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Pietà, Ciudad de las Madres de Ceres — Parte 5

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La luz

Kat permaneció en el ala de maternidad, observando la cuna de cristal donde dormía la niña. Sus ojos cerrados y su respiración tranquila hacían parecer que ningún pecado del mundo la había tocado.

Kat pensó en Mãe Ceres, en la promesa de que todos los hijos eran hijos suyos, y susurró para sí misma:

—Mãe Ceres no falla… no abandona a nadie.

En la habitación contigua, Aria estaba acostada de espaldas a la puerta, con el cabello largo extendido sobre la almohada, llorando en silencio.

Las médicas vigilaban sus niveles de depresión, anotando cifras en portapapeles blancos. Había una tristeza técnica en el ambiente, como si el sufrimiento tuviera su propio protocolo.

Algunas madres la desaprobaban en silencio:

—¿Cómo puede no querer ver a su hija?

Otras la miraban con compasión:

—Quizá sea mejor así… por ahora.

En Pietà, la perfección materna y el instinto natural a veces no coincidían.

Kat permaneció inmóvil frente a la cuna de cristal, con el rostro casi pegado a la superficie fría. En su interior, la recién nacida dormía, con sus diminutos dedos cerrados, como si sujetara su propio destino.

Era perfecta. Tan inocente e intacta que parecía imposible creer que aquella misma vida hubiera destruido la de su madre.

El corazón de Kat se encogió, dividido por el conflicto. Una parte de ella sentía una rabia silenciosa, quería gritar contra la injusticia de Pietà, contra el hecho de que Aria hubiera sido obligada a cargar con aquel dolor.

Pero la otra parte, la que había crecido escuchando el mantra, sabía que Mãe Ceres nunca abandona a sus hijos.

Kat pensó en los otros países, donde había oído decir que los hijos eran abandonados en las calles, que las mujeres sufrían solas e incluso el Estado les daba la espalda.

Susurró, casi sin darse cuenta:

—Aquí… al menos… nadie se queda solo.

Incluso entre lágrimas silenciosas, Kat se inclinó ligeramente ante la cuna, como si rindiera un pequeño homenaje a la vida. Entonces cerró los ojos y repitió el mantra, como quien intenta aliviar una culpa que no le pertenece:

—Mãe Ceres, que nos alimenta, nos educa… y nos devora.

El eco del mantra parecía mezclarse con los pitidos lejanos de los monitores médicos, recordándole a Kat que, en Ceres, hasta el dolor era vigilado y acogido.

Los días en Pietà transcurrieron como siempre, con el aroma de las flores y la leche materna en el aire, las enfermeras sonriendo y los exámenes de rutina que garantizaban que todo estaba bajo el control de Mãe Ceres.

Kat despertó con el sonido habitual de las bombas de agua y el murmullo lejano de los trenes blindados. Parecía otro día perfecto.

Pero, al doblar el pasillo del ala de maternidad, oyó un grito agudo, un sonido que no pertenecía al paraíso.

Corrió con el corazón desbocado.

Cuando entró en la habitación de Aria, el mundo de Kat se detuvo.

Aria estaba colgada por el cuello. La bufanda de colores, tejida con las manos cariñosas de tantas madres, se había convertido en una silenciosa cuerda de despedida.

El largo cabello de Aria le cubría parcialmente el rostro, y la luz pastel de la habitación parecía burlarse de la escena, como si la perfección de Pietà no pudiera ocultar la tragedia que había germinado en su vientre.

Kat se quedó paralizada, sintiendo el suave aroma de la habitación mezclado con el sabor amargo del miedo.

Las enfermeras entraron poco después. Una de ellas se derrumbó en llanto. Las demás mantuvieron su fría profesionalidad, pero hasta ellas tenían los ojos llenos de lágrimas.

En el suelo, junto al caballete de pintura, un cuadro inacabado de Mãe Ceres respiraba silencio, como una mirada divina e inmóvil sobre la fragilidad humana.

Kat sintió un dolor que le ardía por dentro, una mezcla de rabia, tristeza y devoción. Quería culpar al mundo entero, pero solo consiguió susurrar para sí misma:

—Mãe Ceres… que nos alimenta… nos educa… y nos devora.

En aquel instante, por primera vez, Kat sintió que las máquinas de Ceres rugían demasiado lejos, como si la música de la supervivencia fuera incapaz de borrar el sonido de la muerte de Aria.

Los días en Pietà transcurrieron como siempre: con el aroma de las flores y la leche materna en el aire, las enfermeras sonriendo y los exámenes de rutina que garantizaban que todo estaba bajo el control de Mãe Ceres.

Kat despertó con el sonido habitual de las bombas de agua y el murmullo lejano de los trenes blindados. Parecía otro día perfecto.

Pero, al doblar el pasillo del ala de maternidad, oyó un grito agudo, un sonido que no pertenecía al paraíso.

Corrió con el corazón desbocado.

Cuando entró en la habitación de Aria, el mundo de Kat se detuvo.

Aria estaba colgada por el cuello. La bufanda de colores, tejida con las manos cariñosas de tantas madres, era ahora una silenciosa cuerda de despedida.

El largo cabello le cubría parcialmente el rostro, y la luz de la habitación, en tonos pastel, parecía burlarse de la escena, como si la perfección de Pietà no pudiera ocultar la tragedia que había germinado en su vientre.

Kat se quedó paralizada, sintiendo el dulce aroma de la habitación mezclado con el sabor amargo del miedo.

Las enfermeras llegaron poco después. Una de ellas se derrumbó en llanto. Las demás mantuvieron su fría profesionalidad, pero hasta ellas tenían los ojos llenos de lágrimas.

En el suelo, junto al caballete de pintura, un cuadro inacabado de Mãe Ceres respiraba silencio, una mirada divina e inmóvil sobre la fragilidad humana.

Kat sintió un dolor que le ardía por dentro, una mezcla de rabia, tristeza y devoción. Quería culpar al mundo entero, pero solo consiguió susurrar:

—Mãe Ceres… que nos alimenta… nos educa… y nos devora.

En aquel instante, por primera vez, Kat sintió que las máquinas de Ceres rugían demasiado lejos, como si la música de la supervivencia no pudiera borrar el sonido de la muerte de Aria.

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