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Capítulo 7: Un cuarto para uno

DNavarrete
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Los largos pasillos de Saint Aurora volvían poco a poco a recuperar su ritmo habitual. El murmullo de las alumnas, el sonido de las puertas al abrirse y cerrarse, y el eco de pasos sobre los suelos…

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Los largos pasillos de Saint Aurora volvían poco a poco a recuperar su ritmo habitual. El murmullo de las alumnas, el sonido de las puertas al abrirse y cerrarse, y el eco de pasos sobre los suelos de mármol sustituían ya la tensión que se había respirado durante horas. Las estudiantes de primer año habían sido distribuidas en sus respectivas habitaciones, las profesoras regresaban a sus tareas y el alboroto causado por el ataque al tren comenzaba a desvanecerse... o al menos eso intentaban que pareciera.

 

—Este será tu cuarto por ahora —anunció Akane deteniéndose frente a una puerta de madera blanca, adornada con delicados grabados de hojas y ondas en tono plateado que brillaban suavemente con la luz de los faroles mágicos del pasillo.

 

La abrió con un gesto sencillo y dejó pasar al interior.

 

La habitación era espaciosa, sencilla pero acogedora, con paredes de tonos claros que hacían que todo pareciera más amplio. Junto a una gran ventana con cortinas ligeras había una cama individual con sábanas limpias y suaves. Al lado, un escritorio de madera oscura, una estantería vacía lista para llenarse con libros, un pequeño sofá tapizado en tonos azulados y, al fondo, una puerta de vidrio que daba a un balcón desde donde se podía ver gran parte del inmenso lago que rodeaba la academia, con sus aguas brillando bajo la luz del sol.

 

Gael asomó la cabeza, observando con curiosidad cada rincón, y finalmente asintió con una media sonrisa.

 

—Está bonito... mucho más ordenado que cualquier sitio donde haya dormido hasta ahora.

 

Entró despacio, recorriendo con la mirada los muebles como si quisiera asegurarse de que todo era real.

 

—Normalmente estas habitaciones se comparten entre dos alumnas —explicó Anastasia mientras entraba detrás de él y se acercaba a la ventana—, pero por suerte para ti, había algunas libres reservadas para casos especiales. Y, al parecer, tú ya te has convertido en un caso muy especial.

 

Freya se adelantó y dejó una pequeña caja de madera sobre el escritorio.

 

—Así que este espacio será exclusivamente tuyo. Nadie entrará sin tu permiso, y tienes total libertad para organizarlo como quieras.

 

Gael se quedó unos segundos en silencio, mirando a su alrededor, y luego soltó un suspiro largo y profundo, como si el peso del día por fin se le cayera de encima.

 

—Bueno... está muy bien, sí. Pero me da la sensación de que me voy a sentir un poco solo aquí.

 

Las tres se quedaron mirándolo en silencio.

 

Anastasia, de repente, dibujó en su rostro esa sonrisa tranquila y serena que, por experiencia propia, nadie consideraba nunca una buena señal.

 

—Bueno... si no te convence esta opción —dijo despacio, apoyándose en el borde del escritorio—, siempre queda la alternativa.

 

Gael parpadeó, desconfiado.

 

—¿Qué alternativa?

 

—Compartir habitación con el profesor Valerius.

 

El efecto fue inmediato.

 

Gael dio un salto hacia atrás como si hubiera tocado una plancha al rojo vivo, con los ojos muy abiertos y las manos levantadas en señal de rechazo absoluto.

 

—¡¿QUÉ?!

 

—Es una posibilidad que se ha mencionado —añadió ella con total naturalidad—. Tiene una habitación muy grande en el ala de los profesores, y dicen que le sobra espacio. Podría ser incluso divertido, ¿no?

 

—¡Ni hablar! ¡Ni en mil años! —gritó él, moviendo la cabeza con tanta fuerza que sus cabellos se agitaron—. ¡No pienso compartir ni un metro cuadrado con ese viejo amargado y malhumorado! ¡Prefiero dormir en el suelo del pasillo antes que en la misma habitación que él!

 

Freya inclinó levemente la cabeza, observando la reacción del muchacho con genuina curiosidad. Era la primera vez que veía a alguien reaccionar con tanta intensidad ante la simple mención de otra persona.

 

—Perdón que insista —dijo con tono tranquilo—, pero sigo sin entenderlo bien. ¿Qué ocurrió exactamente entre ustedes dos en los pocos minutos que estuvieron juntos?

 

Gael cruzó los brazos sobre el pecho y frunció el ceño, mirando hacia un rincón de la habitación como si buscara una respuesta.

 

—No tengo ni idea, la verdad —respondió al final—. Simplemente... en cuanto lo vi, me dieron ganas de discutir con él. Y cada cosa que decía me parecía más molesta que la anterior. No lo soporto, punto.

 

Freya volvió la mirada hacia Akane, esperando una explicación. La presidenta del consejo estudiantil soltó un pequeño suspiro y negó con la cabeza, con una sonrisa divertida.

 

—Y por lo que vimos, el sentimiento es totalmente mutuo.

 

Las tres intercambiaron una mirada y no pudieron evitar recordar la escena en el andén: los gritos, las acusaciones, los empujones, las manos que se agarraron mutuamente y hasta los coscorrones que se propinaron. Apenas se habían visto y ya parecían conocerse de toda una vida, aunque fuera para pelear.

 

—Es increíble que lograran ponerse así en menos de diez minutos —comentó Freya, sacudiendo la cabeza.

 

—Eso mismo pensamos nosotras cuando lo vimos —añadió Akane—. Parecía que se conocían de antes, aunque ambos juren que no es así.

 

Mientras hablaban, comenzaron a revisar el espacio, acomodando algunas sábanas y ordenando un poco, aunque en realidad había muy poco que organizar todavía.

 

Gael se acercó a la cama y dejó sobre ella una pequeña mochila de lona, gastada por el uso y con algunas costuras remendadas. La abrió despacio, con un gesto tranquilo, y se quedó mirando su interior.

 

Akane se acercó un poco y parpadeó con sorpresa.

 

—¿Eso es todo lo que traes?

 

Dentro de la mochila apenas había unos pocos objetos: un par de cuadernos de tapa dura, algunos lápices y bolígrafos, dos mudas de ropa limpia dobladas con cuidado y un pequeño estuche de cuero. Nada más. No había fotografías, ni cartas, ni objetos antiguos, ni recuerdos de ningún tipo. Ni siquiera había una simple llave o un adorno pequeño.

 

Anastasia se acercó también y cerró lentamente la solapa de la mochila, como si quisiera darle un poco de privacidad. Luego, con tono totalmente natural, como si hiciera una pregunta más, habló en voz baja:

 

—Gael... ¿hay alguien esperándote en casa?

 

El muchacho levantó la vista, confundido.

 

—¿Cómo dices?

 

—Tus padres, algún familiar, parientes o amigos cercanos —explicó ella con suavidad—. Si nos das su dirección o algún medio para contactarlos, podemos avisarles que estás bien y dónde te encuentras. Al fin y al cabo, has desaparecido casi todo el día, y es normal que alguien se preocupe.

 

En ese momento, la habitación se sumergió en un silencio suave pero cargado de expectativa.

 

Gael se quedó inmóvil unos segundos, mirando hacia el vacío, y luego negó con la cabeza muy despacio, sin mostrar tristeza ni sorpresa, simplemente con la misma calma con la que se habla de algo que se sabe desde hace tiempo.

 

—No hace falta —respondió con voz tranquila—. No hay nadie a quien llamar.

 

Freya frunció ligeramente el ceño, sin entender del todo.

 

—¿No tienes familia ni parientes?

 

Gael volvió a negar, y sin prisa se dejó caer sobre la cama, estirándose sobre el colchón y apoyando los brazos detrás de su cabeza, con la mirada fija en el techo.

 

—La verdad es que... ni siquiera recuerdo haber tenido una.

 

Aquellas palabras hicieron que las tres mujeres dejaran de moverse de golpe.

 

Anastasia fue la primera en reaccionar, acercándose un poco más, con el tono de voz más suave y cuidadoso que nunca.

 

—¿Qué quieres decir con eso? ¿No recuerdas nada de tu pasado?

 

Gael siguió mirando hacia arriba, como si estuviera contando las pequeñas molduras del techo, y habló con la misma naturalidad de siempre, como si estuviera contando lo que había comido el día anterior, no algo tan importante.

 

—No tengo recuerdos de mi infancia, ni de mis padres, ni de haber vivido con nadie, ni siquiera de en qué ciudad o lugar nací. Todo lo que ocurrió antes de cierto momento es como si nunca hubiera existido. Un vacío total.

 

Akane sintió cómo un pequeño nudo le apretaba el pecho. Se acercó hasta el borde de la cama y preguntó en voz baja:

 

—Entonces... ¿desde cuándo recuerdas realmente?

 

Gael cerró los ojos un instante, intentando ordenar sus pensamientos, aunque parecía que ya lo había hecho mil veces antes.

 

—Hará unos dos años... tal vez tres. No estoy seguro de la fecha exacta. Ese es mi primer recuerdo: despertar en un bosque, bajo un árbol, sin saber cómo había llegado allí, sin saber quién era, sin tener nada encima salvo la ropa que vestía. Todo lo que ocurrió antes de ese despertar está completamente en blanco, como si hubiera borrado una página entera de mi memoria.

 

Freya bajó lentamente la mirada hacia el suelo, sorprendida. Jamás había escuchado algo así, y mucho menos en alguien que parecía tan sano y lúcido.

 

Gael abrió los ojos y sonrió con cierta timidez, como si quisiera quitarle importancia al asunto.

 

—Al principio fue confuso, sí. Incluso un poco aterrador. No sabía mi nombre, no sabía de dónde venía, no sabía si tenía algún lugar al que volver. Tuve que aprender muchas cosas desde cero, cosas que cualquier niño aprende sin darse cuenta. Pero supongo que tuve suerte. Encontré gente buena que me ayudó, me explicó cómo funcionaba todo, me dieron trabajo en pequeñas tareas para poder comer y tener un techo. Hace un año logré entrar en una escuela pública, y por eso traigo los cuadernos y los lápices: este iba a ser mi segundo año de clases.

 

Hizo una pequeña pausa, y entonces Akane, que había estado pensando en todo lo que había dicho, preguntó con mucha suavidad:

 

—Entonces... ¿cómo es que recuerdas tu nombre? ¿Gael Valdés?

 

El muchacho se quedó en silencio un momento, y luego movió la cabeza con esa misma expresión tranquila de siempre.

 

—No lo recuerdo yo —explicó con sencillez—. Cuando desperté y no sabía ni cómo me llamaba, me encontró un anciano que vivía en una casa de campo cerca de allí. Se llamaba Gael Valdés. Era un hombre muy mayor, pero amable y tranquilo. Me dio cobijo, comida y un lugar donde dormir. Como yo no tenía nombre, me dijo que mientras no recordara el mío, podía usar el suyo. Y así me quedé: Gael. Valdés era su apellido, así que también lo tomé como propio.

 

Se rascó la mejilla con un gesto pensativo, como si estuviera viendo el rostro de ese hombre en su mente.

 

—Pero... él murió hace medio año. Por causas naturales, simplemente se quedó dormido y no despertó más. Desde entonces, yo seguí viviendo en su casa, aunque sus hijos estaban resolviendo los trámites para venderla o decidir qué hacer con ella. Yo no tenía derecho a nada, así que en cuanto me dijeron que tendría que irme, empecé a buscar otro sitio... y por eso estaba en ese tren cuando todo esto comenzó.

 

El silencio volvió a llenar la habitación, pero ya no era un silencio de sorpresa o incomodidad. Era un silencio cargado de preguntas y de una sensación de comprensión nueva.

 

Hasta ese momento, todas habían pensado que Gael ocultaba su pasado por alguna razón, por miedo o por algún secreto que quisiera proteger. Pero ahora empezaban a entender algo mucho más complejo y doloroso: quizás no estaba ocultando nada. Simplemente, no tenía nada que contar. Su pasado no estaba escondido... estaba perdido. Y él había aprendido a vivir con ese vacío, aceptándolo con la misma naturalidad con la que respiraba.

 

Mientras tanto, fuera de esa habitación, nadie podía imaginar que ese muchacho que había perdido su memoria, que no tenía familia ni recuerdos, era el único capaz de enfrentarse a lo que estaba comenzando a despertar en las profundidades más antiguas del mundo.

 

Las tres terminaron de acomodar lo poco que Gael traía consigo en la habitación. En realidad, no había mucho trabajo que hacer: la mochila quedó apoyada en una esquina del escritorio, las dos mudas de ropa fueron dobladas con cuidado y colocadas en los estantes del armario, y los cuadernos y lápices quedaron ordenados sobre la mesa, listos para usarse cuando fuera necesario.

 

Akane recorrió la estancia con la mirada una última vez, asegurándose de que todo estuviera en su sitio, y asintió con satisfacción.

 

—Bueno, por ahora esto será más que suficiente. Ya iremos agregando lo que haga falta con el paso de los días.

 

Anastasia caminó hasta una puerta pequeña que estaba situada justo al lado del armario, la abrió con un gesto suave y señaló hacia el interior.

 

—Por cierto, aquí tienes el baño privado.

 

Gael se acercó con curiosidad y asomó la cabeza. El espacio era amplio y luminoso, con suelo de baldosas claras, un lavabo de mármol, una regadera de gran tamaño y hasta una pequeña bañera tallada en piedra blanca, todo impecable y limpio.

 

—Todas las habitaciones de la academia cuentan con uno propio —explicó Anastasia mientras volvía a cerrar la puerta—, así que no tendrás ningún inconveniente por ser el único chico aquí. No tendrás que compartir nada con nadie.

 

Al escuchar aquello, Gael soltó un suspiro tan profundo que pareció quitarse un peso enorme de encima.

 

—¡Gracias al cielo!

 

Las tres se quedaron mirándolo con expresión confundida.

 

—¿A qué viene ese alivio de repente? —preguntó Freya, inclinando un poco la cabeza.

 

—Es que... pensé que tendría que compartir el baño con el profesor Valerius —respondió él con total naturalidad.

 

Anastasia tardó apenas un segundo en procesar la frase, y entonces abrió los ojos de par en par. Akane también se quedó inmóvil por un instante, mientras que Freya estuvo a punto de dejar caer la carpeta que llevaba en las manos.

 

—¡¿Por qué llegas a esa conclusión tan absurda?! —exclamó Freya, con voz entre la sorpresa y la risa.

 

—¡Porque es el único otro hombre que hay en todo el edificio! —contestó Gael, como si fuera lo más lógico del mundo.

 

Akane se llevó una mano a la frente y negó con la cabeza.

 

—Definitivamente, tu imaginación va mucho más rápido que tu sentido común.

 

—Olvídate de esa idea para siempre —añadió Anastasia, conteniendo la risa—. Jamás compartirás el baño con nadie, y mucho menos con él.

 

—¡Excelente noticia! —respondió Gael, aliviado de verdad—. Me quedo mucho más tranquilo ahora.

 

Las tres no pudieron evitar sonreír. No había duda: aquel muchacho tenía una forma de ver las cosas muy particulares, y siempre lograba sacarles una sonrisa incluso en los momentos más serios.

 

Cuando recuperó la compostura, Akane volvió a adoptar una expresión más formal.

 

—La directora ya dio la orden de confeccionar un uniforme adaptado para ti. No será exactamente igual al de las alumnas, por supuesto, pero cumplirá con las normas de la academia.

 

Gael bajó la mirada hacia su propia ropa, sencilla y un poco gastada por el uso, y se rascó la nuca.

 

—¿Tan rápido lo harán?

 

—Sí —confirmó ella—. Probablemente mañana por la tarde ya esté listo para que te lo pruebes.

 

Freya asintió también.

 

—Al mismo tiempo prepararemos tu identificación oficial como alumno especial, con tus datos y los permisos para moverte por las zonas que te correspondan.

 

—Y tus clases comenzarán dentro de dos días —añadió Anastasia—. Necesitamos ese tiempo para reorganizar horarios, acomodar los grupos y ajustar algunas normas, ya que nunca antes habíamos tenido a un estudiante varón en toda la historia de Saint Aurora.

 

Gael asintió con comprensión, aunque se le notaba un poco inseguro.

 

—Supongo que tiene todo el sentido del mundo. No quiero causarles más líos de los que ya he provocado.

 

Akane esbozó una sonrisa leve, pero en sus ojos se notaba que hablaba en serio.

 

—Así que hasta entonces... descansa, recorre un poco los alrededores para irte familiarizando con el lugar, y procura —aquí lo miró fijamente, sin dejar lugar a dudas— no meterte en nuevos problemas durante las próximas cuarenta y ocho horas. ¿Entendido?

 

Gael levantó ambas manos en señal de rendición.

 

—¡Haré todo lo posible para no causar ningún alboroto! ¡Lo prometo!

 

Las tres intercambiaron una mirada cómplice, como si supieran que esa promesa valía más bien poco.

 

—Esa respuesta no nos tranquiliza en absoluto —dijeron casi al mismo tiempo.

 

La habitación se llenó de risas suaves, y por un momento todo pareció más ligero.

 

Finalmente, Akane se acercó a la puerta y la abrió.

 

—Nos vemos más tarde. Si necesitas cualquier cosa, solo tienes que avisar en recepción o llamarnos, y vendremos en seguida.

 

—Intentaremos que sobrevivas a tu primer día oficial como alumno de Saint Aurora —agregó Anastasia con tono de broma.

 

—Esa frase suena más preocupante que tranquilizadora... —murmuró Gael, aunque con una sonrisa.

 

Las tres salieron al pasillo y la puerta se cerró suavemente detrás de ellas, dejando solo un leve clic al encajar el cerrojo.

 

Por primera vez desde que había puesto un pie en la academia, Gael se quedó completamente solo en una habitación tranquila, sin prisas ni discusiones ni situaciones inesperadas. Se quedó unos segundos en silencio, escuchando el murmullo lejano del viento sobre el lago, y luego se dejó caer en la silla del escritorio, sintiendo por fin que podía respirar con calma.

 

Mientras tanto, en el pasillo iluminado por la luz dorada del atardecer, las tres caminaban despacio sin hablar al principio, como si cada una estuviera dando vueltas a sus propios pensamientos.

 

Fue Freya quien rompió el silencio, con la mirada fija al frente.

 

—Es... un chico muy extraño. No hay otra forma de describirlo.

 

Akane soltó una pequeña risa contenida.

 

—Esa es probablemente la forma más amable y educada de decirlo que he escuchado en todo el día.

 

—No lo digo como una crítica —aclaró Freya, volviéndose un poco hacia ellas—. Hablo en serio. Nunca en mi vida había conocido a alguien así. Todo en él no encaja con lo que conocemos.

 

Anastasia asintió lentamente, con la expresión más seria que hasta ese momento.

 

—Nosotras tampoco. Primero aparece de la nada dentro de un tren, cruzando todas las barreras mágicas sin que ningún sistema de alerta lo detecte. Minutos después, ya está discutiendo y retando al profesor Valerius como si fuera su igual. Luego cruza todo el lago en un segundo y derrota al Guardián del Lago con un solo golpe, una criatura que ha resistido durante siglos los ataques más poderosos. Y para rematar, descubrimos que apenas recuerda nada de su vida anterior, que su pasado es un vacío absoluto.

 

Freya suspiró profundamente.

 

—Es como si fuera una caja cerrada llena de sorpresas, y cada vez que abrimos una tapa encontramos otra más adentro.

 

Akane sonrió, pero había un deje de preocupación en sus palabras.

 

—Y tengo la sensación de que apenas hemos empezado a levantar la tapa. Todavía no hemos visto ni la mitad de lo que esconde.

 

Las tres continuaron caminando por el pasillo casi vacío, donde solo se escuchaba el sonido rítmico de sus pasos sobre el suelo de mármol pulido.

 

Unos instantes después, Anastasia volvió a hablar, pero esta vez con un tono mucho más grave y reflexivo, como si estuviera compartiendo algo que le daba vueltas en la cabeza desde hacía rato.

 

—Hay algo que no logro sacarme de la mente. Llevo estudiando magia y energías desde que era una niña pequeña. He leído libros antiguos que tienen cientos de años, he estudiado teorías de civilizaciones que desaparecieron hace milenios, e incluso he visto a la directora y al profesor Valerius usar poderes que no tienen explicación en los tratados más modernos.

 

Hizo una breve pausa, como si buscara las palabras exactas para expresar lo que sentía.

 

—Y aun así... no logro entender lo que Gael tiene. No es solo fuerza bruta, ni velocidad, ni siquiera energía mágica. Es algo más profundo, algo que no se puede medir ni clasificar con ninguna regla que conozcamos.

 

Akane bajó la mirada hacia el suelo, sabiendo exactamente a qué se refería. Ella también lo había sentido: no era una sola cualidad, sino todo en él. Cada gesto, cada mirada, cada vez que usaba su poder, parecía desafiar las leyes que regían el mundo que conocían. Cada respuesta que daba generaba tres preguntas nuevas, y cada cosa que explicaba dejaba más dudas que certezas.

 

Freya soltó una pequeña risa, aunque esta vez no tenía nada de alegría, sino de asombro.

 

—Es curioso, ¿verdad? Acabamos de conocer al alumno más misterioso que ha tenido jamás esta academia... y tengo la impresión de que él mismo es quien menos sabe sobre su propia identidad.

 

Las tres guardaron silencio, dejando que esa frase flotara en el aire entre ellas.

 

Porque, por primera vez desde que aquel muchacho rubio apareció en sus vidas, ninguna podía negar la realidad que se les imponía:

 

Gael Valdés no ocultaba un secreto. Simplemente... él mismo era el secreto.

 

La habitación quedó envuelta en un silencio suave y agradable. Por primera vez desde que había puesto un pie en Saint Aurora, Gael estaba completamente solo. Sin prisas, sin preguntas, sin regaños ni situaciones imprevistas.

 

Se dejó caer de espaldas sobre el colchón y sintió cómo este se hundía suavemente bajo su peso, mucho más cómodo que cualquier lugar donde hubiera dormido hasta entonces.

 

—Vaya día tan raro... —murmuró con voz baja, mientras sus brazos se quedaban estirados a los lados.

 

Suspiró profundamente, dejando salir todo el aire de sus pulmones. En menos de veinticuatro horas había pasado de estar en un tren camino a una escuela normal, a colarse sin querer en un lugar que parecía otro mundo, conocer a dos chicas decididas y muy directas, discutir con un profesor al que ni siquiera entendía por qué le caía mal, golpear a una serpiente marina gigante y, para rematarlo todo, acabar viviendo como alumno especial en una academia exclusiva para mujeres.

 

—Creo que me salté al menos diez pasos de lo que debería ser una vida normal... —comentó para sí mismo, negando con la cabeza.

 

Se quedó mirando las molduras del techo unos segundos, pero la curiosidad pronto pudo más que el cansancio. Se incorporó con agilidad y caminó hacia la puerta de vidrio que daba al exterior.

 

Al abrirla, una brisa fresca y húmeda le acarició el rostro y le revolvió el cabello, trayendo consigo el olor limpio del agua y la vegetación.

 

Al salir al balcón, se detuvo en seco, y sus ojos se abrieron con asombro ante lo que tenía delante.

 

—...Guau.

 

Hasta donde alcanzaba la vista, solo se extendía la superficie del agua. El inmenso lago rodeaba toda la academia como si esta flotara en medio de un mar tranquilo, sin fin a la vista. Las aguas brillaban con los últimos rayos del sol, teñidas de tonos dorados, naranjas y violetas, reflejando un cielo que comenzaba a oscurecerse con la llegada del atardecer. A lo lejos se distinguían pequeñas islas cubiertas de bosques frondosos, antiguos puentes de piedra que conectaban zonas separadas, y varios trenes que avanzaban lentamente sobre vías mágicas que parecían flotar sobre la superficie.

 

Gael se apoyó con ambas manos sobre la baranda de piedra, inclinándose un poco hacia adelante para admirar mejor el paisaje.

 

—Es enorme... Nunca imaginé que existiera algo así.

 

Mientras seguía perdido en esa vista, algo rompió suavemente la calma del agua. Una silueta inmensa se movía bajo la superficie, y unos segundos después, una cabeza gigantesca emergió lentamente, salpicando gotas que brillaban como cristales al caer.

 

Era el Guardián del Lago.

 

Levantó apenas unos metros de su cuello fuera del agua, manteniendo el resto del cuerpo sumergido, y sus grandes ojos amarillos se posaron directamente sobre el balcón, localizando a Gael al instante.

 

El muchacho levantó una mano con total naturalidad, como si saludara a un vecino cualquiera.

 

—¡Hola de nuevo!

 

La criatura emitió un sonido grave y profundo, pero sin ninguna agresividad —más bien parecía un saludo amistoso— y movió lentamente la cabeza de un lado a otro, como si asintiera.

 

En ese momento, comenzaron a aparecer otras sombras a su alrededor. Una tras otra, fueron asomando para mirar hacia arriba: una tortuga de caparazón enorme cubierto de cristales que reflejaban la luz, un grupo de peces luminosos del tamaño de un caballo que brillaban con tonos azulados, una anguila larga y delgada de escamas plateadas que parecía hecha de agua sólida, e incluso una pequeña familia de criaturas parecidas a focas pero con cuernos cortos en la frente, que sacaron la cabeza tímidamente entre las olas.

 

Todas miraban en la misma dirección: hacia Gael.

 

Este sonrió con sinceridad y volvió a levantar la mano, sin parecer para nada sorprendido.

 

—¡Hola a todas también!

 

Como si entendieran perfectamente, cada una respondió a su manera: unos emitieron sonidos suaves, otras movieron sus aletas o cabezas, y algunas dieron pequeños saltos sobre la superficie antes de volver a sumergirse. Poco a poco, una tras otra, fueron desapareciendo bajo las aguas, dejando solo pequeñas ondas que se expandían hasta la orilla.

 

Gael apoyó los brazos sobre la baranda y soltó una risita divertida.

 

—Bueno... al menos son bastante educadas. Me caen mejor que ciertas personas.

 

Bajó entonces la mirada hacia el interior de la academia, hacia los amplios jardines que se extendían muy abajo. Allí, cruzando lentamente el patio principal, vio una figura que reconocía de inmediato.

 

El profesor Valerius Drakos.

 

Caminaba con paso firme, las manos entrelazadas detrás de la espalda y la espalda erguida, mientras sus ojos recorrían las altas columnas y los símbolos grabados en los muros, revisando el estado de las barreras protectoras que rodeaban todo el recinto.

 

De pronto, se detuvo en seco.

 

Frunció el ceño con fuerza, como si hubiera sentido algo en el aire. Levantó lentamente la cabeza y dirigió la mirada hacia arriba... hasta que sus ojos se encontraron con los de Gael.

 

Se hizo un silencio absoluto entre ambos. Durante varios segundos no se movieron ni pronunciaron ni una sola palabra, simplemente se quedaron mirándose fijamente, como si intentaran adivinar qué pensaba el otro.

 

Y de nuevo apareció esa misma sensación extraña que habían sentido en la estación: una familiaridad que no podían explicar, como si fueran dos rivales que habían compartido vidas enteras, aunque ninguno de los dos recordara haber visto al otro antes.

 

Gael entrecerró los ojos con desconfianza.

 

Valerius hizo exactamente lo mismo.

 

Ninguno entendía por qué sentían esa atracción y rechazo al mismo tiempo. Solo sabían una cosa con total certeza: la presencia del otro les resultaba molesta, irritante, como si algo en su interior reaccionara en contra sin poder evitarlo.

 

El profesor resopló con un sonido claro y lleno de fastidio, dio media vuelta y siguió caminando como si nada hubiera ocurrido.

 

Gael cruzó los brazos sobre el pecho y murmuró con voz suficiente para que se escuchara en el balcón:

 

—Viejo amargado...

 

Desde el patio, la respuesta llegó casi al instante, nítida y fuerte a pesar de la distancia.

 

—Te escuché perfectamente.

 

Gael abrió los ojos con sorpresa y se inclinó un poco más hacia afuera.

 

—¡¿Cómo puedes oírme desde ahí?!

 

—Tengo un oído mucho más agudo que el tuyo —respondió Valerius sin detenerse ni girar la cabeza.

 

—¡Eso es hacer trampa! —protestó el muchacho.

 

—Buenas noches, alumno especial —dijo el profesor con tono seco.

 

—¡Eso no fue una despedida de verdad! —le gritó Gael.

 

—Para mí lo fue.

 

Gael infló las mejillas y resopló, pero no pudo evitar esbozar una media sonrisa.

 

—Pues sigue cayéndome igual de mal que antes...

 

Y nuevamente, como si pudiera leerle la mente o escuchar cada palabra, la voz del profesor volvió a subir desde abajo:

 

—El sentimiento es totalmente mutuo.

 

Esta vez Gael soltó una risa suave y movió la cabeza. No tenía explicación para nada de lo que pasaba entre ellos, pero parecía que discutir con aquel hombre se había convertido en una costumbre, y apenas llevaban unas pocas horas de conocerse.

 

La brisa volvió a soplar, ahora un poco más fresca al caer la noche, y las primeras estrellas comenzaron a asomarse en el cielo oscuro. Gael dio un último vistazo al lago, ya envuelto en las sombras de la tarde, y entró de nuevo en la habitación, cerrando la puerta del balcón tras de sí para retener el calor.

 

Se quitó los zapatos, dejó caer la chaqueta sobre una silla y se dejó caer de nuevo sobre la cama. El cansancio acumulado durante todo el día, la emoción y la sorpresa terminaron por vencerlo antes de que pudiera pensar en nada más.

 

En cuestión de minutos, respiraba profunda y regularmente, dormido con una expresión tranquila y relajada, completamente ajeno a lo que ocurría más allá de sus paredes.

 

Mientras él descansaba, en lo más profundo de los cimientos de la academia, bajo las aguas del lago, los antiguos sellos que habían mantenido el orden durante siglos comenzaban a agrietarse muy lentamente, uno a uno, marcando el inicio de una nueva era que nadie había pedido, pero que ya no se podía detener.

 

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