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Capítulo 5: Antes de partir

DNavarrete
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Los días siguientes transcurrieron con una calma extraña, casi irreal en medio de aquel lugar hecho de zumbidos y riesgos constantes. Para Esteban era algo nuevo: desde que cayó allí, cada jornada había sido una carrera por sobrevivir, explorar y no perderse. Pero ahora tenía un propósito más definido: preparar todo para llegar al asentamiento. Sabía que el camino no era corto, que una sola confusión entre pasillos iguales podía desviarlos hacia zonas desconocidas y peligrosas, así que se tomó su tiempo para revisar la ruta marcada en el mapa una y otra vez, asegurándose de memorizar cada giro y cada referencia.

 

Reunió con esmero todo lo necesario: reservas de Agua de Almendra, alimentos que conservaban bien, ropa abrigada, linternas de repuesto, pilas suficientes, mochilas resistentes y hasta pequeños objetos curiosos que había recogido en recorridos anteriores y que podrían servir en algún momento. Cada vez que salía a buscar provisiones, dejaba a Sofía bajo llave en el refugio y le repetía la regla sagrada:

 

—No abras la puerta a nadie.

 

—¿Ni siquiera si dicen que te conocen? —preguntó ella una vez.

 

—A nadie —respondió él con firmeza—, salvo si escuchas tres golpes claros y seguidos. Así llamaré yo.

 

—Tres golpes —repitió Sofía muy seria, guardándoselo bien.

 

Con el paso de esos días tranquilos, fueron aprendiendo a convivir. La niña ya no se asustaba al escuchar sus pasos regresar; poco a poco dejó salir su verdadera personalidad: hablaba con brillo en los ojos de su escuela, de sus juegos, de su hermano pequeño, de las comidas que le gustaban y anhelaba volver a probar. A veces esas charlas dolían un poco, porque recordaban todo lo que habían perdido, pero también eran un refugio: mientras hablaban de la vida cotidiana, lograban olvidar por unos instantes que estaban atrapados en un laberinto infinito lleno de horrores.

 

Un día, mientras caminaba por un pasillo solitario, Esteban vio algo pequeño tirado en el suelo: un peluche suave, un poco desgastado, con una oreja doblada y algunas manchas de polvo, pero entero. Lo levantó pensando que quizás alguien antes lo había perdido, o que había aparecido allí igual que tantas cosas inexplicables de aquel lugar. Al volver al refugio, Sofía lo miró enseguida con curiosidad:

 

—¿Qué traes ahí?

 

—Lo encontré allá afuera —respondió él sin adelantarse.

 

—¿Es para mí? —preguntó con esperanza contenida.

 

—¿Y quién te lo dijo? —bromeó él fingiendo guardarlo.

 

—¡No, déjalo ver! —pidió con una sonrisa que rompió la seriedad.

 

Entonces Esteban se lo entregó, y ella lo abrazó con tanta fuerza como si fuera el tesoro más valioso del mundo.

 

—Lo cuidaré mucho, te lo prometo —le dijo bajito.

 

Desde entonces, aquel peluche fue su compañero inseparable: dormía abrazada a él, lo llevaba a todos lados y a veces le hablaba en voz baja, como guardando secretos que solo él podía escuchar. Esteban nunca preguntó qué nombre le puso; prefería dejarle eso, un pedazo de su mundo que nadie más tenía que compartir.

 

Llegó finalmente la última noche antes de partir. Allí no había noches oscuras ni amaneceres, solo esa luz amarilla constante que nunca cambiaba, pero Esteban sentía que era el momento de descansar antes de emprender el viaje. Terminó de organizar las mochilas, revisó nuevamente el mapa y comprobó que la puerta estuviera bien cerrada y asegurada. Ambos se acostaron juntos en la cama pequeña. Sofía abrazaba fuerte su peluche; Esteban miraba hacia arriba, pensando en el camino, en las dudas y en todo lo que estaba en juego.

 

Fue ella quien rompió el silencio suavemente:

 

—Esteban… ¿tienes familia?

 

Él giró la cabeza despacio, sorprendido por la pregunta.

 

—Sí, tengo.

 

—¿Quiénes son? —insistió con curiosidad inocente.

 

Sacó entonces su teléfono, cuya batería seguía cargada gracias al misterioso enchufe bajo la cama. Buscó entre las fotos hasta encontrar aquella en la que salían los tres juntos, sonriendo, felices, como si fuera otra vida lejana. Se la mostró despacio.

 

—Mi esposa y mi hija.

 

Sofía miró la imagen con atención:

 

—Son muy bonitas. Tu hija tiene tus ojos —dijo con ternura.

 

—Tiene razón —respondió él con media sonrisa que se apagó poco a poco—, el resto se parece mucho más a su mamá.

 

—¿La vas a ver cuando salgas? —preguntó entonces la niña.

 

La pregunta le pesó en el pecho.

 

—No lo sé… es complicado —confesó con voz baja—. Todavía no sé cómo salir de aquí. Y lo que más me asusta es no saber cuánto tiempo pasa allá afuera mientras estamos aquí. Tal vez pasaron días… o años.

 

—¿Crees que te buscan? —insistió ella sin entender del todo su angustia.

 

—Espero que sí… pero también me da miedo pensar que sufran creyendo que nunca volveré —susurró él, cerrando los ojos un momento para calmarse—. Algún día lo entenderás mejor, Sofía.

 

—Siempre dicen eso los mayores —se quejó suavemente con un puchero que le arrancó una pequeña risa.

 

Se acomodó de nuevo bajo la manta, y poco después se acercó más a él, recostándose pegada a su costado.

 

—Tengo frío —murmuró.

 

—No hace frío aquí —le respondió con dulzura, pero la cubrió mejor con la manta y pasó el brazo por encima de ella para darle calor y seguridad.

 

—Buenas noches, Esteban.

 

—Buenas noches, pequeña.

 

Unos momentos después volvió a hablar bajito:

 

—Gracias por haberme salvado y quedarte conmigo.

 

Él miró su cabello oscuro, tranquilo ahora.

 

—Y yo te agradezco a ti, porque me diste una razón para seguir caminando y no rendirme.

 

No dijo nada más. Pronto escuchó su respiración suave y pausada, señal de que dormía profundamente junto a su peluche. Esteban siguió despierto unos minutos más, pensando en el viaje al asentamiento, en dejarla allí segura, en la promesa de visitarla y en buscar la salida para regresar a los suyos. Ya no luchaba solo por sobrevivir: ahora tenía una meta doble, que le daba fuerzas y esperanza. Al final cerró los ojos, dejándose llevar por el silencio suave del refugio mientras el zumbido lejano de las luces los envolvía a ambos.

 

La mañana llegó sin que ninguno pudiera confirmarlo con certeza: en los Backrooms no había amaneceres, ni sombras que se alargaran, ni cielo que cambiara de color. Solo persistía aquella luz amarillenta, plana y eterna, que inundaba cada rincón como si el tiempo mismo se hubiera detenido para siempre.

 

Esteban se levantó y revisó meticulosamente todo el equipaje: dos mochilas bien distribuidas, reservas de Agua de Almendra, alimentos compactos, linternas con repuestos, pilas suficientes, ropa abrigada, el mapa detallado y su libreta de anotaciones. Por último sacó el arma que había rescatado del vehículo policial, comprobó el cargador con calma y la guardó en un lugar accesible. No le gustaba portarla, prefería no tener que usarla jamás, pero había aprendido a costa de mucho miedo: mejor llevarla sin necesitarla que necesitarla y no tenerla.

 

En la puerta lo esperaba Sofía, con su pequeña mochila puesta y abrazando fuertemente su peluche, como si fuera su ancla contra todo lo desconocido.

 

—¿Lista para partir? —preguntó él con voz serena.

 

—Sí —respondió ella firme, aunque se notaba la tensión en su mirada.

 

Extendió el mapa sobre una mesa pequeña y señaló la ruta trazada con precisión: cruces marcados, puntos de referencia, caminos alternativos dibujados con cuidado.

 

—Siguiendo este recorrido tal como lo planeé, deberíamos tardar unas seis horas aproximadamente.

 

Sofía abrió los ojos sorprendida:

 

—¿Seis horas enteras? ¿Y si nos perdemos?

 

—Es difícil que pase —explicó señalando cada marca—, ya recorrí casi todo este trayecto antes, anoté cada detalle: paredes distintas, puertas singulares, objetos que sirven de guía. Conozco el camino.

 

Luego suavizó el tono para ser sincero sin asustarla más:

 

—El verdadero riesgo no es perdernos, son las entidades que pueden aparecer.

 

La niña se tensó al instante.

 

—Pero no te angusties —la tranquilizó él—, nuestra regla es simple: si las detectamos antes, nos desviamos y las evitamos. Si nos sorprenden, corremos sin detenernos.

 

—¿Y si son muy grandes y fuertes? —insistió con miedo.

 

Esteban sonrió levemente:

 

—Entonces corremos más rápido aún.

 

Sofía soltó una risita contenida:

 

—Esa respuesta no da mucha tranquilidad…

 

—Lo sé —admitió él doblando el mapa—, pero es la verdad. Aquí no sirve fingir ser invencible: hay criaturas que se pueden esquivar, otras que se pueden enfrentar en casos extremos, y algunas ante las que lo único sensato es desaparecer de su vista. Por eso planificamos desvíos y esperas: prefiero tardar más, esperar escondidos el tiempo que haga falta, y llegar vivos y sanos, que arriesgarnos por llegar antes.

 

Miró por última vez el interior del refugio: aquellas paredes que lo habían protegido, donde había aprendido a sobrevivir, donde había conocido a Sofía y recuperado un poco de calma. Se sentía extraño abandonarlo, como dejar atrás un pequeño hogar seguro en medio del caos, pero sabía que no podía quedarse allí para siempre.

 

—Vamos —dijo tomando su mochila.

 

Sofía salió primero; Esteban cerró la puerta metálica y escuchó el cerrojo encajarse con un golpe seco que resonó por el pasillo vacío. La niña miró un momento la puerta cerrada, como despidiéndose de ese lugar seguro.

 

—Podemos volver si surge alguna emergencia —le aseguró él suavemente.

 

—¿De verdad? —preguntó con esperanza.

 

—Claro que sí.

 

Empezaron a caminar. Al principio ella permanecía pegada a su costado, mirando hacia atrás constantemente, apretando el peluche con fuerza ante cada zumbido o crujido leve. Esteban comprendía ese temor; nadie olvida fácilmente ser perseguido por algo que quiere destruirte. Pero a medida que avanzaban y veía que él revisaba el mapa, comparaba con los detalles del entorno y tomaba decisiones seguras, la tensión se fue aflojando poco a poco.

 

—¿Por qué miras tanto el mapa todo el rato? —preguntó después de un rato.

 

—Porque este lugar cambia —respondió él sin dejar de observar un pasillo nuevo—, no es que se transforme de golpe ante mis ojos, pero aparecen pasillos que antes no estaban, se modifican accesos, se confunden caminos iguales. El mapa me ayuda a distinguir lo que es real y seguro, a confirmar que sigo en el camino correcto y no me estoy dejando llevar por confusiones extrañas.

 

Sofía asintió pensativa:

 

—Entonces… es como tu memoria hecha de papel y dibujos.

 

Esteban sonrió complacido:

 

—Exactamente así lo es.

 

Pasaron las horas: dos, tres, avanzando con ritmo constante pero vigilante. En cierto momento, un ruido sordo y pesado llegó desde un corredor lateral. Al instante levantó la mano en silencio absoluto y ella se detuvo inmóvil, conteniendo la respiración. Se escucharon golpes secos y lentos, sin ver qué los producía. Prefirió no arriesgarse a investigar: indicó el desvío alternativo que había marcado antes y retrocedieron discretamente, tomando otro trayecto que les tomó veinte minutos más, pero los mantuvo lejos del peligro. Perder tiempo no era un fracaso, era prudencia.

 

Con el paso del trayecto, Sofía caminaba ya con más confianza, a su lado sin aferrarse a él, observando con atención y aprendiendo a escuchar los ruidos a su alrededor.

 

—Esteban —llamó bajito—, cuando lleguemos… ¿realmente me dejarás allí?

 

Él bajó la mirada un instante, dolido por la pregunta inevitable:

 

—Sí, pequeña. Será para que estés protegida, con gente que te cuidará y te dará estabilidad.

 

—Pero prometiste volver a verme —le recordó con voz temblorosa—. ¿Lo cumplirás aunque estés muy lejos?

 

—Lo prometo y lo cumpliré —aseguró él con firmeza—, no importa cuán difícil sea el camino, regresaré para saber que estás bien.

 

Ella reunió valor y formuló lo que más le preocupaba:

 

—Y si encuentras una salida para regresar a tu casa… ¿me dejarás atrás?

 

Esteban paró en seco, se agachó hasta quedar a su altura y la miró a los ojos con sinceridad absoluta:

 

—Jamás. Si logro hallar la salida, buscaré también cómo sacarte a ti. Saldremos juntos.

 

—¿Los dos? —repitió ella iluminándose.

 

—Los dos —confirmó sellando esa promesa con una sonrisa cálida.

 

—¡Trato hecho! —dijo ella recuperando alegría.

 

Continuaron caminando con renovada energía. Ahora obedecía cada indicación con confianza: parar cuando él lo pedía, avanzar despacio donde era necesario, cambiar de rumbo sin dudar. Esteban sentía el peso inmenso de esa confianza ciega que ella depositaba en él; sabía que no podía fallarle, que su seguridad dependía de que él tomara las mejores decisiones en cada paso.

 

Miró nuevamente el mapa: todavía faltaba un buen trecho, pero la sensación de pesadumbre inicial había desaparecido. Ya no avanzaban solo por llegar a un lugar seguro para ella, sino por una meta compartida que les daba fuerza y esperanza. Seguían rodeados de riesgos, en un laberinto interminable y hostil, pero ahora sabía que ese trayecto era también el inicio de una promesa que lo motivaba más fuerte que nunca: protegerla, cumplir su palabra y luchar hasta lograr que ambos pudieran volver a ser felices algún día.

 

El trayecto planeado para seis horas se extendió hasta ocho completas. El resto del tiempo lo consumieron desvíos obligados, esperas en silencio absoluto y momentos inmóviles agachados, ocultos para no llamar la atención de lo que acechaba por los pasillos. El mapa fue su guía indispensable, aunque Esteban notaba que su memoria le jugaba trucos extraños desde que había derrotado a la Bacteria: a veces creía reconocer un recorrido y avanzaba confiado, solo para darse cuenta poco después de que todo era distinto, como si recuerdos ajenos se mezclaran con los suyos propios. Solo al comparar con las anotaciones, marcas y dibujos detallados de su libreta recuperaba el rumbo y corregía el camino.

 

Y en ese aprender a guiarse, Sofía también aprendió. La primera vez que escucharon un rugido lejano y pasos pesados acercándose, estuvo a punto de salir corriendo por instinto; él la detuvo suavemente, la guió tras una esquina, le puso un dedo en los labios para pedir silencio. Ella temblaba entera, respiraba rápido, pero no emitió ni un suspiro. Comprendió entonces que allí no siempre se podía luchar ni huir rápido: a veces sobrevivir significaba volverse invisible, aguantar el miedo sin hacer ruido. Después de eso, ante cualquier sonido extraño, buscaba refugio sola junto a él sin preguntar, sin gritar, agarrada fuertemente a su peluche. Esteban admiraba esa fortaleza precoz, aunque le dolía profundamente: sabía que una niña de diez años no debería estar aprendiendo a esconderse de monstruos, debería estar jugando, en el colegio, segura en casa con su familia.

 

Tuvieron que cambiar de ruta varias veces: caminos que antes estaban libres quedaron bloqueados por entidades, otros se transformaron irreconocibles, y cada desvío los llevó por rincones nuevos que él nunca había explorado: pasillos estrechos y oscuros, salones inmensos vacíos, zonas donde las luces parpadeaban hasta marear, puertas que abrían a espacios vacíos y otras que daban a muros ciegos. Todo lugar nuevo lo registraba al instante en su mapa, agregando líneas, señales y detalles para no volver a perderse.

 

Hasta que en un momento se detuvo en seco. Sofía casi chocó contra él.

 

—¿Qué pasa? —susurró preocupada.

 

Él no respondió enseguida, miró hacia adelante sorprendido. Ya no había solo paredes amarillas infinitas: vio estructuras construidas a mano, tabiques levantados con cuidado, cables organizados que llevaban luz continua, refugios pequeños, mesas y muebles reunidos con esfuerzo. Y sobre todo: personas moviéndose, trabajando, vigilando, hablando entre ellas. Lo que antes solo imaginaba posible, estaba allí: una comunidad hecha por quienes luchaban por resistir. Sintió una mezcla extraña en el pecho, más profunda que el simple alivio: después de semanas de soledad absoluta, ya no estaba solo en ese infierno.

 

—Es ahí —dijo en voz baja.

 

Pero al instante levantó la mano para frenarla.

 

—Espérate aquí, ocúltate detrás de esas vigas. No salgas hasta que yo te llame.

 

—¿Por qué? —preguntó ella apretando su mano.

 

—No saben quién soy ni qué traigo. Quiero hablar primero, para que no piensen que somos un peligro y te hagan daño sin querer. Si algo sale mal, corre al punto que marqué en la libreta, ¿recuerdas?

 

Le entregó el cuaderno, la miró para darle calma y esperó a que se escondiera. Luego se acomodó la mochila, ocultó bien el arma para que no se notara y avanzó levantando las manos claramente, mostrando que iba sin agresividad. A medida que se acercaba, las miradas se volvían hacia él, las voces bajaban hasta callarse por completo. Algunos se mostraron asombrados, otros desconfiados, uno levantó un bastón reforzado como defensa.

 

—¡No quiero problemas! —gritó con voz serena—, no llevo armas a la vista, solo vengo buscando refugio y ayuda.

 

Un hombre dio unos pasos adelante para interrogarlo, pero entonces se abrió paso entre todo un hombre mayor, de mirada serena y cansada, que parecía llevar mucho tiempo liderando aquel lugar.

 

—¿Estás solo? —preguntó con voz grave.

 

Esteban dudó un segundo, miró fugazmente hacia donde estaba Sofía y respondió con sinceridad:

 

—No. Encontré a una niña perdida, perseguida por una entidad. La traje para protegerla y está esperando escondida. Solo quiero que esté segura.

 

El silencio se extendió por todo el asentamiento, muchos se miraron sorprendidos, hacía mucho que no llegaba un niño hasta allí. El hombre mayor asintió despacio y le indicó:

 

—Haz que salga.

 

—Primero responda algo —pidió Esteban—: ¿aquí la protegerán? ¿Tendrá oportunidad de estar tranquila?

 

—Nadie está completamente seguro en este lugar —contestó con honestidad—, pero hacemos todo lo posible para cuidarnos mutuamente, dar cobijo, repartir alimentos y defendernos juntos. Es lo único que podemos hacer.

 

Le pareció la respuesta más honesta que podía esperar. Llamó entonces a Sofía, que salió despacio, abrazando su peluche con fuerza, caminó rápido hasta él y agarró su mano con firmeza. Todos la observaron con asombro y cierta ternura olvidada, como si recordaran que también existía la inocencia más allá del miedo constante.

 

El hombre mayor miró a ambos con calma y finalmente sonrió levemente:

 

—Bienvenidos a nuestro refugio.

 

Mientras avanzaban entre las construcciones, Esteban observaba todo con atención: el trabajo colectivo, el orden, la cooperación que los mantenía vivos. Pero al mismo tiempo nacían preguntas inquietantes en su mente: ¿cuántos años llevaban construyendo esto en medio del caos? ¿Qué terrores habrían tenido que enfrentar para organizarse así? ¿Qué sacrificios y reglas duras serían necesarios para mantener esa pequeña luz encendida en la oscuridad? Sabía que por fin habían llegado a salvo, pero también comprendía que esa tranquilidad tendría secretos, esfuerzos y costos que aún tendría que descubrir.

 

El anciano permaneció unos instantes en silencio, luego alargó la mano con calma.

 

—Me llamo Samuel.

 

Esteban lo miró brevemente antes de estrecharla con firmeza moderada.

 

—Esteban.

 

—Ya me lo habías dicho —respondió él con una media sonrisa—, la edad empieza a jugarme malas pasadas con la memoria.

 

Esteban soltó una pequeña risa. Era extraño: ese saludo sencillo, esa charla tranquila, parecía pertenecer a otro mundo, totalmente fuera de los pasillos amarillos y el peligro constante que los rodeaba.

 

Samuel dirigió entonces la mirada hacia Sofía. La niña se había alejado unos pasos, absorta observando una pequeña construcción armada con retazos de madera y chapa; inclinaba la cabeza como si descubriera algo maravilloso entre sus detalles. Aprovechando que no prestaba atención a la conversación, Samuel bajó un poco el tono de voz:

 

—Dijiste que llevas tiempo aquí… ¿cuánto exactamente?

 

—Unos meses completos —respondió Esteban seguro—, desde el momento en que desperté en este lugar.

 

—¿Y ella? —señaló con la mirada a la pequeña.

 

—Apenas una semana, poco más.

 

El rostro de Samuel se ensombreció levemente.

 

—Eso es inusual… muy inusual.

 

—¿Por qué? —preguntó Esteban, sintiendo un ligero escalofrío recorrerle la espalda.

 

—Por lo que hemos visto en años de resistir aquí —explicó con voz apagada—, cuando llegan niños, casi nunca saben protegerse: no distinguen los ruidos que avisan del peligro, no conocen las zonas prohibidas, no aprenden rápido cuándo hay que correr y cuándo quedarse inmóviles en absolutos silencios. La mayoría ya ha sido perseguida o herida antes de que alguien pueda encontrarlos.

 

Uno de los hombres que permanecía cerca intervino con seriedad:

 

—Casi siempre es demasiado tarde cuando los hallamos. Las entidades los encuentran antes que nosotros.

 

Esteban miró a Sofía: seguía distraída, tranquila, ajena a esas palabras duras. Comprendió entonces que no había sido solo suerte, que esos días con él habían sido lo único que la salvó de correr el mismo destino.

 

—Entonces tuvo suerte de cruzarse en mi camino —dijo bajito.

 

—No —corrigió Samuel mirándolo fijamente—, tuvo suerte de encontrarte a ti.

 

Hubo un silencio breve, hasta que el anciano retomó:

 

—¿Qué piensas hacer ahora con ella?

 

Llegaba el momento que más le costaba enfrentar. Esteban tomó aire profundamente antes de responder con claridad:

 

—Quiero que se quede aquí, bajo vuestro cuidado.

 

—¿Y tú? —insistió Samuel.

 

—Yo seguiré caminando —afirmó con determinación—, buscaré la salida.

 

—¿Sabes dónde está? ¿Conoces el camino?

 

—No lo sé —admitió sin ocultar dudas—, pero tengo que buscarla.

 

Samuel negó lentamente con la cabeza y soltó una risa melancólica:

 

—Es arriesgado… caminar sin rumbo fijo buscando algo que quizás no existe.

 

—Lo sé —reconoció Esteban—, pero llevarla conmigo sería mucho peor. No sé qué horrores encontraré más adelante, ni cuánto tardaré, ni si podré defenderla siempre. Prefiero dejarla donde pueda estar segura.

 

El anciano asintió, comprendiendo la decisión dolorosa pero necesaria:

 

—Entiendo. Queremos protegerla igual que tú. Pero para darle techo, comida, cuidados y seguridad… todo eso tiene un precio. ¿Qué puedes darnos a cambio?

 

Esteban no se sintió ofendido; ya lo esperaba, sabía que nada era gratuito en aquel lugar. Sacó entonces su libreta desgastada, la abrió mostrando páginas llenas de dibujos detallados, anotaciones, símbolos y advertencias minuciosas. Después extendió sobre la mesa el mapa completo, trazado con precisión. Varias personas se acercaron enseguida, curiosas e interesadas.

 

—Todo esto lo recorrí y registré solo —explicó mientras señalaba zonas—: marqué dónde aparecen las entidades, dónde hay restos de quienes no sobrevivieron, rincones extraños, pasillos que no llevan a ninguna parte y lugares peligrosos que escuché aunque no llegué a verlos claramente. También señalé las rutas más seguras y los puntos donde podemos encontrar agua y provisiones.

 

Un hombre que vigilaba el mapa comparó rápidamente con uno más pequeño que trajo consigo:

 

—El nuestro solo cubre los alrededores cercanos, porque siempre salimos en grupo y no nos atrevemos a alejarnos tanto —comentó—, pero el tuyo amplía todo el territorio, detalla riesgos que desconocíamos… nos serviría para explorar más lejos, buscar recursos y evitar trampas mortales. Nos ahorraría semanas de errores y pérdidas.

 

Samuel levantó la mirada con expectación:

 

—¿Estás dispuesto a dejarnos copiarlo todo? ¿Incluyendo cada nota y advertencia?

 

—Todo —respondió Esteban resueltamente—. A cambio solo pido tres cosas: que tenga un lugar tranquilo donde dormir, que nunca le falte alimento y compañía, y que jamás la obliguen a salir a recorrer los pasillos peligrosos.

 

Samuel sonrió con ternura al escuchar la última condición:

 

—Eso último no hace falta pedirlo dos veces. Aquí protegemos a quienes no deben luchar. Los niños permanecen seguros dentro de nuestros muros.

 

Esteban exhaló el aire retenido, sintiendo alivio al fin:

 

—Entonces tenemos un trato.

 

—Trato hecho —confirmó Samuel estrechando nuevamente su mano.

 

Mientras otros comenzaban a guardar y preparar la copia del mapa, el anciano añadió en voz baja:

 

—Veo que no eres de quienes se quedan quietos mucho tiempo… espero sinceramente que encuentres esa salida que buscas y que tu camino sea menos cruel que el de tantos otros.

 

En ese momento Sofía terminó su curiosidad y caminó hacia ellos abrazando fuerte su peluche. Al verlo, sonrió con esa alegría sencilla que le daba fuerzas. Esteban le devolvió la sonrisa, pero en su mente surgieron nuevas preguntas: si habían logrado sobrevivir tanto tiempo organizados, seguramente guardaban conocimientos, secretos y experiencias que no aparecían en ninguna publicación ni red de supervivientes. Quizás antes de marcharse, debía aprovechar para escuchar sus relatos y aprender todo lo que pudiera.

 

Se quedó mirando el mapa extendido y luego a la niña, con el corazón dividido entre la tranquilidad de dejarla protegida y la incertidumbre de su propio futuro. Pero por primera vez en meses, sentía que había logrado algo valioso: Sofía estaría a salvo, y él partiría con una esperanza más sólida, consciente de que no estaba solo en el recuerdo y que tenía una razón para regresar.

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