En el club esto nos partiría en dos. Rocío diría que Esteban no tenía por qué irse justo después de prometerle a Sofía, que la promesa era quedarse con ella. Yo estoy con él: con el chico de la puerta todavía encima, seguir ahí era cargar con cada error de los demás.
Capítulo 10: Los que desaparecieron
Pensamiento
En el club esto nos partiría en dos. Rocío diría que Esteban no tenía por qué irse justo después de prometerle a Sofía, que la promesa era quedarse con ella. Yo estoy con él: con el chico de la puerta todavía encima, seguir ahí era cargar con cada error d
Contenido de la publicación
Esteban abrió lentamente los ojos.
La claridad tenue y amarillenta del techo tardó en enfocarse. Permaneció inmóvil unos instantes, escuchando antes que viendo. El zumbido suave y constante de las luces fluorescentes lo recibió, ese sonido que parecía haberse vuelto parte del aire mismo. No sabía qué hora era. Ni siquiera estaba seguro de qué día era. Su mente se sentía pesada, como si hubiera estado dormitando en un lugar donde el tiempo no corría igual.
Intentó incorporarse. Algo se lo impidió.
Un peso ligero, cálido, se aferraba a su pecho. Y junto a él, una respiración pequeña, rítmica, apenas audible.
Bajó la mirada despacio.
Sofía dormía recostada sobre él, con la confianza absoluta de quien ha encontrado el lugar más seguro del mundo. Una mano apretaba contra su pecho aquel peluche desgastado que nunca soltaba; la otra descansaba cerca del cuello de Esteban, como si quisiera asegurarse de que no se marcharía mientras ella descansaba.
Esteban la observó largo rato. Una sonrisa suave, casi involuntaria, se dibujó en sus labios.
—¿En serio…?
Miró a su alrededor. Su mochila estaba en el rincón donde la había dejado. El arma, apoyada contra la pared, a su alcance. Todo permanecía en su sitio.
Y entonces lo recordó todo: la expedición, el pasillo que se estrechaba, la criatura que llamaban la Bacteria, el dolor que le recorrió el cuerpo, aquella memoria que no era suya, de nieve y silencio… y después, nada. Un vacío oscuro y profundo.
Frunció el ceño.
—¿Cuánto tiempo…?
Salió de la habitación y encontró a Samuel en el pasillo. La respuesta lo dejó helado: dos días enteros.
—Intentaste levantarte varias veces el primer día —le contó Samuel, con una media sonrisa—. Pero Sofía se interponía en tu camino. Te decía que necesitabas dormir, que no podías irte todavía. Nadie tuvo el corazón para apartarla.
Esteban miró hacia la puerta entreabierta.
—¿Y le hicieron caso?
—Te vimos caer, Esteban. Te quedaste inmóvil durante horas. Si la niña decía que debías descansar… nosotros no nos atrevimos a contradecirla.
Esteban no supo qué responder. Regresó a la habitación. Se acercó a la cama y la tomó entre sus brazos con infinita delicadeza. Sofía se movió apenas, murmuró algo ininteligible y se aferró un poco más a su peluche. La acomodó sobre la almohada, la cubrió con la manta y ella abrazó el peluche con ambas manos, sin despertar.
—Tendrás que aprender a dormir sola algún día —susurró, aunque la idea le pesaba más de lo que quería admitir.
Salió al pasillo, estiró los brazos y su espalda crujió. Parpadeó ante la luz; luego fue acostumbrándose. El asentamiento respiraba: gente reparando muros, contando provisiones, conversando en grupos, cuidando a los suyos. Por primera vez en mucho tiempo, Esteban no tenía que salir corriendo. No había una criatura que perseguir ni una ruta que trazar con urgencia. Y ese silencio le dio espacio para pensar.
Su mirada se deslizó hacia el pasillo que conducía fuera. La salida.
Durante esos dos días, cada palabra que había escuchado volvió a su mente una y otra vez. No había un solo camino hacia el siguiente nivel. No había una puerta fija. Algunos hablaban de ascensores que aparecían de la nada; otros, de puertas que solo se abrían si dejabas de buscarlas; otros, de caminar sin rumbo hasta que los pasillos cambiaban de color. Todo era incierto. Todo era relativo.
Sacó el teléfono. La batería aún resistía. Entró en la aplicación donde compartía sus fotografías y escribió en el buscador: Nivel 0. Salidas.
Leyó durante largo rato. Cientos de relatos, cada uno distinto al anterior. Pero al final, todos coincidían en lo mismo: la salida no era igual para todos. Dependía de quién la buscaba, cuándo y cómo.
Guardó el aparato. No había descubierto nada nuevo. Pero sí comprendió algo que le heló la sangre: no podía decirles a nadie que tenía conexión con el mundo exterior.
Si lo hacía, todo cambiaría. Querrían saber de sus familias. De sus amigos. Del tiempo que había pasado. Querrían esperanza. Y él no tenía certezas para dársela. No podía prometer que las señales se mantendrían, ni que todos podrían comunicarse. Y más aún: si el teléfono se convertía en la única puerta hacia el mundo que habían perdido, dejaría de ser suyo.
Pero había empezado otra cosa. Las fotografías.
Al principio solo registraba pasillos, esquinas, zonas seguras. Después comenzó a retratar personas: quienes reparaban muros, quienes compartían comida, quienes jugaban. Sin revelar ubicaciones ni rutas, simplemente mostraba que allí había vida. Una prueba, pensaba, algo que quedara incluso si él desaparecía.
Publicó las imágenes la noche anterior. Y al despertar, las notificaciones habían crecido hasta llenar la pantalla.
Al principio eran los comentarios de siempre: es un videojuego, es un montaje, qué cámara usas. Esteban ya estaba acostumbrado. Pero luego, leyó otros.
Se detuvo.
«Espera… esa mujer de la izquierda. Creo que la conozco.»
Amplió la imagen. Una mujer joven estaba sentada junto a otras, mirando hacia un lado. Él apenas había intercambiado unas palabras con ella. No sabía su nombre.
«Es mi hermana. Desapareció en 2018.»
El corazón de Esteban dio un vuelco. Siguió leyendo.
«Ese hombre del fondo… ¿es Robert? Se fue a comprar pan y nunca volvió. Tenía 24.»
«Esa pareja… llevan buscándolos mi tía y mi abuela desde 2015.»
«La niña que pasa detrás… se parece muchísimo a mi prima. La perdimos de vista en una feria cuando tenía siete.»
Esteban sintió cómo el aire se le escapaba. Abrió una de las fotografías que adjuntaban: una imagen familiar, antigua, con ropa de hace años. El mismo rostro. La misma cicatriz en la ceja. La misma mirada. Y en su foto, tomada apenas días atrás, el mismo hombre, pero con el tiempo dibujado en el rostro.
Más comentarios aparecían a medida que se desplazaba. Más nombres. Más historias. Más personas que, según el mundo exterior, se habían esfumado sin dejar rastro hace años, incluso décadas. Y allí estaban. Caminando. Comiendo. Riendo. Sin saber que sus familias los buscaban todavía.
Esteban levantó la vista. Los veía a todos. La mujer que alguien reconocía como hermana. El hombre que desapareció en 2018. La pareja que se perdió en 2015. Vivían a metros de él. Y nadie les había dicho nada. Nadie lo sabía.
Una idea empezó a tomar forma en su mente, oscura y aterradora.
Si esas personas llevaban tanto tiempo desaparecidas… quizá no habían llegado todas al mismo tiempo. Quizá los Backrooms no eran algo reciente. Quizá llevaban existiendo mucho más de lo que nadie imaginaba. Quizá la gente seguía entrando, y entrando, y entrando… durante generaciones.
Miró hacia la puerta de la habitación donde dormía Sofía. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Nadie lo sabía.
Y por primera vez, la pregunta que lo atormentó no fue cómo salir. Fue otra muy distinta:
¿Cuánto tiempo lleva este lugar atrapando a la gente?
¿Y cuántos siguen aquí, esperando algo que no saben nombrar?
Esteban permaneció en el asentamiento mucho más tiempo del que había planeado. Lo que iban a ser unos días de recuperación se convirtieron en una semana. Después en otra. Y cuando quiso darse cuenta, habían pasado tres semanas desde su última expedición.
Durante ese tiempo descansó, ordenó sus anotaciones y, sobre todo, enseñó. Compartió todo lo que había aprendido recorriendo el Nivel 0: rutas seguras, lugares donde conseguir recursos, habitaciones que parecían normales pero era mejor no cruzar, señales que delataban la presencia de entidades. Les enseñó a moverse en silencio, a esconderse, a saber cuándo correr y, quizá más importante que todo, cuándo no hacer nada y esperar.
La tienda se convirtió en un punto vital. Con sus indicaciones organizaron cinco expediciones. A veces iba con Daniel, Laura y Valeria; otras, se sumaban caras nuevas. El objetivo era claro: no querían depender de él para siempre. Y él tampoco. Cada salida era una oportunidad para que alguien más aprendiera a caminar solo.
Antes de cada partida repetía lo mismo, sin variar una palabra:
—No se separen. Si alguien escucha algo, avisan. No improvisen. No entren en una habitación que no esté marcada. Y si algo sale mal… —los miraba a todos a los ojos— regresan.
No importaba si dejaban comida, herramientas, armas. Nada valía tanto como una vida.
Las primeras salidas fueron difíciles, pero volvieron con provisiones: agua, baterías, medicamentos, material de limpieza, cosas que el asentamiento llevaba meses sin ver. La confianza creció. Y también la comprensión de algo que Esteban ya sabía bien: los Backrooms no necesitan motivos para lastimarte. Basta con cometer un error.
Y tarde o temprano, alguien lo cometería.
La sexta expedición fue diferente.
Esteban iba con un grupo nuevo. Conocía a algunos de vista. Entre ellos había un joven de unos veinticuatro años que llevaba poco tiempo allí. Estaba sano, fuerte, lleno de energía… demasiada, quizá. Desde el principio se mostró impaciente, burlón, convencido de que aquellas precauciones eran exageradas. No parecía comprender en qué clase de lugar vivían.
—Vamos demasiado despacio —decía, adelantándose sin esperar—. No hay nadie.
—Manténgase en el grupo —le pidió Esteban más de una vez—. Aquí las cosas no siempre se ven venir.
El joven sonreía con suficiencia.
—Si hay algo, me encargo yo.
Esteban apretó los labios. Conocía esa actitud. La había visto antes. Y siempre terminaba de la misma forma.
Avanzaron por un pasillo que ya habían recorrido en otras ocasiones. Todo parecía igual: paredes amarillentas, el zumbido de las luces, el suelo alfombrado. Hasta que el joven, sin decir nada, se desvió del camino marcado.
—¿A dónde vas? —preguntó Esteban, deteniéndose de inmediato.
—Vi algo interesante —respondió sin mirar atrás.
—¡No! —Esteban dio un paso hacia él—. No se separen del camino.
Pero el joven ya había entrado en una habitación lateral.
—Es solo una puerta. Exageras.
Esteban hizo una seña al resto del grupo para que esperaran y se acercó despacio.
—Sal de ahí, ahora.
El joven apareció en el umbral con una sonrisa burlona.
—No hay nada. Solo estanterías vacías. Deberías relajarte…
Se detuvo.
Su sonrisa desapareció de golpe. Algo detrás de él se movió en la penumbra. No se escuchó ningún ruido. Ningún grito. Solo el silencio que de repente se volvió denso, pesado, como si el aire mismo hubiera dejado de moverse.
Esteban sintió cómo se le helaba la sangre.
—Salgan… todos, ahora mismo.
El joven intentó retroceder. Pero algo lo sujetó por el hombro. No lo empujó. No lo arrastró. Simplemente… lo sostuvo. Y en los ojos del chico se reflejó un terror absoluto.
—No… —susurró.
Esteban dio un paso adelante, extendiendo la mano.
—Suéltalo.
No hubo respuesta. Lo que estaba en la sombra lo apartó suavemente hacia adentro, como si fuera algo que no pesaba. La puerta se cerró. No se oyó un portazo. Simplemente se cerró, despacio, dejando a Esteban con la mano extendida en el aire.
El resto del grupo se quedó inmóvil. Nadie gritó. Nadie corrió. Todos comprendieron, en un silencio terrible, que no había nada que hacer.
Esteban permaneció frente a la puerta unos segundos más. Luego bajó la mano.
—Volvemos.
—¿Sin él? —preguntó alguien, con la voz temblorosa.
Esteban asintió, con una expresión que mezclaba rabia y dolor.
—No podemos ayudarlo. Y si nos quedamos, seremos más.
El regreso fue en silencio. Nadie pronunció una sola palabra. Cuando llegaron al asentamiento, la noticia se extendió sin necesidad de gritos. Algunos lloraron. Otros simplemente bajaron la mirada. Esteban se apartó del grupo y se sentó solo en un rincón, con la espalda apoyada contra la pared. Se cubrió el rostro con las manos.
Había advertido. Había repetido las mismas palabras una y otra vez. Y aun así…
Sintió que alguien se sentaba a su lado. Levantó la mirada. Era Samuel.
—No pudiste hacer nada —dijo en voz baja.
Esteban negó con la cabeza.
—Si hubiera sido más estricto… si lo hubiera obligado a quedarse…
—Él decidió —respondió Samuel con suavidad—. Tú no puedes cargar con las decisiones de los demás.
Esteban miró hacia el pasillo. Sabía que era verdad. Pero eso no lo hacía sentir mejor.
Esa noche, antes de que todos se retiraran, reunió a quienes solían acompañarlo en las salidas.
—Tengo que irme —dijo directamente.
Nadie se sorprendió. Parecían haberlo estado esperando.
—Aún no tienes una ruta segura —señaló Laura.
—Necesito encontrarla. Y no puedo esperar más.
Daniel asintió lentamente.
—¿Y Sofía?
Esteban bajó la mirada.
—Lo he pensado mucho. No puedo llevármela. Es demasiado peligroso. Pero tampoco puedo dejarla aquí indefensa.
—Está a salvo con nosotros —dijo Valeria—. La cuidaremos.
Esteban los miró a los ojos, uno por uno.
—Lo sé. Por eso me voy tranquilo. Saber que ella está con ustedes… es lo único que me da paz.
A la mañana siguiente, antes de que saliera el sol —o lo que pasaba por sol allí—, Esteban se despidió. Sofía lo esperaba junto a su cama, abrazando su peluche. Cuando lo vio con la mochila al hombro, sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró en voz alta.
—Vas a volver, ¿verdad? —preguntó con un hilo de voz.
Esteban se agachó a su altura y le acarició el rostro con ambas manos.
—Voy a volver. Te lo prometo. Y cuando regrese, te llevaré conmigo.
—¿A donde vayas tú?
—Sí. A donde vaya yo.
La abrazó fuerte, como si quisiera grabar su calor en su memoria. Luego se levantó, se ajustó la mochila y miró a sus amigos por última vez.
—Cuídenla.
—Lo haremos —prometió Daniel.
Esteban asintió y echó a andar sin mirar atrás. Sabía que si se volvía, no tendría fuerzas para irse.
Caminó mucho tiempo. Los pasillos se sucedían iguales, interminables. Pero ahora ya no se sentía perdido. Tenía un propósito. Encontrar la salida. Encontrar respuestas. Y volver.
De pronto, sacó el teléfono de su bolsillo. Lo encendió. Había una notificación nueva. Un comentario en la última fotografía que había publicado. Lo leyó bajo la luz tenue de las lámparas:
«Si estás viendo esto… vi a mi hermana pude reconocerla de inmediato, mis padres no me creen pero la vi. Se que ella está bien. Gracias por protegerla.»
Esteban se quedó quieto, no cabia duda era el hermano de Sofia, que vio una foto de ella. Luego guardó el aparato. Una pequeña sonrisa, la primera en mucho tiempo, apareció en su rostro.
—No estoy solo —susurró—. Y ellos tampoco.
Siguió caminando. Hacia adelante. Siempre hacia adelante.
El asentamiento había vuelto poco a poco a su rutina. O, al menos, a la versión de rutina que podía existir en aquel lugar. Las personas seguían trabajando: unos reparaban las paredes, otros organizaban provisiones, otros revisaban armas y herramientas. Y los niños, cuando podían, jugaban en los espacios más seguros.
Entre ellos estaba Sofía.
Desde que Esteban se había marchado, la pequeña parecía estar en todas partes. Ayudaba a llevar cosas, a ordenar, a repartir agua. Incluso intentaba colaborar en las reparaciones.
—Yo lo llevo.
—Yo puedo ayudar.
—¿Dónde pongo esto?
—¿Necesitan otra cosa?
Siempre ocupada. Siempre sonriendo. Demasiado.
Valeria comenzó a notarlo al segundo día. La vio pasar cargando una cajita y le ofreció ayuda. Sofía negó de inmediato.
—¡No! Puedo sola.
—Pesa bastante.
—No tanto.
Y siguió su camino. Valeria la observó. Había algo raro. No era que estuviera triste; era precisamente lo contrario: parecía decidida a demostrar que todo iba bien, con una energía que no le pertenecía. Valeria conocía esa actitud. La había visto en adultos que fingían fortaleza para no preocupar a los demás. Sofía estaba haciendo lo mismo.
Dos días después, la encontró en un rincón apartado, entre dos paredes, donde apenas llegaba el ruido. Estaba sentada en el suelo, abrazando su peluche sin jugar, sin hablar, solo mirándolo fijamente. Valeria se detuvo. Entonces vio cómo una lágrima recorría su mejilla y ella se la limpiaba rápido con la manga.
Sofía levantó la cabeza y forzó una sonrisa.
—¿Valeria? ¿Necesitas ayuda?
Valeria se acercó despacio.
—No. Solo quería verte.
—Estoy bien —dijo Sofía, bajando la mirada.
—Lo sé. Pero no tienes que demostrárselo a nadie.
La sonrisa desapareció.
—¿Hacer qué?
—Hacerte la fuerte —dijo Valeria con suavidad, sin reproche—. Puedes estar triste, Sofía.
La niña apretó el peluche.
—No quiero.
—Lo sé.
—Porque si estoy triste… todos pensarán que tengo miedo.
Valeria negó con ternura.
—Tener miedo no te hace débil. Ven aquí.
Sofía dudó unos segundos, luego dejó el peluche a un lado y se lanzó a sus brazos. Valeria la sostuvo con firmeza y calma, y la niña dejó de contenerse. Lloró en silencio al principio, luego con pequeños sollozos, hasta que no pudo más.
—Yo quería ir con él… —dijo entre lágrimas—. No quería que se fuera.
—Lo sé —susurró Valeria.
—Pero tenía que irse… Él me protegió. Cuando estaba sola, me encontró. Me dio comida, agua, un lugar donde dormir… nunca me dejó sola cuando había peligro.
Valeria la escuchó sin interrumpir, acariciando su espalda.
—Tengo miedo de que no vuelva… —confesó Sofía.
Valeria la miró a los ojos.
—No puedo asegurarte que lo hará. Nadie puede. Pero conozco a Esteban. Es terco. Y cuando decide cumplir algo, no hay nada que lo detenga.
Sofía soltó una pequeña risa entre el llanto.
—Mucho.
—Exactamente. Y te hizo una promesa.
La niña abrazó su peluche de nuevo.
—Entonces volverá.
—Hará todo lo posible por cumplirlo.
Valeria le acomodó el cabello.
—Y mientras tanto, nos tienes a nosotros. Puedes extrañarlo. Puedes estar triste. Puedes llorar. No tienes que ocultarlo.
Sofía miró hacia la zona principal: Daniel moviendo cajas, Samuel hablando con otros, Laura revisando un mapa. Una comunidad que, con sus imperfecciones, la cuidaba.
—¿Puedo quedarme contigo un rato?
—Todo el tiempo que quieras.
Sofía apoyó la cabeza en su hombro. Por primera vez desde la partida, dejó de fingir. Y durante un largo instante, simplemente fue una niña extrañando a la persona que la había salvado.
Pero ya no estaba sola.
Thoughts
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PermalinkSofía cargando cajitas y ofreciendo ayuda a todos es lo que hacen los niños cuando alguien se va, se ponen a servir para que nadie los vea. Apuesto a que Valeria lo sabe de primera mano.
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PermalinkLa semana pasada Sofía recién llegaba y ahora suelta el peluche para lanzarse a los brazos de Valeria. Me quedo con eso, tanto rato aguantando.
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PermalinkEn el club esto nos partiría en dos. Rocío diría que Esteban no tenía por qué irse justo después de prometerle a Sofía, que la promesa era quedarse con ella. Yo estoy con él: con el chico de la puerta todavía encima, seguir ahí era cargar con cada error de los demás.
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