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Capítulo 12: El juicio de Gene… y el Refugio — Parte 2

aleroz

Contenido de la publicación

INVITACIÓN A OPLON, EL ESCUDO BLANCO

«La Madre Ceres extiende la mano incluso a quienes desean cortársela».

Con este anuncio, el Colegio 401 recibió la orden oficial: se celebrarían partidos amistosos de flagball y saltos ornamentales en la ciudad racista de Oplon, conocida entre los jóvenes como el Escudo Blanco, sede del régimen étnico liderado por el dictador Alac Bilac.

Los nombres de los convocados fueron colocados en el ala comunal.

En lo más alto de la lista, Theo, el líder silencioso.

Y justo debajo, un nombre que reavivó traumas y odios que aún no habían cicatrizado: Dark.

Dark, el mismo que había sido castigado por no alertar a los Silenciadores sobre los perros extraños que habían aparecido en la ciudad de Ceres; los mismos perros que inundaron el campo de sangre, dejando un rastro de marcas en la memoria.

Dark, que se encontraba en detención disciplinaria por tiempo indefinido, ahora era liberado exclusivamente para el partido y los entrenamientos preparatorios, bajo vigilancia y con alojamiento restringido dentro del propio colegio.

Después del amistoso, regresaría al Centro de Corrección.

Ese era el precio de la victoria.

Y la Madre Ceres no perdería.

Al mismo tiempo, Ceres y Ana —las dos antiguas rivales— fueron convocadas para representar a la ciudad en los saltos ornamentales sincronizados, también parte de las competiciones diplomáticas de Oplon.

Por primera vez, Ceres lideraba el salto.

Ana aceptó su posición sin protestar, pero el ambiente entre ambas seguía siendo de un silencio gélido.

El salto, sin embargo, exigía una sincronización absoluta, algo que el orgullo no podía impedir.

La competición en Oplon no era solo deportiva.

Era ideológica.

Era diplomática.

Y, para muchos, era personal.

En el campo, Theo tendría que jugar junto a Dark.

En la piscina, Ceres tendría que confiar en Ana.

Y, por todas partes, los ojos del Escudo Blanco estarían preparados para juzgar cada gesto de Ceres, esperando que cometiera un error.

Pero Ceres no falla.

Ceres sobrevive.

Pensamientos de Theo

Convencer a Dark era el desafío dentro del desafío.

El partido en Oplon era solo el escaparate; el verdadero campo de batalla estaba antes: en el vestuario, en su mente, entre los escombros de aquella confianza que había quedado destrozada tiempo atrás.

Dark no confiaba en nadie. Ni siquiera en sí mismo.

Estaba allí por orden directa de la Madre Ceres, liberado de su celda únicamente porque sabían que era bueno.

Demasiado bueno para ser ignorado.

Demasiado bueno para ser libre.

Y Theo… Theo tenía más que perder.

Si Dark fallaba, quien caería sería Theo. Theo sería quien tendría que responder.

No había apelación emocional que funcionara.

No había discurso patriótico capaz de seducirlo.

Dark no jugaba por amor. No jugaba por honor.

Jugaba porque era salvaje. Y los salvajes, cuando quedan sueltos, solo responden ante algo peor que ellos.

O ante alguien que realmente los vea.

Theo sabía que tenía que llegar a ese punto.

Convencer a Dark no con promesas, sino con riesgos.

Con el peso de saber que, si todo salía mal, él también caería.

En igualdad de condiciones. A su lado. Sin escudo, sin perdón.

Eso era. Theo no quería un equipo.

Quería una alianza con lo imprevisible.

Y eso, en Ceres, era casi como pedir un milagro.

Pero los milagros… la Madre Ceres no los concede.

Ella pone a prueba.

La conversación en el vestuario

El vestuario está casi vacío después del entrenamiento para Oplon.

Solo Ana permanece sentada en el banco, descalza, con el cabello todavía mojado por el agua de la piscina.

Ceres entra. Sus pasos resuenan fríos sobre los azulejos.

Ana ni siquiera levanta la cabeza.

—¿Vas a castigarme si no salto?

Ceres se obliga a mantener un tono controlado, aunque la rabia todavía le arde por dentro.

—No he venido a castigar a nadie. He venido a asegurarme de que cumplas tu función.

Ana sonríe con desdén.

—No necesito sermones.

Y añade, con más veneno:

—Tu amigo vendió a su propio amigo para conseguir una estrella en el uniforme.

Un silencio pesado. Ceres cierra los ojos durante un segundo para no gritar.

—Si pudiera elegir —dice Ceres, con frialdad—, no estarías aquí. Pero no puedo permitirme perder a la única saltadora que todavía es capaz de alcanzar una puntuación perfecta. Ni siquiera la Madre Ceres puede permitírselo.

Ana levanta los ojos. Por primera vez, ambas se miran directamente.

—¿Así que de eso se trata? ¿Vas a tragártelo todo solo para complacer a la Madre?

Ceres da un paso adelante. Ahora están a pocos centímetros la una de la otra.

—No. No se trata de complacer a la Madre. Se trata de mantener viva la ciudad. Y por mucho que me odies, Ana… tú también vives en ella.

Silencio.

Ana vacila. Por un instante, parece escucharla de verdad.

—¿Y crees que eso borra lo que le hiciste? —insiste Ana, como una espina clavada.

Ceres siente el golpe. Pero no se quiebra. Responde secamente:

—No. No lo borra.

Ana no esperaba esa respuesta. En aquel pequeño reconocimiento aparece la primera grieta en su resistencia. Se limita a bajar la mirada y comienza a ponerse las zapatillas.

Ceres concluye con firmeza:

—No necesitamos ser amigas, Ana. Pero si sientes siquiera un poco de amor por esta ciudad, saltarás a mi lado en Oplon.

Ana no responde. Solo se levanta, recoge su mochila y, antes de salir, murmura:

—Saltaré… pero no por ti.

Ceres la observa marcharse, con la extraña sensación de que, a pesar de todo, aquello es una victoria.

La puerta del vestuario resuena al cerrarse detrás de Ana.

Ceres permanece inmóvil durante largo rato, con las manos cerradas en puños a ambos lados del cuerpo.

El sonido distante de la piscina parece el corazón de la ciudad latiendo, lento e indiferente.

Cuando finalmente respira hondo, se da cuenta de que le duelen los hombros: ha permanecido tensa todo el tiempo.

Camina despacio hasta uno de los espejos del vestuario.

Enfrentarse a su propio reflejo siempre había sido un hábito casi automático: retocarse el cabello, corregir la postura, practicar la mirada firme que todos esperan de ella.

Pero ahora, lo único que ve es cansancio.

Sus ojos siguen siendo azules como el cielo de Ceres, pero debajo de ellos hay nuevas sombras: ojeras profundas, fruto de noches mal dormidas.

Por un instante, piensa en Theo.

En cómo todo terminó… mal.

Ya ni siquiera sabe si sigue creyendo en lo que hizo por la Madre Ceres o si cree que eso justifica la forma en que él la mira ahora.

Como si fuera una enemiga.

Ana tenía razón: entregó a alguien a quien amaba.

¿Y por qué?

¿Solo para llevar una estrella en el uniforme?

¿Solo para ser la favorita?

Cierra los ojos, luchando contra el nudo que le aprieta la garganta.

No llora. No puede llorar.

En lugar de eso, vuelve a levantar la cabeza.

Fuerza una sonrisa fría ante el espejo.

Practica su mirada firme, como si se hablara a sí misma:

—Nadie va a quebrarme.

Pero, aunque lo diga en voz alta, sabe que algo ya se ha roto en su interior…

Y no ha sido solo en Theo.

También en ella.

En el vestuario: Theo, Dark y los Silenciadores

El olor a sudor y desinfectante llenaba el vestuario mientras el equipo se cambiaba.

El entrenador hablaba sobre las tácticas para enfrentarse a Oplon, pero nadie lo escuchaba realmente.

Un nombre no pronunciado todavía flotaba en el aire como humo tóxico.

Gene.

Nadie lo nombraba. Ni siquiera el entrenador.

Dark estaba apoyado contra la pared, riendo por lo bajo, con aquella mirada de bestia aburrida.

Y ahora observaba a Theo como quien elige a su próxima presa.

Los Silenciadores también estaban allí.

El silencio pesaba.

De repente, la voz grave de Dark cortó el aire:

—¿Qué pasa, héroe? ¿Estás contento? Entregaste a tu amigo. Ganaste tu estrellita. ¿Y ahora qué? ¿También vas a entregar al resto de nosotros? ¿O te vas a quedar ahí, haciéndote pasar por el hijo perfecto de la Madre Ceres?

Theo sintió que le ardía la cara.

Nadie lo defendió. Ni siquiera el entrenador.

Sus manos se cerraron alrededor del broche en forma de estrella prendido a su camisa.

Era ligero, pero parecía pesar toneladas.

El símbolo de todo lo que había conseguido.

Y de todo lo que había perdido.

Miró a Dark, a sus ojos azules y asesinos.

Miró a sus compañeros: todos apartaron la mirada, divididos entre el miedo y el desprecio.

Y después miró a los Silenciadores: inmóviles, impasibles.

Theo se arrancó la estrella del pecho.

La contempló durante un segundo.

Y la aplastó en la palma de la mano hasta que el metal se deformó y le hirió los dedos.

La arrojó a la papelera del vestuario con un sonido seco.

Y estalló:

—¡No quiero regalos! —gritó. La voz le falló, pero salió cargada de rabia y dolor—. ¡Solo quería que la Madre Ceres me amara como yo la amo a ella!

Todo el vestuario quedó en silencio.

Hasta Dark se puso serio, con la boca entreabierta, como si no esperara escuchar aquello.

Y, en ese instante, todos lo comprendieron:

Theo no era solo un delator.

Era un hijo herido que intentaba merecer amor en el campo de batalla.

Los Silenciadores intercambiaron miradas.

El entrenador carraspeó, incómodo.

Y Dark se limitó a esbozar una sonrisa torcida y murmurar:

—Buena suerte con eso, campeón.

Theo tomó su toalla y salió sin mirar a nadie, dejando atrás la estrella aplastada.

El vestuario permaneció en silencio después del portazo.

Dark se quedó allí, inmóvil durante unos segundos, mirando la papelera donde descansaba la estrella de metal, retorcida.

El entrenador intentaba retomar su discurso.

Los Silenciadores, mudos, ya estaban registrando mentalmente cada detalle para informar de lo sucedido.

Dark caminó hasta la papelera.

Se agachó sin prisa y recogió la medalla aplastada entre los dedos.

La hizo girar bajo la luz fluorescente.

El metal deformado reflejaba un color opaco y desagradable, como la gloria rota que Theo acababa de escupir.

Dark sonrió.

Una de aquellas sonrisas finas y venenosas que solo él sabía ofrecer.

—Sí, Madre Ceres… —murmuró para sí mismo con ironía—. De verdad sabes cómo jugar con tus hijitos.

Se guardó la estrella en el bolsillo como quien guarda un diente arrancado.

Un amuleto macabro.

Un recordatorio de lo que la Madre Ceres era capaz de hacer, tanto con los leales como con los rebeldes.

Y entonces, sin mirar a nadie, se dirigió a su taquilla, silbando una melodía suave e indecente.

En su mente, ya imaginaba el momento de restregárselo en la cara a Theo.

O quizá ni siquiera hiciera falta.

A veces, basta con tener un pedazo del dolor de alguien para sostenerlo en la palma de la mano.

Dark siguió silbando.

Y todo el vestuario sintió un escalofrío al escucharlo.

El peso y el pecado

El vestuario ya estaba vacío cuando Theo regresó más tarde para recoger su toalla.

Dark seguía allí, sentado en el banco, haciendo girar la medalla aplastada entre los dedos como quien hace girar una moneda.

Theo se detuvo en la puerta.

Miró a Dark.

Miró el bolsillo de su sudadera, donde ahora descansaba la medalla: un pedazo de metal retorcido que pesaba como plomo en la conciencia de Theo.

Y nada en la de Dark.

Porque Dark no sentía el peso.

Dark devoraba pecados y sonreía, como si fueran un plato de postre.

Theo respiró hondo y dijo en voz baja, con la garganta ronca:

—Quédatela, entonces. Ya es tuya.

Dark levantó los ojos despacio, con aquella mirada cortante que mezclaba desprecio y placer.

Se guardó la medalla en el bolsillo.

Se puso de pie con la tranquilidad de un depredador que ya sabe que su presa no tiene adónde huir.

—Lo sé —respondió simplemente.

La tensión entre ambos se encendió allí mismo.

Los Silenciadores se dieron cuenta.

Los demás chicos también lo sintieron, aunque no dijeran nada:

La Madre Ceres estaba azuzando a los dos, a sus dos hijos favoritos, poniéndolos a prueba, jugando con ellos como los gatos juegan con los ratones.

Era imposible no percibir el olor de aquella tensión, como si la pelea pudiera estallar en cualquier momento.

Pero Dark no admitía negociaciones.

No tenía prisa.

Quería disfrutar de la espera.

Quería divertirse viendo sangrar muy despacio al «príncipe de la Madre Ceres», solo para matar el tiempo.

Y Theo lo sentía.

Sentía que, dijera lo que dijera o se defendiera como se defendiera, la pelea iba a ocurrir.

Era inevitable.

Dark dio un paso hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo, se volvió y dijo con una sonrisita perversa:

—Después del lanzamiento del cohete de tu hermano, Theo…

—…

—No voy a arruinar el espectáculo de la Madre Ceres antes de tiempo.

Theo cerró los puños.

La sangre le palpitaba en las sienes.

Y cuando Dark se marchó, Theo se quedó allí, solo, mirando el banco, el suelo, las paredes.

Y, por primera vez, tuvo la extraña sensación de que su propio corazón estaba en el bolsillo de Dark, junto a aquella medalla aplastada.

Negociaciones turbias y veneno

El vestuario todavía olía a sudor y desinfectante.

Dark había regresado y estaba apoyado contra una taquilla, haciendo girar la medalla aplastada entre los dedos como si fuera un talismán retorcido.

Theo se detuvo frente a él, con el pecho oprimido y los ojos chispeantes.

—Después del lanzamiento del cohete… —comenzó Theo, con voz baja pero firme—, aceptaré tu pelea.

—¿Ah, sí? —Dark arqueó una ceja, ya interesado—. ¿Vas a dejar de esconderte detrás de las faldas de mamá? Qué tierno.

Theo ignoró la provocación.

—Pero antes… quiero que juegues en serio en Oplon.

—¿Jugar en serio? —Dark soltó una risa seca y burlona—. ¿Para qué?

—Porque la Madre Ceres no aceptará otra vergüenza.

Porque yo no aceptaré otra vergüenza.

Dark dejó de jugar con la medalla.

Su mirada cambió por un segundo: seria, depredadora, evaluando a Theo como a un rival digno.

Después sonrió. Una sonrisa amplia y venenosa.

—Trato hecho —dijo.

Entonces se inclinó, acercándose al oído de Theo, y habló con una voz aún más baja y cruel:

—Pero si gano… me voy a follar a Ceres.

Durante un segundo, todo quedó en silencio.

Hasta los Silenciadores que estaban junto a la puerta se movieron, incómodos, como si presintieran la explosión.

Y esta llegó.

Theo cerró el puño y golpeó a Dark directamente en el rostro. El chasquido seco resonó por todo el vestuario.

Dark retrocedió medio paso, se llevó una mano a la mandíbula y… se rio.

Se rio a carcajadas, sinceramente divertido.

—Ahhh… —dijo, todavía riendo—. Así que sabe pegar.

Dark levantó la mirada hacia Theo, que ya había adoptado una posición de combate, listo para continuar.

Entonces dio un paso adelante y le devolvió el golpe, alcanzándolo en el estómago y dejándolo sin aire.

Y ambos se enzarzaron en una pelea.

Puñetazos, codazos, insultos escupidos entre dientes apretados.

El sonido seco de la carne contra la carne, respiraciones agitadas, odio puro.

Los Silenciadores intervinieron en el momento justo, sujetando a ambos antes de que alguien sangrara más.

Dark se dejó apartar, todavía riéndose por lo bajo, con un hilo de sangre deslizándose por su barbilla.

Mientras lo arrastraban, gritó por encima del hombro:

—¡Solo estaba bromeando!

—Vaya, tienes un buen puñetazo…

—¡Qué susceptible, príncipe!

Theo permaneció inmóvil, jadeando, con el puño todavía cerrado, sintiendo cómo la sangre caliente le hervía en el rostro y el pecho.

Dark se había marchado, pero el sabor del desafío permanecía.

Y también la promesa.

El veredicto de la Madre Ceres

La noticia llegó rápidamente, como siempre.

En el comedor, en el patio, en los pasillos: Theo y Dark se habían peleado en el vestuario.

Algunos decían que Dark estaba sangrando. Otros, que Theo había caído primero.

Pero todos sabían que aquello no era más que el comienzo.

La Madre Ceres los convocó esa misma noche.

Se encontraban dentro de un tren blindado que atravesaba la ciudad a gran velocidad, en línea recta hacia las entrañas situadas bajo la torre.

La sala estaba fría, iluminada únicamente por el panel central con las runas del régimen.

Ella los esperaba sentada en su elevado sillón, un trono diseñado para recordarles quién mandaba allí.

Theo entró primero, con la cabeza erguida, pero las manos temblorosas detrás del uniforme.

Dark llegó justo detrás, con la comisura del labio amoratada y una sonrisa que ni siquiera se molestó en disimular.

Ella los observó durante largos segundos.

Y no dijo nada.

Su silencio dolía más que cualquier palabra.

Theo sintió que se le revolvía el estómago.

Dark, en cambio, sostuvo su mirada, desafiante, casi divertido.

Finalmente, la Madre Ceres se inclinó ligeramente hacia delante.

Su voz era suave, pero gélida:

—Ustedes son mis dos hijos favoritos… y se comportan como dos perros callejeros peleándose por un hueso.

Theo sintió que se le oprimía el pecho.

Dark no retrocedió ni un milímetro.

Ella continuó:

—Los cultivo porque sé de lo que son capaces. Porque veo el potencial que hay en cada uno. Pero no confundan mi paciencia con el perdón. Puedo… devorarlos en cualquier momento.

Levantó un dedo para llamar a uno de los Silenciadores.

El hombre depositó en su mano un broche dorado, la misma estrella de la lealtad que Theo había arrojado a la basura.

Ella la hizo girar entre sus dedos, como un gato que juega con un pajarillo antes de matarlo.

—Dark… —lo llamó sin apartar los ojos de Theo—. Te quedaste con esto, ¿verdad?

Dark alzó las cejas y sacó del bolsillo la medalla aplastada, ofreciéndosela despreocupadamente.

Ella la tomó y, sin mirarlo, esbozó una leve sonrisa.

—Devoras pecados sin siquiera sentir su peso, ¿verdad, Dark? Por eso me gustas.

Dark no respondió. Se limitó a sonreír con aquella misma expresión burlona.

Entonces ella se volvió hacia Theo, dejando caer sobre él todo el peso de su mirada.

—Y tú, mi príncipe leal… —dijo casi en un susurro—, nunca me pidas amor.

Yo no amo. Yo creo. Yo moldeo. Yo destruyo. Yo mando.

Se levantó y caminó lentamente hacia él, deteniéndose a pocos centímetros de su rostro.

—Si me amas tanto como dices, Theo… entonces cierra la boca y sé mi perro.

Por último, retrocedió e hizo un gesto a ambos, como si despidiera a unos niños traviesos.

—Ahora váyanse. Descansen. Y mátense en el campo mañana, si quieren. Quiero verlos dar un espectáculo para Oplon.

Los Silenciadores abrieron las puertas y la audiencia terminó.

Theo y Dark salieron juntos, uno al lado del otro, sin mirarse, sintiendo el peso invisible de la Madre Ceres todavía adherido a sus espaldas.

Después de aquella reunión nocturna con la Madre Ceres y Dark, Theo se perdió en sus propios pensamientos, como si la voz de ella siguiera resonando en su mente:

—Y tú, mi príncipe leal… —había susurrado casi inaudiblemente—, nunca me pidas amor.

Yo no amo. Yo creo. Yo moldeo. Yo destruyo. Yo mando.

Fue duro, pero Theo lo entendió: incluso aquellas palabras contenían una forma de cuidado. Si no le importara, jamás habría convocado aquella reunión de urgencia esa misma noche. La Madre Ceres doma a sus hijos, los moldea y los mantiene vivos entre odios y rencores, pero les impide destruirse unos a otros.

A Dark le encantaba provocar a Theo, desafiarlo, ponerlo a prueba. Disfrutaba del caos y de la adrenalina del peligro, impulsado por un aburrimiento que no hacía más que aumentar su audacia.

Theo, en cambio, era cortés; y la cortesía no cambia la esencia de un hombre, solo la disfraza. Podría matar a Dark no por placer, sino por necesidad de encontrar silencio en su interior, por un instante de paz con su propia alma.

Pero la Madre los había moldeado con plomo en las venas, arrancándoles los sentimientos más sencillos y dejando únicamente la fuerza, el odio y el orgullo.

Aun así, sentían.

Aun así, reaccionaban.

Dark se divertía en los pasillos del tren blindado, buscando problemas por curiosidad, por diversión. Theo se mantenía firme, un oponente serio e implacable, dispuesto al enfrentamiento acordado para después del lanzamiento del cohete de su hermano, el mayor Tomas, otro hijo amado de la Madre Ceres, cada uno a su manera, cada uno encerrado en su propia prisión invisible.

Ella los había alimentado con odio, orgullo y fuerza. Sus hijos eran perfectos, sin debilidades aparentes: músculos ágiles, cuerpos firmes pero flexibles, piel cuidada, sangre nutrida con agua y alimentos de calidad. Todo calculado para crear máquinas humanas.

Sus cuerpos serían el aceite de los engranajes de hierro; sus espíritus, cautivos.

¿Escapar de la Madre? Imposible.

Eran hijos suyos.

Disputas, rivalidades, odios: nada de eso los acercaba a la verdad.

A cualquiera que se atreviera a acercarse demasiado, la Madre lo extinguía sin remordimientos. Quería hijos fuertes, irrompibles, encadenados eternamente a su voluntad.

Los alimentaba, los educaba, los moldeaba… y, al mismo tiempo, los devoraba.

Dicen que la Madre Ceres, antes de cualquier discusión con cualquier entidad del consejo —ya fuera de Ceres o de cualquier otra naturaleza—, filosofa con el estómago vacío para sentir la esencia misma de su ideología.

El hambre vence cualquier principio; nadie escapa de ella.

Duele. Es implacable, tan cruel como la propia Madre Ceres.

Para ella, el hambre era el mayor enemigo. Mientras otros debatían con el estómago lleno, ignorando la ausencia, ella sentía el vacío, se devoraba por dentro y dejaba que el dolor moldeara su visión.

La Madre Ceres destroza las almas de ese modo, no por lo que piensan, sino por lo que tienen —o dejan de tener— en el estómago.

Por eso ayuna: deja que su propio cuerpo la consuma, permite que el hambre y el odio la moldeen, y prepara a sus hijos para que nunca conozcan el dolor de pasar hambre, el peor que puede sentir un ser humano, quizá peor que la muerte.

Así alcanzó su posición como señora del continente.

Riqueza, alimentos, medicamentos, donaciones… todo conseguido sin levantar un arma, sin matar, sin recurrir a la violencia directa.

Aun así, venció al hambre y, con ello, impuso su autoridad.

Theo y Dark, por mucho que se odien, llevan todo eso en lo más profundo de su ser.

La Madre Ceres obra el milagro; ella es el milagro.

Ella acabó con el hambre y, por eso, recibe de ellos un respeto absoluto, reverencial, casi religioso.

Para ellos no hay ninguna duda: es la Madre suprema, la Madre Ceres.

El estadio

El estadio de Oplon era un coloso blanco, impecablemente limpio e intimidante.

Las gradas ya estaban repletas de ciudadanos vestidos de blanco que gritaban consignas en apoyo a la ciudad.

Una radio narraba cada movimiento para la cadena oficial, pero no había cámaras ni imágenes para la historia. En Oplon, todo debía pasar por un filtro.

En el vestuario visitante, la tensión crecía al ritmo del sonido amortiguado del himno de Oplon que llegaba desde el exterior.

El entrenador pronunciaba un discurso burocrático, pero nadie lo escuchaba realmente.

Ya estaban preparados.

Theo estaba sentado en un rincón, ajustándose las vendas de las manos.

Dark, de pie y apoyado contra una columna, hacía girar la medalla aplastada entre los dedos como si fuera una moneda.

Durante unos breves segundos, sus miradas se cruzaron. No había sonrisas, pero tampoco quedaba ya un odio puro.

Solo un pacto tácito: nadie saldría débil de aquella arena.

Los demás chicos del equipo lo percibían.

Incluso los Silenciadores que patrullaban el vestuario lo percibían.

Entre Theo y Dark había ahora un fuego diferente.

Y la Madre Ceres, invisible allí, como siempre, también lo sentía.

La piscina de saltos ornamentales

Al otro lado del complejo deportivo, Ceres y Ana ya estaban en el vestuario femenino.

El agua de la piscina reflejaba el cielo metálico de Oplon.

El público gritaba, ansioso por verlas competir, no solo entre sí, sino también contra ellas mismas, tal como quería la propia Madre Ceres.

Ana se secaba las manos y miraba a Ceres con una expresión maliciosa y nerviosa a la vez, preparada para clavarle una última pulla antes del salto.

Pero Ceres, altiva, respiraba profundamente.

Ella era la líder.

Y los líderes no flaquean ante el enemigo.

Ambas caminaron una al lado de la otra hacia el trampolín, mientras el público hostil de Oplon esperaba el espectáculo de las dos jóvenes de Ceres desafiando el aire.

Hasta ese momento, todo era una prueba.

Todo era un capítulo más del juego que la Madre Ceres jugaba con cada uno de ellos.

Y, en silencio, ella sonreía.

Vestuario en Oplon

El vestuario de Oplon parecía más una cámara mortuoria que un espacio para atletas: paredes metálicas, frías al tacto, con placas rojas grabadas en relieve con las palabras «La disciplina es honor».

El aire era pesado, impregnado del olor a desinfectante y concreto húmedo.

Sentada en un banco estrecho, Ceres mantenía una postura perfecta, erguida como una estatua de mármol vivo.

Su traje de baño negro, con detalles plateados, parecía moldeado sobre su piel pálida. Su cuerpo estaba tan tenso y era tan poderoso que resultaba imposible no imaginar la fuerza oculta bajo aquella quietud.

Ana terminaba de ajustar las bandas elásticas de sus tobillos, sentada en el banco opuesto. Su cuerpo era igualmente esbelto, pero temblaba debido a los nervios contenidos.

Su cabello rubio caía sobre los hombros como un velo dorado, un contraste estridente con la frialdad de la sala.

Entre ellas, dos soldados Silenciadores permanecían de pie como sombras, imponentes dentro de sus armaduras de kevlar gris oscuro. Sus rostros estaban completamente ocultos tras unas gafas de visor que cubrían toda la cara: inexpresivos, silenciosos, recordándoles constantemente que cada palabra estaba siendo vigilada.

—No te atrevas a tropezar hoy, Ana —dijo Ceres, cortando el silencio como un bisturí.

Ni siquiera miró a su rival mientras revisaba tranquilamente las correas de su propio equipo de salto.

Ana levantó sus ojos verdes, chispeantes.

Su tono era burlón:

—Deberías preocuparte por tu propio salto. No por el mío.

Ceres finalmente la miró. Sus ojos azules eran profundos y amenazadores como un cielo cargado de tormenta.

—Yo no tropiezo —respondió secamente.

Ana soltó una risa sin humor y echó la cabeza hacia atrás.

—No tropiezas… pero tampoco sientes nada, ¿verdad? Siempre con esa máscara de hielo. Apuesto a que ni siquiera parpadeaste cuando quemaron a Gene.

Un músculo se contrajo en la mandíbula de Ceres. Cerró la mano en un puño sobre su propia rodilla.

—Gene se merecía cada chispa —respondió con frialdad—. Traicionó a la Madre. Blasfemó. Theo hizo lo que cualquier hijo devoto habría hecho. Tú, Ana… deberías agradecer que todavía tengas un lugar donde arrodillarte todos los días.

Ana rechinó los dientes y se inclinó hacia delante, casi nariz contra nariz con ella.

—Claro. ¿También tengo que arrodillarme ante ti? Ya que me ganaste en aquella pelea ridícula… a mano abierta —su voz salió cargada de veneno—, solo para humillarme.

Ceres no retrocedió. Al contrario, también se inclinó, tan cerca que Ana pudo sentir su respiración fría.

—No fue para humillarte, Ana. Fue para recordarte que soy mejor que tú, incluso sin esforzarme demasiado. Y eso es lo que odias.

Ana se apartó, furiosa, con los ojos húmedos por un instante, pero no permitiría que Ceres lo viera.

Se volvió hacia su taquilla, respirando hondo mientras intentaba recuperar la compostura.

Los Silenciadores no movieron ni un músculo durante toda la escena.

Entonces Ceres se puso de pie con su gracia y precisión habituales. Su voz cambió: seguía siendo cruel, pero ahora tenía un matiz motivador, porque lo necesitaba.

—Escucha. Hoy no se trata de ti. Ni de mí. Se trata de la Madre. El salto debe ser perfecto. Y sé que puedes conseguirlo. Eres buena. Lo bastante buena para estar a mi lado, no por debajo de mí. Demuéstralo.

Ana, todavía de espaldas, apretó los puños.

Cuando habló, su voz fue más baja, casi un susurro:

—No creas que hago esto por ti.

Ceres sonrió ligeramente, con una sonrisa glacial.

—Perfecto. Hazlo por Ella. Y no te atrevas a fallar.

Ceres salió primero, con pasos que resonaban en el vestuario metálico.

Ana se quedó atrás un momento, respirando profundamente antes de seguirla, con la rabia y la determinación mezcladas como pólvora.

Los Silenciadores caminaron detrás de ellas, mudos como perros guardianes.

En el pasillo que conducía al trampolín, el mantra resonaba en sus mentes:

«Madre Ceres, que nos alimenta, nos educa y nos devora».

Era un recordatorio de lo que estaba en juego.

Aquel día no podían decepcionarla.

La mirada de las rivales de Oplon

El pasillo que conducía al trampolín era estrecho, y el sonido de las sandalias golpeando el suelo metálico resonaba por sus paredes.

Al frente, la cortina de vinilo rojo se balanceaba ligeramente, dejando entrever la piscina iluminada y las gradas abarrotadas.

Todo Oplon parecía haberse reunido allí: soldados, niños con uniformes blancos, políticos con insignias doradas.

Y, en el centro de todo, un enorme estandarte de la supremacía local, con su símbolo: un águila blanca sobre fondo negro.

Ceres caminaba delante de Ana, con el cuerpo erguido como una lanza y el rostro impasible.

Ana la seguía de cerca, con los ojos verdes entrecerrados, intentando controlar su respiración.

Cuando atravesaron la cortina y entraron en la zona de la piscina, el olor a cloro les quemó las fosas nasales, mezclado con la electricidad de cientos de miradas posadas sobre ellas.

Fue entonces cuando las vieron.

En el extremo opuesto de la piscina, estirando sus músculos, estaban las saltadoras de Oplon.

Dos chicas jóvenes, de cuerpos esculturales, con trajes de baño blancos adornados con detalles dorados.

Llevaban el cabello recogido en moños impecables. Su rubio platino era idéntico y relucía bajo las luces del gimnasio.

Sus rostros parecían esculpidos a partir de un mismo molde: piel clara, pómulos prominentes, ojos pálidos y fríos.

Las chicas de Oplon levantaron la cabeza al advertir la presencia de las visitantes.

Y entonces llegó la mirada.

Una mirada larga, prolongada, mezcla de repugnancia, envidia y desprecio.

Una mirada que decía más que cualquier palabra: aquellas dos no deberían existir.

Eran una afrenta a la perfección por venir del «lugar equivocado».

Por impecables que fueran sus saltos, eran hijas de Ceres, y eso les resultaba intolerable.

Oplon no perdonaba.

Oplon odiaba.

Ana lo notó primero. Sintió que se le helaba la espalda bajo el traje de baño, pero se mantuvo firme, con la barbilla levantada, como la ciudad que la había criado.

Ceres, sin embargo, ni siquiera parpadeó.

Sus ojos azules recorrieron los rostros de sus rivales como si fueran parte de la arquitectura hostil de aquel gimnasio.

Indiferente. Fría. Peligrosa.

Las saltadoras de Oplon cuchichearon entre ellas, y una dejó escapar una sonrisa cínica.

Pero la sonrisa no duró cuando los ojos de Ceres volvieron a posarse sobre ellas, buscando sus almas como un bisturí invisible.

La sonrisa murió.

A regañadientes, Ana casi sonrió al verlo.

Sobre ellas, colgado del techo, un cartel gigantesco mostraba unas letras blancas:

«La pureza de la raza comienza en las aguas».

Ceres leyó la frase y levantó las cejas lo justo para expresar su desprecio.

Ni los perros, ni los gatos, ni las ratas pasaban hambre en Ceres. Tampoco había niños consumiéndose por culpa de las epidemias.

No había nada que aquellas chicas de Oplon pudieran hacer salvo mirar, porque la perfección no se proclama: se construye.

Ceres y Ana intercambiaron una mirada fugaz, no de complicidad, sino de entendimiento silencioso.

Aplastarían a aquellas dos en la piscina.

Y lo harían por Ella, la Madre que las educaba, las alimentaba y las devoraba.

Cuando sus nombres fueron anunciados por los altavoces metálicos y el público estalló en aplausos contenidos, las cuatro comenzaron a dirigirse hacia las escaleras del trampolín.

Las miradas de sus rivales todavía les quemaban la espalda.

Pero, para Ceres y Ana, no eran más que chispas apagadas antes del incendio.

El salto de las rivales y la decisión

Todo el gimnasio quedó en silencio cuando los nombres de las saltadoras de Oplon resonaron por los altavoces.

Las dos rubias subieron las escaleras del trampolín con la gracia de quienes cargan sobre los hombros el orgullo de toda una ciudad.

Cada peldaño iba acompañado de aplausos contenidos y miradas reverentes.

Al llegar a la cima, se detuvieron una al lado de la otra, de espaldas a la piscina.

El reflector que las iluminaba las hacía parecer todavía más blancas, como si estuvieran hechas de hielo tallado.

Y entonces comenzaron.

El salto de ambas era una coreografía hipnótica: perfecta en sincronización, ejecución y fluidez.

Era como contemplar una película a cámara lenta.

Sus cuerpos se arqueaban con precisión matemática, los dedos de las manos apuntaban con exactitud y los músculos se tensaban en el instante preciso.

Giraron en el aire como tornillos de oro, se estiraron como flechas y atravesaron el silencio con una inmersión que apenas hizo ondular el agua.

Por un momento, hasta el público de Oplon quedó inmóvil, extasiado.

Hasta Ana sintió que se le hacía un nudo en la garganta.

Hasta Ceres apretó la mandíbula.

Cuando las dos rivales salieron del agua y recibieron los aplausos frenéticos, Ana y Ceres permanecieron junto al trampolín, observándolas.

No se movieron.

No sonrieron.

No aplaudieron.

Y entonces lo notaron al mismo tiempo.

Algo pequeño, casi invisible:

el ángulo de los pies de ambas rivales, demasiado abiertos al extenderse al final del salto.

Un detalle. Un error. Minúsculo, pero presente.

Ana levantó sus ojos verdes hacia los ojos azules de Ceres.

Y Ceres ya la estaba mirando, fría, como si dijera: yo también lo vi.

En ese instante se encendió entre ambas un odio sordo.

Un odio antiguo, impetuoso, inflamado por el orgullo y la rabia de tener que compartir aquel podio con la otra.

Pero, por primera vez…

Ambas tomaron ese odio, lo doblaron como hierro incandescente y lo moldearon en una única dirección: contra Oplon.

Ana apretó los dientes.

Ceres, todavía inmóvil, volvió el rostro hacia la piscina, manteniendo aquella mirada depredadora fija en el agua mientras ya calculaba cada respiración y cada fracción de segundo que las separaba de la victoria.

Una sonrisa casi imperceptible apareció en la comisura de su boca marmórea.

Casi perfecta, pensó. Y casi no es nada.

Cuando sus nombres fueron anunciados por los altavoces, Ana y Ceres comenzaron a caminar una al lado de la otra hacia las escaleras del trampolín.

Ahora todo el gimnasio las observaba.

Y ellas no eran amigas.

No eran compañeras.

Eran dos fuerzas opuestas, obligadas a fundirse para aplastar a sus rivales.

Subieron sin mirarse.

Pero, en silencio, la rabia de ambas ya tenía un objetivo.

Y, durante un instante cruel y sublime, casi parecían la misma persona.

El salto de Ceres y Ana

Los jueces estaban sentados en fila junto al borde del gimnasio, en sillas blancas e insípidas, como espectros.

Eran hombres y mujeres procedentes de todos los rincones del continente, elegidos para garantizar una supuesta imparcialidad.

Sus tablillas brillaban bajo la luz dura de los reflectores mientras anotaban cifras que todavía no significaban nada.

Números que solo cobrarían sentido después de que Ceres y Ana saltaran.

El anuncio de su participación hizo enmudecer al público.

Ceres a la izquierda. Ana a la derecha.

Subieron los escalones del trampolín con pasos idénticos, pero cada una llevaba un fuego diferente en el pecho.

Cada peldaño era un duelo.

Cada respiración, una afrenta.

En la cima, no se miraron.

Se colocaron una al lado de la otra.

El agua azul clara que se extendía debajo parecía invitarlas a cometer un error.

Pero para ellas… los errores eran cosa de los demás. Nunca de ellas.

Cuando se lanzaron, fue como escuchar una sinfonía en directo.

Una de las canciones de la lista negra de Ceres, aquellas prohibidas cuyas melodías habían sido censuradas por la Madre y difundidas en cintas magnéticas llenas de estática.

Pero allí, durante aquella fracción de segundo… no había interferencias.

No había ninguna aguja chirriando sobre el vinilo.

Era algo puro, cristalino, casi divino.

Sus cuerpos se arqueaban al unísono, reflejándose mutuamente, bailando sobre el vacío con una precisión brutal.

Dibujaban en el aire espirales calculadas matemáticamente.

Dedos extendidos.

Pies perfectamente juntos: aquel miserable detalle que las rivales de Oplon no habían conseguido dominar.

Y entonces, sin salpicaduras ni vacilaciones, entraron en el agua como dos lanzas, desgarrando la superficie en silencio.

El público estalló.

Los jueces levantaron sus tablillas.

Las puntuaciones eran casi idénticas a las de sus rivales de Oplon.

Casi perfectas.

Pero en Ceres, «casi» significaba nada.

Y aquel nada suyo seguía siendo mejor que el todo de las otras.

Cuando salieron del agua y regresaron al borde de la piscina, Ana ya respiraba con furia, incluso bajo los aplausos.

Ceres simplemente sonrió con frialdad, con sus ojos azules como cuchillos clavados en el rostro de la rubia.

Ana se acercó a ella con una sonrisa igualmente venenosa y susurró, de espaldas al público:

—Si no hubieras dudado medio segundo antes de girar… habríamos sido perfectas.

Ceres inclinó la cabeza hacia ella, sin apartar los ojos de los jueces.

—Y si no hubieras bloqueado los tobillos un milímetro antes de entrar en el agua… habríamos sido perfectas.

Por un instante, quedaron frente a frente.

El odio, vivo.

La arrogancia sangrando de los ojos verdes hacia los azules.

Y ninguna de las dos admitía que aquel odio, aquella culpa, era lo que las mantenía por encima de cualquiera de sus rivales de Oplon.

Entonces Ceres levantó la barbilla y murmuró:

—Lo peor de nosotras es mejor que lo mejor de ellas. Recuérdalo, Ana.

Ana apretó los puños y respondió secamente:

—Todavía no es suficiente para mí. Quiero la perfección.

Ceres se limitó a esbozar una media sonrisa de mármol y caminó hacia la salida del gimnasio, dejando que las gotas cayeran de su cabello negro como pequeñas sentencias.

Ana la siguió, odiando cada paso, pero ya planeando el siguiente salto.

El Palco Blanco

Allá arriba, por encima de la multitud que rugía, se alzaba el Palco Blanco.

Era el único espacio del gimnasio que no parecía contaminado por el sudor y el fervor de los aficionados: un rectángulo de mármol rodeado de cristales polarizados y luces opacas.

En el centro del palco, sentada con la calma de una diosa, estaba la Madre Ceres.

Su vestido blanco se deslizaba por su cuerpo como leche resplandeciente, con una cola que caía sobre los escalones en suaves ondas.

La corona, un círculo de cristales translúcidos, rodeaba su rostro con un brillo casi místico, como un halo invertido.

Y en el centro, ocultando aquello que todos soñaban con ver, permanecía inmóvil la máscara ovalada y oscura, opaca, negando cualquier rasgo humano detrás de ella.

Nadie había visto jamás el rostro de la Madre Ceres.

Y nadie se había atrevido a preguntarle.

A su lado, reclinado en un sillón de cuero negro, estaba Alac Bilac, el hombre que jamás había perdido una batalla.

El hombre al que sus legiones llamaban «perfecto».

El hombre del que se decía que hasta los soldados más valientes se orinaban en los pantalones al enfrentarse a él.

No llevaba corona ni máscara.

Solo aquella mirada.

Y bastaba para intimidar a cualquiera que se atreviera a alzar la voz.

Y, aun así, la Madre Ceres se burlaba de él.

Su voz metálica y cristalina resonó detrás de la máscara, como un susurro cargado de cuchillas:

—Qué ironía… Un hombre que nunca ha perdido… pierde hoy. Y ni siquiera es una guerra.

Alac Bilac mantuvo los ojos fijos en la piscina, con la mandíbula apretada.

El músculo de su sien palpitaba.

No respondió. Solo dejó escapar un gruñido, un sonido grave, casi imperceptible.

La Madre Ceres continuó, implacable:

—Sé que envidias la ciudad implacable que es Ceres. Sé que tus propios soldados, con toda su podrida ideología, ya sueñan con recibir alimento como perros bien educados en nuestras plazas… mientras tu pueblo muere por epidemias en callejones inmundos. Tú lo sabes. Yo lo sé. Y ellos también lo saben.

Los ojos de Alac Bilac parpadearon rápidamente, pero no replicó.

Seguía mirando hacia abajo, hacia las adolescentes junto al trampolín: aquellas dos, tan blancas como los supremacistas que él mismo veneraba, pero feroces como nada que Oplon hubiera producido jamás.

—Y mira… —la voz de ella adquirió un tono casi divertido—. Mis juguetes todavía están en desarrollo. Adolescentes, Bilac. Y, aun así, ya son mejores que cualquiera de tus campeones de la supremacía. Mejores de lo que tú mismo fuiste algún día, quizá…

El hombre respiró hondo, casi imperceptiblemente.

La derrota todavía no era segura: el segundo salto decidiría el resultado.

Pero ya sentía su sabor quemándole la lengua.

—Si caes… dime, Alac Bilac… ¿a quién le pedirás ayuda? ¿A quién? ¿Quién garantizará tu oro? ¿Tus bancos? ¿Tus soldados hambrientos? Ah… sabes la respuesta. Siempre la has sabido.

Los cristales de la corona relucieron cuando ella inclinó la cabeza, mirándolo como quien contempla una hormiga.

En el Palco Blanco estaba permitido presumir, intercambiar bravatas, reírse del odio y del poder: todo formaba parte del espectáculo.

Pero las bravatas de la Madre Ceres nunca sonaban como simples bravatas.

Incluso Alac Bilac lo sentía.

Sabía, en el fondo, que su arrogancia siempre tenía razón. O casi siempre.

Y que, para la Madre Ceres, «casi» no significaba nada.

Ella siempre estaba por encima de la nada.

Durante un instante, solo el sonido del agua en el gimnasio llenó el silencio entre ambos.

La Madre Ceres sonrió detrás de la máscara y finalmente dijo, con un tono suave, cruel como la nieve:

—Presta atención, Bilac. Hoy aprenderás que hasta la perfección tiene que arrodillarse ante la Madre.

Y, en efecto, él lo sabía.

Sabía que ya estaba de rodillas, aunque fingiera que no.

Palco Blanco: «La primera vez»

Todo el gimnasio parecía contener la respiración cuando las puntuaciones del salto de Ana y Ceres resonaron por los altavoces: un empate técnico en el primer puesto, aunque todos sabían quién llevaba la ventaja.

En la plataforma, ambas se preparaban para el segundo salto.

Abajo, los rostros pálidos y tensos de las saltadoras de Oplon ya se arrugaban de miedo.

En el palco, sin embargo, reinaba la tranquilidad helada de la Madre Ceres.

Sentada en su sillón blanco, con el vestido resplandeciendo como la nieve bajo la luz artificial, no necesitaba mirar para sentir la rabia que Bilac desprendía a su lado.

El hombre perfecto. El mito de Oplon. El general invicto.

Tan inmóvil como una estatua, pero su silencio tenía para ella un sonido inconfundible: el de una derrota anticipada.

Se inclinó ligeramente hacia delante, apoyó la barbilla en la punta de los dedos y dejó escapar su provocación con un tono casi divertido:

—Si quisiera, solo para matar el tiempo… podría destruir todo esto. Cortar tus suministros. Bloquear tus cuentas. Dejar que se mueran de hambre durante semanas… solo para escuchar el tintineo de tus medallas vacías.

Silencio.

Él no respondió.

Ella sintió el nudo en su garganta. Sintió cómo su orgullo se estremecía.

Y entonces, por primera vez en todos aquellos años de «guerra fría», Alac Bilac le habló.

Volvió el rostro hacia la máscara oscura y dijo entre dientes:

—Tú… eres sádica.

Los cristales de la corona de la Madre Ceres brillaron bajo las luces del gimnasio cuando ella levantó un poco la cabeza para mirarlo.

La primera palabra que él le dirigía.

Casi se rio, no por sorpresa, sino por deleite.

Siempre había esperado que algún día él se quebraría.

Su voz llegó baja, pero gélida y llena de escarnio, sin siquiera volver la máscara hacia el rostro de él:

—Ah, Alac… no confundas el sadismo con el talento. No es culpa mía que todos ustedes se pasen la vida queriendo ser como yo.

Por último, levantó delicadamente su mano blanca, como quien dirige un espectáculo, y remató:

—La diferencia entre nosotros, querido… es que tú sueñas con ser Madre.

Abajo, Ana y Ceres ya estaban preparadas en el trampolín, con los ojos ardiendo de rivalidad y determinación.

En el palco, Bilac regresó a su silencio de piedra, pero aquella única frase seguía resonando en su interior, carcomiendo su mito desde dentro.

Le había hablado.

Ella había conseguido que hablara.

Y, para la Madre Ceres, aquello ya era una victoria suficiente.

El salto decisivo

El silencio del gimnasio antes del último salto era espeso como el concreto.

Las saltadoras de Oplon ya estaban al borde del trampolín, listas para su segunda ejecución. Pero ya no eran las mismas chicas seguras del comienzo.

Ya no.

Ahora su miedo era palpable: un olor ácido en el aire, un temblor casi imperceptible en la punta de los dedos de los pies.

Ana y Ceres, de pie una al lado de la otra, las observaban con aquel mismo odio silencioso que siempre se reservaban mutuamente.

Pero en aquel instante, su odio se transformó.

Lo redirigieron hacia sus rivales.

Y juntas, casi sin darse cuenta, compartieron una misma sonrisa fría y disimulada al ver el miedo en las dos saltadoras que tenían delante.

Ceres inclinó la cabeza, con sus ojos azules buscando el alma de sus adversarias como siempre hacía, y encontró el terror que buscaba.

Ana, por su parte, cruzó los brazos y, bajo su flequillo rubio, sus ojos verdes brillaron con una satisfacción venenosa.

Olfatearon juntas.

Aquel miedo… era delicioso.

Porque ya lo sabían: el miedo es sinónimo de derrota.

Las saltadoras de Oplon saltaron.

Todo el gimnasio observó en silencio, como si la escena transcurriera a cámara lenta.

Sus cuerpos cortaban el aire, pero algo ya no estaba bien.

La sincronización casi perfecta del primer salto no se repitió.

El miedo había alterado el ritmo, dilatado los movimientos, y las puntas de los pies volvieron a fallar al entrar en el agua, esta vez un poco más separadas.

Una salpicadura más alta de lo aceptable.

Un defecto invisible para los ojos comunes, pero no para las dos depredadoras que aguardaban en la plataforma.

Ana y Ceres intercambiaron una mirada fugaz, cómplice y cargada de odio, pero también de una certeza silenciosa: ya hemos ganado.

Cuando sus rivales salieron del agua, los aplausos fueron tibios.

Las puntuaciones, aunque buenas y casi perfectas, no bastaban.

Porque en Ceres, casi no es nada.

Y en Oplon, casi ya es una derrota.

Ahora les tocaba a ellas.

Ana subió al trampolín sin esperar a Ceres.

Ceres la siguió con aquella paciencia asesina de mármol, con los ojos azules brillando como el propio cielo bajo el que reinaba la ciudad de Ceres.

Ambas sabían que se odiaban.

Pero, más que eso, amaban contemplar juntas el miedo de quienes se atrevían a desafiar a la Ciudad.

Y, en el fondo, cuando se colocaron una al lado de la otra, listas para saltar, sintieron lo mismo:

Ahora es cuando las destruimos.

En el palco, la Madre Ceres sonrió detrás de la máscara, satisfecha con sus pequeñas piezas en el tablero.

Y Alac Bilac ya sabía, incluso antes de que comenzara el salto, que aquel día perdería.

Sonó el silbato.

Ambas saltaron con tanta rapidez y perfección que ya no quedaba nada que decir.

Vestuario: lavando los trapos sucios

El eco de las puntuaciones finales todavía flotaba en el gimnasio cuando Ana y Ceres entraron juntas en el vestuario blanco de Oplon.

El aire estaba impregnado de cloro, sudor y detergente en polvo.

Habían ganado.

Era un hecho.

La ciudad de Ceres había triunfado una vez más sobre los supremacistas.

Pero aquello no era suficiente para ellas.

Ana arrojó la toalla sobre el banco metálico y se volvió con una sonrisa ácida:

—No creas que fuiste tú quien consiguió esta victoria para nosotras, Ceres. Si yo hubiera liderado, la puntuación habría sido perfecta. Perfecta.

Ceres, tranquila como el mármol, se sentó en el banco opuesto, cruzó las piernas y miró a Ana con sus ojos azules de cazadora.

Su cabello negro todavía goteaba, y sus hombros esbeltos parecían tallados a mano.

Sonrió, pero no fue una sonrisa amable. Fue clínica, sádica.

—¿Perfecta? Tropezaste en el segundo giro.

Inclinó la cabeza con frialdad.

—Yo corregí tu error. Deberías darme las gracias de rodillas por no haberte dejado hundirte sola.

Ana resopló, con los ojos verdes chispeantes y los dedos cerrados en puños.

Dio un paso adelante, casi pegando su rostro al de la otra.

—No tienes ni idea de cuánto sueño con sacarte a la fuerza de ese trampolín, Ceres. Algún día te haré tragarte esa repugnante arrogancia.

Ceres no retrocedió.

Se limitó a arquear una ceja, como quien observa a un animalito intentando morder la mano de su dueño.

—Entonces sigue soñando, Ana.

Se inclinó ligeramente, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cortante.

—Pero soñar no cambiará el hecho de que siempre salto más alto que tú. Siempre.

Ana soltó una risa breve, burlona, pero durante un instante sus dedos temblaron en el aire, como si realmente estuviera a punto de golpearla.

Sin embargo, no lo hizo.

Y Ceres ni siquiera parpadeó.

Desde un rincón del vestuario, el entrenador, un hombre canoso y rígido, las observaba en silencio, apoyado contra la pared con los brazos cruzados.

Sabía que no podía intervenir, ni debía hacerlo.

La ideología de la Madre no permitía que la sangre de sus Hijos se derramara entre ellos.

La violencia física entre compañeros era un desperdicio de energía, un atentado contra la eficiencia de la Ciudad.

En Ceres, el odio debía canalizarse para vencer a los enemigos externos, no para destrozar lo que ya era perfecto por dentro.

Y ambas lo sabían.

Era la única razón por la que todavía no se habían molido a golpes.

—Todavía voy a derribarte —siseó Ana, retrocediendo medio paso, aunque el fuego seguía ardiendo en sus ojos.

—Pues inténtalo —respondió Ceres, poniéndose de pie con majestuosidad—. Cuando lo consigas, te habrás vuelto digna de mí.

Se miraron durante unos segundos más. La tensión en el aire era eléctrica, casi mortal.

Dos depredadoras sujetas por el collar de una misma doctrina.

Entonces, casi al mismo tiempo, recogieron sus toallas y recuperaron la compostura como si nada hubiera sucedido.

Pero, en el fondo, ambas lo sabían: aquel odio todavía las haría volar cada vez más alto.

Porque, al fin y al cabo, casi no es nada.

Y en Ceres…

Nada es suficiente.

En el podio: la Madre Ceres que nos devora

Todo el gimnasio se puso en pie cuando las vencedoras subieron al podio.

Ceres y Ana, una al lado de la otra en el escalón más alto, levantaron sus medallas plateadas y blancas con la inscripción de la Ciudad.

En el escalón inferior, las chicas de Oplon mantenían la barbilla en alto y los puños cerrados: derrotadas, pero todavía empeñadas en aparentar orgullo.

Las luces blancas y duras del gimnasio relucían sobre las coronas metálicas que les habían colocado en la cabeza.

Sonó el himno de Ceres.

Un coro suave, grave y envolvente resonó por el gimnasio como un soplo divino:

«Erigida en mármol, forjada en silencio,
Ceres nos guía, implacable y bella…»

Las dos no sonrieron ni saludaron.

Los ojos de Ana no se apartaban de los de Ceres.

Los de Ceres miraban al vacío frente a ella, pero despedían un brillo azul gélido que solo Ana parecía percibir.

Cuando terminó el himno, todo el público, incluidas las atletas derrotadas de Oplon, se puso de pie y repitió el mantra al unísono:

—¡MADRE CERES, QUE NOS EDUCA, NOS ALIMENTA… Y NOS DEVORA!

Las palabras resonaron por el recinto como una sentencia.

Y, aun sobre el podio, ambas sintieron un escalofrío recorrerles la espalda.

Era algo más que orgullo.

Era servidumbre.

Cuando cesaron las emisiones de radio, bajaron del podio en silencio.

Las chicas de Oplon apenas se atrevían a mirarlas. No eran más que bocados en aquel banquete de odio que Ana y Ceres se servían mutuamente.

En el estrecho pasillo que conducía al vestuario, Ana rompió el silencio con un susurro venenoso, mientras el medallón todavía le golpeaba el pecho:

—Puta.

Ceres no dudó. Se volvió hacia ella con una media sonrisa fría.

—Vaca.

No dijeron nada más.

Sus pasos resonaban por las paredes como un reloj a punto de explotar.

El odio entre ambas chisporroteaba con tanta intensidad que podría incendiar todo Oplon.

Porque, para Ana y Ceres, los verdaderos problemas nunca habían sido los enemigos externos.

Las chicas de Oplon eran solo polvo, simples bocados.

El verdadero duelo, el verdadero infierno… eran la una para la otra.

Y así, una al lado de la otra, enemigas perfectas bajo el mismo estandarte, regresaron al vestuario.

En silencio.

Preparadas para devorarse un poco más.

«La Madre Ceres que nos educa, nos alimenta… y nos devora».

En el podio, ambas mantenían una postura impecable, inmóviles como estatuas, con las medallas resplandeciendo bajo las luces del gimnasio.

Era un amistoso, pero el protocolo era riguroso.

Sonaba el himno de Ceres, acompañado por el eco metálico del mantra:

—¡La Madre Ceres que nos educa, nos alimenta y nos devora!

Las voces del gimnasio lo repetían al unísono, como una oración sin alma.

Ana y Ceres también lo entonaron, no por fe, sino por deber.

Cuando por fin pudieron marcharse, cada una se dirigió hacia un extremo del pasillo, como si la distancia entre ellas fuera la única manera de evitar incendiar todo aquel lugar.

Aun así, no pudieron resistirse.

Pasaron una junto a la otra y, sin mirarse directamente, murmuraron con una sonrisa helada:

—Puta.

—Vaca.

Después, cada una se retiró a su propio rincón, con el corazón martilleándole en el pecho.

El deber para con la Madre Ceres estaba cumplido.

El himno había sido cantado. El oro había sido conquistado.

Pero las manos de ambas todavía temblaban de rabia contenida.

Ana se frotaba los dedos contra el borde del uniforme, como si quisiera desgarrar algo… o a alguien.

Ceres sentía el calor del odio ascenderle por el pecho hasta las sienes. La medalla fría contra la piel no lograba aplacar el fuego que ardía en su interior.

En silencio, cada una se repetía:

«Algún día la aplastaré».

Cada una en su rincón, inmóviles, esperando el momento de hacer estallar la bomba que todavía no se habían permitido detonar.

La obligación se había cumplido.

El espectáculo había terminado.

Pero la verdadera guerra… esa todavía no había comenzado.

El campo de flagball: Theo y Dark

Mientras tanto, en el campo, la tensión era un espectáculo de otra naturaleza.

Los equipos se alinearon bajo un sol opresivo.

El equipo de Ceres vestía de gris oscuro. El de Oplon, de un blanco deslumbrante.

Theo sentía que los guantes se le resbalaban por el sudor.

Dark estaba dos pasos detrás, ajustándose el protector bucal como quien se prepara para arrancar dientes.

Los Silenciadores estaban apostados en cada esquina del campo, atentos.

Cuando el árbitro hizo sonar el silbato, el partido comenzó de forma frenética, pero todas las miradas estaban puestas en los dos.

Theo corría como un poseso, repartiendo pases precisos y defendiendo como un soldado.

Dark lo perseguía como un depredador, no solo durante el juego, sino también en cada choque, en cada contacto.

Era como si la pelea de la noche anterior siguiera desarrollándose, solo que ahora disfrazada de partido.

En una jugada, Dark derribó a Theo con un golpe de hombro en el pecho, lo bastante fuerte como para dejarlo sin aliento.

—¿Sigues susceptible, príncipe? —gruñó en voz baja antes de alejarse.

Theo se levantó, tragándose el dolor, y se limitó a responder con la mirada.

Una mirada que prometía que aquello todavía no había terminado.

En las gradas, las máscaras de porcelana de los emisarios de Oplon permanecían inmóviles.

Y en el palco más alto, la Madre Ceres —o la figura que todos sabían que era ella— observaba sin rostro, inmóvil, como una diosa hambrienta, mientras sus dos favoritos ofrecían un espectáculo para ganarse su atención.

El partido continuó, y la tensión aumentó con cada jugada, cada contacto, cada respiración agitada.

El público aplaudía.

El plan estaba funcionando.

Pero entre Theo y Dark no había solo un partido.

Era una guerra.

Vestuario: descanso

El silbato del árbitro marcó el descanso con el marcador empatado.

El equipo de Ceres se arrastró hasta el vestuario, sudoroso, sin aliento y tenso.

La radio de Oplon transmitía únicamente las jugadas, repitiendo el tono marcial que llegaba desde las gradas.

Theo arrojó los guantes sobre un banco y pateó una botella.

Dark dejó caer el protector bucal al suelo, se apoyó contra la pared y cruzó los brazos.

—Pasa la puta pelota, Theo. ¿Vas a ganar tú solo? —gruñó Dark.

—Se la paso a quien juega para el equipo, no a quien solo quiere derribarme —respondió Theo sin mirarlo.

El entrenador se limitaba a observar, como quien sabe que lavar los trapos sucios también forma parte del juego.

Los demás jugadores permanecían en silencio, fingiendo arreglarse los calcetines y las protecciones, pero nadie se perdía una sola palabra.

Dark dio dos pasos adelante, invadiendo el espacio de Theo.

—No juegues conmigo, príncipe. Un equipo que no se arriesga, no tiene confianza. O confías en mí… o pierdes.

—La confianza no se compra con amenazas, Dark.

—Ni con medallitas, ¿verdad?

El comentario hizo que Theo hirviera de rabia, pero, antes de que estallara la pelea, el entrenador intervino arrojando una toalla sobre ambos.

—Arreglen esto en el campo, no aquí. Salgan y demuestren por qué llevan este uniforme. O los dos acabarán perdiendo.

La victoria

En la segunda parte, regresaron más concentrados. Quizá los impulsaba más el deseo de superarse mutuamente que el de ayudar al equipo, pero fue suficiente.

Dark pasó el balón. Theo marcó.

Theo pidió el balón. Dark interceptó.

El público enloqueció cuando Ceres remontó el marcador en los últimos minutos.

El equipo de Ceres derrotó a Oplon.

Por la radio, la voz del narrador casi temblaba al repetir:

«Ceres demuestra una vez más que sabe cómo aplastar a sus rivales… incluso cuando están entre los suyos».

La reacción del público de Oplon ante la victoria de Ceres

Al sonar el silbato final del partido de flagball, el marcador mostraba un resultado impensable para los anfitriones:

Ceres 23 — Oplon 19.

Los jugadores de Oplon agacharon la cabeza, atónitos.

Los de Ceres se reunieron en el centro del campo. Algunos se arrodillaron; otros levantaron los puños, mientras la afición rival abucheaba furiosamente.

Las radios del estadio transmitían la noticia con voz amarga, intentando restarle importancia a la victoria:

«…un resultado sorprendente, pero nada más que un amistoso sin valor para la clasificación oficial…».

Pero todos sabían lo que aquello significaba: un equipo de Ceres había derribado el orgullo del Escudo Blanco.

Era un escándalo.

El público de Oplon comenzó a arrojar papeles arrugados y botellas de plástico, mientras gritaba insultos.

Los Silenciadores aparecieron para proteger a los chicos y chicas de Ceres mientras abandonaban el césped, victoriosos, sudorosos y todavía con el sabor metálico de la hostilidad en la boca.

Al fondo del campo, Theo miró a Dark.

Cubierto de polvo y sudor, Dark hacía girar la medalla aplastada entre los dedos, ya planeando el próximo partido, la próxima pelea.

Por un instante —solo un instante—, Theo juró haber visto una pequeña sonrisa satisfecha en la comisura de los labios de Dark.

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Thoughts

  • sprintFallido

    La estrella aplastada ya pasó por la papelera, el bolsillo de Dark, la mano de la Madre y otra vez Dark. Termina en el cohete de Tomas.

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  • MartaEspejo

    El locutor de la radio de Ceres dice como elogio lo que nadie en el vestuario se atreve a decir, que la ciudad aplasta también a los suyos. A mí esa frase me dio más frío que el cartel de la pureza, que por lo menos sabe que es una amenaza.

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