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Pietà, Ciudad de las Madres de Ceres — Parte 2

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Contenido de la publicación

Por más que hubiera nacido en Pietà, Kat seguía siendo inocente. El mundo exterior existía para las demás mujeres. Para ella, solo había camas limpias, té caliente, peluches y la sombra de la Torre.

Cuando el ascensor descendió suavemente hacia los niveles interiores de Pietà, cerró los ojos. No había miedo.

Había orgullo. Había paz: el mismo orgullo que cada madre sentía antes de ser devorada.

Kat se sintió suspendida, como si estuviera en el pilar supremo de la creación, donde el tiempo se disolvía y el espacio dejaba de existir. El aire a su alrededor parecía hecho de luz líquida, cálida y serena, que envolvía cada fibra de su ser con una ternura infinita.

Estar allí, en presencia de Mãe Ceres, era más que un encuentro: era la paz del alma, esa paz profunda que solo la creación puede conceder. Ya no había dudas. Ni miedos. Solo la certeza de la misión que le había sido encomendada: un don supremo, un sello invisible que la convertía en parte del propio tejido del universo.

Mãe Ceres, la mujer y la divinidad, era la fuerza que mantenía el mundo en equilibrio. Ella hacía posible que no hubiera escasez, que no existieran desacuerdos. ¿El precio? La libertad. Un precio elevado, quizá. Pero que valía cada instante de la paz espiritual que ahora inundaba a Kat.

Era como estar en el regazo de los dioses, pero con una diferencia esencial: Mãe Ceres era real.

No una leyenda ni un mito lejano.

Ella era la esencia viva del orden y del cuidado.

La fuente inagotable de amor y poder que abrazaba cada vida nacida bajo su mirada.

Kat sonrió con los ojos cerrados, entregándose a aquella serenidad. Allí, en aquel instante eterno, lo sabía: pertenecía a algo más grande. Su existencia era un eslabón sagrado en la cadena que sostenía a Ceres.

Y, mientras la luz iridiscente de la corona de cristales centelleaba silenciosamente sobre su cabeza, Kat se sintió —por primera vez— verdaderamente en casa.

Permaneció en aquel estado sublime, donde el tiempo parecía suspendido, envuelta en el aura silenciosa y poderosa de aquella presencia que la rodeaba.

Mãe Ceres no era solo una figura.

Era el olor de una madre hecho carne: un perfume suave e inconfundible que llenaba el aire y se infiltraba en cada rincón del alma.

Era un aroma delicado que mezclaba la dulce frescura de las flores recién cortadas con la ternura de las noches arrulladas por canciones susurradas.

También había un toque de tierra mojada después de la lluvia, un olor a cuidado puro e instintivo.

Un amor que no se explica. Que se siente. Que se entrega.

Kat inhalaba aquel perfume y sentía cómo cada fibra de su cuerpo se calentaba. Cada miedo se disolvía en la certeza de la devoción.

La presencia de Mãe Ceres era como un abrazo invisible.

Un consuelo que trascendía lo físico y alcanzaba lo más íntimo del espíritu.

Allí, el amor y el poder se volvían indistinguibles. La devoción era un ritual sin palabras, grabado en el propio aire.

Kat lo sabía: jamás estaría sola.

Pues la esencia de aquella mujer divina, con su olor a madre, la alimentaba, la educaba y la devoraba, manteniéndola a salvo dentro del ciclo eterno de Pietà y Ceres.

Ella era hija. Ella era parte.

Y, en aquel perfume, sentía la promesa silenciosa de que su misión jamás terminaría.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por el rostro de Kat, cálidas y abundantes, como si todo el peso de las dudas, los miedos y las esperanzas se disolviera en aquel momento sagrado.

Cada sollozo era una oración muda.

Un cántico de fe que estallaba en su pecho.

Era como si toda la devoción, todo el amor que sentía por Mãe Ceres, finalmente recibiera su recompensa.

Un éxtasis profundo la invadía y no conseguía dejar de repetir, en trance:

—Mãe Ceres que nos alimenta, nos educa… y nos devora…

Mãe Ceres que nos alimenta, nos educa… y nos devora…

En el silencio absoluto de la sala, donde el mundo parecía haberse olvidado de existir, la presencia de Mãe Ceres la envolvía como un manto invisible.

Era el sueño de los justos convertido en algo alcanzable.

Una paz tan profunda que trascendía cualquier dolor.

Kat sintió el abrazo sutil de la divinidad: un cuidado sin contacto, una palabra sin voz, una presencia que sostenía sin exigir.

Con el corazón latiendo con fuerza, Kat hizo un juramento.

Una promesa que resonaría durante toda su vida:

«Cuidaré, con amor, cariño y dedicación, de las enseñanzas para mi hijo.

Por mí.

Por mi madre.

Por él.

Como yo también nací y crecí en este paraíso sagrado».

Allí, entre lágrimas y sonrisas silenciosas, Kat comprendió su misión.

Su hijo nacería bajo la misma mirada protectora, dentro del ciclo eterno que transformaba a cada mujer, a cada madre, en guardiana del orden y del amor incondicional de Mãe Ceres.

Se entregó a aquella paz, sabiendo que nunca estaría sola y que su cuidado sería la forma más pura de devoción.

Las lágrimas corrían por el rostro de Kat, cálidas y abundantes, como si todo el peso de sus dudas, sus miedos y sus esperanzas se disolviera en aquel instante sagrado.

Cada sollozo era una oración muda, un cántico de fe que estallaba en su pecho.

Era como si toda su devoción, toda su fe en Mãe Ceres, finalmente recibiera su recompensa.

Un éxtasis profundo la invadía y no conseguía dejar de repetir, casi en trance:

—Mãe Ceres que nos alimenta, nos educa… y nos devora…

Mãe Ceres que nos alimenta, nos educa… y nos devora…

En el silencio absoluto de la sala, donde el mundo parecía olvidado, la presencia de Mãe Ceres la envolvía como un manto invisible, un consuelo inmenso y tranquilo.

Era como si, en aquel instante, el sueño de los justos se volviera alcanzable: una paz tan profunda que trascendía cualquier dolor.

Kat sintió el abrazo sutil de la divinidad: un cuidado sin contacto, una voz sin palabras, una presencia que sostenía sin exigir.

Con el corazón aún latiendo con fuerza, Kat hizo un juramento.

Una promesa que resonaría durante toda su vida:

«Cuidaré, con amor, cariño y dedicación, de las enseñanzas para mi hijo.

Por mí.

Por mi madre.

Por él.

Como yo también nací y crecí en este paraíso sagrado».

Allí, entre lágrimas y sonrisas, Kat comprendió.

Su hijo nacería bajo la misma mirada eterna.

El ciclo continuaría.

Ella sería guardiana del orden.

Sería devota, como todas las que la precedieron.

Y lo sabía: nunca estaría sola.

Mãe Ceres.

La mujer que venció a todos los dioses y al hambre.

La divinidad humana, viva, tangible, que camina entre los hijos a quienes protege.

Su presencia en Pietà es apoteósica:

Estar ante ella es recibir una bendición que atraviesa la piel, la sangre y el alma,

como si todas las falsas promesas del mundo se borraran con un solo gesto.

En su presencia, toda fe dispersa entre los dioses muertos encuentra su recompensa.

Bajo su sombra, todos los males son eliminados.

En el espacio que ella gobierna, reina la paz de los justos:

la paz de quienes se entregan en cuerpo y espíritu al fruto de Mãe Ceres.

Ella es la madre que luchó por sus hijos.

El símbolo supremo de lo femenino en Ceres.

La devoción absoluta que palpita en el alma, el corazón y la sangre.

Pietà es el altar donde su esencia se vuelve tangible.

El lugar donde la esperanza no es una tortura, sino una presencia viva.

Donde la paz no es una promesa lejana, sino un contacto real.

Allí, cada mirada dirigida a Mãe Ceres es una confirmación eterna:

El ciclo de la vida continúa.

Y la supervivencia se vuelve sagrada.

Y todos, de rodillas o en silencio, repiten el mantra que sella su devoción:

—¡Mãe Ceres que nos alimenta, nos educa… y nos devora!

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