Los primeros rayos del sol se abrían paso a través de los enormes vitrales de colores que cubrían las altas ventanas de Saint Aurora, proyectando manchas de luz dorada, azul y carmesí sobre los suelos de mármol pulido. La academia despertaba poco a poco, envuelta en un murmullo suave: las alumnas se dirigían al comedor con sus uniformes impecables, otras recorrían los jardines antes de que comenzaran las clases, y las profesoras revisaban los últimos detalles para dar la bienvenida oficial a las nuevas estudiantes.
Mientras tanto, por el pasillo del ala de habitaciones especiales, caminaba Akane con paso tranquilo pero decidido. Llevaba en las manos una pequeña bandeja de madera, cubierta con una servilleta blanca, donde había preparado el desayuno para Gael: pan recién horneado, fruta fresca, queso y una taza humeante de infusión.
—Espero que siga durmiendo —murmuró para sí misma con una media sonrisa—. Al menos así no habrá problemas antes de que empiece el día.
Se detuvo frente a la puerta de madera blanca, adornada con grabados plateados, y golpeó suavemente dos veces.
Toc. Toc.
—Gael, soy yo.
Desde adentro no llegó ninguna respuesta. Solo silencio.
—¿Sigues dormido? —preguntó de nuevo, acercando un poco la oreja a la madera.
Al no escuchar nada, giró el pomo con cuidado y abrió lentamente la puerta.
—Voy a entrar, ¿de acuerdo?
La habitación estaba impecable, tal como la habían dejado el día anterior. La mochila seguía en su sitio, los cuadernos ordenados sobre el escritorio… pero la cama estaba hecha, sin una sola arruga en las sábanas.
Akane parpadeó, sintiendo que el corazón le daba un vuelco leve.
Miró hacia el baño y abrió la puerta de golpe. Vacío.
Se acercó al balcón y corrió las cortinas. La puerta estaba cerrada por dentro, y no había rastro de nadie.
Un escalofrío recorrió su espalda, a pesar del calor del sol que entraba por la ventana.
No… no puede ser otra vez.
Cerró los ojos un instante, contando hasta tres para mantener la calma.
—…No puede ser que ya haya desaparecido —susurró.
Cinco minutos más tarde, las cuatro se reunían en el pasillo con expresiones serias.
—¿Desapareció? —preguntó Anastasia, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño.
Akane asintió con la bandeja todavía en la mano.
—No está en ninguna parte de la habitación. Revisé cada rincón.
Freya levantó la vista de una pequeña pantalla mágica que flotaba en el aire, llena de símbolos luminosos.
—¿Comprobaste las salidas? ¿Las ventanas?
—Todo está cerrado y sin señales de haber sido forzado —respondió Akane—. Balcón, baño, armario… nada.
Astrid, que sostenía su lanza apoyada en el suelo con firmeza, inclinó la cabeza.
—Con él nunca se sabe —dijo con tono grave—. Si pudo cruzar todas las barreras para entrar, seguro que puede salir igual de fácil.
Las cuatro intercambiaron una mirada. Todas pensaban exactamente lo mismo: cuando se trataba de Gael Valdés, la ausencia de noticias no era tranquilidad, sino el aviso de que algo raro estaba a punto de ocurrir.
—Cuando se trata de Gael… —empezó a decir Freya.
—Nunca son buenas noticias —terminaron las cuatro al mismo tiempo.
Durante casi una hora recorrieron gran parte de la academia. Pasaron por el comedor, donde cientos de alumnas desayunaban; por los amplios patios llenos de flores y árboles antiguos; por los campos de entrenamiento, donde ya se escuchaban los primeros ejercicios; y hasta por los pasillos de los dormitorios.
En ningún lugar había rastro de él.
Incluso detuvieron a varias alumnas que pasaban por allí.
—¿Han visto a un chico joven, de cabello rubio y ropa sencilla?
Pero las respuestas siempre eran las mismas:
—No, señora.
—No lo hemos visto hoy.
—Lo siento, no hemos cruzado con nadie así.
Freya suspiró, frotándose la frente con cansancio.
—No puede haberse evaporado en el aire… ¿dónde habrá ido?
—Con él nunca se sabe —repitió Astrid, aunque esta vez con un deje de resignación—. Podría estar en cualquier rincón de este lugar.
—Seguro que salió hacia el lago otra vez —dijo Akane, empezando a caminar más rápido—. Ya sabemos que se lleva bien con las criaturas de allí.
—O está montado sobre el lomo del Guardián —añadió Anastasia, negando con la cabeza—. O explorando una isla que lleva siglos deshabitada. O se metió en algún almacén de herramientas antiguas. O…
Las cuatro empezaron a imaginar escenarios cada vez más absurdos y caóticos, cuando una voz suave y tímida las interrumpió.
—Disculpen…
Se detuvieron en seco y giraron al unísono.
Frente a ellas estaba una joven de cabello plateado que le caía hasta los hombros y ojos de un azul claro como el agua del lago. Llevaba el uniforme de primer año perfectamente puesto, y sostenía varios libros contra su pecho con ambas manos. Era una de las nuevas alumnas: Elara Weiss.
Al ver que todas la miraban con atención, se puso un poco nerviosa y bajó la vista un instante antes de volver a levantarla.
—¿Están… buscando al alumno especial? —preguntó con voz suave.
Akane dio un paso al frente, con la esperanza brillando en sus ojos.
—¿Lo has visto?
La muchacha asintió con firmeza.
—Sí. Está en la biblioteca.
Durante un segundo, el silencio se hizo más denso que antes.
—¿En la biblioteca? —repitió Anastasia, como si no hubiera entendido bien.
Elara volvió a asentir con calma.
—Lo vi muy temprano, cuando apenas salía el sol. Había ido a devolver un libro y lo encontré sentado junto a uno de los grandes ventanales del fondo. Como nunca había visto a un chico dentro de la academia, me llamó mucho la atención.
Freya se inclinó un poco, con curiosidad.
—¿Y qué estaba haciendo?
La respuesta que siguió hizo que las cuatro se quedaran inmóviles, con los ojos muy abiertos.
—Leyendo —dijo Elara con naturalidad—. Simplemente estaba leyendo. Pasaba las páginas muy concentrado, sin prestar atención a nada más. Lleva allí desde primera hora. Yo acabo de volver a buscar otro libro hace unos minutos… y seguía exactamente en el mismo sitio, con el mismo libro entre las manos.
Las cuatro se quedaron en silencio, procesando la información.
Akane fue la primera en hablar, con un tono que mezclaba incredulidad y alivio.
—¿Gael… leyendo?
—¿Y lleva horas ahí sin moverse? —añadió Anastasia, sin poder creerlo del todo.
Freya sonrió, soltando un suspiro de alivio que llevaba guardado desde hacía rato.
—Bueno… esa definitivamente no era una de las posibilidades que imaginábamos.
Astrid dejó escapar una pequeña risa y apoyó de nuevo la lanza en el suelo.
—Después de todo el desastre de ayer —comentó—, creo que esta es la primera buena noticia que tenemos hoy.
Akane respiró hondo, ordenando sus pensamientos.
—Vamos —dijo con decisión, aunque ya se notaba más relajada—. Quiero verlo con mis propios ojos para confirmar que es verdad. Porque cuando se trata de Gael Valdés… ya no estoy dispuesta a confiar en las apariencias sin comprobarlo yo misma.
Las cuatro retomaron el paso, esta vez con más calma, dirigiéndose hacia la enorme biblioteca de Saint Aurora, un edificio antiguo y majestuoso que albergaba siglos de conocimientos.
Mientras tanto, en el lugar más silencioso y tranquilo de toda la academia…
Gael permanecía sentado en un amplio sillón de madera, junto a uno de los ventanales más grandes, donde la luz del sol entraba con suavidad. A su alrededor se habían ido acumulando montones de libros de todos los tamaños y grosores, abiertos o apilados unos sobre otros.
Tenía entre las manos un volumen tan grueso que parecía un ladrillo, con tapas de cuero desgastado y letras doradas en el lomo que decían Historia Antigua del Mundo y los Primeros Sellos. Pasaba las páginas con cuidado, muy despacio, sus ojos recorriendo cada línea con una atención absoluta, como si estuviera buscando respuestas a preguntas que nadie más le había hecho.
En su rostro no había rastro de la confusión, el nerviosismo o la curiosidad inquieta que solía mostrar. Solo había calma, concentración y esa misma expresión tranquila con la que aceptaba su propio vacío de recuerdos.
Por primera vez en mucho tiempo, Gael había encontrado un lugar donde no tenía que correr, ni explicarse, ni meterse en líos. Allí, entre libros que hablaban de siglos pasados, de leyendas y de hechos olvidados, simplemente podía quedarse en paz… y quizás, con un poco de suerte, encontrar algún indicio sobre quién era realmente.
La luz suave de la mañana se filtraba a raudales a través de los altos vitrales de la biblioteca, tiñendo el aire de tonos dorados y azulados y bañando las interminables estanterías de madera oscura que se alzaban hasta el techo. Miles de libros, con tapas de cuero desgastado y letras doradas que apenas se leían por el paso de los siglos, llenaban cada rincón. El silencio era casi sagrado, roto únicamente por el sonido leve y rítmico de las páginas al pasar.
Akane empujó con cuidado la pesada puerta de entrada, que se abrió emitiendo un leve crujido. Las cuatro asomaron la cabeza al mismo tiempo, escaneando el amplio salón con la mirada.
Durante unos segundos solo se percibió el murmullo lejano de algunas alumnas que estudiaban en mesas alejadas. Hasta que, al fondo, junto a uno de los ventanales más grandes, lo vieron.
Allí estaba.
Sentado cómodamente en un sillón amplio, inclinado sobre una mesa de madera maciza, completamente absorto en lo que leía. Frente a él se alzaba una auténtica montaña de volúmenes, apilados con cierto orden pero casi ocultando la parte inferior de su rostro. Algunos libros estaban abiertos ante sus ojos, otros los tenía entre las manos, y en un cuaderno pequeño iba anotando frases o dibujando esquemas con calma.
Akane parpadeó, como si quisiera asegurarse de que sus ojos no le engañaban. Anastasia hizo exactamente lo mismo. Freya dio un paso adelante, entrecerrando la mirada para ver mejor, mientras que Astrid simplemente cruzó los brazos sobre el pecho y negó con la cabeza, impresionada.
—…No me lo creo —murmuró esta última, en voz baja para no romper la tranquilidad.
Pero entonces otra figura llamó su atención. Unos metros más allá, de pie frente a una estantería alta, había otra joven que revisaba con cuidado los lomos de los libros mientras sostenía varios en sus brazos. Llevaba el cabello negro recogido en una coleta perfecta, vestía un uniforme de asistente impecable y se movía con una elegancia y un silencio que parecían propios de una sombra.
Era Lin Xuelian, la asistente personal de Akane.
Al notar su presencia, se giró con suavidad y realizó una pequeña reverencia, manteniendo la compostura.
—Buenos días, señorita Akane. Señoritas.
Akane la miró con evidente confusión, sin entender qué hacía allí.
—¿Lin? ¿Qué haces aquí? ¿No tenías asuntos que resolver en la oficina?
La joven respondió con total serenidad, sin alterarse en absoluto.
—También estaba buscando al señor Gael, tal como me indicó ayer. Al revisar los espacios más tranquilos, lo encontré aquí muy temprano. Iba a ir a avisarles en cuanto terminara… —añadió, lanzando una breve mirada hacia el muchacho—, pero entonces me pidió ayuda para encontrar algunos volúmenes que no alcanzaba o que estaban en secciones más antiguas.
Sin levantar la vista de la página que estaba leyendo, Gael levantó una mano en señal de confirmación, sin interrumpir su lectura.
—Había demasiados, y muchos estaban en lugares altos… no quería hacer un desastre tirándolos todos al suelo.
Lin asintió levemente, manteniendo la misma calma.
—Y como usted me ordenó ayer que si el señor Gael necesitaba asistencia en cualquier cosa, debía ayudarlo sin dudar —explicó—, simplemente cumplí con mi deber.
Akane suspiró, comprendiendo que no había forma de discutir esa lógica tan estricta.
—Así que llevas toda la mañana aquí, buscando libros y leyendo… —murmuró, dirigiéndose ahora a Gael.
Fue entonces cuando el muchacho levantó por fin la cabeza, apartando la mirada de las letras antiguas y parpadeando un poco como si despertara de un sueño. Al ver a las cuatro reunidas frente a él, inclinó la cabeza con curiosidad.
—¿Eh? Buenos días. ¿Por qué vienen las cuatro juntas? ¿Sucedió algo?
Anastasia respiró hondo, como si estuviera aguantando las ganas de decirlo de golpe.
—Porque te estábamos buscando por toda la academia —respondió ella con tono tranquilo pero firme.
—¿Buscándome? —repitió Gael, más confundido todavía.
—Desapareciste de tu habitación sin dejar rastro —añadió Akane.
—No estabas en el comedor desayunando —continuó Astrid.
—Ni en los patios, ni en los jardines —agregó Freya.
—Y mucho menos en la orilla con el Guardián —terminó Anastasia.
Freya se acercó un poco más y explicó con suavidad:
—Llegamos a pensar que ya estabas metido en otra de tus… ocurrencias, como las de ayer.
Gael se quedó mirándola, con una expresión de absoluta incredulidad. Señalándose a sí mismo con el dedo índice.
—¿Yo? ¿Creen que me voy por ahí haciendo locuras sin sentido en cuanto se descuida?
Cerró el libro que tenía entre las manos con suavidad y se cruzó de brazos, con aire de inocencia.
—Pues les aseguro que no soy de los que hacen estupideces a cada rato.
…
El silencio se extendió por unos segundos, pesado y lleno de significado.
…
Las cuatro miraron al mismo tiempo, contaron hasta tres mentalmente y, al unísono, soltaron la respuesta a voz baja pero firme:
—¡¡¡SÍ ERES CAPAZ!!!
Gael dio un pequeño salto sobre el asiento, llevándose una mano al pecho.
—¡¡¿QUÉ?!!
Varias alumnas que estudiaban en mesas cercanas levantaron la cabeza asombrada, y hasta la bibliotecaria, sentada en su escritorio al fondo, les lanzó una mirada de advertencia con el ceño fruncido.
Inmediatamente, todas bajaron el tono de voz, disculpándose con gestos.
Gael seguía con la boca entreabierta, desconcertado.
—Oigan… eso fue muy agresivo para ser una simple respuesta…
Akane se llevó una mano a la frente, sintiendo cómo le volvía el cansancio de la búsqueda.
—¿Tienes idea del susto que nos diste? —le preguntó—. En cuanto no te vemos en tu sitio, nuestra mente ya imagina lo peor.
—Imaginamos que estabas montado sobre el lomo de alguna criatura de las profundidades —añadió Astrid con una media sonrisa.
—O escalando la torre más alta de la academia —continuó Freya.
—O desarmando algún artefacto antiguo por curiosidad —siguió Anastasia.
—O provocando un incidente que requiriera la intervención de toda la directiva —concluyó Akane.
Gael infló ligeramente las mejillas, aunque no podía evitar sentirse un poco culpable.
—Vaya… qué poca confianza me tienen ya…
Las cuatro lo miraron fijamente, sin dudar ni un segundo.
—Te la ganaste en menos de veinticuatro horas —respondieron al mismo tiempo.
Y no pudieron evitar sonreír, viendo su expresión de indignación fingida.
Finalmente, Akane dejó escapar un largo suspiro y se sentó en una de las sillas libres alrededor de la mesa, seguida por las demás. Después de recorrer media academia, necesitaban descansar un momento.
—Bueno… al menos esta vez no has roto nada ni has causado confusión —dijo ella, más relajada—. Ya es un buen comienzo.
Freya apoyó la cabeza sobre uno de sus brazos, mirando con curiosidad los libros apilados.
—La próxima vez que decidas encerrarte aquí toda la mañana… deja una nota en la puerta o avisa a alguien, ¿vale? Así no nos asustamos.
Gael se rascó la mejilla, con aire inocente.
—No se me ocurrió… pensé que no habría problema.
—Ya nos dimos cuenta —respondió Anastasia, negando con la cabeza.
Durante unos segundos volvió a instalarse el silencio, mientras Akane recorría con la mirada los lomos de los libros que había sobre la mesa. De pronto, frunció ligeramente el ceño. Reconocía perfectamente esos títulos; no eran lecturas comunes ni para estudiantes de primer año.
Estiró la mano y tomó el volumen que tenía más cerca. Al abrirlo, vio en la portada interior: Guardianes del Mundo Antiguo: Orígenes y Deberes.
Tomó otro: Registro Histórico de las Calamidades y sus Ciclos.
Y uno más, más grueso y antiguo todavía: Los Sellos del Equilibrio y su Función en la Protección del Reino.
Anastasia también comenzó a revisar los títulos de los libros que quedaban apilados, y su sorpresa crecía con cada uno que leía.
—Todos hablan de lo mismo… de los antiguos guardianes, de las amenazas del pasado y de los sellos que mantienen el orden —murmuró ella, mirando a Gael con curiosidad.
El muchacho cerró despacio el libro que tenía entre las manos y lo dejó con cuidado sobre la mesa. Su expresión seguía siendo tranquila, pero había un brillo de determinación en sus ojos.
—Ayer escuché varias veces palabras que nadie quiso explicarme —empezó a decir con voz pausada—. Mencionaron al Guardián del Lago, luego hablaron de algo llamado “las Calamidades”, y cuando pregunté qué significaba, todos cambiaron de tema o dijeron que ya lo aprendería con el tiempo.
Sonrió con esa misma calma que lo caracterizaba, sin mostrar enfado ni impaciencia.
—Así que pensé: si las personas no quieren contarme lo que sé, quizás los libros sí lo hagan. Ellos no guardan secretos.
Las cinco se quedaron en silencio, comprendiendo de golpe sus intenciones.
Akane no pudo evitar esbozar una sonrisa, esta vez sincera y llena de comprensión. Por un momento, se había olvidado de que, detrás de todas las locuras, la torpeza y la curiosidad impulsiva, había un muchacho que buscaba respuestas con mucha más seriedad de lo que parecía.
Y, por primera vez desde que lo conocía, Gael Valdés había hecho exactamente lo que se espera de un estudiante: en lugar de preguntar una y otra vez sin parar, en lugar de meterse en líos para descubrir la verdad, había decidido buscarla por sí mismo, con paciencia y constancia.
Era una señal clara de que, a pesar de todo, tenía una mente despierta y una voluntad que solo acababa de empezar a mostrarse.
Gael levantó lentamente otro de los gruesos tomos, pasando con cuidado las hojas amarillentas por el paso del tiempo.
—La verdad... hay muchísimas cosas aquí que no logro entender. Parecen historias de leyendas, pero están escritas como si hubieran ocurrido realmente.
Akane observó primero el libro que tenía en sus manos, luego pasó la mirada sobre los demás volúmenes apilados, y poco a poco sus ojos comenzaron a brillar con una intensidad que ya conocían bien.
Anastasia apenas necesitó verla un segundo para comprender lo que venía. Dejó escapar un suspiro largo y resignado.
—...Ya empezó.
Freya inclinó la cabeza con curiosidad.
—¿Qué pasa? ¿Qué significa eso?
—Mírala bien —respondió Anastasia con una media sonrisa—. Esa mirada... es la misma que tiene cada vez que se cruza con un texto antiguo o una historia que pocos conocen.
En efecto, Akane ya ni siquiera escuchaba lo que decían. Tenía la vista completamente fija en los lomos de los libros, como si estuviera frente a un tesoro inimaginable. Sus pupilas se agrandaron y una sonrisa de emoción se dibujó en sus labios. Parecía una niña que acababa de entrar por primera vez a una tienda llena de dulces prohibidos.
—¿Son... los Archivos Completos de los Guardianes? —preguntó con voz temblorosa por la emoción, sin poder creerlo.
Gael asintió con naturalidad, sin entender por qué reaccionaba así.
—Sí, eso dice en la portada.
No terminó de pronunciar la última sílaba cuando Akane se inclinó hacia adelante con los ojos muy abiertos.
—¡¡SON LOS ARCHIVOS DE LOS GUARDIANES!! —exclamó en un tono más alto de lo debido, antes de llevarse una mano a la boca para bajar la voz, aunque sin perder nada de su entusiasmo—. ¡Hace meses que pedí que me trajeran estos ejemplares! Están guardados en la sección más antigua y protegida de la biblioteca, y casi nadie tiene permiso para consultarlos.
Freya soltó una risita suave, apoyándose en el respaldo de la silla.
—Ya entró en modo "enciclopedia con piernas". Cuando empieza así, no hay quien la detenga.
Astrid, que ya había visto esa escena decenas de veces, simplemente dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida.
—Nos vemos más tarde. Aprovecharemos para desayunar tranquilos.
Freya la siguió de inmediato, riendo por lo bajo.
—Sí, mejor nos vamos. Esto puede durar horas, y si nos quedamos terminaremos escuchando hasta el más mínimo detalle de cada batalla.
Gael las miró alejarse, confundido.
—¿Eh? ¿Ya se van?
Anastasia se quedó a su lado, negando con la cabeza y sonriendo con esa expresión de quien ya ha vivido esta situación muchas veces.
—Créeme, es mejor dejarlas ir. Si se quedan, terminarán igual de absortas que ella.
—¿Por qué cambia tanto de repente? —preguntó Gael, sin entender la transformación.
—Porque ahora mismo... —Anastasia señaló a Akane con la mirada— ya no es la presidenta del consejo estudiantil, ni la alumna más destacada de la academia. Es simplemente alguien que ha encontrado su pasión más grande: el conocimiento olvidado.
Justo en ese instante, Lin apareció silenciosamente detrás de Akane, como si hubiera estado esperando el momento exacto sin que nadie se diera cuenta. Sin pronunciar una sola palabra, sacó de una pequeña bandeja que llevaba oculta unos finos lentes de montura delgada, se los ofreció con delicadeza, colocó otro libro grueso y encuadernado en cuero bajo su brazo y, con un gesto suave, acomodó un poco su postura para que estuviera más cómoda.
Akane aceptó todo con absoluta naturalidad, como si fuera una rutina diaria. Se colocó los lentes, ajustó el libro contra su pecho, aclaró la garganta dos veces y adoptó una postura seria, erguida y digna de la mejor profesora de la universidad.
Gael parpadeó varias veces, sin saber qué decir.
—...
—No preguntes —le aconsejó Anastasia antes de que pudiera abrir la boca—. Yo también dejé de hacerlo hace años. Es mejor simplemente escuchar.
Akane abrió lentamente el enorme volumen, pasó una hoja con cuidado y comenzó a hablar con voz clara, firme y llena de autoridad, como si estuviera dando una clase magistral.
—Muy bien. Dado que tienes curiosidad y has encontrado estos libros, hagámoslo bien. Clase de Historia Antigua: Los Guardianes y el Origen del Equilibrio.
Gael volvió a parpadear, pero esta vez se enderezó en su asiento, dispuesto a prestar atención.
—¿Clase?
—Primera lección: ¿Quiénes fueron realmente los Guardianes?
Akane cerró el libro por un instante para mirarlo directamente a los ojos, y comenzó a relatar con un tono que hacía que las palabras cobraran vida:
—Hace aproximadamente quinientos años, aunque algunos registros más antiguos indican que ocurrió mucho antes, en épocas que hoy llamamos leyendas, los dioses caminaban libremente sobre la Tierra. No vivían ocultos ni en otros planos de existencia: habitaban en reinos elevados, en montañas sagradas o en las profundidades de los océanos, y su presencia cambiaba el paisaje y la realidad misma.
Hizo una breve pausa, dejando que la información calara.
—Pero, contrario a lo que muchas personas creen hoy en día, no todos los dioses amaban ni protegían a la humanidad. Había quienes veían en los hombres una creación digna de ser guiada y cuidada; otros simplemente los ignoraban, considerándolos demasiado pequeños para merecer su atención; y luego estaban los más peligrosos: aquellos que veían a los humanos como una plaga, como seres que contaminaban el mundo que ellos habían creado, o como simples juguetes para su diversión. Esos eran los llamados Dioses de la Ruina.
Gael escuchaba con total atención, sin apartar la vista de ella.
—En numerosas ocasiones, la humanidad estuvo al borde de desaparecer para siempre. Civilizaciones enteras fueron borradas del mapa en cuestión de días; imperios que habían durado milenios se desmoronaron bajo la ira de esos seres. Hubo inundaciones que cubrieron continentes, incendios que consumieron bosques enteros y guerras donde la magia divina destruía todo a su paso. Más de una vez, la humanidad parecía condenada a extinguirse sin remedio.
Akane levantó un dedo, señalando con claridad el punto clave.
—Pero siempre ocurría lo mismo. Cuando todo parecía perdido, cuando los ejércitos caían y las ciudades se desvanecían, aparecían ellos. Los Guardianes.
Abrió las manos, como si quisiera resaltar lo especial de lo que iba a decir.
—No eran dioses. No eran semidioses, ni hijos de deidades, ni seres de otro mundo. Eran humanos. Seres comunes al nacer, pero capaces de despertar en su interior un poder ancestral, una energía que había estado dormida desde el inicio de la creación: la Fuerza del Origen. Ese poder les permitía igualar la magia divina, resistir ataques que destruirían montañas y, con suficiente voluntad y habilidad, enfrentarse cara a cara incluso a los dioses más poderosos.
—Durante miles de años —continuó con voz pausada—, la historia se repitió una y otra vez. Los Dioses de la Ruina bajaban para causar caos y destrucción, y los Guardianes respondían para defender a los suyos. Era un ciclo interminable: ataque, resistencia, victoria, y luego un tiempo de paz hasta que volvía a empezar. Gracias a ellos, la humanidad pudo sobrevivir, crecer y desarrollarse sin ser aniquilada.
La expresión de Akane se volvió mucho más seria, y bajó lentamente la mirada hacia las páginas del libro, como si estuviera leyendo un recuerdo doloroso.
—Todo cambió hasta que ocurrió la última gran guerra. Hace exactamente quinientos años. Fue el conflicto más grande y sangriento registrado en toda la historia de este mundo. Decenas de Dioses de la Ruina unieron sus fuerzas para lanzar un ataque total, decididos a borrar cualquier rastro de vida humana. Y contra ellos, se reunieron todos los Guardianes que existían en ese momento.
El silencio se apoderó de nuevo de la biblioteca, tan profundo que solo se escuchaba el susurro de la brisa en las ventanas.
—Fue una batalla que duró días y noches sin fin. El cielo se oscureció, el suelo tembló y la energía liberada transformó regiones enteras para siempre. Allí lucharon Guardianes, guerreros de todo el mundo y también algunos dioses que se pusieron de nuestro lado. Pero nadie conoce todos los detalles de lo que sucedió en el centro de esa guerra. Solo sabemos el resultado final.
Cerró lentamente el libro con un sonido suave pero firme.
—Todos los Guardianes murieron en esa batalla. Ninguno volvió a ser visto con vida después de ese día. Y, como si su desaparición fuera parte de un acuerdo o un destino, los dioses también abandonaron la Tierra. Desde entonces, no han vuelto a caminar entre los humanos. Se retiraron a sus propios dominios, y durante cinco siglos hemos vivido en una paz relativa, sin saber muy bien si solo estaban esperando el momento adecuado para regresar.
Gael permanecía inmóvil, procesando cada palabra. Era una historia que sonaba demasiado grande, demasiado fantástica para ser verdad... y sin embargo, en lo más profundo de su pecho, sentía una sensación extraña. Como si aquellas palabras despertaran algo dormido en su interior, una vibración suave y familiar, como un recuerdo muy lejano que intentaba abrirse paso entre la niebla de su memoria vacía.
Akane volvió a esbozar una sonrisa, intentando suavizar el peso de la historia.
—Aunque... no todos los testigos de aquella época desaparecieron por completo.
Gael levantó la vista rápidamente, con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo es posible?
—Nuestra directora, Evelyn Noctis —respondió ella despacio—, y el profesor Valerius Drakos. Los dos vivieron esa guerra, presenciaron la caída de los últimos Guardianes y vieron cómo los dioses se retiraban. Gracias a poderes que dominaron hace siglos, han logrado mantener su vida durante más de quinientos años. Son las dos personas más antiguas que existen en este mundo.
Gael tardó varios segundos en asimilarlo. Primero miró a Akane, luego a Anastasia, y finalmente volvió la vista hacia la pila de libros, sintiendo que todo lo que había creído saber hasta ese momento se desmoronaba y se reconstruía de golpe. Por primera vez desde que había llegado a Saint Aurora, comprendió que aquel mundo era mucho más antiguo, mucho más complejo y, sobre todo, mucho más peligroso de lo que jamás había imaginado.
En ese momento, cuando Akane guardó silencio y esperaba que Gael hiciera alguna pregunta, un sonido inesperado rompió la calma de la sala.
Palmadas suaves, constantes y respetuosas.
Akane parpadeó, confundida, y levantó la cabeza.
Para su sorpresa, a su alrededor se había formado un pequeño círculo. Varias alumnas de diferentes cursos, atraídas por la voz clara y la historia tan interesante, se habían acercado en silencio para escuchar. Ahora que la narración había terminado, aplaudían con admiración, como si hubieran asistido a una clase magistral única.
Y no solo ellas: a un lado, Lin aplaudía con delicadeza y seriedad, mientras que Anastasia, con una sonrisa traviesa, también unía sus manos para aplaudir, mirando a Akane con picardía.
—¡Excelente clase, presidenta! —comentó Anastasia en voz baja, para que solo ella lo oyera—. Hace mucho que no te escuchaba explicarlo con tanta pasión.
Akane se quedó paralizada un instante, con las mejillas empezando a teñirse de un rojo intenso que subía desde su cuello hasta las puntas de las orejas. Se quitó los lentes de golpe, los guardó en un bolsillo con movimientos torpes y bajó la cabeza, tratando de ocultar su sonrojo.
—¡N-no es nada! Solo... solo estaba respondiendo sus dudas, eso es todo —balbuceó, con la voz un poco más aguda de lo normal—. No hace falta que aplaudan, es solo historia antigua...
Pero las alumnas seguían sonriendo, y algunas incluso se acercaron para preguntar si podían escuchar más detalles más adelante.
Gael, por su parte, no pudo evitar sonreír, viendo cómo la mujer seria y autoritaria que había hablado unos minutos antes se transformaba en una chica tímida y apenada por tanta atención.
Sin duda, en Saint Aurora había mucho más que libros y leyendas antiguas. También había personas con secretos, pasiones y personalidades muy especiales. Y Gael, sin saberlo, acababa de entrar en el centro de todo ello.