La reunión con Mãe Ceres
En Pietà, ser convocada a una reunión con Mãe Ceres era un privilegio extraordinariamente raro.
Kat recorrió los silenciosos pasillos hasta entrar en una sala de mármol negro, fría e imponente, donde el poder se expresaba en cada línea brutalista.
No había adornos, solo una geometría austera y perfecta, como si las paredes susurraran sobre disciplina y eternidad.
En el centro, elevada sobre un pedestal, estaba Mãe Ceres.
Sus vestiduras blancas y vaporosas contrastaban con el negro absoluto que la rodeaba, transformándola en una madona viviente, una presencia que parecía flotar por encima del mundo humano.
Kat se sentó con cuidado, con el corazón acelerado, sintiendo que aquel momento era un llamado sagrado.
Mãe Ceres habló con voz serena, pero absoluta:
—Kat… eres una de mis favoritas.
Veo en tus ojos la inocencia de quien es capaz de vislumbrar el futuro.
Si preservas esa visión, si mantienes la dulzura y la dedicación que demostraste con Aria,
algún día…
podrás sustituirme.
La frase resonó como un trueno silencioso en el interior de Kat.
Sintió una mezcla de orgullo y temor, como si hubiera recibido la mayor bendición y la mayor carga de su vida.
Todos en Ceres lo sabían:
nadie había visto jamás el verdadero rostro de Mãe Ceres, solo su máscara ovalada y oscura.
Pero también sabían que era humana.
Y, siendo humana, había hecho lo que ningún dios consiguió:
acabó con los mitos de la inmortalidad y venció al hambre.
Mantener vivo su legado era como mantener encendido el sol para la humanidad.
Kat lo sabía.
Durante todos sus años en el Colegio, nunca había visto a nadie pasar hambre.
Ni siquiera a Daime, su amigo en silla de ruedas, un ejemplo de vitalidad y motivo de orgullo para la ciudad:
siempre con pañales limpios, comida caliente, atención médica y dignidad.
Si alguna vez se quejaba, era por algún deseo, nunca por carencia.
En Ceres, nadie sufría la tortura de la escasez.
Y allí, sentada junto a Mãe Ceres, Kat sintió la paz de estar del lado correcto de la historia, como si su fe hubiera sido confirmada por el toque invisible de la divinidad viviente.
El silencio de la sala de mármol negro era absoluto.
La voz de Mãe Ceres resonó por el espacio como si surgiera de las propias paredes, firme, pausada y cargada de convicción:
—Kat… recuerda siempre los valores que sostienen este lugar.
Aunque algún día alguien me mate, surgirá otra Mãe Ceres.
Porque nuestros ideales superan cualquier expectativa humana.
Se inclinó ligeramente, y Kat sintió que aquellas palabras se hundían en su alma.
—Has visto con tus propios ojos cómo funciona todo.
Quien lucha contra nosotros —o incluso quien llegara a vencernos— me daría lástima.
Porque vencer a Mãe Ceres es amar el hambre, la enfermedad, la miseria, la guerra y la muerte.
La máscara negra relució bajo la luz fría de la sala, y la voz continuó, serena y cortante:
—Te lo digo porque no miento, Kat.
La paz no es más que un accidente de la historia.
Todos los de ahí fuera quieren destruirnos porque nos envidian: somos mejores que los dioses imaginarios a los que veneran.
Levantó una mano enguantada y, por un instante, Kat sintió que el mundo entero cabía en aquel gesto.
—Nadie ha visto jamás a un dios salvar a alguien.
Solo textos antiguos… que ni siquiera sirven para limpiarse el culo.
Mientras ellos esperan, nosotros actuamos.
Kat sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Era como si estuviera escuchando la cruda verdad del mundo y, al mismo tiempo, una sentencia irrevocable.
—La esperanza tortura porque te obliga a esperar…
Yo no espero, Kat.
Tengo hijos.
Muchos hijos.
Pero… —su voz se suavizó, casi maternal— necesito sucesores.
La sala parecía respirar al ritmo de las palabras de Mãe Ceres, y Kat sintió que su destino estaba sellado, como si hubiera recibido un bautismo silencioso en la religión de la supervivencia.
Mãe Ceres descendió lentamente del pedestal, con pasos suaves que resonaban sobre el mármol negro.
Se acercó a Kat y, por un instante, la adolescente sintió que no podía respirar.
La presencia de la Madre era apoteósica, y su perfume olía a cuidado y leche tibia:
olor a madre.
Le levantó el rostro a Kat con la punta de los dedos enguantados.
—Kat… ya has demostrado tu valor.
Sabes amar como una madre de verdad y llevar paz a las demás, como hiciste con Aria.
La máscara negra brilló con el reflejo de la lámpara, como si dos mundos —el humano y el divino— se encontraran en aquella mirada invisible.
—Pero tengo una misión para ti.
Una misión que no se le encomienda a ninguna niña.
Una misión para mujeres que ya han comprendido el mundo.
Kat sintió que el corazón le latía como un tambor.
No se atrevió a hablar.
—En Pietà has visto el paraíso que hemos construido:
flores, leche, canciones de cuna, risas de bebés…
Pero también has conocido el dolor que mantiene vivo ese paraíso.
Se alejó dos pasos y miró el alto techo de la sala.
—No todas las madres soportan el peso de Mãe Ceres.
Algunas… —su voz se volvió suave y gélida al mismo tiempo— necesitan ser conducidas al descanso.
Y cuando llegue ese día, Kat, quiero que estés allí para sostener sus manos.
El corazón de Kat se heló.
Comprendió lo que le estaban diciendo, aunque no hiciera falta pronunciar ninguna palabra directa.
—Así es como mantenemos vivo el milagro de la supervivencia.
Sin dioses falsos.
Sin falsas esperas.
Y así es como te convertirás en mi sucesora.
Kat sintió que toda la sala giraba lentamente: el mármol, la lámpara y la presencia de Mãe Ceres la envolvían como un abrazo sagrado y asfixiante.
En lo más profundo de sí misma, sabía que la paz de Pietà tenía un precio de sangre y silencio.
El eco de la sala de mármol negro se quebró con el sonido firme de unos tacones altos.
La puerta se abrió. Entró Ysa, jefa nacional de Inteligencia de Desarrollo, llevando una carpeta repleta de documentos y gráficos meticulosamente organizados.
Era una mujer de postura erguida y mirada clínica, con una belleza funcional, esculpida para la labor que desempeñaba.
Nada en ella era superfluo.
Mãe Ceres se volvió hacia Kat y dijo con sereno orgullo:
—Esta es Ysa… una de las mejores de Ceres.
Ella mantiene nuestra mente despejada y nuestro progreso afilado, mientras yo cuido del corazón de Ceres.
Ysa dejó los documentos sobre la mesa de mármol, cuyo brillo reflejaba el contraste entre la emoción y el cálculo.
Sin sonreír, comenzó su informe con voz precisa:
—Mãe Ceres, las cifras de este trimestre han superado todas las expectativas.
Las semillas germinan y crecen más rápido que en las últimas décadas.
El índice de productividad ha alcanzado niveles históricos.
Pasó algunas páginas y las giró hacia Mãe Ceres.
—El panorama internacional nos favorece.
Los países en guerra impulsan nuestro ascenso:
las líneas de crédito han aumentado,
los préstamos internacionales generan intereses generosos,
y las grandes donaciones humanitarias proyectan a Ceres como la mano que salva al mundo del hambre.
Kat observaba en silencio reverente, intentando comprender aquel universo de cifras y poder, donde la benevolencia también era un engranaje: implacable y funcional.
Ysa continuó, sin alterar el tono:
—Ayudamos a millones… y aun así obtenemos beneficios.
Es el ciclo perfecto: alimentamos al mundo, salvamos a algunos y Ceres crece mientras los demás se destruyen.
Hizo una breve pausa, como si sopesara cada palabra.
—Pero nuestras políticas internas se enfrentan a obstáculos.
Tenemos recursos abundantes, pero la voluntad política local no siempre está a la altura de la magnitud de nuestras cifras.
Nuestra benevolencia es eficiente, pero la política es… inferior a lo que tenemos.
La sala quedó sumida en un silencio espeso.
Era como si el contraste entre las cifras y la fe materializara el corazón de Ceres: una madre devota y una máquina despiadada que operaban en perfecta armonía.
Kat, sentada junto al pedestal, sintió que estaba ante el verdadero motor del mundo, donde la supervivencia, la devoción y el cálculo se entrelazaban.
Mãe Ceres se inclinó ligeramente en su trono, con su figura blanca y vaporosa reflejada en el mármol negro de la sala.
Había orgullo en su voz:
—Ysa, conoce a Kat. Una de mis niñas favoritas.
Tiene ojos capaces de ver el futuro y un corazón que siente como el mío.
Ysa no necesitó presentación.
Una sonrisa casi imperceptible apareció en su rostro contenido.
—Sé quién es.
Las calificaciones de Kat son excelentes, su rendimiento académico, impecable.
Y… —hizo una breve pausa— demuestra una empatía excepcional con el espíritu de Mãe Ceres.
Kat sintió que el calor le subía al rostro, entre la vergüenza y el orgullo, como si hubiera recibido una corona invisible.
Mãe Ceres levantó la mano para dar por terminada la reunión.
—Pueden retirarse.
Kat, acompaña a Ysa hasta las puertas de Pietà.
Aprovechen el camino.
El lago está hermoso esta mañana.
Salieron de la sala y recorrieron los silenciosos pasillos hasta llegar al jardín abierto de Pietà.
El sendero serpenteaba entre árboles frutales, y el lago artificial reflejaba el cielo como un espejo sereno, sobre el que patos y cisnes se deslizaban lentamente.
El aire olía a agua limpia y flores recién abiertas.
Kat caminaba junto a Ysa, sintiendo al mismo tiempo el peso del mundo y la ligereza del paraíso.
Mientras avanzaban, Ysa lo observaba todo con atención, pero sin el asombro de una visitante.
Para ella, Pietà era un engranaje preciso, una pieza esencial en la maquinaria de supervivencia de Ceres.
Cuando se acercaron a las puertas, Ysa habló por fin, con una sonrisa mínima, pero sincera:
—Kat… disfruta de este lugar mientras puedas.
Es el único paraíso que existe.
Kat sintió un extraño escalofrío, sin saber si aquello era un consejo o una advertencia.
Ysa se detuvo de repente.
El reflejo del lago centelleaba detrás de ella.
La brisa agitaba las hojas de los árboles frutales y, por un instante, el mundo pareció quedar suspendido.
La mujer de postura erguida y mirada lógica se inclinó ligeramente hacia la adolescente.
—Kat… me has caído muy bien.
Mãe Ceres ha visto en ti algo que… ni siquiera yo había visto.
Kat, tímida y orgullosa, respondió con la sinceridad de una niña:
—Pero… Ysa, tú también podrías ser una Mãe Ceres.
Una sonrisa breve, casi triste, apareció en los labios de Ysa.
—No, niña. No siento celos…
Pero no estoy en el camino para convertirme en una Mãe Ceres.
Mi destino es otro.
Y… por primera vez, voy a decírtelo:
mi instinto me dice que tú puedes ser el futuro de Ceres.
Kat abrió mucho los ojos, sorprendida y confundida.
La brisa trajo el olor del lago y del jardín, mezclado con el rugido lejano de las máquinas agrícolas.
—No debería estar aquí, Kat —continuó Ysa—.
Vine solo para montar un espectáculo político, presentar informes…
Pero sé que ella me llamó para verte.
Mãe Ceres no da puntada sin hilo.
Respiró hondo. Su mirada permaneció fija y afilada.
—Soy la espada de Mãe Ceres.
Lucharía y mataría por ella.
Y, si vivo lo suficiente, lucharé por ti.
Kat sintió un escalofrío en la nuca.
Ysa levantó el dedo índice y señaló a su alrededor.
—Presta atención, Kat.
Escucha.
Los trenes blindados. Los tractores agrícolas.
Las bombas de agua. El murmullo mecánico de la ciudad…
Este es el sonido de la vida en Ceres.
Permanecieron en silencio.
Y Kat escuchó con más atención:
el rugido constante,
el tintineo metálico a lo lejos,
el eco del trabajo invisible que mantenía viva Pietà.
Ysa se inclinó y habló en un susurro grave:
—Si ese murmullo desaparece, Kat…
no será solo el fin de Ceres.
Lo peor llegará antes del final.
El silencio llegará como una sentencia.
Apoyó una mano firme sobre el hombro de la muchacha.
—Estoy aquí para verte, Kat.
Y yo no me equivoco: tienes un potencial inmenso.
Por un instante, Kat no supo si sentía orgullo o miedo.
El reflejo del lago a sus espaldas parecía oscilar, como si el agua hubiera oído y guardado el secreto.
Ambas llegaron a las puertas de Pietà, donde el puente blanco sobre el lago unía el paraíso de las madres con la ciudad de mármol negro y engranajes.
El viento trajo el aroma de las flores y del agua limpia, mezclado con el sonido distante de los trenes blindados.
Ysa se detuvo ante la puerta.
Por un instante, su expresión lógica se suavizó.
Tomó las manos de Kat, como si sellara un juramento silencioso.
—Kat… nunca olvides el sonido de Ceres.
Mientras siga vivo, nosotras viviremos.
Mientras siga rugiendo, seremos eternas.
La adolescente sintió que aquellas palabras resonaban en su alma, casi con tanta fuerza como las de Mãe Ceres.
Entonces, juntas, miraron hacia el lago y, en perfecta sincronía, repitieron el mantra sagrado:
—¡Mãe Ceres, que nos alimenta, nos educa… y nos devora!
El sonido atravesó el agua tranquila, reverberando como una plegaria y una sentencia.
Ysa soltó la mano de Kat y, con una última mirada firme, le dio su consejo final:
—No lo olvides, niña.
El silencio es peor que el final.
Después, cruzó las puertas, y sus pasos firmes desaparecieron en la luz blanca del día, mientras Kat se quedaba sola frente al lago, sintiendo que algo inmenso e inevitable ya avanzaba hacia Pietà.
Kat volvió a cruzar la puerta, con el mantra todavía vibrando en su mente y el contacto frío y firme de las manos de Ysa aún presente en las suyas.
El camino junto al lago parecía el mismo, pero ahora cada sonido adquiría un nuevo significado:
el rugido lejano de los tractores,
el soplo metálico de las bombas de agua,
el suave tintineo de las cadenas de los trenes blindados…
Todo componía la música mecánica de la supervivencia.
Se preguntó en silencio:
«¿Y si algún día ese sonido se detiene?».
Al regresar al jardín central de Pietà, las demás madres estaban reunidas en sus actividades habituales:
una tejía largas prendas para el invierno,
otra amamantaba bajo el sol suave,
algunas plantaban flores comestibles alrededor del lago.
Todo parecía perfectamente armonioso.
Pero dentro de Kat, algo había cambiado.
Fue a la habitación de Aria, llevando algunas flores recién recogidas.
Aria estaba acostada, abrazada a uno de sus lienzos, pintando a Mãe Ceres envuelta en una luz celestial.
—Te he traído flores… —dijo Kat con una sonrisa.
Aria le devolvió una sonrisa tenue, pero tenía los ojos enrojecidos.
Su sonrisa era una frágil grieta en un mundo que, por fuera, parecía indestructible.
—Sabes, Kat… a veces Pietà es tan perfecta que duele aquí dentro… —dijo, tocándose el pecho.
Kat se sentó a su lado, recordando las palabras de Ysa.
Miró a su alrededor y comprendió:
Pietà era, en efecto, un cuadro viviente, una pintura hecha de luz, flores y silencio contenido.
Aquella noche, mientras las luces tenues del dormitorio bañaban la habitación en tonos pastel, Kat soñó con el lago sumido en un silencio absoluto.
Sin trenes. Sin máquinas.
Solo el vacío.
Y despertó con una sensación de frío en el estómago, como si la melodía de Ceres estuviera a punto de fallar una nota.
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