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Capítulo 10: Un hogar (parte 1)

NicolasCheonro
Pensamiento

Pensamiento

quintopiso

cuando dice que todavía la sostiene porque no puede abandonarla... eso es lo que mata. no la salva porque sea valiente. la salva porque no puede no hacerlo.

cuando dice que todavía la sostiene porque no puede abandonarla... eso es lo que mata. no la salva porque sea valiente. la salva porque no puede no hacerlo.

Contenido de la publicación

***

—Mis niños...

Una mujer lloraba desconsoladamente frente a mí.

No era una escena extraña en aquellos días. Miles de personas habían perdido a sus familias, sus amigos, sus hogares.

Todo.

Pero aquella mujer resaltaba entre las demás.

Su llanto iba acompañado de una espada. Cada monstruo que intentaba acercarse era partido por el filo antes de poder tocarla, y ella seguía avanzando, matando y llorando bajo el cielo rojo.

La curiosidad me hizo acercarme.

Apenas entré en su alcance, una presión asesina cayó sobre mí. La mujer levantó la espada y clavó sus ojos enrojecidos en mi rostro.

—¿Quién eres?

No adopté una postura de combate.

—Alguien que quiere saber por qué llorás.

La pregunta pareció activar algún mecanismo oculto dentro de ella. La espada descendió lentamente y sus hombros comenzaron a temblar.

—Mis niños... —repitió, con la voz quebrada—. Todos murieron.

En ese momento, una lluvia de sangre empezó a caer desde el cielo. Las gotas rojas golpearon nuestros rostros, las armas y los cadáveres que cubrían la tierra.

Un fenómeno habitual en aquel infierno.

La mujer levantó la vista. Su rostro quedó cubierto de sangre y lágrimas, hasta que fue imposible distinguir unas de otras.

—Fue mi culpa... —murmuró—. No tendría que haberme ido.

Apretó la empuñadura con más fuerza.

—Tendría que haberme quedado con ellos. Tendría que haber muerto con ellos...

Permanecí en silencio.

Conocía esas palabras, no porque alguien me las hubiera enseñado, sino porque yo también las había repetido durante años.

La lluvia se intensificó. Alcé la voz para que pudiera escucharme.

—¿Cuál es tu nombre?

La mujer tardó en responder. Me miró como si no comprendiera la pregunta, como si su nombre hubiera dejado de tener sentido después de perderlo todo.

Finalmente, separó los labios.

—Seolhwa.

—Seolhwa —repetí.

Ella frunció el ceño.

—¿Por qué quieres saberlo?

Miré los cadáveres acumulados a su alrededor.

—Porque quienes olvidan su nombre terminan convirtiéndose en monstruos.

La mujer apretó los dientes.

—Yo ya soy un monstruo.

Negué lentamente.

—Todavía llorás por quienes perdiste.

La lluvia de sangre siguió cayendo entre nosotros.

—Los monstruos no hacen eso.

***

Salgo de la fábrica con Eunji en brazos y, por primera vez en mucho tiempo, no sé qué hacer.

No es por el culto, por los cadáveres que dejo atrás ni por las consecuencias de haber eliminado a los sacerdotes.

Es por ella.

La niña permanece aferrada a mi ropa, con el rostro oculto contra mi pecho. Su cuerpo tiembla de vez en cuando y procuro no moverle la pierna herida mientras avanzo hacia la ciudad.

Conozco el campo de batalla. Sé reconocer una emboscada, cerrar una herida, matar a un monstruo y sobrevivir durante semanas sin alimento.

Pero no sé cómo consolar a una niña que acaba de perder a su padre.

Tampoco conozco bien esta época. Han pasado más de mil quinientos años desde la última vez que viví como una persona normal y, ahora que el mundo está sumido en el caos, lo poco que recuerdo resulta todavía menos útil.

Había sido padre.

Eso no significa que todavía recuerde cómo comportarme como uno.

He olvidado cómo hablar con una niña, cómo cuidarla y cómo hacerla sentir segura. Ya ni siquiera estoy convencido de saber comportarme como un ser humano civilizado.

Por un instante, el peso de otro cuerpo se superpone al de Eunji.

Una niña más grande entre mis brazos. Sangre brotando de sus labios. Una voz preguntándome si el cielo existía.

Aprieto los dientes.

No.

Eunji no es Eunbyeol.

No debo convertirla en el reflejo de alguien a quien perdí. Su dolor le pertenece y necesita ayuda por quien es, no por la persona que me recuerda.

Intento pensar en alguien capaz de cuidarla sin convertirla en un soldado. Alguien que todavía conserve una parte humana incluso después de conocer el infierno.

Entonces, un rostro aparece en mi memoria.

Una mujer cubierta de sangre y lágrimas, con una espada en la mano y lluvia roja cayendo sobre ella.

Seolhwa.

Mucho después de nuestro primer encuentro, me había hablado del hogar para niños que dirigía antes del apocalipsis. También de la culpa que cargaba por haberse marchado y no haber podido protegerlos.

Quizá en esta época esos niños todavía estén vivos. Quizá Seolhwa continúe siendo una mujer común, ajena a la guerra y a los monstruos.

Si hay alguien capaz de comprender el dolor de Eunji, debería ser ella.

Y si mis recuerdos son correctos, todavía faltan varios años para el día en que Seolhwa lo pierda todo.

Tal vez pueda ayudarme.

Tal vez yo también pueda ayudarla.

Bajo la mirada hacia Eunji.

—Primero tenemos que curarte.

La niña no responde. Solo se aferra un poco más a mi ropa.

Alzo la vista hacia la ciudad. Helicópteros cruzan el cielo y las sirenas resuenan entre los edificios. A lo lejos, las multitudes continúan gritando los nombres de dioses que no van a salvarlas.

No tardo demasiado en encontrar un hospital.

Médicos, enfermeros y camilleros corren de un lado a otro. Los pasillos están abarrotados de heridos, familiares desesperados y voces que piden ayuda.

Un doctor ve a Eunji en mis brazos y cambia de dirección de inmediato.

—¿Qué le pasó?

Después me observa con desconfianza, intentando averiguar qué relación tengo con ella.

—La encontré en una fábrica abandonada. Tiene una pierna herida y apenas puede mantenerse consciente.

—¿Sos familiar suyo?

—No.

El hombre mira el rostro pálido de Eunji y deja las preguntas para después.

—Vengan conmigo.

Avanza con rapidez hacia el interior del hospital. Lo sigo hasta una sala de urgencias improvisada donde casi todas las camillas están ocupadas. Algunas personas sangran, otras se retuercen de dolor y varias permanecen demasiado quietas bajo sábanas blancas.

El olor a desinfectante apenas consigue cubrir el de la sangre.

—Sentala acá —indica el doctor, señalando una camilla.

Deposito a Eunji con cuidado.

Sus dedos continúan aferrados a mi ropa. Tengo que separarlos uno por uno.

—Voy a quedarme cerca —le aseguro.

Eunji me observa durante unos segundos antes de soltar la tela.

El doctor espera hasta que una enfermera comienza a atenderla. Después me hace una seña para que lo acompañe unos metros, sin perder a la niña de vista.

—¿Sabés quién es?

—Solo me dijo que se llama Eunji.

—¿Dónde la encontraste exactamente?

—Junto al cuerpo de su padre y a muchas otras víctimas.

Respondo sin adornar la verdad.

—Necesito encontrar un lugar seguro para ella. En este momento no puedo hacerme cargo de una niña.

El médico permanece callado. Su expresión pasa del desconcierto al horror, quizá inquieto por la tranquilidad con la que describo una habitación llena de muertos.

Para mí ya no es algo extraordinario.

Para él, el mundo todavía no lleva ni un día convertido en una pesadilla.

—¿Cómo podés decirlo con tanta calma? —pregunta finalmente.

—Porque ponerme a llorar no va a curarla.

Aprieta los labios, pero no discute.

Miro hacia la camilla. Una enfermera limpia la sangre seca del rostro de Eunji mientras otra examina su pierna.

—¿Conocés a una mujer llamada Seolhwa? —pregunto—. Dirige un hogar para niños.

El médico piensa durante unos segundos.

—¿Seolhwa...?

De pronto, parece reconocer el nombre.

—Sí. La conozco.

Vuelve a mirarme.

—¿Estás pensando en llevar a Eunji con ella?

—Es el único lugar del que tengo conocimiento donde podrían cuidarla.

El doctor guarda silencio un instante. Luego busca una hoja, anota una dirección y me la entrega.

—Administra un orfanato pequeño. La dirección es pública y no queda demasiado lejos de acá. Si acepta recibirla, va a cuidarla bien.

Guardo el papel.

—Gracias.

El hombre asiente, aunque aún me observa con cierta inquietud.

—Ahora dejá que la atendamos. Está deshidratada, tiene varias contusiones y podría haberse lesionado la pierna. Necesita descansar antes de que vuelvas a moverla.

Regresa junto a la niña.

Me quedo observando desde la distancia.

Eunji no llora ni pregunta por su padre. Solo contempla el suelo mientras permite que la curen.

Eso es peor.

Los niños que lloran todavía esperan que alguien responda. Los que dejan de hacerlo, a veces, ya han aprendido que nadie va a venir.

Acaricio con los dedos el papel que guardé en el bolsillo.

Seolhwa.

En mis recuerdos es una mujer cubierta de sangre, llorando bajo un cielo rojo. En esta época todavía dirige un orfanato, cuida niños y conserva una vida que perder.

Tal vez llevar a Eunji con ella sea la decisión correcta.

O quizá solo esté empujando a ambas hacia un destino que todavía no comprendo.

Me apoyo contra la pared y mantengo los ojos sobre la camilla.

Por ahora, no puedo hacer otra cosa que esperar.

Y las horas empiezan a pasar.


Thoughts

  • relatoBreve

    ¿qué va a pasar cuando vea a Seolhwa y ella no sea la mujer de sangre y lluvia roja? porque él la recuerda quebrada, y si la encuentra entera, ¿qué dice?

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  • quintopiso

    cuando dice que todavía la sostiene porque no puede abandonarla... eso es lo que mata. no la salva porque sea valiente. la salva porque no puede no hacerlo.

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  • pnavarro64

    pero ¿quién es realmente el que sostiene a Eunji? porque si tiene mil quinientos años, ¿cuándo dejó de ser humano? ¿cuando llegó a los mil, o fue antes?

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  • paginaDoblada

    hay algo brutal en que alguien que vivió solo mil años sepa exactamente lo que Seolhwa necesita escuchar. ella perdió niños, él perdió una niña. él sabe el peso porque ya lo conoce.

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  • melisaenlacola

    eso de mil quinientos años y después Eunbyeol... ¿él está cargando a la niña equivocada, o es la que necesitaba cargar?

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