Daime es el único que insulta a la Madre y aun así sigue hablando con las palabras de ella: juguete, hijo, pertenecer. Hasta el desprecio le sale en el vocabulario que le dieron. Donde yo crecí se aprendía pronto que la rabia contra lo oficial también usa palabras prestadas, por eso la escena del hospital me la creo. A Gene lo quemaron por blasfemia; Daime blasfema en una chabola y nadie se molesta en quemarlo.
Capítulo 12: El juicio de Gene… y el Refugio — Parte 3 (Final)
Pensamiento
Daime es el único que insulta a la Madre y aun así sigue hablando con las palabras de ella: juguete, hijo, pertenecer. Hasta el desprecio le sale en el vocabulario que le dieron. Donde yo crecí se aprendía pronto que la rabia contra lo oficial también usa
Contenido de la publicación
El almacén — La música prohibida
Theo y Ceres eran una simbiosis enfermiza.
El deseo, el poder, el estatus, la arrogancia y el control absoluto palpitaban entre ambos, alimentados por el odio.
Sus ojos centelleaban: los negros e insondables de Theo, capaces de devorar un alma, y los inmensos ojos azules de Ceres, que parecían abarcar el cielo entero. Bastaba un instante para que ella, con aquella mirada, cazara secretos, detectara mentiras y arrancara miedos. Theo, por su parte, no quería limitarse a mirarla: quería volver a consumirla, como aquella noche.
Pero su nombre pesaba.
Ceres.
El mismo de la Madre, inmaculado y canonizado por todos los ciudadanos. Desearla también era un sacrilegio. Aun así, el magnetismo era inevitable.
Allí estaban dos campeones.
Ambos tenían el cabello negro atravesado por un mechón blanco: marcas diferentes que se tocaban como si fueran destino. El de ella, fruto de una travesura que simbolizaba el renacimiento: de Silencium a la ciudad de Ceres. El de él, un mensaje al mundo, un recuerdo del dolor convertido en fuerza.
Theo sabía canalizar el odio como pocos. No lo veía como un enemigo, sino como combustible, como un peldaño hacia algo más grande. Precisamente aquella resiliencia había fascinado a Ceres desde los tiempos del colegio. Su mechón blanco era, en parte, un homenaje secreto a él: a la manera en que transformaba el dolor en liderazgo.
Y ahora, allí, frente a frente, ambos lo sabían: el odio que los impulsaba también podía ser el vínculo que los unía.
Ana observaba a escondidas, devorada por las sombras del pasillo. El brillo hambriento de los ojos de Theo y Ceres la hería como una hoja invisible. Aquella tensión, aquel fuego que nacía entre ellos… ella ya lo conocía.
Era el mismo fuego que una vez había sentido junto a Daime. Antes del accidente. Antes de la silla de ruedas.
Eran ellos quienes se buscaban de aquella manera, quienes incendiaban el mundo dentro y fuera de las canchas, líderes de sus equipos, símbolos de orgullo y desafío.
Ahora, ver a Theo y Ceres era como enfrentarse a un espejo hecho añicos: fragmentos de un pasado que no volvería.
Ana sintió un vacío en la boca del estómago, una nostalgia tan cruel que estuvo a punto de delatar su presencia. Pero, en lugar de hacerlo, respiró hondo, cerró los puños y se alejó en silencio, dejando atrás aquella escena cargada de deseo y poder.
Mientras los gritos de la afición resonaban afuera como un mar embravecido, Ana caminaba sola por el pasillo, llevándose consigo el recuerdo de Daime y la herida abierta de aquello que había perdido para siempre.
Al final del pasillo, frente a la estrecha puerta de un almacén olvidado, Theo tomó una decisión.
Con un movimiento brusco, agarró a Ceres del brazo y la arrastró hacia dentro.
Ceres fue tomada por sorpresa. El impacto le recorrió la piel como una descarga eléctrica.
Su corazón se aceleró, pero no había miedo. Era otra cosa: un escalofrío angustioso, impaciente, como si todo su cuerpo hubiera estado esperando precisamente aquel instante.
En la oscuridad, apoyada contra las frías estanterías repletas de cajas, se dejó llevar. No se resistió. Desde aquella noche en la piscina, cuando ardieron más que las llamas de la ejecución de Gene, había estado esperando que Theo tomara aquella iniciativa que tanto tiempo llevaba evitando.
Ahora ya no había vuelta atrás.
Los ojos negros de él ardían de deseo y odio; los de ella, azules e inmensos, reflejaban el mismo fuego.
Era como si el destino los hubiera empujado hacia aquel espacio estrecho, donde ya no existían el juego, la afición ni el liderazgo: solo la inevitabilidad de consumirse el uno al otro.
Theo sostenía un viejo reproductor portátil de casetes, prohibido por reproducir canciones de la «lista negra».
La cinta ya estaba girando cuando cerró la puerta.
—Si ya no quieres nada en este instante… aléjate para siempre. O quédate —dijo con firmeza, ofreciéndole uno de los auriculares.
Ceres lo miró a él y luego al auricular. Por un segundo pensó en darse la vuelta. Pero no lo hizo.
Tomó el auricular con delicadeza y se lo puso en el oído.
La suave y prohibida melodía de Stay, de Sister Shakespeare, llenó el silencio del almacén.
Era tan hermosa que casi dolía.
Theo cerró los ojos por un instante. Ceres hizo lo mismo.
No dijeron nada más. Solo escucharon.
En aquel instante, toda la competencia, toda la rabia y toda el ansia de vencer quedaron al otro lado de la puerta.
Solo estaban ellos dos y la música.
Después, en el mismo almacén, el olor a sudor y metal viejo permanece en el aire. Theo entra primero, jadeando, con el uniforme manchado de tierra y sangre seca en la comisura de los labios. Dark está apoyado contra un armario, haciendo girar entre los dedos la medalla abollada, sin mirarlo.
—¿Quieres quedarte aquí o terminar lo que empezaste en el campo? —dispara Theo, con la voz baja y cargada de tensión.
Dark levanta la mirada y esboza una sonrisa torcida.
—Siempre me ha divertido verte intentar hacerte el santo, príncipe —levanta la medalla—. ¿De verdad crees que la Madre te ama por eso? Solo estás retrasando lo inevitable.
Theo no responde. Se acerca despacio, con la respiración pesada. Dark deja caer la medalla al suelo, que resuena con un tintineo metálico.
—Crees que soy un aborto de la naturaleza, ¿verdad? —gruñe Dark—. Que solo sirvo para ser su mascota. Puedes decirlo.
—No —replica Theo con firmeza—. Creo que eres todo lo que yo podría llegar a ser… si dejara de intentar ser mejor.
Por un instante, se hace el silencio. A Dark se le escapa una risa seca. Da un paso hacia Theo, con los rostros a escasos centímetros.
—Entonces deja de mentirte a ti mismo. El caos no muerde. Es cómodo.
Theo traga saliva, pero no retrocede.
Saca del bolsillo el reproductor portátil de casetes y, sin mirar a Dark, introduce la cinta. Uno de los sonidos prohibidos, Right Now, de Korn, resuena por el lugar.
Sostiene el reproductor con una mano y dice:
—Si no quieres nada más que esto… vete ahora. O quédate. Y que la Madre nos devore después.
Dark permanece inmóvil, mirando fijamente a Theo, como si todavía estuviera decidiendo si matarlo o no. Después, lentamente, se apoya contra el armario y se desliza hasta sentarse en el suelo. Cierra los ojos y deja que la música llene el silencio.
Theo hace lo mismo, al otro lado.
No se tocan. No se miran.
Pero, por primera vez, no hay nada que decir.
La Madre Ceres observa
En el gimnasio vacío, con las luces ya apagadas para la noche, solo los Silenciadores seguían patrullando.
Pero ella estaba allí.
Nadie vio su rostro. Nadie lo veía jamás.
Solo la sombra proyectada en lo alto de la galería, la figura majestuosa e inhumana de quien siempre observa, incluso cuando nadie cree estar siendo vigilado.
Allá abajo, cada uno siguió su camino:
Theo, llevando en el pecho la decisión de ser un loco… y medio, para domar a su lobo.
Dark, con la medalla abollada en el bolsillo, trofeo de un caos apenas contenido.
La Madre Ceres no se movió.
Solo dejó escapar un sonido bajo para sí misma, quizá un suspiro, quizá una risa contenida:
Madre Ceres — Mis chicos… por fin lo han entendido. Solo florecen en el barro.
Por un instante, su sombra pareció expandirse y contraerse, como una respiración profunda.
Y entonces, silencio.
No quedó nada en el gimnasio: ni sombra ni sonido.
En el fondo de sus almas, ambos sintieron aquella sensación al salir de allí:
Ella lo vio.
Ella lo aprobó.
Ella los alimenta, incluso cuando duele.
Y, en silencio, pensó:
Madre Ceres — Solo así… solo así serán dignos de mí.
La victoria y la sombra
El equipo regresa del campo, cubierto de sudor y envuelto en un silencio tenso. En el pasillo de azulejos de Oplan todavía resuenan los gritos del público. En el vestuario, las medallas provisionales cuelgan flojas sobre sus pechos.
Theo se sienta en el banco y respira con dificultad, dividido entre el alivio de la victoria y el terror de lo que vendrá. Sujeta la toalla con ambas manos, como si fuera un escudo.
Dark, al otro lado, se apoya contra el armario con una sonrisa torcida y la medalla abollada del partido anterior colgada de un cordón improvisado.
—Entonces, príncipe… conseguiste tu golito —dice Dark, escupiendo al suelo—. Pero no lo olvides: la Madre no cría hijos desagradecidos. Todo lo que te da, te lo puede quitar.
El silencio de los demás es sepulcral. Los Silenciadores apostados junto a la puerta refuerzan la sensación: la fiesta ha terminado. Hasta Dark retrocede un paso cuando los hombres se acercan a Theo.
Uno de ellos lo señala.
—Tú. Mañana, corrección.
Theo baja la cabeza, sintiendo un nudo en la garganta. No lucha. No suplica. Se muerde el labio hasta notar el sabor de la sangre.
Ana y Daime: El final que ya ocurrió
Una llovizna cae sobre el patio lateral del colegio, en un rincón que la cámara nunca muestra.
Daime está allí, en su silla de ruedas, con un cigarrillo entre los dedos deformados y una manta gastada sobre las piernas.
Ana, recién llegada del tren blindado de Oplan, camina despacio: vacilante, pero lo bastante decidida como para que él se dé cuenta.
Él la mira de reojo, exhala el humo y comenta con su habitual humor cruel:
—Joder, pensé que venías a desenchufarme. Pero no… aquí sigues, mirándome como si fuera un póster rasgado de lo que alguna vez fui. Y felicidades por la victoria.
Ana no responde de inmediato. Baja los ojos, respira hondo y susurra:
—Todavía te amo, Daime.
Él se ríe. Se ríe a carcajadas, sin control, golpeándose con la mano el muslo inútil.
—Me amas. Ja. Claro que me amas. Hasta yo me quiero cuando olvido lo que soy.
Pero esto ya se acabó, Ana. Se acabó cuando la Madre decidió que iba a ser una rata de laboratorio y no un hombre.
Se acabó cuando empecé a cagar en un pañal. Cuando la puta de mi polla se convirtió en un adorno.
Se inclina hacia delante, con la mirada afilada.
—La lástima no es deseo, Ana. La lástima no es amor. Más te valdría empezar a aficionarte a los hombres de cuatro ruedas, porque yo soy esto de aquí, ¿ves?
[Golpea con fuerza la silla.]
Pero ni siquiera sirvo para prender fuego a la Plaza D.
Ana cierra los ojos, intentando contener las lágrimas.
Daime resopla, agotado, y vuelve a reírse. Esta vez es una risa triste, aunque todavía burlona.
—Solo me río porque es lo único que me queda.
La Madre me lo quitó todo, Ana. Mi pierna, mi futuro, toda mi puta vida. Pero no me quitó el sentido del humor.
Y tampoco me lo quitará. Ni aunque me empujen a las alcantarillas.
Ana abre los ojos y lo mira. Él continúa, más tranquilo:
—Los envidio, ¿sabes? A Theo, a Ceres. Jóvenes, hermosos, deseados, adorados.
Veo a ese chico contigo y pienso… joder, nunca me contestó de mala manera, ni siquiera cuando me lo merecía.
Y no siente lástima por mí.
Por eso me cae bien.
Por eso lo respeto.
Suspira profundamente y mira a Ana a los ojos.
—Pero no soporto que sientas lástima por mí, Ana.
No lo soporto.
Así que hazme un favor, ¿quieres? Espabila. Vete a vivir. Déjame aquí, riéndome de chistes que solo yo entiendo.
Porque si no te alejas de mí… seré yo quien se aleje de ti.
Y, la verdad, ya me alejé hace un año. Eres tú quien no se ha dado cuenta.
Ana se seca las lágrimas con la manga del abrigo. No dice nada.
Solo le roza la mano con suavidad y se aleja despacio, dejándolo allí, solo, pero entero en su propio sarcasmo.
Él enciende otro cigarrillo y murmura para nadie:
—La Madre me lo quitó todo. Pero nunca me quitará esta boca sucia.
Y se ríe. Otra vez. Como quien se ríe para no terminar de morirse.
Ana le toma la mano una última vez. Ya está de pie, dispuesta a marcharse, pero no puede.
Lo mira, con la voz quebrada:
—…Aun así, te amo.
El rostro de Daime, hasta entonces burlón, se contrae. No por desprecio, sino por una rabia triste, impotente, visceral.
Le tira de la mano con fuerza y escupe las palabras al aire:
—¡Vete a tomar por culo, Ana!
Ella no retrocede. No le devuelve la rabia. Simplemente deja que la mano de él se deslice lentamente fuera de la suya.
Una lágrima cae al suelo, silenciosa.
Él suelta una risa amarga, sin mirarla.
—Eso es. Vete a vivir, joder. No mires atrás.
Ana se da la vuelta y se marcha. Camina despacio bajo la llovizna.
Daime permanece allí.
El cigarrillo tiembla entre sus dedos.
La boca todavía le tiembla de rabia.
Los ojos húmedos permanecen fijos en la oscuridad.
Murmura, solo para sí mismo:
—Aun así… yo también.
Y da una calada profunda, como quien intenta matar la nostalgia con nicotina.
Ana salió del cobertizo sin mirar atrás, con los ojos fijos en la nada.
La fina llovizna de Ceres le resbalaba fría por la nuca, pegándole la blusa al cuerpo.
Cada paso pesaba más que el anterior, como si el suelo de hormigón quisiera succionarla hacia abajo.
Caminó sin rumbo durante unos minutos, cruzando el patio vacío, mientras escuchaba a lo lejos el chirrido de las vías ferroviarias y el rugido de las máquinas diésel.
En el pecho, un agujero ardía. Su voz todavía resonaba, violenta, asquerosa, pero verdadera:
—¡Vete a tomar por culo!
Se detuvo junto a una de las columnas del pasillo, apoyó la espalda contra la pared fría y dejó escapar un sollozo ahogado.
Se mordió el puño para no gritar. Lloró de rabia, de vergüenza, de amor, de nostalgia. Todo a la vez.
Él no quería lástima. Nunca había querido de ella nada más que deseo, lucha y verdad.
Y ella, sin darse cuenta, le había dado exactamente lo que él odiaba: compasión.
En el bolsillo todavía llevaba la cintita negra que él se ataba a la muñeca durante los partidos, antes del accidente.
La apretó con fuerza, como si pudiera recuperar al Daime de antes, entero y sonriente, el mismo que la hacía reír en el banquillo de los suplentes.
Pero no servía de nada.
Cuando por fin levantó los ojos hacia el cielo sin estrellas, respiró hondo.
—Hijo de puta… todavía me tienes —murmuró, tragándose el dolor.
Se apartó de la columna y caminó de regreso al dormitorio femenino, con las piernas temblorosas, pero la cabeza erguida.
En su corazón ya no quedaba un amor adolescente.
Quedaba una cicatriz.
El portón se cerró de golpe a sus espaldas.
Y el silencio volvió a llenar el cobertizo.
Daime permaneció inmóvil en su silla, mirando la pared sucia que tenía delante.
El rostro seguía contraído, la mandíbula apretada.
Pero los dedos le temblaban ligeramente sobre las ruedas.
Respiró hondo y soltó una risa ronca, sin gracia.
—Eso es, joder. Vete —dijo, casi en un susurro—. No te mereces esto de aquí… esta mierda.
Se pasó una mano por la cara y se cubrió los ojos.
Se presionó las sienes hasta sentir dolor.
Y allí, solo, la risa se quebró.
Surgió un sonido horrible, un sollozo ahogado a medias en la garganta, como si se estuviera tragando vidrio.
Por un instante, se dejó consumir por la envidia:
de la juventud de ella, de su ligereza, del puto Theo.
Por un instante, recordó la época en que ella le sonreía durante los entrenamientos, como si nada pudiera salir mal.
Por un instante, deseó no haberse despertado nunca de aquella camilla.
Entonces se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta y masculló:
—Basta, joder. Basta.
Miró hacia arriba con una sonrisa torcida, todavía húmeda.
—La Madre Ceres no me verá llorar. No lo hará.
Sacó del bolsillo un cigarrillo arrugado, lo encendió con la mano temblorosa y dio una calada profunda.
Se quedó allí, observando cómo el humo ascendía y desaparecía bajo el techo, intentando volver a reír.
Como siempre hacía.
Aquella noche, Daime tardó en acostarse.
La silla de ruedas estaba apoyada contra la pared.
Pero él, inquieto, se arrastró hasta el colchón que había en el suelo de la chabola.
Fumó un cigarrillo tras otro, mientras la luz de la farola recortaba su rostro entre sombras y humo.
Las manos apretaban la sábana. Los músculos permanecían tensos, como si todavía estuviera en el campo.
Como si aún fuera un dios durante una hora y media.
Cerró los ojos.
Y allí estaba de nuevo: Arcadia.
El césped enemigo. Las gradas negras, como un tribunal lleno de verdugos enmascarados.
El himno metálico de la Madre Ceres, abucheado, escupido, despedazado por la multitud.
¿Y él? Riéndose.
Riéndose a carcajadas, como un demonio.
El número 8 pegado a la espalda. Las venas sobresaliendo en el cuello.
El odio de los demás era alimento.
El coro de insultos, música.
Allí era inmoral.
Allí era la Madre Ceres follándose a Arcadia delante del mundo entero.
Cada pase suyo era un dedo en el culo de aquellos cabrones.
Cada regate, una bofetada en la cara.
Y cuando marcó el primer gol, escupió hacia las gradas como quien escupe en la comida del enemigo y les restriega mierda por el mantel.
Pero Daime quería más.
Quería hacer lo impensable:
mandar a la propia Madre Ceres a la mierda delante de sus jueces.
Por eso no retrocedió.
Por eso no frenó.
En aquel contraataque asesino, no era un hijo de la Madre Ceres.
Era más grande que ella.
La multitud rugía. La afición enemiga aullaba.
Y en el momento culminante, cuando sintió que los dos arcadianos le clavaban la marca doble como estacas de hierro, pensó:
«Van a tener que partirme por la mitad para detenerme».
Y casi lo consiguieron.
Oyó el chasquido de su propia columna.
El sonido sordo de su cuerpo al quedar aplastado.
El balón rodó fuera.
La corona cayó.
El espectáculo terminó.
Despertó días después, en una cama fría, sintiendo la mierda escurrirse dentro de un pañal.
Ya no era un dios.
Ya no era nada.
Y ahora, un año después, el recuerdo ardía como un orgasmo desagradable.
Odiaba que Ana todavía lo mirara con lástima.
Odiaba a Theo por ser demasiado humilde para devolverle su odio.
Odiaba a la Madre Ceres por no sentir envidia de él.
Y odiaba todavía más no poder dejar de reírse de su propia desgracia.
Dio una calada profunda y lanzó la colilla contra la pared.
Después murmuró a solas, casi como una oración obscena:
—Fui tu dios durante una hora y media, Madre Ceres… y ni siquiera parpadeaste.
Escupió al suelo y sonrió, con los dientes amarillos y amargos.
—Pero sé que te gustó, zorra.
Se acostó, con el humo todavía ascendiendo de su pecho y los ojos abiertos en la oscuridad.
La Madre Ceres observaba el partido desde arriba, desde los palcos especiales.
O quizá ni siquiera lo observaba.
Quizá ya sabía desde el principio que ganarían.
O quizá estaba en todas las bocas que gritaban en las gradas.
En todos los ojos hambrientos que seguían el balón.
Ella era toda la ciudad.
Y toda la ciudad le pertenecía.
Daime corría por el campo como un animal desatado, un dios con sangre en las venas, un hijo rebelde y hermoso que escupía a los tribunales y se reía en la cara de los jueces.
Y la Madre Ceres también se reía.
Ah, cómo se reía.
No porque se sintiera amenazada.
Sino porque él era un juguete tan… delicioso.
Único. Valioso.
Un juguete que ella misma había creado, pulido, entrenado, envenenado con ambición y soltado en la arena como un león hambriento.
Y cuando él hacía lo imposible, cuando esquivaba a la muerte, cuando escupía en la cara de las gradas enemigas, Ceres sentía aquel dulce calor de la envidia que la rodeaba:
«Nosotros no tenemos esto.
Solo ella lo tiene.
Solo ella crea hijos así».
Le encantaba.
Le encantaba que la odiaran.
Le encantaba que la temieran.
Le encantaba que el resto del mundo envidiara a sus hijos, por aquella libertad brutal de no tener que mendigar nada.
Ceres era rica.
Era fértil.
Era abundante.
Tenía oro en los bancos estatales, trigo en los campos, frutas en los huertos.
Tenía ratas, perros y gatos bien alimentados incluso en los callejones.
Ni siquiera la basura de Ceres era basura: alimentaba a los hambrientos de las otras ciudades.
Y ella lo sabía: ningún enemigo se atrevería a atacarla de frente.
Porque las arcas de aquellos enemigos también dependían de su vientre.
Lo tenía todo.
Y quería más.
Podían llamarla zorra.
Engranaje opresor.
Madre.
Monstruo.
Le importaba muy poco.
Con tal de que nunca la olvidaran.
En el instante en que Daime cayó derribado…
En el segundo en que sus piernas se doblaron…
En el preciso momento en que toda la ciudad quedó en silencio…
La Madre Ceres simplemente inclinó la cabeza y murmuró, satisfecha:
—Los juguetes se rompen.
Pero siguen siendo mis juguetes.
Y cuando oyó el grito ahogado de él, tendido en el césped, sintió una punzada casi… erótica.
Él todavía la odiaba.
Todavía le escupía.
Y eso significaba que todavía la amaba.
Incluso ahora, lisiado.
La Madre Ceres no sentía celos de Daime.
Ni rabia.
Ni remordimiento.
Simplemente sonreía.
Con sus rascacielos iluminados reflejándose en las lágrimas de él.
Y, en el silencio final del partido, antes de que las sirenas se lo llevaran, susurró dentro de todas las cabezas:
—Yo soy ustedes.
Ustedes son míos.
Y nunca, jamás, me olvidarán.
El techo del hospital era tan blanco que dolía.
Tan blanco como los tribunales.
Tan blanco como el uniforme limpio, antes del barro del campo.
Tan blanco como la conciencia de ella, allá arriba: invisible e inevitable.
Daime parpadeaba despacio, intentando ignorar el dolor en las piernas.
Pero era imposible.
El dolor le recordaba que todavía le pertenecía.
Incluso ahora.
Bajo los efectos de las drogas.
Con la columna fracturada.
Con el cuerpo arruinado.
Con toda su dignidad meada dentro de un pañal.
Ella todavía lo poseía.
Y eso era lo que él odiaba.
No los partidos.
Nunca los partidos.
Amaba los partidos.
Amaba la hierba sucia.
El balón deslizándose.
El odio de los demás.
La sensación de estar vivo durante una hora y media.
De ser inmortal en aquel campo ovalado de césped sintético.
Amaba los abucheos, los insultos, porque iban dirigidos a él.
Porque demostraban que existía.
Lo que odiaba…
Era ser solo un juguete.
Su juguete favorito.
La joya rara que ella exhibía ante sus enemigos con una sonrisa burlona.
El bibelot que utilizaba para decir:
—Yo lo tengo. Ustedes no. Y cuido bien lo que es mío.
Daime respiró hondo.
Y se rio.
Una risa ronca, amarga, casi sin voz.
Porque él también la amaba.
Y eso le daba ganas de vomitar.
Amaba la ciudad.
Amaba a la Madre.
Amaba la sensación de pertenecerle, aun sabiendo que en su pecho no latía ningún corazón.
Y que, si latía alguno, sería solo el corazón de los hijos devorados.
La sangre que corría por sus venas era la sangre de todos.
También la de él.
La de Ana.
La de Theo.
La de cada niño que comía restos nutritivos de la basura.
La de cada gato gordo de cada callejón.
La de cada anciano que guardaba oro en las agencias estatales.
Era la sangre de todos aquellos a quienes ella había aplastado, y nadie había tenido jamás el valor de odiarla de verdad.
Ni siquiera él.
Porque, en el fondo, incluso ahora, lisiado en una cama fría, todavía soñaba con verla sonreírle.
Aunque solo fuera para decirle:
—Siempre supe que no durarías, juguete mío.
Y él todavía soñaba con responder:
—Que te jodan. Al menos conseguí que recordaras mi nombre.
Eso era todo.
La Madre Ceres triunfaba en los cielos, en el infierno… y todavía conseguía destruir el limbo.
¿Y él?
Solo era otro hijo idiota, atrapado por el cordón umbilical, suplicando un poco de cariño que nunca llegaría.
Y riéndose a solas en la oscuridad, porque era lo único que le quedaba.
La voz era fría. Suave. Enorme.
Como si viniera de las paredes, del techo, de los tubos de suero.
Como si fuera el aliento cálido de la propia ciudad inclinándose sobre él: toda blanca, toda limpia, toda llena de dientes blancos y bien alimentados.
—Recuerdo tu nombre, Daime.
—Siempre lo recordaré.
Él cerró los ojos, pero no sirvió de nada.
La Madre Ceres estaba allí, como siempre había estado.
Sentada en su trono, como una madona de hierro, con aquella pequeña sonrisa de quien ya ha ganado el partido antes del silbato inicial.
La voz continuó:
—¿Sabes por qué?
—Porque eras divertido.
—Único.
—El juguete que nadie más podía tener.
Se mordió el interior de la mejilla hasta sentir el sabor metálico de la sangre.
Pero la voz no desaparecía.
—Eras el juguete que cuidaba con todo esmero para que brillara ante sus ojos.
—Y cómo te odiaban por ser mío.
—Cómo te envidiaban.
Había cierto placer en aquellas sílabas:
—El juguete al que nadie se atrevía a tocar, que nadie soñaba con tener y cuya ausencia nadie se atrevía a reclamar.
—Porque yo hacía que parecieras imposible.
Daime sintió que la rabia le hervía bajo la piel, pero ella susurró más bajo, como quien acaricia a un perro:
—Me gustaba el sabor que dejabas en mi boca.
—El poder que me dabas sin darte cuenta.
La pausa fue larga. Cruel.
Y, finalmente, dijo:
—Y ahora te has roto.
Una risa seca resonó en el hospital vacío.
Solo él podía oírla.
Una risa satisfecha, cargada de melancolía cínica:
—Ahora nadie te tiene.
—Ni siquiera yo.
—Pero yo… al menos te tuve.
¿Y todos los demás?
—Nunca te tendrán.
—Ni siquiera disfrutarán del placer de odiarme por tenerte.
—Ni del alivio de verte aplastarlos.
Entonces la voz sonó más baja, casi maternal, aunque no era más que veneno:
—Era la única manera de vencerlos sin guerra.
—Y, además, humillarlos con clase.
—Sentí el peso de cada nudo en sus gargantas, uno por uno.
—Y fue delicioso.
Daime abrió los ojos y volvió a reírse, solo en la oscuridad de la habitación.
Se rio para no llorar.
Se rio porque ella seguía ganando, incluso allí. Incluso ahora.
Se rio porque lo único que le quedaba era que ella lo recordara.
Como un juguete raro.
Roto.
Pero suyo.
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Theo y Ceres eran una simbiosis enfermiza.
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