El silencio que siguió al estruendo de los disparos fue más pesado y desconcertante que cualquier grito o lamento que pudiera haberse escuchado. Todas seguían inmóviles, con los ojos muy abiertos, mirando aquello que tenían enfrente y que desafiaba todo lo que sabían sobre el mundo, la magia y las leyes que regían su existencia.
Frente a ellas, el escudo se mantenía firme: una lámina totalmente transparente, tan clara que casi parecía que no hubiera nada, pero que se movía y ondulaba lentamente, tal como lo haría el agua en un recipiente invisible. Brillaba con una luz tenue, propia, que no venía de ninguna fuente externa, y cada vez que una bala chocaba contra su superficie, no solo se detenía, sino que rebotaba con fuerza, saliendo despedida hacia los lados o cayendo al suelo inofensiva, como si hubiera golpeado el metal más duro y resistente que existiera.
Las chicas de primer año, que hacía unos instantes temblaban de miedo, ahora miraban con la boca entreabierta, incapaces de comprender lo que veían. Las alumnas de cursos superiores, que conocían mucho mejor cómo funcionaba la magia y sus límites, estaban igual de perplejas, intercambiando miradas de incredulidad entre ellas. Los tres encapuchados, por su parte, parecían tan confundidos como ellas; sus armas seguían apuntando, sus dedos apretaban los gatillos, pero sus miradas estaban fijas en aquella barrera que no tenía sentido. Se suponía que nada podía detener esas balas sin usar magia, y se suponía que en ese lugar, la magia ya no existía.
Pero lo más desconcertante de todo era el origen de ese poder.
«Gael no tiene magia», repetían una y otra vez en sus mentes, especialmente Akane y Anastasia, que habían visto con sus propios ojos los resultados del análisis. «El escáner marcó vacío total. No tiene energía, ni conexión, ni el más mínimo rastro de poder. Es como una persona cualquiera… y sin embargo, acaba de crear algo que ningún mago de la academia podría lograr».
Akane sentía que la cabeza le daba vueltas. Había visto barreras antiguas, hechizos maestros y protecciones legendarias, pero ninguna se comportaba así: fluida como un líquido, dura como el diamante, y lo más extraño de todo… funcionando perfectamente en un área donde la magia había sido completamente borrada. Era una contradicción absoluta, algo que no debía ser posible ni siquiera en teoría.
Anastasia, con su mente analítica y llena de conocimientos, sentía lo mismo. Había revisado libros antiguos, tratados de magia y registros históricos, y en ninguno de ellos existía algo parecido a esto. Si no era magia, ¿qué era? ¿De dónde salía esa fuerza?
Mientras todas seguían atónitas, Gael no perdió ni un segundo. Seguía manteniendo el escudo con una facilidad pasmosa, como si estuviera sosteniendo algo tan ligero como una pluma, y se agachó rápidamente hasta quedar a la altura de Anastasia, que todavía estaba en el suelo, recuperándose del susto y la sorpresa.
La miró con esa calma suya, sin rastro de miedo ni duda, y le preguntó con total naturalidad, como si estuvieran hablando de algo cotidiano:
—Oye… ¿por qué no te defiendes? —inclinó un poco la cabeza, confundido—. Si ustedes son las que tienen magia y todos esos poderes raros, ¿por qué se quedan ahí paradas esperando que les disparen?
Anastasia parpadeó varias veces, tardando un instante en reaccionar y encontrar las palabras para explicárselo, mientras el ruido de nuevas balas chocando contra el escudo resonaba a su alrededor.
—Es… es por eso que te dije antes —consiguió decirle, con la voz todavía temblorosa por la situación—. ¿Recuerdas lo que grité? Ese objeto que lleva el que está en el medio… es un anulador de magia. Está fabricado con un fragmento de una de las Calamidades Antiguas, esas fuerzas terribles que casi destruyeron el mundo hace siglos. Su poder borra cualquier tipo de energía mágica en todo el espacio que alcanza. Aquí dentro, en todo el tren… nuestra magia simplemente no existe. No funciona. Somos tan indefensas como cualquiera que no tenga poderes.
Gael escuchó atentamente, asintiendo como si estuviera entendiendo perfectamente. Cuando ella terminó, él respondió con la misma tranquilidad de siempre, como si le estuvieran diciendo que estaba lloviendo afuera:
—Ah, ya entiendo. Entonces… para que recuperen todo eso y puedan defenderse como saben, lo único que hay que hacer es destruir esa cosa, ¿no?
Anastasia abrió la boca para responder, con una sonrisa amarga y resignada en los labios.
—Gael… no es tan sencillo —le explicó despacio, mirándolo a los ojos para que entendiera la gravedad del asunto—. Esos fragmentos son indestructibles para cualquiera que no tenga un poder inmenso y muy especial. Muy pocos magos en la historia han logrado romper algo así. Es casi imposible, incluso para nosotras. Nadie puede hacerlo, así como así.
Gael se encogió de hombros, sin cambiar ni un ápice de su expresión, y respondió como si le hubieran dicho que había que levantar una caja de cartón:
—Bah, no debe ser tan difícil. Solo hay que darle un golpe fuerte y listo.
A unos metros de ellos, el líder de los encapuchados, que sostenía aquel objeto oscuro y retorcido en su mano, los escuchó hablar y soltó una risa seca y burlona, sin entender nada de lo que estaba pasando, pero seguro de su ventaja. Aún creía que aquella barrera era algún truco o último recurso desesperado de las chicas.
—¡Escucho voces estúpidas allá atrás! —gritó con voz ronca y potente, señalando con el arma— ¡Esa barrera no va a durar para siempre! Y sea quien sea que esté detrás… es solo una chica débil sin magia. ¡Sigan disparando hasta que se rompa todo y caigan!
Pero no pudo terminar la frase, ni tampoco pudo volver a apretar el gatillo.
En ese mismo instante, sintió un impacto terrible, seco y brutal justo en el centro del estómago. Fue como si le hubieran golpeado con una roca gigante o le hubiera caído un muro encima. El aire se le escapó de golpe, se le doblaron las rodillas y cayó de rodillas al suelo, soltando el arma y el objeto maldito, con la boca abierta intentando respirar sin poder lograrlo.
Lo más aterrador para todos fue cómo pasó.
Nadie había visto a Gael moverse.
Nadie notó ni un paso, ni un cambio de luz, ni el más mínimo rastro de movimiento.
Hace solo un segundo estaba allí, agachado frente a Anastasia, sosteniendo el escudo… y de repente, ya estaba ahí, justo en medio de los tres encapuchados.
Su puño había atravesado aquel objeto oscuro y maldito como si fuera vidrio fino o madera podrida. El fragmento de la Calamidad, aquello que se decía indestructible, se había hecho mil pedazos diminutos que cayeron al suelo como polvo negro, desapareciendo en el aire. Y con ese mismo golpe, con la misma fuerza precisa, había golpeado al líder, dejándolo inconsciente en el suelo antes de que pudiera entender qué había pasado.
Los otros dos encapuchados se quedaron helados, con las armas levantadas, pero sin atreverse a disparar, mirando a aquel chico que seguía de pie, tranquilo, mirándolos con esa misma calma que siempre tenía, como si no acabara de hacer algo imposible y aterrador.
Detrás de él, en el vagón, Akane, Anastasia, Lin y todas las alumnas seguían con la boca abierta, sin poder creer lo que acababan de ver.
Gael ni siquiera miró a los hombres que tenía enfrente. Volvió la cabeza hacia donde estaban las chicas, sonrió levemente y dijo con naturalidad, como si nada fuera extraño:
—Ya está. Se rompió. Ahora ya deberían tener su magia de vuelta, ¿verdad?
Apenas los dos encapuchados reaccionaron ante lo que le había pasado a su líder, alzaron de nuevo sus armas antiguas, con los cañones apuntando directamente hacia Gael. Sus dedos ya se curvaban sobre los gatillos, decididos a disparar sin dudar, convencidos de que al menos con ellos tendrían ventaja. Pero no llegaron a hacer ni un solo movimiento más.
En una fracción de segundo, tan rápida que ni siquiera sus ojos pudieron seguirla, sintieron un impacto seco y profundo justo en el vientre, como si el aire mismo se hubiera convertido en una masa sólida que los empujaba hacia adentro.
Cuando lograron enfocar la vista, se dieron cuenta de algo que les heló la sangre: Gael ya no estaba donde estaba hace un instante. Ahora estaba justo en medio de los dos, con una mano apoyada suavemente en el costado de cada uno, como si simplemente estuviera parado ahí charlando tranquilamente. Ni sus ropas se habían movido, ni había rastro de que hubiera corrido o saltado. Simplemente… estaba ahí.
Y entonces lo sintieron.
Al principio fue solo una sensación extraña, como si el aire se volviera pesado y denso alrededor de ellos. Pero en un segundo, todo el espacio a su alrededor empezó a deformarse, a curvarse, como si las paredes, el suelo y el techo del vagón se doblaran bajo una presión invisible. De las palmas de las manos de Gael comenzó a brotar un aura tenue, de un color dorado pálido y cálido, que no brillaba con intensidad pero que irradiaba una fuerza inmensa. Esa luz no quemaba ni golpeaba… simplemente ordenaba. Y el espacio mismo parecía obedecerla.
Los cuerpos de los encapuchados empezaron a deformarse, como si estuvieran hechos de arcilla blanda o de humo, estirados y empujados por una fuerza que no podían ver ni comprender. Sus ropas se arrugaron y tensaron, sus articulaciones crujieron, y el pánico más absoluto apareció en sus rostros cubiertos. Intentaron gritar, pero ni siquiera pudieron emitir sonido: la presión era tal que el aire mismo se negaba a entrar o salir de sus pulmones.
—Váyanse —dijo Gael, con voz tranquila y baja, como si estuviera pidiendo algo muy sencillo.
En ese mismo instante, la fuerza se liberó por completo.
Ambos hombres salieron despedidos violentamente hacia direcciones opuestas, lanzados como muñecos de trapo a una velocidad aterradora. Uno fue impulsado hacia la pared izquierda del vagón y el otro hacia la derecha. El impacto fue ensordecedor: el metal grueso y reforzado del tren se dobló, se rasgó y se rompió como si fuera papel, haciendo que todo el vagón temblara y se sacudiera con tanta fuerza que todas las alumnas, Akane, Anastasia y Lin tuvieron que agarrarse desesperadamente de los asientos, de las barandillas o de lo que tuvieran más cerca para no ser lanzadas al suelo.
Con un estruendo que resonó kilómetros a la redonda, los dos encapuchados atravesaron las paredes del tren destrozándolas por completo y salieron despedidos hacia afuera, perdiéndose en la distancia y desapareciendo en la oscuridad de la ruta, dejando tras de sí dos agujeros enormes y destrozados en la estructura metálica.
El silencio volvió a caer entonces, pero esta vez no era un silencio de miedo, sino de pura incredulidad y asombro absoluto.
El tren seguía su marcha, ahora con el viento entrando por los agujeros rotos, y todo el mundo miraba hacia el centro del vagón, donde Gael seguía de pie, tranquilo, con las manos todavía un poco levantadas y esa luz dorada desvaneciéndose lentamente de sus dedos. Se sacudió un poco la ropa, como si hubiera hecho algo tan sencillo como quitar el polvo, y miró hacia atrás, hacia donde estaban todas las chicas con la boca abierta y los ojos muy grandes.
Sonrió con esa calma de siempre, se encogió de hombros y dijo, como si nada de lo que acababa de pasar fuera extraordinario:
—Bueno… ya se fueron. ¿Están todas bien?
Akane flotaba en medio de una inmensidad absoluta, un vacío tan profundo y oscuro como la noche más cerrada, donde no existían el suelo, el cielo ni ninguna referencia. No sentía frío ni calor, ni el paso del tiempo; solo estaba ella, suspendida en esa nada infinita.
Y frente a ella, brillando con una luz tenue y propia que cortaba la oscuridad, estaba ella. Su espada. Su compañera fiel desde que comenzó su formación, el instrumento con el que canalizaba toda su magia, el vínculo más fuerte que tenía con su propio poder. Estaba allí, flotando también, inmóvil, esperando.
Akane extendió la mano, despacio, con el corazón latiéndole un poco más rápido por la extrañeza del momento. Quería tocarla, sentir su peso familiar, su textura, esa conexión inmediata que siempre existía entre ambas. Pero justo cuando sus dedos estuvieron a punto de rozar la empuñadura, se detuvo y retiró la mano bruscamente.
De repente, una inmensa aura dorada envolvió la hoja entera. No era una luz cualquiera: era un poder antiguo, denso, majestuoso y aterrador, una energía que parecía haber existido desde el principio de los tiempos, mucho antes de que cualquier magia conocida fuera creada. Era una fuerza que hacía que todo lo demás pareciera insignificante, algo que pertenecía a una escala totalmente distinta.
Y entonces lo escuchó. No con los oídos, sino resonando directamente en su mente, profundo, claro y cargado de una emoción que parecía mezcla de alivio, determinación y destino cumplido. Era una voz que salía de la propia espada, grave y eterna:
«Al fin… te he encontrado al fin.»
El mundo a su alrededor comenzó a girar, la oscuridad se rompió en pedazos y la sensación de caída libre la invadió por completo.
—¡Presidenta! ¡Akane, por favor, reacciona! —una voz llegaba desde muy lejos, mezclada con movimientos suaves pero insistentes que la sacudían por los hombros.
Abrió los ojos de golpe, respirando hondo, y de pronto todo volvió a su lugar: las paredes del vagón, el sonido del tren deslizándose sobre las vías, la luz de las lámparas y el rostro preocupado de Lin, que estaba justo frente a ella, sacudiéndola con suavidad, pero con urgencia.
—¿Lin…? —murmuró Akane, parpadeando varias veces para enfocar la vista, todavía sintiendo el eco de esa voz antigua retumbando en su cabeza— ¿Qué… qué pasó? ¿Dónde…?
Alrededor de ella estaban Anastasia y varias alumnas, todas con expresiones de gran preocupación, mirándola como si hubiera estado ausente durante mucho tiempo. Se dio cuenta entonces: llevaba un buen rato completamente muda, inmóvil, con la mirada perdida en la nada, sin responder ni escuchar nada de lo que le decían.
—¿Estás bien? —preguntó Anastasia, acercándose y tomándola del brazo con suavidad— De pronto te quedaste así, como si tu mente hubiera viajado a otro lado. Te llamamos, te hablamos… pero no estabas aquí con nosotras.
Akane se pasó una mano por la frente, todavía confundida.
—Lo siento… yo… —empezó a decir, y cambió de tema— ¿Qué pasó con los atacantes? ¿La amenaza?
—Todo terminó —respondió Anastasia con calma, aunque en su mirada había un rastro de perplejidad—. La amenaza fue neutralizada por completo. Nadie resultó herido, gracias a… bueno, gracias a él. Pero tú te quedaste así, inmóvil, justo después de que todo acabara.
Akane asintió lentamente y, casi sin pensarlo, giró la cabeza por encima del hombro de Lin, buscando instintivamente. Y lo vio.
Allí, no muy lejos de donde estaban, estaba Gael.
Lo tenía sujeto contra una pared intacta del vagón; con uno de sus brazos rodeaba totalmente el cuello del hombre, apretando con una fuerza suficiente para mantenerlo sujeto e imposibilitado de moverse, pero sin hacerle daño grave todavía. El terrorista apenas podía respirar, con los ojos desorbitados y el rostro pálido, intentando en vano soltarse de aquel agarre que sentía como si fuera de acero.
Pero lo más extraño de todo era la expresión de Gael. No había frialdad, ni odio, ni malicia en sus ojos. Al contrario: tenía esa mirada inocente, curiosa y muy persistente, igual a la de un niño pequeño que sabe que le escondieron sus dulces favoritos y que está preguntando insistentemente «¿Dónde los pusiste? Vamos, dímelo ya».
Lo miraba con esa carita de siempre, tranquila y amable, inclinando un poquito la cabeza, y cada vez que el hombre dudaba o tardaba en responder, simplemente apretaba el brazo un poquito más, como si solo estuviera insistiendo con más ganas, sin entender por qué le costaba tanto contestar algo tan sencillo.
—Vamos, contéstame ya, ¿sí? —se le escuchaba decir con su tono de voz normal, casi amistoso, mientras apretaba un poco más—. Es una pregunta muy fácil. ¿Quién los envió? ¿De dónde sacaron esa cosita rara? No me hagas apretar más, que yo soy muy paciente, pero me estoy aburriendo…
En cuanto Gael notó que Akane lo estaba observando, levantó la vista al instante, y sus ojos brillaron con alegría, exactamente igual que cuando un niño ve llegar a alguien mientras está jugando.
—¡Ah, Presidenta! —dijo alegremente, sin dejar de sostenerlo ni un segundo— ¡Qué bueno verla ya despierta! No se preocupe por nada, ¿va? Yo ya le estoy preguntando todo lo que queremos saber. Es que este señor es un poquito lento para contestar… —se quejó con un tono infantil, apretando otra vez suavemente—, pero ya va a hablar, ya verá. ¿Verdad que sí?
El atacante solo pudo asentir desesperado, con lágrimas en los ojos, incapaz de comprender cómo era posible que lo estuvieran torturando con una sonrisa tan dulce y una actitud tan inocente.
Lin, que seguía de pie junto a Akane, mantuvo su postura impecable y su voz tranquila, aunque se notaba que hacía un esfuerzo por procesar lo que veía. Se inclinó un poco hacia Akane y le habló en voz baja, para que solo ella la escuchara.
—Señorita… por mucho que él se esté encargando de eso, la situación aquí sigue siendo inestable —le dijo con seriedad—. Las alumnas siguen muy asustadas, todavía están temblando y necesitan sentirse seguras. Lo más prudente y responsable ahora mismo es moverlas a todas hacia los vagones delanteros, donde la estructura está intacta y estarán mucho más protegidas. Este vagón está dañado, es peligroso permanecer aquí… y bueno —lanzó una mirada rápida hacia Gael, que seguía insistiendo con su interrogatorio como si fuera el juego más divertido del mundo—, el ambiente aquí se ha vuelto… muy extraño.
Akane volvió a mirar hacia Gael, que ya había vuelto a centrarse en su prisionero, mirándolo con esa carita tierna y curiosa mientras seguía preguntando y apretando suavemente, sin entender por qué el otro sufría tanto si él solo quería respuestas.
Era increíble verlo: seguía siendo ese chico amable, ingenuo y sonriente de siempre… incluso cuando estaba haciendo algo tan duro como aquello. Y Akane entendió entonces, con una mezcla de alivio y escalofrío, que esa inocencia suya era quizás lo más aterrador de todo: para él, interrogar a alguien era tan simple y natural como pedir un dulce.
—Tienes razón, Lin —respondió Akane, recuperando la compostura y asintiendo con decisión—. Llevaremos a todas las alumnas al frente de inmediato. Anastasia, ayúdame con eso, por favor.
Pero mientras empezaban a moverse, Akane no pudo evitar mirar una vez más por encima del hombro, hacia el fondo del vagón destrozado, donde Gael seguía "jugando" a conseguir respuestas, con esa sonrisa tranquila y esa mirada infantil que, de alguna manera, resultaba mucho más imponente que cualquier mirada fría o llena de odio.
El grupo completo se trasladó hasta los vagones reservados para las alumnas de tercer año, espacios más amplios, sólidos y con un ambiente más tranquilo. Allí, las chicas mayores, con más experiencia y serenidad, recibieron a las demás con calma y paciencia, hablándoles en voz baja, ayudándolas a sentarse y tranquilizándolas poco a poco para que dejaran atrás el miedo que habían pasado. Lin, siempre eficiente y atenta, ya había preparado jarras de té caliente y tazas para todas, distribuyéndolas con su elegancia habitual; la bebida caliente y dulce ayudó mucho a que los ánimos se fueran calmando y los cuerpos dejaran de temblar.
Por suerte, ya todo volvía a la normalidad: al haber sido destruido el anulador, la magia había regresado por completo a cada rincón del tren. Todas podían sentirla otra vez fluyendo en su interior, reconectando con sus varitas y con la energía del entorno, lo que les dio mucha más seguridad y alivio.
En un rincón del vagón, el líder de los atacantes estaba ahora atado firmemente con cuerdas mágicas brillantes, inmóvil y con el rostro marcado por el agotamiento y el miedo que había vivido durante el interrogatorio. Había sobrevivido, sí, pero parecía haber envejecido diez años en apenas unos minutos.
Akane, Anastasia y Lin se reunieron frente a él, repasando lo que habían logrado averiguar, mientras Gael permanecía un poco aparte, sentado en una mesa baja, sosteniendo entre sus dedos una de las piezas rotas y oscuras de aquel artefacto maldito.
—Según lo que confesó —empezó a explicar Anastasia, con voz seria y anotando los detalles en su tableta—, son simplemente mercenarios contratados. Les pagaron una suma de dinero inmensa, suficiente para vivir cómodamente el resto de sus vidas, solo para hacer este trabajo. Su única orden era simple y terrible: eliminar a la mayor cantidad de alumnas posible, sin importar quiénes fueran, para causar el mayor daño posible.
Akane cruzó los brazos, mirando al prisionero con desdén.
—Sobre ese artefacto que nos dejó indefensas —siguió ella, señalando la manta donde estaban los restos destrozados del anulador—, dijo que se lo entregaron ya hecho, igual que las armas antiguas que usaron. No saben quién las fabricó ni de dónde salieron; solo se las dieron como herramientas para cumplir su misión. Las armas se las llevaron los otros dos que salieron despedidos, así que no podremos revisarlas, pero todo apunta a un ataque planeado con mucho cuidado.
—Todo coincide con el grupo de los Anarquistas —añadió Lin con calma—. Es la organización que siempre actúa así. Su objetivo es debilitar a los países y a las naciones, atacando donde más les duele. Y nada les duele más a las naciones poderosas que perder a las hijas de las familias más influyentes, aquellas que en el futuro heredarán el poder, la magia y el liderazgo. Si hubieran logrado su objetivo, el daño político y social habría sido inmenso. Todo encaja con su forma de operar.
Hubo unos segundos de silencio, mientras todas asentían, convencidas de que habían resuelto el misterio: un ataque más de esos terroristas, financiado con dinero, ejecutado por mercenarios, usando herramientas que consiguieron robar o comprar en el mercado negro. Tenía todo el sentido del mundo.
Pero entonces, Gael habló.
Lo hizo con su tono de voz tranquilo, despreocupado, como si estuviera comentando que el clima estaba agradable. Levantó la pequeña pieza oscura a la altura de sus ojos, mirándola con curiosidad, y dijo:
—Pues yo creo que deberían pensar en otra posibilidad.
Todas se giraron hacia él al instante, con expresiones de confusión.
—¿Otra posibilidad? —repitió Akane, frunciendo el ceño— ¿A qué te refieres, Gael? Todo lo que sabemos apunta claramente a los anarquistas. ¿Qué otra explicación podría haber?
Gael bajó la pieza, las miró con esa carita inocente y seria de niño que está a punto de explicar algo muy obvio, y respondió despacio, para que entendieran bien:
—Miren… ustedes mismas dijeron antes, ¿se acuerdan? —empezó, señalando el objeto—. Dijeron que esta cosa, este anulador, está hecho con un fragmento de una de las Calamidades Antiguas, ¿verdad? Y también dijeron que esas once Calamidades… las once que existen en todo el mundo… están todas encerradas, selladas y muy bien cuidadas y vigiladas por los países donde están guardadas. ¿No es así?
Anastasia asintió lentamente, empezando a comprender por dónde iba, aunque le parecía imposible.
—Sí… es exactamente así. Desde hace siglos, las once fuentes de esas fuerzas terribles están bajo custodia estricta. Nadie puede acercarse, nadie puede tocarlas, nadie puede sacar ni un solo pedacito de ellas. Se considera el mayor tesoro y el mayor peligro del mundo, y su seguridad es prioridad absoluta para todas las naciones. Es imposible que alguien las haya robado o haya sacado algo así sin que todo el mundo se enterara de inmediato.
—Entonces ahí está el detalle —dijo Gael, encogiéndose de hombros como si fuera lo más sencillo del mundo—. Si lo que estos señores dijeron es verdad… que les dieron esto ya hecho, que no saben de dónde salió, que solo eran empleados para matar… y si es verdad que nadie puede sacar nada de las Calamidades porque están todas muy bien vigiladas y selladas… entonces, ¿cómo consiguieron este pedacito para fabricar esta cosa?
Hizo una pausa breve, y sus ojos, aunque seguían siendo dulces e infantiles, brillaron con una lógica impecable y aterradora.
—Si nadie puede entrar, si nadie puede sacar nada, si están bajo llave y custodia… la única forma en que alguien pudo conseguir un pedazo de una Calamidad para hacer esto… es que quien lo consiguió tiene acceso libre a esos lugares. Alguien que puede entrar donde están guardadas, acercarse a ellas, tomar lo que quiera y salir sin que nadie le diga nada ni se dé cuenta.
Miró a todas una por una, y terminó su idea con total claridad:
—Si es así como yo lo veo… entonces esto no fue solo un ataque de unos anarquistas cualquiera que consiguieron armas por ahí. Esto significa que alguien que tiene poder, autoridad y acceso a los secretos y custodias de los países… es quien organizó todo esto desde arriba.
El silencio que siguió fue mucho más pesado y oscuro que el miedo que habían sentido antes.
Akane, Anastasia y Lin se quedaron heladas, mirándose entre ellas con los ojos muy abiertos, entendiendo de golpe lo que eso significaba. Si Gael tenía razón —y por primera vez, con la lógica tan simple y perfecta que había expuesto, ninguna dudaba de que la tenía—, entonces el problema no eran solo unos terroristas. El problema era que el enemigo podía estar mucho más cerca, mucho más arriba, y ser alguien en quien se suponía que debían confiar.