estorbo, un mal necesario, un peaje aburrido que hay que pagar para

alcanzar la cima. Y en esa estafa nos robaron lo único que teníamos:

la observación placentera de la vida y su paisaje.

La "Religión del Algoritmo" es la fábrica de esa mentira. Es el nuevo

púlpito que nos predica un falso cielo hecho de métricas y

vanidades. Nos dice que "llegar" es tener más, aparentar más,

consumir más. Y nosotros, como autómatas, corremos. Corremos sin

mirar el camino, sin oler la lluvia, sin detenernos a escuchar el canto

de un pájaro. Corremos persiguiendo una zanahoria que se aleja cada

vez que damos un paso. Corremos hasta que el corazón revienta y las

piernas flaquean. Y justo en ese instante, cuando ya no hay fuerza

para correr, entendemos la verdad más simple: que la vida no era la

meta, era el camino.

Viajar por ir es la herejía suprema contra el "dios distorsionado". Es

detenerse en la curva, no para hacer una foto, sino para llenarse los

ojos. Es perderse de vez en cuando, sabiendo que no hay peor

extravío que el de andar siempre por la autopista recta y triste de la

prisa. Es entender que el destino es una excusa, y que lo

verdaderamente sagrado es el movimiento, el aprendizaje, la

sorpresa.

Yo, en mi vagancia, he aprendido a viajar por ir. No soy un magnate

ni un influencer. Soy un "vago" que lee un poco y despacio, que

piensa y que escribe aunque sean chcocheras de viejo vago. Un

artesano de la palabra. Y en ese viaje sin prisa he encontrado los

tesoros que la "plaga" no puede comprar: la sonrisa de un nieto y de

mis hijos, el abrazo de una esposa en una cocina, el olor del pan

recién horneado y la tinta de un libro. El sabor del presente, que es el

único paraíso que no se devalúa.

Por eso, cuando la "Patrona Naturaleza" decida que el último

cronista exhale su último suspiro, no habrá meta que valga, ni trofeo,

ni cuenta bancaria. Solo quedará el eco de los pasos que dimos por el

camino, el rastro de las semillas que sembramos. Y quizás, en algún

taller futuro, otro "vago" lea esta frase y entienda, por fin, que viajar

por ir es la única forma de no llegar nunca a la muerte, porque se

vive en cada paso.

Mientras tanto, yo me quedo con mi café, con mi cuaderno y con la

certeza de que, por un instante, fuimos el espejo donde la vida se

miró a sí misma. Y eso, para mi ya es ya, es un destino.

Chocheras de Vago Viejo.

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