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Extra-1: Entrenamiento de Seolhwa (2)

NicolasPeanl

Contenido de la publicación

Durante el tercer mes aprendemos a no desarmar las mochilas del todo.

Dormimos dos noches en una lavandería, cuatro en un edificio sin ascensor y casi una semana en la casa de una familia que dejó la mesa puesta antes de irse. Nadie toca los platos. La señora Ok termina guardándolos en un armario porque los chicos no quieren comer mirándolos.

A veces encontramos comida. Otras veces gastamos un día entero para regresar con vendas sucias, una botella vacía y algo que creemos útil hasta que deja de caber en las bolsas.

La pierna de Sangil empeora después de una lluvia.

Se le moja la venda al cruzar una calle inundada. Choi le cambia lo que puede, pero su propio brazo ha perdido fuerza y necesita que yo sostenga las cosas. La herida que Geon le dejó se cierra mal en los bordes. Cuando intenta apretar los dedos, dos tardan en responder.

Una noche Hana le pregunta si también va a transformarse.

Lo hace mirando el suelo, como si la pregunta fuera una traición.

Choi deja la taza sobre la mesa.

—No he tenido fiebre. No hay una mordida. No estoy empeorando como Geon.

Después le permite revisar el brazo. Nos permite mirarlo a todos.

Odio que tenga que hacerlo. También sé que yo he mirado la venda cada vez que lo escucho toser.

Yura consigue más agua que yo. Reconoce los patios donde todavía quedan recipientes bajo las canaletas y sabe cuándo una puerta acaba de abrirse por las marcas del polvo. Al principio me cuesta admitirlo. Después empiezo a preguntarle antes de elegir una calle.

No me lo reprocha.

Eso hace que me cueste todavía más.

Una tarde encontramos a una mujer encerrada en un pequeño taller. Tiene una escopeta y las manos cubiertas con guantes de trabajo. Nos apunta a través de una abertura sin dejar que veamos el resto de la habitación.

Yo levanto las manos. Yura no suelta su arma, pero la baja junto a la pierna.

—Buscamos tela limpia —digo.

—Acá no hay nada.

Detrás de ella escucho toser a alguien. La mujer retrocede un poco, suficiente para cubrir la abertura con el hombro.

Podríamos irnos. Deberíamos irnos antes de que nos pida más de lo que tenemos.

Le muestro un paquete de velas.

Tarda casi un minuto en responder.

Hace el intercambio por una puerta lateral. Nos entrega sábanas cortadas, una caja con agujas e hilo y un frasco de jabón que aún tiene la mitad. Yura revisa todo delante de ella. La mujer no se ofende.

Cuando nos estamos alejando, vuelve a llamarnos.

—No bajen por la avenida del mercado. Esta mañana pasó gente disparando.

Le agradezco. No nos invita a quedarnos ni le preguntamos su nombre.

Esa noche, Choi extiende la sábana limpia sobre sus rodillas y la acaricia con los dedos de la mano sana.

Nunca había visto a alguien mirar una sábana de esa manera.

***

La primera casa que parece segura tiene un patio cerrado y una escalera que podemos bloquear desde arriba.

Dura nueve días.

En el décimo escuchamos motores al otro lado del barrio. Son varios, lentos, como si los vehículos estuvieran intentando abrirse paso entre los autos abandonados. Dabin quiere subir a la azotea para verlos, pero Sangil le pide que se quede abajo.

No llegan a nuestra calle.

Los muertos, sí.

Primero pasan algunos grupos pequeños. Después la calle empieza a llenarse y dejamos de contar. Los vemos desde una rendija entre los tablones: cuerpos arrastrándose, otros todavía capaces de correr, una mujer con el brazo sujeto por una correa que ya no conecta con nada.

No buscan nuestra casa. Siguen el ruido de los motores.

Por eso esperamos.

El problema empieza cuando Hana necesita vomitar otra vez. Sale de la habitación con una mano sobre la boca. Yo la acompaño al baño y dejo a Bomi un momento con los demás.

Él se levanta para buscarme.

Al bajar de la cama, golpea una mesita. El vidrio que estaba apoyado contra la pared cae por la ventana rota y se hace pedazos en el patio.

El primer muerto se vuelve.

Después, otro.

Bomi se queda mirando la ventana, sin entender qué ha hecho. Cuando regreso, Yura ya está cerrando las bolsas.

No le grito al niño. Me cuesta más de lo que quiero reconocer.

Subimos a la azotea mientras los cuerpos empiezan a amontonarse contra la entrada. Sangil tarda demasiado en la escalera. Choi tiene que descansar en cada rellano. Dabin intenta cargar una bolsa más grande que él y se enfada cuando se la quito.

La pared del edificio vecino está cerca, pero no lo suficiente para cruzar sin ayuda.

Yura pasa primero por una tabla que encontramos junto al tanque. Yo le entrego a Bomi; después a Jae, que no quiere soltar el autito. Hana se queda inmóvil al ver el hueco bajo sus pies.

—Mirame —le digo—. No mires abajo.

Me aferra la muñeca con tanta fuerza que los dedos se me entumecen. Consigue llegar al otro lado llorando en silencio.

Sangil es el último antes que yo. Su pierna se dobla a mitad de camino y el borde de la tabla resbala sobre el cemento. Lo agarro del cinturón. Yura lo toma por los hombros desde la otra azotea y, entre las dos, conseguimos arrastrarlo.

Oigo golpes en la puerta detrás de mí.

Cruzo sin recoger la bolsa que se ha quedado junto al tanque.

Al otro lado, Sora empieza a llorar. Tenía su ropa dentro.

Dabin le dice que se calle. Ella lo empuja y los dos terminan llorando a la vez.

Nos sentamos pegados a un muro hasta que oscurece. Desde abajo llegan golpes, vidrios que se rompen y el sonido de los muebles cayendo en la casa donde hace un rato estábamos preparando comida.

Me obligo a contar.

Diez civiles. Yo.

Todavía estamos todos.

Bomi se sienta junto a mi rodilla y deja el muñeco en el suelo. No intenta tocarme.

Lo levanto con cuidado y se lo devuelvo.

—Fue un accidente.

No sé cuánto entiende. Al rato se apoya contra mi brazo.

Yo mantengo la mano sobre su espalda hasta que deja de temblar.

***

El frío entra primero por los zapatos.

Por la mañana nos cuesta ponérnoslos porque las telas húmedas se han endurecido. La señora Ok frota las manos de Bomi entre las suyas, aunque sus propios dedos están tan hinchados que a veces no puede cerrar los botones del abrigo.

Sangil deja de hablar mientras caminamos.

Eso me preocupa más que sus quejas. Cuando todavía discutía las rutas, sabía que tenía fuerzas para pensar en otra cosa además del próximo paso.

Hana ya no puede esconder el embarazo bajo la ropa. Camina con una mano en la parte baja de la espalda y se detiene cada vez que una puntada le cruza el vientre. Choi la revisa cuando encontramos un lugar donde sentarnos. Después me dice que necesita comer mejor y dormir sin frío.

Le pregunto dónde.

Él se queda callado.

Alrededor del día cien llegamos a la estación de metro.

La entrada tiene un cartel pintado sobre cartón: HAY GENTE. NO DISPARAR.

Debajo, alguien ha escrito otra frase con una letra distinta: NO ABRIMOS DE NOCHE.

Es mediodía.

Yura se detiene a varios metros y mira las ventanas de los edificios cercanos.

—Puede ser una trampa.

La señora Ok se inclina para acomodar a Bomi sobre la espalda. El niño tiene los labios resecos y no ha querido caminar desde la mañana.

—También puede ser un techo —dice.

Bajamos unos escalones antes de que una voz nos ordene detenernos.

Dos hombres esperan detrás de una barrera hecha con rejas. Uno sostiene una lanza improvisada. El otro tiene un arma corta que mantiene demasiado cerca del cuerpo.

Les digo cuántos somos. Me preguntan si hay mordidos.

Respondo que no.

Después les hablo de Hana, de los chicos y de Sangil. Me escucho enumerarlos como si fueran argumentos suficientes para abrir una puerta.

Uno de los hombres va a buscar al responsable.

Park llega vestido con varias capas de ropa limpia. Tiene el cabello peinado hacia atrás y una forma tranquila de mover las manos que, por un instante, me alivia.

Nos mira desde el otro lado de la reja.

—¿Cuántos pueden trabajar?

Yo iba a preguntarle si tenía agua caliente.

Cambio la pregunta antes de pronunciarla.

***

En la estación viven veintidós personas.

No lo sé por una ventana. Las cuento durante los primeros días, mientras aprendo a reconocer sus pasos y el lugar donde duermen. Hay una pareja que casi no se separa, un hombre que tose detrás de una cortina y una mujer de pelo gris que mantiene limpias las ollas. También hay chicos, aunque ninguno tan pequeño como Bomi.

Nos asignan un sector al fondo del andén, separado por paneles de publicidad. No es una habitación, pero tiene mantas y no entra viento.

Esa primera noche, Hana duerme sin tiritar.

La miro durante tanto tiempo que Choi termina pidiéndome que me acueste yo también.

Las condiciones parecen razonables cuando todavía estamos bajo la nieve.

Todos los que pueden hacen guardias o salen a buscar suministros. La comida se guarda en un depósito común. Nadie abre una puerta sin avisar. Las personas heridas permanecen en el andén y ayudan con lo que pueden.

Park nos lo explica mientras la mujer de pelo gris reparte sopa.

Después mira a Yura.

—Para algunas tareas necesito gente en el otro sector. Más adelante hablamos.

Yura se queda con la cuchara a mitad de camino.

—Ella se queda conmigo —digo.

Park me mira por primera vez sin sonreír.

Le propongo hacer una guardia adicional. También puedo cocinar, cuidar a los chicos y ayudar a Choi con los heridos del lugar. Park vuelve a sonreír cuando escucha lo del médico.

—Entonces vamos a entendernos.

Yo quiero creerle.

Los primeros días consigo hacerlo.

Choi revisa al hombre de la tos y le indica a la mujer de pelo gris cómo repartir las medicinas que tienen. Sangil ayuda a dibujar una ruta entre estaciones. La señora Ok se mete en la cocina y, al tercer día, ya está discutiendo con alguien por el desperdicio de una olla entera de agua.

Los chicos se acostumbran al lugar más rápido que nosotros.

Jae encuentra una baldosa rota por la que puede hacer bajar el autito sin empujarlo. Sora aprende un juego con piedritas. Mina pasa las tardes cerca de una chica un poco mayor que ella, intercambiando dibujos hechos sobre los reversos de carteles viejos.

Una noche Bomi se duerme con el muñeco apoyado en el hombro de la señora Ok.

Ella se queda inmóvil para no despertarlo.

Me siento a su lado y, por un rato, solo escuchamos el ruido de las cucharas en la cocina.

—¿Cree que podemos quedarnos? —pregunto.

La mujer mira hacia la puerta del depósito de comida.

—Todavía no.

Al día siguiente entiendo por qué.

Park come en una mesa separada. No lo hace a escondidas. Sus platos tienen cosas que no aparecen en los recipientes del resto y los hombres que vigilan las rejas van allí antes de empezar los turnos.

Cuando uno se queja por la cantidad de agua, Park le recuerda quién controla el acceso al depósito.

No levanta la voz.

Nadie necesita que lo haga.

La mujer de pelo gris se llama Sunok. Una tarde me alcanza un balde y se queda esperando mientras lo lleno.

—No deje que los chicos vayan solos al otro andén.

La miro.

—¿Por los túneles?

Sunok retuerce el trapo entre los dedos.

—Por nada. Mejor que se queden de este lado.

Esa noche acomodo las mantas de Yura junto a las mías.

Ella no pregunta por qué.

***

Park deja pasar cuatro días antes de volver a hablarme de las tareas.

Me llama cuando estoy de guardia en la escalera de servicio. No se acerca demasiado; permanece junto a la reja, con las manos dentro de los bolsillos.

—El médico está ayudando —dice—. Se lo agradezco.

Espero.

—Pero son muchas personas para las raciones que aportan.

Miro los recipientes con agua que he subido y bajado durante toda la mañana. No digo nada sobre ellos. Sé que ya los ha visto.

—Hana no puede hacer más de lo que hace. Sangil tampoco.

—No estoy hablando de ellos.

Su mirada se mueve hacia el andén.

Yura está lavando una manta junto a Sunok. Tiene el cabello sujeto de cualquier manera y la manga arremangada hasta el codo.

Siento el mismo frío que cuando el cultista señaló a Eunji en el orfanato.

—Ella no va a ningún otro sector.

Park suspira.

—Acá todos hacen sacrificios.

Le pido que me diga qué trabajo quiere que haga. No responde de forma directa. Me habla de gratitud, del espacio que ocupamos, de lo difícil que es proteger a tanta gente.

Aprieto la barra hasta que me duelen las manos.

—El acuerdo era comida a cambio de guardias y trabajo. Eso estamos haciendo.

La sonrisa vuelve, más pequeña.

—Entonces procure que alcance.

Se aleja sin discutir.

Yo miro el final de la escalera. Arriba nieva. Choi está atendiendo a Hana y Sangil no ha conseguido caminar hasta el baño sin ayuda desde que llegamos.

Tengo que buscar otro lugar.

Lo sé.

También sé que no podremos marcharnos esa noche.

***

Me despierto cuando Yura grita.

No hay tiempo para salir del sueño de a poco. Abro los ojos y el cuerpo ya intenta ponerse de pie, enredado en la manta.

Uno de los hombres de Park tiene a Yura contra un panel. El otro se lleva una mano ensangrentada al pecho; ella lo ha mordido cuando intentó taparle la boca.

—No hagan ruido —dice el primero—. Van a despertar a todos.

Yura me ve.

No me pide nada. Eso es lo que me hace correr.

Agarro la barra del suelo y golpeo la rodilla del hombre que está más cerca. La pierna se dobla hacia adentro. Cae golpeándose la cara contra el borde del andén, y el ruido del hueso contra el cemento me sube por el brazo.

El segundo levanta un cuchillo.

Me detengo demasiado cerca y el filo me abre la manga. Siento una línea de calor sobre el antebrazo. Retrocedo un paso, lo suficiente para poder levantar la barra sin golpear a Yura, y la bajo sobre la muñeca.

El cuchillo cae.

El hombre intenta agarrarme del pelo. Le golpeo la cara.

La nariz se hunde y su cabeza choca contra el panel. Vuelvo a golpear antes de que caiga. Un diente sale despedido, blanco contra el suelo oscuro.

Yura grita mi nombre.

La escucho, pero no consigue detener el siguiente movimiento.

El hombre ya está en el suelo. Tiene las manos delante de la cara y algo rojo le corre entre los dedos. Pienso en lo cerca que estuvo de llevarse a Yura mientras yo dormía. Levanto la barra otra vez.

—Seolhwa.

Mina está de pie detrás del panel, descalza.

La barra se queda sobre mi cabeza.

Su mirada baja hacia el hombre y vuelve a mí.

No dice nada más.

Tardo tanto en moverme que Yura tiene que acercarse para tocarme el brazo. Bajo el arma y veo que me tiemblan los codos. El hombre respira con un sonido húmedo, ahogado por la sangre que le llena la boca.

Choi llega desde el otro extremo del andén.

Se arrodilla a su lado.

Quiero decirle que no lo toque. La frase me llena la boca y me avergüenza antes de salir. Me aparto para dejarlo trabajar.

Las luces se encienden una por una. Park aparece con varios hombres y se queda mirando los cuerpos.

Después me mira a mí.

—Se van al amanecer.

Sunok empieza a hablar. Otra persona la acompaña. Park levanta una mano y les recuerda quién se encarga de la entrada, de la comida, de mantener a los muertos afuera.

La pareja que dormía junto al depósito baja la mirada.

Entiendo que no vamos a tener otra discusión.

Nos dejan recuperar nuestras bolsas. No todo lo que entregamos al almacén común. Cuando la señora Ok intenta reclamar, le pido que prepare a los chicos.

Geon habría podido cargar a Sangil.

Pienso en él mientras vuelvo a atarme el abrigo.

Sunok se acerca antes de que subamos la escalera. Le pone una bolsa pequeña en las manos a Hana y se aleja sin despedirse. Dentro hay comida envuelta y un par de medias de lana.

Yura espera junto a mí hasta que todos terminan de salir.

Al pie de la escalera miro hacia atrás. Choi sigue atendiendo a los dos hombres, ayudado por otra persona de la estación. Cuando se incorpora, tiene sangre hasta los codos y el brazo herido pegado al pecho.

Viene con nosotros.

No le pregunto cómo pudo ayudarlos.

Todavía no quiero escuchar la respuesta.

***

Caminamos bajo la nieve durante casi toda la mañana.

Yura no habla hasta que encontramos un estacionamiento donde refugiarnos del viento. Los chicos se sientan detrás de un muro y la señora Ok reparte lo que Sunok nos dio.

Yo me quedo junto a la entrada, con la barra apoyada en el hombro.

—Pensé que ibas a matarlo —dice Yura.

Miro la sangre seca pegada al metal.

—Yo también.

Ella tarda en continuar.

—Gracias por venir.

Quiero decirle que tendría que haberla protegido antes, que no debí quedarme después de entender lo que quería Park. Pero Yura ya está cansada de escucharme enumerar las cosas que debería haber hecho.

—No fue culpa tuya —le digo.

Se le endurece la boca.

—Ya sé.

Asiento.

No parece tan segura como intenta sonar. Me quedo a su lado sin tocarla.

Al rato me pregunta si puede ayudar a revisar la herida de mi brazo. Le alcanzo el trapo limpio. Sus manos son cuidadosas, mucho más de lo que fueron las mías al despertarme.

Choi se acerca cuando ella termina.

—El que cayó contra el borde sigue respirando —dice.

No le he preguntado, pero sabe que estoy esperando saberlo.

—El otro también. No sé cómo van a quedar.

Miro a Mina, que intenta hacer entrar una mano dentro de la manga del abrigo de Bomi.

Choi se sienta junto a mí.

—La próxima vez que escuche su nombre, trate de responder antes de volver a levantar el arma.

No me pide que no sienta rabia. No me dice que soy una buena persona.

Creo que por eso consigo escucharlo.

***

Encontramos la biblioteca cuando ya empieza el quinto mes.

No tiene un cartel que prometa ayuda. La puerta principal está bloqueada desde dentro y varias ventanas conservan tablones clavados. La descubrimos porque Yura ve un conducto de ventilación junto a una rampa de carga y cree que puede haber un depósito detrás.

Entramos por la rampa después de esperar casi una hora.

Lo primero que encontramos son libros mojados.

Hay cajas enteras deformadas por el agua, hojas pegadas al suelo y un olor a papel húmedo que me resulta extrañamente agradable después de tantos días entre basura. La planta baja no sirve para dormir. El piso superior está seco y tiene una habitación pequeña donde antes guardaban material de limpieza.

Sangil señala una puerta al fondo.

—Esa da a la escalera trasera.

Lo comprueba antes de sentarse. Aun cuando ya casi no puede caminar, sigue buscando por dónde tendremos que irnos.

No encontramos a nadie vivo. En uno de los baños hay un muerto atrapado detrás de una puerta que abre hacia adentro. Lleva tanto tiempo empujando contra ella que la piel de sus manos se ha quedado pegada a la madera.

Yura y yo lo sacamos mientras Choi se queda con los chicos.

Esta vez espero a que pierda el apoyo. Lo aparto con la barra y Yura empuja la puerta contra su pierna. El cuerpo cae de costado; el golpe contra la cabeza me hace doler la muñeca, pero no cierro los ojos.

Al terminar tengo que apoyarme en la pared.

—¿Estás bien? —pregunta Yura.

Asiento demasiado rápido.

Ella espera hasta que puedo volver a caminar.

Limpiamos la habitación del fondo, cubrimos las ventanas y usamos mesas bajas para levantar las colchonetas del suelo. La señora Ok encuentra un pequeño calentador y un lugar donde puede cocinar sin llenar todo de humo. No funciona todos los días. Cuando lo hace, nos sentamos cerca con las manos abiertas.

Los chicos exploran los estantes que no se han mojado.

Sora encuentra un libro de animales y se indigna porque Dabin dobla una página para marcar dónde iba. Jae lleva varios libros pequeños hasta la mesa de Sangil. No sabe leerlos, pero le gusta que tengan ruedas en las tapas.

Mina encuentra cuentos.

Esa noche me pide uno.

No sé por qué la pregunta me duele. Quizá porque, desde que perdimos la guardería, solo me había pedido agua, comida o que cerrara la puerta.

Leo con una linterna mientras todos se acomodan alrededor.

El cuento termina con una familia regresando a casa.

Mina me pregunta si el protagonista sabe dónde vive.

—Sí.

—Entonces puede volver.

Cierro el libro despacio.

—En este cuento, sí.

Ella se acomoda debajo de la manta y no pregunta nada más.

***

Durante varias semanas tenemos una rutina.

No es la misma de la guardería. Ya nadie se acerca a una ventana sin mirar primero desde un costado y las mochilas permanecen junto a las salidas. Tampoco guardamos toda el agua en una sola habitación.

Me cuesta decir en voz alta por qué.

Lo hago igual.

Choi empieza a enseñarme cosas que puedo aprender sin un hospital: reconocer cuándo alguien deja de responder como siempre, llevar un registro de la fiebre, distinguir entre una persona que necesita descansar y otra que está gastando fuerzas para fingir que puede continuar.

No me entrega sus conocimientos como si fueran una solución completa. A veces me muestra una herida y admite que no sabe cómo conseguir lo que hace falta.

Aprendo a soportar esa frase sin pedirle que la cambie.

La señora Ok me enseña otra clase de cosas. Qué alimentos se arruinan antes, cómo hacer que algo caliente alcance para más recipientes, cuándo un chico tiene hambre aunque diga que le duele la panza.

—Y deje de mirar a todos mientras comen —me dice una noche—. Parece que les estuviera tomando examen.

No sabía que lo hacía.

Sangil repara un carrito de libros. Una rueda gira mal, pero consigue que avance por el pasillo sin golpear cada baldosa. Dabin se sienta a su lado y le alcanza herramientas, orgulloso de que alguien le pida algo sin añadir que tenga cuidado a cada momento.

Yura y yo salimos menos lejos.

Prefiero volver con poco antes que elegir otra vez entre las bolsas y una persona herida. No siempre estoy segura de que sea una buena decisión. La señora Ok consigue decirlo sin reprocharme lo de la farmacia.

—Si nunca encontramos más de lo que comemos, un día no vamos a poder salir.

Tiene razón.

Revisamos juntos el mapa de Sangil. Yura marca lo que ha cambiado y yo anoto las calles por las que no quiero volver. Después tengo que tachar algunas prohibiciones, porque el miedo ha terminado encerrándonos en un cuadrado demasiado pequeño.

Encontramos una despensa al otro lado de un patio cubierto. Nos lleva tres salidas traer lo que sirve.

Nadie muere.

Escribo esa frase otra vez en el cuaderno. Debajo anoto lo que comemos. No quiero que sea la única cosa que recuerde de estos días.

***

Hana empieza a hablar del bebé cuando conseguimos quedarnos una semana entera sin mover las camas.

Hasta entonces lo llamaba así: el bebé. Ahora prueba nombres en voz baja mientras cose y se enfada cuando la señora Ok opina sin que nadie le pregunte.

Dabin propone uno que ha leído en un libro de héroes.

Sora le dice que es horrible.

—Podría ser una nena —añade.

Dabin lo piensa un momento.

—Entonces el otro nombre del mismo libro.

Hana se ríe. Tiene una mano apoyada sobre el vientre y los ojos cansados, pero se ríe de verdad.

Una noche me pide que me siente a su lado.

—Se mueve más cuando todos se duermen.

Apoya mi mano donde espera sentir el siguiente movimiento. Tardamos tanto que empiezo a preguntarme si debería retirarla. Entonces algo pequeño golpea bajo la piel.

La miro.

Hana tiene los labios apretados para no llorar.

—Todavía está ahí —dice.

No puedo prometerle mucho más.

Me quedo con ella hasta que vuelve a moverse.

Más tarde, cuando subo a revisar una ventana, encuentro a Choi mirando un libro abierto sobre la mesa. Tiene ilustraciones del cuerpo humano y páginas señaladas con papeles.

—No era mi especialidad —dice antes de que pregunte.

Su mano herida descansa sobre el borde del libro. Los dedos siguen sin cerrar bien.

—¿Puede hacerlo?

Choi mira hacia la habitación donde duerme Hana.

—Voy a prepararme lo mejor que pueda.

Esta vez no le pido otra respuesta.

***

En el sexto mes empiezo a reconocer los pasos de todos sin verlos.

La cojera de Sangil. El arrastre de los zapatos grandes de Jae. La manera en que Yura se detiene antes de cada puerta. Los pasos cortos de la señora Ok cuando le duelen las rodillas y el golpe leve de la barra contra mi propio muslo.

También reconozco cuándo falta alguno.

Una mañana no escucho a Hana en la cocina.

La encuentro sentada sobre la cama, con las dos manos apoyadas en las piernas y una expresión de desconcierto.

—Creo que empezó.

Durante un segundo siento una alegría absurda.

Después miro las paredes de la biblioteca, las mantas remendadas y la ventana tapada con una lámina de plástico que se mueve con el viento.

Voy a buscar a Choi.

El día se estira.

Al principio Hana puede hablar entre los dolores. Le pide a la señora Ok que deje de acomodarle las cosas cada vez que se mueve y se ríe cuando la mujer le responde que, si espera quieta, se vuelve loca.

Después deja de reír.

Le sostengo la mano. Me aprieta hasta hacerme doler los dedos y yo no la aparto. Choi habla con calma, aunque cada tanto tengo que alcanzarle algo porque su brazo herido no responde como necesita.

Los chicos están en la sala de lectura con Yura.

Escucho su voz contar una historia que no termina nunca. Cada vez que Hana grita, Yura levanta apenas el tono y sigue hablando.

Al anochecer oímos el primer golpe en la planta baja.

Sangil va a mirar.

Regresa pálido.

—Hay más en la calle.

Ya los habíamos visto durante la mañana, moviéndose hacia el ruido de algo que no alcanzábamos a identificar. Ahora se han detenido frente a la biblioteca. El viento ha aflojado y los sonidos salen por donde el plástico no consigue cerrar las ventanas.

No podemos bajar a Hana por la escalera así.

Sangil vuelve a la puerta y empuja un armario junto a la traba. La señora Ok le ayuda entre una cosa y otra. Yo sigo sujetando la mano de Hana, escuchando cómo los golpes de abajo se mezclan con su respiración.

—No quiero que nazca acá —dice.

No sé si me habla a mí.

—Lo sé.

—No quiero que lo primero que escuche sea eso.

Miro a Choi. Él no levanta la cabeza.

No le prometo que dejará de oírlo.

Le limpio la cara con un paño y me quedo.

La bebé nace cuando empieza a aclarar.

Su primer llanto me hace llorar a mí antes de que pueda verla bien. Está roja, mojada, es tan pequeña que me parece imposible que haya tenido fuerzas para atravesar todo ese dolor. Choi la acerca a Hana y la señora Ok acomoda una manta con manos temblorosas.

Hana la mira como si el resto de la habitación hubiera desaparecido.

—Sumi —susurra—. Te llamás Sumi.

Me limpio las lágrimas con el hombro. Tengo las manos ocupadas y no quiero soltar nada.

Desde el pasillo, Mina asoma la cabeza. Yura intenta detenerla, pero Hana levanta los ojos y le hace una seña para que se acerque.

La niña mira a la bebé.

—¿Ya puede vernos?

Hana sonríe sin responder enseguida.

Por unos segundos estamos todos pendientes de algo que acaba de empezar.

Entonces el armario de abajo cae.

Choi deja lo que tiene en las manos.

No necesita mirar hacia la escalera. Todos hemos escuchado la diferencia entre un golpe contra un mueble y el ruido que hace cuando ya no hay nada detrás para sostenerlo.

Yura saca a Mina de la habitación.

La señora Ok envuelve a Sumi mientras yo acerco el carrito que Sangil reparó. Habíamos hablado de usarlo si Hana no podía caminar. Al hacerlo ahora, me parece que hemos estado preparando esta huida desde el primer día.

Hana intenta incorporarse y vuelve a caer sobre la manta.

—No puedo.

—Te ayudamos.

No sé si la tranquilizo o si solo necesito escucharme decirlo.

Entre Choi y yo la acomodamos sobre el carrito. La señora Ok mantiene a la bebé cerca de su pecho. Hay sangre sobre la cama y en las mantas que dejamos atrás. No tenemos tiempo de limpiar nada.

Salimos hacia la escalera trasera.

Sangil baja primero con Dabin. Yura lleva a los otros chicos, volviéndose cada dos pasos para contarlos. Choi y yo sostenemos el carrito entre los dos y bajamos un escalón a la vez, intentando no sacudir a Hana. La señora Ok lleva a Sumi detrás de nosotros. La rampa inferior está bloqueada por unas cajas que apartamos entre varios mientras los golpes de la entrada se convierten en pasos desordenados.

Choi se queda un momento atrás para cerrar la puerta que separa la rampa del pasillo de la planta baja.

La hoja no encaja.

El marco se ha torcido y el pestillo queda a un lado del hueco. Choi vuelve a empujar. El dolor le cruza la cara cuando intenta hacerlo con el brazo herido.

Oigo a Yura llamarme desde abajo.

El carrito se ha trabado en una junta del suelo. La señora Ok le ha devuelto la bebé a Hana para ayudarnos a apartar las cajas. Ahora Hana sostiene a Sumi contra el pecho y no puede moverse sin soltarla.

Voy a ayudar a Sangil a levantar la rueda.

Cuando miro hacia atrás, una mano gris aparece entre la puerta y el marco.

Choi se apoya con todo el cuerpo para cerrarla. Lo consigue lo suficiente para atrapar el brazo, pero ya hay otros cuerpos empujando desde el pasillo.

—Venga —le digo.

Él mira la rampa, los chicos que todavía no han terminado de bajar, la rueda que conseguimos sacar de la junta.

No contesta.

Empuja una mesa contra la puerta con la pierna y se coloca detrás. La madera resbala sobre el suelo húmedo.

Puedo ver lo que está calculando.

No quiero permitirle terminar. Le devuelvo a Sangil el borde del carrito y vuelvo hacia la puerta.

—Choi.

Me mira cuando uso su nombre sin el título.

—Lleve a Hana hasta el final de la rampa.

—La mesa puede sostenerla un momento.

Otro golpe la desplaza varios centímetros. La puerta se abre lo suficiente para que aparezca una cara. Tiene los labios arrancados y la boca se mueve contra el hombro del médico, todavía fuera de alcance.

Choi me alcanza su bolsa con la mano sana.

No la agarro.

Él me la empuja contra el pecho.

—Acaba de nacer —dice—. Sáquela de acá.

Yura vuelve a llamarme. Esta vez oigo miedo en su voz.

La puerta se abre un poco más. Choi baja la cabeza y sostiene la mesa con la espalda. Una mano le agarra el abrigo desde la rendija.

Quiero avanzar. Quiero ayudarlo a empujar, encontrar otro mueble, hacer algo que no sea aceptar lo que me está pidiendo.

Hana grita cuando una rueda golpea el borde de la rampa.

Miro hacia la rampa.

Cuando vuelvo la cabeza, Choi ya está apartando los dedos del muerto con la mano herida. Un hilo de sangre nueva le baja hasta el codo.

No sonríe.

No parece estar en paz.

Está haciendo fuerza para sostener una puerta.

Agarro la bolsa y corro hacia Hana.

El ruido de la madera al romperse me alcanza antes de salir al patio.

Después escucho un grito.

No vuelvo a mirar.

***

Nos refugiamos en un almacén pequeño a varias calles de la biblioteca.

Hana se queda dormida sosteniendo a Sumi. La señora Ok permanece a su lado para que no se le aflojen los brazos. Yura revisa la entrada mientras Sangil se sienta sobre una caja y se cubre la cara con las manos.

Yo abro la bolsa de Choi.

Dentro hay vendas, unas cajas casi vacías, la tijera que usaba desde el restaurante y el libro pequeño donde anotaba lo que necesitaba cada uno. Su letra empeoró después de la herida del brazo. En las últimas páginas parece haber escrito con demasiado cuidado, como si tuviera miedo de que no pudiéramos entenderlo.

Encuentro mi nombre.

Debajo solo hay una frase: Tiene que dormir más.

La ventana aparece mientras estoy mirando esa línea.

[Civil asignado perdido.]

[Doctor Choi: fallecido.]

[Civiles asignados con vida: 10.]

[Nacimiento incorporado al grupo: Sumi.]

[Estabilidad mental reducida.]

Me doblo hacia adelante.

Esta vez reconozco la presión del sistema. No la confundo con el dolor que ya tengo. Se añade a él, me aprieta el pecho y me deja sin aire mientras sigo sosteniendo el cuaderno.

Mina se sienta a mi lado.

Durante un rato no dice nada. Me toca apenas la manga para que sepa que está ahí.

—Sumi no va a acordarse de él —murmura al fin.

No consigo responder.

—Hay que contarle.

Asiento.

Mina se acerca un poco más y entonces puedo llorar. No es un llanto silencioso. Tengo que taparme la boca con la manga para no hacer demasiado ruido. La niña me abraza por un costado y yo intento apartarme, porque no debería ser ella quien me sostenga de esa manera.

No me suelta.

La señora Ok mira hacia nosotros desde el otro lado de la habitación. No le pide que lo haga.

***

La primera semana con Sumi es una sucesión de cosas que no sabemos resolver.

No duerme cuando nosotros podemos dormir. Llora cuando intentamos movernos en silencio. Se le enfrían las manos demasiado rápido y Hana se despierta sobresaltada cada vez que pasa un rato sin escucharla.

La señora Ok se sienta cerca, con una paciencia distinta a la que tiene cuando alguien toca su comida. Le habla a la bebé mientras la acomoda y le pide que no se ofenda si alguna vez está demasiado cansada para levantarla enseguida.

—Todavía no entiende —dice Hana.

—Yo sí. Me estoy avisando.

Hana deja escapar una risa pequeña.

Comer se vuelve una discusión diaria. Ella intenta ceder su porción porque no sale a buscar suministros. La señora Ok se la devuelve sin decir nada. Al tercer intento, deja la cuchara sobre la mesa.

—Está alimentando a dos. Si quiere ayudar, termine el plato.

Hana lo hace llorando de rabia y cansancio.

Me siento a su lado. No intento convencerla de que debería estar feliz.

A veces miro a Sumi y me parece imposible querer tanto que deje de llorar y, al mismo tiempo, necesitar escucharla para saber que sigue viva.

Yura me ayuda con las guardias. Ya no se las asigno como si pudiera ordenar también su descanso. Nos sentamos juntas con el cuaderno y buscamos una forma de que ninguna se quede sola toda la noche.

La señora Ok se queda con los chicos cuando salimos. Sangil comprueba las rutas, aunque cada vez tarda más en levantarse de la silla.

El hueco de Choi aparece en todas las tareas.

En la venda que no sé si debería cambiar otra vez. En la fiebre que tengo que medir sin preguntarle. En el momento en que alguien dice «doctor» antes de recordar.

Una tarde Bomi le alcanza su muñeco a la señora Ok y abre la boca.

—Agua.

La mujer se queda mirándolo.

Él señala una taza.

No aplaudimos. No llamamos a todos. Ella le da agua y espera a que termine. Más tarde, cuando cree que nadie la ve, se limpia los ojos con la manga.

***

Sangil empeora durante el séptimo mes.

Había días en los que podía caminar casi sin ayuda. Ahora deja el pie apoyado de costado y espera a que yo le acerque las cosas antes de intentar levantarse.

La herida de su pierna no ha terminado de cerrar. La piel alrededor está caliente y el dolor le sube hasta la cadera. Reviso las notas de Choi buscando algo que no hayamos intentado. Algunas indicaciones requieren cosas que ya no tenemos. Otras me obligan a admitir que el cuaderno no puede responder preguntas nuevas.

Una mañana le pido a Yura que venga conmigo a buscar medicinas.

Se queda mirando el mapa.

Reconozco la expresión antes de que diga nada.

—No voy a volver con una horda —le digo.

Yura levanta la vista.

—No podés prometer eso.

Tiene razón.

La frase me deja quieta.

Terminamos eligiendo un consultorio pequeño, lejos de la avenida. Pasamos dos días observando antes de entrar. No encontramos lo que más necesitamos. Volvemos con material limpio y un frasco que reconozco en la lista de Choi, pero ya no queda suficiente para fingir que hemos resuelto algo.

Sangil nos escucha entrar desde su cama.

—No pongan esa cara —dice.

Lo hace para que no tengamos que explicarle.

Eso no lo vuelve más fácil.

Dabin empieza a sentarse junto a él todas las tardes. Le trae el carrito de libros para que le indique cómo ajustar la rueda y lo escucha hablar de los autobuses que conducía antes.

Sangil recuerda pasajeros que se quedaban dormidos y recorridos que nunca aparecían como debían en los horarios. No cuenta ninguna historia heroica. Dabin lo escucha como si estuviera describiendo un país al que le gustaría viajar.

Una tarde me quedo en la puerta sin que me vean.

—Yo puedo llevar las botellas —dice el chico—. Las chicas siempre vuelven cansadas.

—Podés ayudar sin salir solo —responde Sangil.

—No saldría lejos.

Sangil se incorpora un poco, haciendo una mueca.

—Escuchame. Hacer falta no significa que tengas que romperte para demostrarlo.

Dabin baja la mirada.

Yo también.

***

La última noche, Sangil me pide que deje de mojarle la frente.

—Guarde el agua para los chicos.

No le hago caso.

La fiebre le ha enrojecido las mejillas y, a ratos, parece no saber dónde está. Me pide que le alcance una chaqueta que nunca ha tenido aquí. Después me pregunta si ya pasó el autobús.

Le digo que todavía no.

Es una mentira pequeña. La primera de varias esa noche.

Al amanecer recupera la claridad suficiente para reconocerme.

Mira la barra apoyada junto a la cama.

—No me mordieron —dice.

La sangre me sube a la cara. Yo también he estado pensando en eso, aunque me avergüence.

—Ya sé.

—No haga pasar a los chicos por lo de Geon si no hace falta.

Asiento.

Me pide el mapa que dibujó en la biblioteca. Lo sostiene sobre las piernas y me muestra una ruta hacia las afueras, donde las calles se separan y hay menos edificios altos.

—Cuando puedan irse... por acá. Este paso se inunda. Este otro tiene una rampa larga, pero se puede subir con el carro.

Le digo que lo veremos juntos cuando se encuentre mejor.

Sangil no me corrige.

Cierra los ojos poco después. Durante un rato sigue respirando, cada vez con más espacio entre una vez y otra. Me descubro esperando el siguiente movimiento con la misma atención con que escucho una puerta de noche.

Cuando deja de llegar, no me muevo.

Yura entra y se sienta al otro lado de la cama.

Nos quedamos allí hasta que la habitación se llena de luz.

Sangil no vuelve a levantarse.

Lo enterramos en el patio de una casa cercana. Nos lleva casi todo el día. El suelo está duro y tenemos pocas herramientas; tengo que detenerme varias veces porque la ampolla de mi mano vuelve a abrirse.

Dabin quiere ayudar. Le dejo apartar las piedras que podemos levantar sin lastimarnos.

Cuando terminamos, Mina pone una sobre la tierra removida y la señora Ok se queda mirando el montículo, con una mano apoyada en el hombro de Bomi.

[Civil asignado perdido.]

[Señor Sangil: fallecido.]

[Civiles asignados con vida: 9.]

[Estabilidad mental reducida.]

Cierro la ventana antes de que los nombres se vuelvan borrosos.

Sora me pregunta si mañana vamos a irnos.

Miro la rueda torcida del carrito.

—Todavía no.

Necesitamos descansar. También necesitamos reparar lo que podamos, buscar comida y aprender a movernos con otro lugar vacío entre nosotros.

***

Después de Sangil, Dabin deja de quejarse de las tareas.

Al principio me alegra. Cuenta las botellas, limpia el carrito y se levanta antes que Sora para ayudar a la señora Ok. Si le pido algo, lo hace sin discutir.

Tardo demasiado en notar que también ha dejado de jugar.

Una tarde lo encuentro intentando levantar un bidón que ni siquiera Yura carga sola cuando está lleno. Tiene la cara roja y los dientes apretados.

—Dejalo. Lo movemos entre dos.

Lo suelta tan brusco que el agua se derrama por el borde.

—Yo podía.

Me agacho para secar el suelo. Él sigue mirándome.

—Podés ayudar de otra forma —le digo.

Se aleja antes de que termine.

Yo sigo limpiando el agua y pienso en todo lo que tenemos que hacer antes de la noche. No voy detrás de él.

En el octavo mes falta después del desayuno.

Sora cree que está con Yura. Yura cree que fue al patio conmigo. La señora Ok recuerda haberlo visto revisar los recipientes junto a la puerta.

El bidón pequeño no está.

Siento el estómago vacío aunque acabo de comer.

Hay una escuela a dos calles. Hemos recogido agua allí otras veces, siempre entre varias personas. Dabin nos escuchó hablar de los depósitos del gimnasio. También nos escuchó decir que tendríamos que volver pronto.

Yura agarra su arma antes de que yo diga nada.

La señora Ok se pone el abrigo.

—Quédese con los chicos.

—Hana puede quedarse. Usted va a necesitar manos.

No discutimos más.

Encontramos el bidón junto a la entrada lateral de la escuela.

Está de pie, vacío.

Dabin no responde cuando lo llamo en voz baja.

Seguimos las marcas húmedas del suelo hasta el gimnasio. Una estructura metálica que sostenía parte de los depósitos y materiales del lugar se ha vencido sobre un extremo de la cancha. Hay agua extendiéndose entre los restos y un chasquido intermitente cada vez que algo termina de ceder.

Al principio no lo veo.

Después escucho mi nombre.

Dabin está debajo de una de las vigas, con una pierna atrapada y la otra doblada contra el pecho. Tiene las manos cubiertas de polvo. Se ha mordido el labio intentando no gritar.

A unos metros de él, varios muertos se arrastran por debajo de una puerta levantada de sus bisagras. El ruido del derrumbe los ha traído desde el pasillo.

Corro hacia el chico.

La viga no se mueve.

Intento levantarla desde otro punto. Yura se coloca junto a mí y empujamos juntas hasta que siento las uñas doblarse contra el metal. Conseguimos mover un extremo unos centímetros, pero el peso vuelve a caer antes de que la señora Ok pueda tirar de Dabin.

El chico grita.

Retiro las manos como si lo hubiera lastimado yo.

—Perdón —dice él—. No quería gastar la que quedaba. Pensé que podía...

—Después hablamos de eso.

Mi voz sale demasiado alta.

Dabin se calla.

Desde la puerta escucho otro grito.

Sora.

Nos ha seguido.

—¡Dabin!

El niño gira la cabeza y ve a su hermana. Lo que cambia en su cara me duele antes de que abra la boca.

—Sacala —me pide—. No quiero que mire.

La señora Ok va hacia ella mientras Yura se aparta para detener al primer muerto.

Yo vuelvo a meter los dedos debajo de la viga.

Me arden los brazos. El hombro izquierdo empieza a temblar y siento un tirón en la espalda. No alcanza. El metal sigue ahí, aplastándole la pierna a un chico de diez años que solo quería que dejáramos de decirle que se quedara quieto.

Yura mata al primero.

El segundo la hace retroceder. Hay más detrás, moviéndose entre las filas de colchonetas podridas. La señora Ok golpea a uno con una silla antes de empujar a Sora detrás de la puerta.

Dabin me toca la muñeca.

—No dejes que venga.

La ventana aparece sobre su cara.

[Advertencia.]

[Peligro crítico para civil bajo protección directa.]

Algo me aprieta el pecho.

Espero el mareo de otra pérdida, el frío que me dejó sin aire cuando murieron Geon y Choi. En cambio siento calor. Me sube por el cuello, por la mandíbula, hasta detrás de los ojos.

El dolor de la espalda queda lejos.

Los gemidos del gimnasio se vuelven claros de una manera extraña. Distingo cuál está más cerca de Dabin. Cuál va hacia Yura. Cuál ha visto a Sora por el hueco de la puerta.

Me levanto.

No recuerdo decidirlo.

La barra golpea al primero en la frente. Esta vez no rebota. Se hunde en el cráneo y abre el hueso hasta la nariz. Tiro del metal hacia un lado y el cuerpo cae dejando una franja oscura sobre el suelo mojado.

El segundo me agarra la manga.

Lo golpeo antes de que acerque la boca. La mandíbula cuelga de un costado, pero sigue viniendo. Le meto la mano enguantada entre la barbilla y el cuello y tiro hasta que algo se desgarra. La mitad de la cara se abre sobre mis dedos.

Yura grita.

No sé qué dice.

Otro cuerpo me empuja contra la pared. Su frente golpea la mía y siento un crujido en la nariz. La sangre me llena la boca. Le sujeto la nuca y estrello su cabeza contra el borde de un banco anclado al suelo.

Una vez.

El hueso se hunde.

Otra.

La carne se aplasta sobre la madera.

Todavía levanto el brazo para volver a golpear cuando el cuerpo ya no se mueve.

Entonces oigo a Dabin.

Es un sonido pequeño. Apenas mi nombre.

Suelto al muerto.

El metal que atrapa al niño sigue donde lo dejé. Apoyo la barra bajo un extremo y empujo, usando el borde de un bloque como apoyo. La viga se levanta lo suficiente para meter los dedos. Me agacho, agarro con ambas manos y tiro hacia arriba.

Siento algo desgarrarse en mi espalda.

No bajo el metal.

Yura se tira al suelo y toma a Dabin por debajo de los brazos. La señora Ok vuelve para sostenerle la pierna libre. La atrapada sale torcida, con el pantalón desgarrado y una forma que no debería tener.

El chico grita hasta quedarse sin voz.

Cuando ya está afuera, dejo caer la viga.

El golpe me devuelve al gimnasio.

Me duele todo a la vez.

Las manos se me abren solas. La barra cae y yo termino de rodillas, vomitando sangre y saliva sobre el agua sucia. Intento respirar, pero cada vez que lleno el pecho siento que la espalda se parte un poco más.

Yura se arrodilla frente a mí.

—Seolhwa. Mirame.

La miro.

Tiene sangre en la frente. No sé si es suya.

—¿Te mordieron?

Intento responder y no consigo más que toser.

Me revisa los brazos, el cuello, el hombro donde un muerto me arrancó parte del abrigo. Hay arañazos profundos y tela rota. El guante de la mano izquierda ha perdido varios dedos. Yura lo retira con cuidado; debajo tengo la piel enrojecida, pero no las marcas que está buscando.

Le tiembla la boca cuando vuelve a mirarme.

La ventana aparece entre las dos.

[Condición alcanzada.]

[Rasgo desbloqueado: Berserker latente — A.]

[El peligro crítico de un aliado bajo protección directa puede convertir temporalmente el miedo, el dolor y la fatiga de la usuaria en impulso de combate.]

[Durante la activación aumentan la fuerza, la resistencia al dolor y la agresividad ofensiva.]

[El efecto se intensifica al proteger civiles o menores.]

[El uso prolongado puede afectar el juicio.]

Leo la última línea hasta que las letras dejan de tener forma.

—Berserker —susurro.

Yura me sostiene por el hombro sano.

Desde la puerta, Mina mira hacia el gimnasio. Ha venido detrás de Sora, todavía con una manta sobre los brazos.

La llamo.

Da medio paso hacia atrás.

Solo medio.

Me quedo con la mano levantada hasta que entiendo que está mirando la sangre de mis dedos.

La bajo.

***

Volvemos al refugio después de buscar el carrito.

La señora Ok se queda con Dabin mientras Yura acompaña a los chicos al refugio y regresa empujando el carrito. Yo no puedo levantar al niño. Apenas consigo caminar hasta la entrada apoyándome en la barra torcida.

Hana nos ve llegar y se lleva una mano a la boca.

No pregunta qué ocurrió. Se aparta para dejar la cama libre y acomoda a Sumi en los brazos de Sora. La niña sostiene a la bebé como si no pudiera permitirse temblar hasta que termine de hacerlo.

No tenemos a Choi.

La idea me golpea cada vez que miro la pierna de Dabin.

Leemos sus notas. Buscamos telas limpias y piezas de madera que puedan mantenerlo quieto durante el traslado. No intentamos fingir que sabemos arreglarlo. Conseguimos sostener la pierna, contener la sangre de una herida superficial y mantenerlo abrigado mientras deja de llorar de dolor.

Cada tanto pregunta si va a poder caminar.

No le respondo que sí.

Le digo que vamos a intentar ayudarlo y que no tiene que hacer nada para merecerlo.

La segunda parte tarda más en entenderla.

Yo paso dos días sin poder incorporarme sola.

Cuando el efecto desaparece del todo, descubro lo que he hecho con mi cuerpo. Tengo las manos hinchadas, la nariz torcida y moretones que cambian de color sobre el costado. La espalda me impide girar en la cama. Yura tiene que alcanzarme el agua.

Me enfada necesitarla.

Me enfada que se dé cuenta.

—Podés dejarla acá —le digo.

Pone la botella junto a mi mano y espera.

No consigo abrirla.

Al final se la devuelvo sin mirarla. Yura gira la tapa, me la alcanza otra vez y se sienta cerca hasta que termino.

Por la noche escucho a Dabin llorar en la otra cama. Sora intenta hablarle, pero él le pide que se vaya. Después la llama antes de que llegue a la puerta.

Se queda sentada junto a él sin decir nada.

La señora Ok me encuentra llorando cuando viene a revisar mis vendas.

—Está vivo —dice.

Asiento.

—Eso no arregla lo demás —añade, después de mirarme un momento.

Vuelvo a asentir.

Me acomoda la manta sin pedirme que deje de llorar.

***

Durante las primeras semanas de recuperación, el mundo se reduce al espacio entre dos camas.

Dabin no puede levantarse sin ayuda y yo necesito apoyar una mano en la pared para llegar a la puerta. Hana y la señora Ok reparten tareas que antes hacía sin pensar. Yura consigue comida y vuelve con la cara cada vez más delgada.

Una noche discutimos porque no me dice cuánto tiempo piensa estar afuera.

—Hasta que encuentre algo —responde.

—Eso no es un plan.

Me mira desde la puerta.

—Ya sé.

Reconozco mi propia respuesta de otras veces. Me callo antes de convertir el miedo en una orden que ella no pueda cumplir.

Al día siguiente revisamos el mapa juntas. Buscamos recorridos más cortos, lugares donde pueda volver sin cargar demasiado, momentos en los que alguien más pueda acompañarla hasta la primera esquina.

La señora Ok hace dos salidas pequeñas. Regresa furiosa porque Yura intentó llevarle la bolsa.

—Todavía tengo brazos.

Se le hinchan los dedos durante la noche. No lo dice hasta que le ayudo a sacar el encendedor del bolsillo para preparar agua caliente.

Me pide que se lo devuelva al mismo lugar.

—Si no sé dónde está cuando lo necesito, es como no tenerlo.

***

Mina tarda nueve días en volver a acercarse a mi cama.

La veo desde el primer día en el marco de la puerta, fingiendo que está buscando otra cosa. Si la llamo, dice que tiene que ayudar a Hana. Si le pregunto por los cuentos, busca a Sora para que lea con ella.

No la obligo a acercarse.

Tampoco sé cómo dejar de esperarlo.

El noveno día deja una hoja sobre la manta y retrocede antes de que pueda tomarla. Ha dibujado el carrito, a Dabin acostado y varias personas alrededor. Yo estoy a un costado, más grande que las demás.

Tengo las manos rojas.

Miro el dibujo durante demasiado tiempo.

—No sabía de qué color hacerlas —dice Mina.

Levanto la vista.

—Está bien.

Se queda junto a la cama, apretando un lápiz sin punta.

—Cuando te llamé, no me miraste.

No recuerdo que me llamara en el gimnasio. Recuerdo a Yura, la viga, el sonido que hizo Dabin cuando tiramos de él. De pronto me preocupa todo lo que podría haber pasado sin que yo lo escuchara.

—No te oí.

—Yura gritaba mucho.

Asiento.

Mina mira mis manos, ahora limpias, apoyadas sobre la manta.

—¿Te enojaste con nosotros?

La pregunta me deja sin aire.

—No. Con ustedes no.

Quiero prometerle que nunca volverá a verme así. No puedo hacerlo. Si otro muerto se acerca a uno de ellos, quizá vuelva a sentir ese calor y deje de escuchar las voces.

—Me asusté por Dabin —le digo—. Después no supe parar a tiempo. Estoy intentando aprender.

Mina aprieta más el lápiz.

—Cuando te llame, mirame.

—Voy a intentarlo.

Se sienta en el borde de la cama. No me abraza. Dejamos el dibujo entre las dos y hablamos de las ruedas del carrito hasta que Hana nos llama para comer.

Esa noche guardo la hoja en el cuaderno.

***

Dabin empieza a sentarse por su cuenta durante el noveno mes.

La pierna sigue torcida y no puede apoyar el peso como antes. Me pregunta muchas veces si siempre va a quedar así. Algunas mañanas se enfada cuando no sé responderle. Otras deja de preguntar durante días.

Sora se vuelve insoportable con él.

Le alcanza el agua antes de que la pida, le acomoda la manta aunque diga que tiene calor y se enoja si intenta moverse sin llamarla. Terminan gritándose una tarde en la que todos estamos demasiado cansados.

—No soy un bebé —le dice Dabin.

—Entonces dejá de caerte.

La frase sale antes de que pueda detenerla.

Sora se tapa la boca. Su hermano la mira y después aparta la cara.

Los dejo solos un momento, con la puerta abierta. Al rato encuentro a Sora sentada en el suelo, junto a la cama.

—Pensé que no te iba a ver más —dice.

Dabin tarda en contestar.

—Yo también.

No se abrazan. Él le pide agua y ella se la alcanza sin intentar acomodarlo todo después.

A veces mejorar se parece a eso.

***

Cuando puedo caminar sin que la espalda me obligue a detenerme, vuelvo al patio con Yura.

La barra ha quedado torcida desde el gimnasio. La uso igual; conozco el peso y sé en qué parte tengo que agarrarla para que no se me escape de los dedos. Hana me ha reforzado los guantes con pedazos de tela. No se parecen a los que Geon me dio, pero conservo una tira del cuero original.

Le cuento a Yura lo que dice el rasgo.

No le muestro una lista de cosas que puedo hacer. Todavía no sé cuáles son. Le hablo del calor, de cómo el dolor deja de importar y de lo difícil que me resulta distinguir una voz cuando creo que alguien va a morir.

Yura escucha sin interrumpir.

—¿Podés hacerlo ahora?

Niego con la cabeza.

—No funciona porque yo quiera.

Ella mira hacia la casa.

Nos quedamos practicando cosas que sí podemos repetir: retroceder cuando la otra nos llama, dejar espacio delante de una puerta, bajar el arma después de apartar un obstáculo. Parecen ejercicios ridículos hasta que me doy cuenta de lo mucho que me cuesta detener un movimiento una vez que he decidido terminarlo.

Acordamos palabras cortas.

«Atrás». «Libre». Mi nombre.

No sabemos si servirán cuando vuelva a ocurrir. Seguimos usándolas durante las salidas, hasta que responder deja de requerir un esfuerzo consciente.

Una tarde un muerto nos alcanza dentro de un garaje.

Lo aparto con la barra y lo hago caer contra una rueda. El siguiente golpe le hunde el cráneo. Levanto el brazo por costumbre.

—Libre —dice Yura.

Miro el cuerpo.

Bajo el arma.

No hay ventana. No hay recompensa.

Al volver, Yura me alcanza una botella antes de que la pida.

***

La estación del año cambia aunque no tengamos tiempo de mirarla.

Primero desaparece la escarcha de los patios. Después empezamos a encontrar insectos en los recipientes de agua y el olor de la calle se vuelve más intenso. Los cuerpos viejos se secan donde les da el sol. En los edificios húmedos, en cambio, la carne sigue desprendiéndose en tiras.

Algunos muertos apenas pueden arrastrarse. Otros aparecen con ropa todavía limpia, heridas recientes y suficiente fuerza para obligarnos a correr.

Eso significa que sigue habiendo gente.

No siempre sabemos si alegrarnos.

En el décimo mes encontramos una casa con voces detrás de la puerta. La persona que abre solo deja ver una parte de su cara. Le ofrezco jabón a cambio de comida y pregunta cuántos somos.

Esta vez no enumero a los chicos ni digo dónde dormimos.

Hacemos el intercambio en la calle.

La mujer nos entrega también una bolsa de semillas que no quiere cargar. No sirven para comer esa noche. La señora Ok guarda algunas en un tarro y planta el resto en tierra que Dabin y Sora juntan del patio.

Los chicos las miran durante varios días, decepcionados porque no ocurre nada.

Cuando aparece el primer brote, Bomi llama a la señora Ok tirándole del pantalón. Ya usa algunas palabras, aunque todavía prefiere señalar lo que quiere.

La mujer se agacha con dificultad.

—No lo arranques. Todavía tiene que crecer.

Bomi deja la mano quieta sobre la tierra.

Yo miro el brote desde la puerta y pienso en que quizá no estemos allí cuando pueda dar algo.

No se lo digo.

Ese mes celebramos el cumpleaños de Mina. Ella cree que ha cumplido ocho durante la semana anterior, pero no está segura del día. Revisamos las marcas del cuaderno y elegimos una tarde en la que todos puedan sentarse juntos.

La señora Ok le pone una vela sobre un pedazo de pan blando. La prende con su encendedor y sostiene la llama con la mano para que el viento no la apague antes de tiempo.

Mina cierra los ojos.

No le pregunto qué pide.

Después parte el pan en trozos pequeños para que alcance. Me entrega uno sin dudar y yo lo recibo con las dos manos.

***

En el día trescientos treinta y cinco, la ventana aparece mientras estoy reparando una correa del carrito.

[Día 335.]

[Punto de extracción disponible.]

[Distancia en línea recta: 42 kilómetros.]

[Llegue antes de que concluya el período de la prueba.]

[Condición mínima: al menos 1 civil asignado con vida.]

Leo la última línea dos veces.

Al menos uno.

Miro hacia la mesa. Hana está intentando comer mientras Sumi le agarra los dedos. Jae y Bomi comparten el autito rojo sobre el suelo. Dabin protesta porque Sora ha movido su apoyo de madera. Mina se ríe de algo que Yura acaba de decir.

Uno.

El sistema no tiene que mirarlos mientras escribe.

Cierro la ventana y llamo a los adultos. También a Yura, que ya está acercándose con el mapa antes de que pueda decir su nombre.

Les explico dónde está la luz que solo yo puedo ver señalada en la distancia.

—¿Es seguro? —pregunta Hana.

No lo sé.

Les digo que es la salida de la prueba. Nunca les he contado todo lo que sé de la Torre porque tampoco sabría por dónde empezar, pero conocen la existencia de las ventanas. Me han visto detenerme delante de un espacio vacío y pronunciar nombres de muertos que ya estaban detrás de nosotros.

La señora Ok mira el mapa.

—¿Y tenemos que ir todos?

—Sí.

La respuesta me sale demasiado rápido.

Yura me observa. Sabe que estoy omitiendo algo.

No lo pregunta delante de los demás.

Sangil dejó marcadas varias rutas hacia esa parte de la ciudad. Algunas ya no sirven. El terreno que recorremos cada día nos ha enseñado cuánto puede cambiar un barrio sin que nadie lo reconstruya.

Preparamos las bolsas durante dos días.

La señora Ok decide qué podemos llevar de comida. Hana separa la ropa de Sumi y dobla una manta que ha remendado tantas veces que apenas conserva la tela original. Dabin revisa el carrito con ayuda de Sora. Puede mantenerse de pie con un apoyo, pero no recorrer esa distancia caminando.

Mina pone los dibujos dentro de su mochila.

Yo guardo el cuaderno junto al mapa de Sangil y el llavero de Geon.

Antes de salir, Bomi señala el brote del patio.

—¿Viene?

La señora Ok se queda mirándolo un momento.

Arranca una pequeña porción de tierra alrededor de la planta y la pone en un recipiente vacío. Le pide que la sostenga derecha.

No pesa mucho.

Nadie discute.

***

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