Tras varias horas dentro de la tienda, finalmente habían reunido todo lo que consideraban necesario. Las mochilas pesaban mucho más que al llegar, pero Esteban se había asegurado de que nadie cargara más de lo que podría soportar durante el camino de regreso.
Latas de comida.
Agua de Almendra.
Baterías.
Productos de higiene.
Linternas.
Algunas herramientas.
Incluso habían conseguido materiales útiles para reparar o ampliar las instalaciones del asentamiento. No habían intentado llevárselo todo; aquello sería imposible. La tienda seguía estando abarrotada.
—Con esto debería bastar para la primera expedición —dijo Esteban mientras cerraba una de las mochilas.
La joven exploradora miró las cajas que habían dejado atrás.
—Y pensar que todavía queda muchísimo.
—Precisamente por eso no debemos apresurarnos.
Esteban sacó su libreta y se acercó a una de las paredes. Había dejado pequeñas marcas durante el recorrido. Ahora añadió algunas más.
—Aquí deben girar —señaló una intersección—. Si llegan y ven esta pared, continúen por este lado. Pero si encuentran una puerta azul… no entren.
El hombre frunció el ceño.
—¿Por qué?
—No sé qué hay detrás.
Los tres lo miraron.
—Entonces, ¿cómo sabes que es peligrosa?
Esteban hizo una pausa breve.
—Porque entré una vez. —Señaló otra marca—. Y terminé caminando casi dos horas intentando volver a encontrar este lugar.
La joven exploradora anotó mentalmente la información.
—Puerta azul. Evitar.
—Exactamente.
Continuaron varios minutos. Esteban les explicó cada desvío, cada zona útil y cada punto donde podrían detenerse a descansar. No se limitaba a indicarles por dónde ir: les enseñaba a pensar como exploradores.
—Nunca memoricen una sola ruta —les dijo—. Aprendan al menos dos alternativas. Si una entidad bloquea el camino principal, necesitan saber hacia dónde escapar.
La joven asintió con seriedad. Era evidente que grababa cada palabra. Sabía que la próxima vez, Esteban no estaría con ellos.
Cuando terminaron de repasar la zona, Esteban guardó la libreta. Miró su reloj. Su expresión cambió de golpe.
—Tenemos que escondernos.
Los tres se quedaron quietos.
—¿Qué?
—Ahora.
No esperó preguntas. Tomó al hombre del brazo y lo empujó tras unos estantes.
—¡Agáchate!
—¿Pero qué…?
—¡Ahora!
La mujer y la joven obedecieron de inmediato. Esteban las guió detrás de las estanterías, lejos de los grandes ventanales que daban al salón principal.
—No se muevan.
Intercambiaron miradas confundidas. Esteban volvió a mirar su reloj.
—Y recuerden esta hora.
—¿Qué está pasando? —susurró la joven.
—Ya lo verán.
Esteban sacó lentamente su arma. La sostuvo con ambas manos y se colocó justo debajo de uno de los ventanales. No apuntaba a nadie. Simplemente esperaba.
El hombre se asomó apenas unos centímetros. Y entonces comprendió.
Por uno de los pasillos que Esteban había marcado como peligroso empezaron a aparecer figuras. Una. Después otra. Y otra. Y otra más.
El hombre abrió los ojos.
—¿Qué demonios…?
No terminó la frase. Cada vez surgían más. Algunas caminaban despacio. Otras corrían. Algunas parecían humanas desde lejos. Otras no tenían forma que pudiera confundirse con la de una persona. Bacterias. Sonrientes. Sabuesos. Y criaturas que ninguno de los tres había visto jamás. Todas salían de aquella zona y se dispersaban por los pasillos.
La joven exploradora observaba sin atreverse a respirar. Esteban ya les había advertido que aquel sector era peligroso. Pero aquello… aquello era distinto. No eran una o dos entidades. Eran decenas.
Una criatura pasó frente a la tienda. Se detuvo.
Todos contuvieron el aliento. La entidad giró lentamente la cabeza hacia el interior. Esteban apretó el arma con más fuerza. No se movió. La criatura permaneció unos segundos inmóvil… y luego siguió su camino.
Esperaron. Pasó otro grupo. Y otro. Y otro. El tiempo parecía haberse detenido. Cinco minutos. Seis. Siete. Nadie hablaba. Nadie se movía. Ni siquiera se atrevían a mirar demasiado.
Esteban permanecía inmóvil. Su respiración era lenta. Medida. Había aprendido aquella lección a la fuerza: en los Backrooms, cuando demasiadas entidades aparecen juntas, sobrevivir no consiste en enfrentarlas. Consiste en volverse parte del silencio.
Diez minutos después, la última figura desapareció al fondo de un corredor. Quedó solo el zumbido de siempre.
La joven hizo ademán de moverse. Esteban levantó de inmediato tres dedos.
Tres minutos más.
Se quedó quieta. Los otros también. Nadie discutió.
Cuando finalmente pasaron, Esteban guardó el arma. Se levantó despacio. Miró por el ventanal. Revisó los pasillos. Esperó unos segundos más. Nada.
—Ya está.
Salieron lentamente de su escondite. El hombre respiró hondo, como si recuperara el aire perdido.
—¿Qué fue eso?
Esteban miró nuevamente su reloj.
—Una horda.
—Eso ya lo entendimos —dijo la joven—. Lo que queremos saber es por qué ocurrió.
Esteban se encogió de hombros.
—No lo sé.
—¿Y cómo sabías que iba a pasar?
Esteban señaló la esfera del reloj.
—Porque siempre ocurre aproximadamente a esta hora.
Silencio.
—¿Siempre? —preguntó el hombre.
—Siempre que he estado aquí a esta hora. —Esteban desplegó el mapa sobre una mesa—. Hay dos momentos en el día en que suele ocurrir. No son exactos, pueden variar unos minutos, pero se mueven alrededor de estas horas.
Marcó dos puntos en su libreta.
—Si alguna vez vienen y están cerca de esos horarios, no avancen. Entren aquí, cierren todo y esperen.
El hombre miró las anotaciones.
—¿Y simplemente se van?
—Se dispersan.
—¿A dónde?
Esteban señaló los distintos corredores que se abrían desde la sala.
—A todos lados. Por eso esta zona se vuelve tan peligrosa en ese rato. Todas salen de un mismo punto y luego se dividen.
La joven miró hacia el pasillo por donde habían aparecido.
—¿Y sabes qué hay allá?
Esteban negó rotundamente.
—No pienso averiguarlo.
Una sonrisa nerviosa recorrió los labios de todos. Pero entonces el hombre recordó algo.
—Dijiste que aprendiste esto a la mala.
Esteban asintió.
—Sí. La primera vez no sabía que existía. Tuve que correr. Logré detener a una que me perseguía… pero las demás no se detuvieron.
Los tres se quedaron petrificados. Esteban tardó en notar sus expresiones.
—¿Qué pasa?
Nadie respondió de inmediato. Finalmente la joven preguntó con voz suave:
—¿Qué quisiste decir con… detener?
Esteban frunció el ceño.
—Matarla.
Silencio. Pesado. Absoluto.
—¿Matarla? —repitió el hombre, como si no hubiera oído bien.
—Sí.
—¿Con el arma?
—Sí.
Se miraron entre sí. Esteban empezó a sentirse incómodo.
—¿Por qué me miran así?
El hombre señaló el arma que acababa de guardar.
—Nosotros también tenemos armas.
—Lo sé.
—Y hemos disparado contra esas cosas.
Esteban esperó.
—¿Y?
La joven respondió lentamente:
—Podemos herirlas. Hacer que retrocedan. A veces, incluso, que huyan. —Miró fijamente a Esteban—. Pero nunca hemos conseguido eliminar una.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Había hablado demasiado. Sin querer, acababa de revelar algo que nadie más parecía capaz de hacer.
—Bueno… tuve suerte.
—¿Suerte? —repitó ella.
Esteban sintió que mentir no servía. Así que decidió dejarlo todo sobre la mesa.
—No fue solo esa vez.
El silencio se volvió aún más denso.
—He matado dos.
La joven abrió los ojos de par en par.
—¿Dos?
—La primera… fue cuando salvé a Sofía.
El hombre contuvo el aliento.
—¿La Bacteria?
Esteban asintió.
—Sí.
—¿Y la segunda?
—Al día siguiente. Fui a buscar suministros. Me encontré con otra y tuve que defenderme. —Bajó la mirada hacia sus manos. Todavía recordaba el estruendo, el impacto, el instante en que aquella cosa dejó de moverse… y luego esa extraña sensación que le recorrió el pecho como si algo hubiera pasado a él—. La maté.
Nadie dijo nada. Esteban levantó lentamente la vista.
—¿Por qué parece que acabo de decir algo imposible?
El hombre soltó una risa seca, nerviosa.
—Porque aquí dentro… lo es.
Esteban frunció el ceño.
—¿Cómo que lo es?
La joven respondió con voz grave:
—Llevamos años sobreviviendo. Hemos visto gente morir. Hemos visto entidades heridas. Hemos visto cosas que ni siquiera podemos explicar. —Hizo una pausa que pesó como plomo—. Pero nunca… nunca hemos visto a alguien matar una entidad.
Esteban se quedó sin palabras. Por primera vez desde que llegó al asentamiento, comprendió que quizá había algo que ellos sabían y que él todavía no. Algo relacionado con esa sensación extraña que le había quedado en el pecho. Algo relacionado con los recuerdos que no eran suyos. Algo relacionado con las dos entidades que había destruido.
Apretó lentamente la correa de su mochila. Había creído que era suerte. Ahora empezaba a preguntarse si realmente lo era. Y aquella duda… le resultó mucho más aterradora que cualquier criatura aguardando al otro lado de la puerta azul.
Durante los minutos siguientes, ninguno de los cuatro habló demasiado. Tras lo que acababan de presenciar, resultaba difícil encontrar palabras. Sus tres acompañantes no dejaban de mirar de vez en cuando hacia los pasillos que rodeaban la tienda; ya no veían aquel lugar de la misma manera.
Esteban, en cambio, parecía extrañamente tranquilo. Había guardado el arma y repasaba una vez más las anotaciones de su mapa.
—¿Nos vamos? —preguntó el hombre más joven.
Esteban levantó la vista hacia su reloj.
—Todavía no.
—¿No?
—Esperaremos una hora.
Los tres intercambiaron miradas confundidas.
—Pero si la horda ya pasó…
—Precisamente por eso. —Esteban señaló el pasillo por donde habían desaparecido las últimas entidades—. Tras una horda nunca se sabe si alguna se quedó atrás. Puede haberse separado, haber cambiado de rumbo o estar aguardando en algún recodo. No digo que vaya a ocurrir, pero tampoco podemos asumir lo contrario.
El hombre mayor asintió lentamente.
—Tiene sentido.
La joven suspiró.
—Una hora es bastante tiempo…
—Lo sé. —Esteban dobló el mapa con calma—. Y sé que querrían regresar cuanto antes. Pero ustedes tres no conocen esta zona. Yo sí. Y tras lo que acaban de ver… prefiero perder una hora que perder una vida.
Nadie discutió. Se acomodaron nuevamente dentro de la tienda. Durante esa hora descansaron, revisaron las provisiones y comprobaron que todo estuviera bien asegurado. Pero sobre todo… observaban a Esteban.
Algo había cambiado entre ellos. El hombre mayor no lograba apartar de la mente sus palabras. Llevaba años allí. Había conocido a personas que sobrevivían desde hacía muchísimo tiempo. Había hablado con quienes atravesaban niveles distintos, quienes reconocían entidades por su sonido, su paso o incluso por pequeños cambios en el aire. Había visto soldados. Había visto gente sobrevivir a lo imposible. Pero jamás… jamás había conocido a alguien capaz de matar una entidad.
Ni una sola vez.
Y ahora tenía delante a un hombre que afirmaba haberlo hecho dos veces. Y que lo decía como si fuera lo más natural del mundo.
Una hora después, Esteban miró nuevamente su reloj.
—Ahora sí.
Los tres se pusieron de pie.
—¿Regresaremos por el mismo camino? —preguntó la mujer.
—No. —Esteban negó con la cabeza—. Quiero que conozcan dos rutas.
Desplegó el mapa y señaló varias zonas.
—Esta es más larga, pero tiene menos puntos de aparición. Esta otra es más rápida, pero hay lugares que deben evitarse.
—¿Entonces por qué no usamos siempre la segura?
—Porque aquí… nada permanece seguro para siempre. —Guardó el mapa—. Un camino despejado hoy puede ser una trampa mañana.
Comenzaron a caminar. La actitud del grupo había cambiado por completo. Antes simplemente lo seguían. Ahora lo estudiaban. Cada vez que él se detenía, ellos también. Cada vez que miraba hacia un pasillo, ellos hacían lo mismo. Cada vez que cambiaba de rumbo, intentaban comprender por qué.
Especialmente la joven exploradora. Sabía que aquella podía ser una de las últimas veces que recorría aquellos caminos acompañada. La próxima vez tendrían que hacerlo solos. Por eso grababa cada esquina, cada puerta, cada sala, cada lugar donde podrían esconderse.
Sin embargo, en los Backrooms bastaba un segundo de distracción para cometer un error. Y ella estaba a punto de aprenderlo.
—Ese lugar podría servir para descansar —murmuró, adelantándose.
Esteban apenas alcanzó a girarse.
—¡Espera!
Fue demasiado tarde. La joven había doblado la esquina. Y chocó contra algo. Retrocedió de golpe. Frente a ella, una figura retorcida se irguió lentamente. Una Bacteria.
La criatura alzó la cabeza. La muchacha se quedó petrificada. Los otros dos tensaron el cuerpo al instante.
—¡No te muevas! —susurró el hombre mayor.
La joven respiraba agitadamente. No podía apartar la vista de ella. Conocía las historias. Había visto cadáveres. Sabía perfectamente lo que ocurría cuando una Bacteria te encontraba. La criatura abrió la boca. Iba a gritar.
La joven cerró los ojos.
Pero el grito nunca llegó.
Algo atravesó el cuello de la criatura con fuerza brutal. Una lanza. El impacto fue tan violento que la Bacteria salió despedida hacia atrás. Y Esteban apareció junto a ella. Nadie había visto cuándo se había movido. Un segundo estaba varios metros atrás. Al siguiente… ya estaba encima.
Ambos cayeron al suelo. La Bacteria intentó alzar la voz. Pero ningún sonido salió. Esteban mantenía la lanza clavada en su cuello, usando todo su peso para inmovilizarla.
—No vas a llamar a nadie —dijo entre dientes.
Giró el arma. Una vez. La criatura se retorció. Otra vez. Y otra. El forcejeo fue casi silencioso: solo golpes secos contra el suelo y la respiración tensa de Esteban. Hasta que finalmente… dejó de moverse.
Esteban permaneció sobre ella unos segundos más. No se levantó. No celebró. No dijo nada. Simplemente cerró los ojos y escuchó. El hombre mayor hizo ademán de llamarlo. Esteban levantó una mano. Silencio.
Obedecieron. Pasaron segundos. Nada. Un minuto. Nada. La Bacteria no había logrado alertar a nadie. Entonces Esteban soltó lentamente el mango de la lanza.
Y fue en ese instante cuando su cuerpo reaccionó.
Un dolor agudo atravesó su pecho. Esteban se quedó rígido. Su respiración se cortó. Luego vino el latido, golpeando con fuerza brutal contra sus sienes.
—¡Ah…!
Se llevó una mano a la boca ahogando un gemido. Cayó de rodillas. Los tres corrieron hacia él.
—¡Esteban!
—¡Estoy bien! —alcanzó a decir entre dientes.
No lo estaba. El dolor creció, nítido y desgarrador. Esteban apretó los párpados y se cubrió la boca con fuerza. No podía gritar. No todavía. Un grito traería a otras entidades. Y él lo sabía demasiado bien.
Permanecieron a su lado sin saber cómo ayudar. Tras un minuto que pareció eterno, el dolor empezó a retirarse. Esteban respiró hondo, una, dos veces, y logró ponerse de pie.
La joven estaba pálida.
—Lo siento…
Esteban la miró.
—¿Por qué?
—Por haberme adelantado. Si no hubiera ido…
—Estarías muerta.
Ella bajó la mirada. Esteban recogió la lanza.
—Pero no lo estás. Así que aprende de esto. —Señaló la esquina—. Hasta que no estés completamente segura de que un lugar es seguro… no bajes la guardia. Ni siquiera un segundo.
La joven asintió con voz temblorosa.
—Sí.
El hombre mayor seguía mirando el cadáver. Luego miró a Esteban.
—¿Cómo evitaste que gritara?
Esteban señaló algo tras el cuerpo. Se acercaron. Un cable o tendón corría por el cuello de la criatura.
—Me di cuenta la primera vez que enfrenté una —explicó él—. Estas cosas producen el sonido a través de aquí. No sé cómo funciona exactamente, pero si cortas esto… no pueden llamar a nadie.
—¿Y siempre funciona?
—Hasta ahora. —Esteban se puso de pie—. Cuando una Bacteria te ve, lo primero que hace es avisar a las demás. Si le cortas esa posibilidad… solo debes enfrentarte a una.
Hubo silencio. La joven miró el cadáver y luego a Esteban. Algo empezaba a comprender: él no sobrevivía por suerte. Sobrevivía porque aprendía. Cada encuentro, cada error, cada herida, cada criatura… todo se convertía en conocimiento.
El hombre mayor lo miró fijamente.
—¿Cuántas cosas más sabes que nosotros ignoramos?
Esteban alzó una ceja.
—Probablemente muchas.
—¿Y cuántas nos vas a contar?
Esteban miró el largo pasillo que tenían por delante.
—Todas las que puedan mantenerlos vivos. —Hizo una pausa breve—. Siempre que yo también siga vivo para contarlas.
Nadie respondió. Y cuando retomaron la marcha, la joven caminó pegada a él, sin separarse ni un solo paso. Había aprendido la lección: en los Backrooms, un segundo de distracción… podía ser el último.