La enfermería de Saint Aurora había recuperado ya su habitual tranquilidad. La luz cálida del mediodía entraba por los grandes ventanales, iluminando las camas, todas perfectamente tendidas y ordenadas. En una de ellas, sin embargo, reinaba una pequeña escena de caos.
—¡Ay! —Gael dio un brinco sobre el colchón—. ¡Arde como si me hubieran echado fuego!
Akane volvió a presionar con suavidad un algodón empapado en líquido transparente contra su mejilla magullada.
—No exageres tanto —respondió ella con paciencia fingida—. Es solo desinfectante.
—¡Pues desinfecta demasiado bien!
—Quédate quieto de una vez.
—¡Pero duele!
Akane soltó un largo suspiro, negando con la cabeza.
—Hace apenas unas horas estabas intercambiando golpes con el profesor más fuerte y antiguo de toda la academia... y ahora te quejas por un poco de medicina.
Volvió a acercar el algodón.
—¡Y ahora lloras por esto!
—¡No estoy llorando! —protestó él, apartando la cara.
—Casi.
—¡Ni casi tampoco!
Cada vez que Akane se acercaba, Gael retrocedía unos centímetros, encogiéndose como un niño pequeño.
—¡Quédate quieto, te digo!
—¡Es que arde, te lo juro!
Anastasia observaba la escena desde un lado, con los brazos cruzados y una sonrisa divertida. Freya, sentada junto a la ventana con una tableta mágica entre las manos, ya tenía que taparse la boca con una mano para no soltar la carcajada.
—No puedo creer lo que veo —murmuró esta última entre dientes—. Derrotó al profesor Valerius en menos de un segundo... y ahora está perdiendo la batalla contra un simple algodón.
Anastasia no pudo contenerse más y soltó una pequeña risa.
—Es bastante irónico, ¿no crees?
Gael infló las mejillas, mirándolas con indignación.
—Ustedes tampoco ayudan nada, ¿verdad?
Akane aprovechó ese momento de distracción para sujetarle suavemente el rostro con una mano y aplicar el medicamento con rapidez.
—¡Quieto!
—...
—¡Ay!
Freya ya no pudo aguantar más y estalló en risas.
—Jajajaja... ¡perdón! —dijo entre risas—. Pero es demasiado gracioso.
Gael la miró con el ceño fruncido.
—No tiene ninguna gracia, de verdad.
—Claro que sí —respondió Anastasia, uniéndose a las risas—. Toda la academia ya habla de ti como si fueras algún monstruo imparable... y aquí estás, derrotado por un trozo de algodón.
—¡No estoy derrotado!
—Lo dices mientras intentas escapar de la medicina.
—¡Porque arde, te lo digo!
Unos segundos después, Akane retiró el algodón y dio por terminada la curación.
—Listo. Ya está.
Gael suspiró profundamente, relajando los hombros como si le hubieran quitado un peso de encima.
—¡Al fin!
La presidenta sonrió con aire satisfecho.
—¿Ves? No era para tanto.
—...
—Nunca más me dejo poner esto —murmuró él, frotándose suavemente la mejilla ya curada.
Mientras tanto, Freya volvía a concentrarse en su tableta mágica. Sobre la pantalla aparecía una grabación tomada por varios drones de observación que había colocado estratégicamente alrededor de la arena antes del combate, esperando registrar cada detalle del enfrentamiento.
Ahora reproducía la imagen a la velocidad más lenta que permitía el sistema, avanzando casi fotograma por fotograma. Pero incluso así, el resultado seguía siendo desconcertante.
Freya frunció el ceño, pasando la mano por la pantalla para ampliar la imagen.
—No... no puede ser...
Volvió a reducir la velocidad al mínimo posible, ajustó el enfoque y filtró la luz. Pero el resultado no cambiaba. En la grabación solo se alcanzaban a distinguir dos formas borrosas: una de resplandor dorado y otra de tono violeta oscuro, que desaparecían de sus posiciones iniciales para encontrarse en el centro de la arena, y un instante después solo quedaba la estela de la explosión y la nube de polvo.
Freya se recostó lentamente en la silla, con una expresión de asombro.
—Es increíble...
Anastasia se acercó a mirar por encima de su hombro.
—¿Lograste captar algo útil?
—Nada que nos sirva para entenderlo —respondió Freya, girando la pantalla para que las demás lo vieran—. Este es el límite máximo de ralentización que soporta el equipo de la academia. Aun así, solo logra registrar dos siluetas difusas. No se distinguen brazos, ni movimientos, ni siquiera la trayectoria exacta.
Akane también observó la imagen con atención.
—Ni siquiera se ve cuándo empezaron a moverse...
—Exacto —asintió Freya.
Volvió a inclinarse sobre la tableta y comenzó a escribir rápidamente sobre su superficie luminosa: fórmulas complejas, cálculos de tiempo, distancia, aceleración y vectores de energía. Pasaron varios minutos en silencio, mientras ella revisaba una y otra vez cada cifra.
De pronto, se quedó completamente inmóvil, con la mirada fija en los números que aparecían en pantalla.
—No puede ser... no encaja con ninguna ley física que conozcamos.
Akane se acercó preocupada.
—¿Qué pasa? ¿Qué indican los cálculos?
Freya mostró la pantalla lentamente, con voz casi susurrada.
—Según las distancias recorridas y el tiempo que marca el sistema... la velocidad necesaria para moverse así en ese lapso... es...
Hizo una pausa, respirando hondo para asimilarlo ella misma.
—Muy cercana a la velocidad de la luz.
Un silencio denso cayó sobre toda la habitación. Anastasia abrió los ojos con sorpresa, sin creer lo que escuchaba.
—¿Estás completamente segura?
—Repetí el proceso cinco veces, cambiando variables y ajustando márgenes de error —respondió Freya con seriedad—. Siempre obtengo un resultado prácticamente idéntico. No hay forma de que un cuerpo normal soporte esa aceleración, y sin embargo... ahí están los hechos.
Akane desvió la mirada lentamente hacia Gael. Él seguía sentado en el borde de la camilla, frotándose todavía la mejilla con una expresión tranquila.
—Gael...
El muchacho levantó la vista al instante.
—¿Sí? ¿Otra medicina?
—No —dijo ella con suavidad—. Quiero preguntarte algo: ¿cómo lo hiciste? ¿Cómo lograste moverte así de rápido?
Gael se quedó pensativo unos segundos, entrecerrando los ojos como si buscara una respuesta complicada en su memoria. Luego, respondió con la mayor naturalidad del mundo:
—No lo sé.
Las tres esperaron, esperando que continuara explicando, pero no hubo más palabras.
—Solo... —añadió él, mirando su propia mano derecha con curiosidad— sentí que tenía que moverme lo suficientemente rápido para alcanzar al profesor antes de que él lo hiciera a mí. Y simplemente lo hice.
Se encogió de hombros como si fuera la cosa más sencilla del mundo.
—Nada más.
Freya lo miró con una mezcla de desconcierto y frustración.
—¿Eso es todo? ¿No usaste ningún hechizo para potenciar tu cuerpo?
—Ninguno.
—¿Ninguna técnica secreta de desplazamiento?
—No conozco ninguna.
—¿Ningún tipo de magia corporal o de refuerzo energético?
—Tampoco.
Gael sonrió con calma.
—Solo corrí lo más rápido que pude.
Las tres se quedaron en silencio. Era una respuesta tan simple, tan lógica a primera vista... que resultaba imposible de aceptar con lo que sus cálculos indicaban.
Fue entonces cuando Akane vio algo que llamó su atención.
—Espera un momento.
Se acercó y tomó con suavidad la mano derecha de Gael. Los nudillos estaban completamente enrojecidos e hinchados, con una marca oscura que cubría toda la zona, como si hubiera golpeado con fuerza contra una pared de acero macizo.
—También te lastimaste la mano —señaló con preocupación.
Gael la observó, girándola un poco para verla mejor.
—Ah, sí... me había olvidado de eso.
Sonrió con un toque de vergüenza.
—La verdad es que... ese golpe también dolió bastante.
Anastasia soltó una pequeña risa, negando con la cabeza.
—Así que la cara del profesor Valerius no es precisamente blanda, ¿verdad?
—Definitivamente no —respondió Gael con firmeza.
Freya cerró lentamente la tableta, guardándola en su estuche. Cada respuesta que obtenía de Gael parecía abrirle diez preguntas nuevas. Y empezaba a sospechar que entender la naturaleza y los límites de aquel muchacho sería mucho más difícil que diseñar y construir cualquiera de sus autómatas más complejos.
Mientras tanto, en el ala opuesta de la academia, en una habitación más amplia y reservada, el profesor Valerius despertaba lentamente. Movió la cabeza con cuidado y llevó una mano hasta su mejilla derecha, donde ya se formaba un hematoma de tamaño y forma idénticos al de Gael.
—...Vaya golpe que me dio —murmuró con voz ronca, aunque sin rastro de enojo.
Y por primera vez en muchos, muchos años, dibujó una sonrisa amplia y sincera, mientras cerraba los ojos y murmuraba para sí mismo, casi como si estuviera hablando con alguien del pasado:
—Sigues siendo igual de terco y decidido... aunque todavía no recuerdes por qué.
El despacho de la directora había recuperado su habitual tranquilidad. La enorme ventana panorámica dejaba ver el lago que rodeaba Saint Aurora, con sus aguas completamente serenas bajo la luz del mediodía, como si nada hubiera ocurrido horas antes.
En el interior, solo tres personas permanecían reunidas: Evelyn Noctis, la directora; Valerius Drakos, todavía con una ligera marca en la mejilla; y la profesora Selene, que observaba con atención todo lo que sucedía.
Sobre el centro de la mesa descansaba un pequeño cristal mágico, que reproducía una y otra vez el único instante que los dispositivos de grabación habían logrado captar. En su superficie luminosa aparecían dos sombras difusas: una de resplandor dorado y otra de tono violeta oscuro, que chocaban en un abrir y cerrar de ojos, para dar paso de inmediato a la imagen de la explosión y la nube de polvo.
El silencio se prolongó durante varios segundos, mientras todos contemplaban esa imagen que parecía no tener explicación.
Fue Evelyn quien finalmente rompió el mutismo. Levantó lentamente la vista, dirigiéndola hacia el profesor.
—Entonces... —dijo con calma—. ¿Ya desaparecieron todas tus dudas?
Valerius permanecía sentado, con una bolsa de hielo apoyada sobre su mejilla derecha para aliviar el dolor del golpe. Se quedó en silencio unos instantes, sopesando la respuesta, antes de negar lentamente con la cabeza.
—No.
La respuesta fue tan directa que sorprendió incluso a Selene, que se inclinó un poco hacia adelante.
—¿No? ¿Aun después de haber sentido ese poder y haber visto cómo se movía?
—No puedo asegurarlo al cien por ciento —explicó Valerius, cruzando los brazos sobre el pecho—. Todavía hay detalles que no encajan del todo. Pero... —hizo una pausa, y su voz se volvió más grave y profunda, cargada de emoción contenida—. Si realmente es él... entonces todos hemos vuelto a reunirnos después de quinientos años.
Las palabras flotaron en el aire, pesadas y llenas de significado. El despacho volvió a quedar en silencio.
Evelyn cerró lentamente los ojos. Quinientos años... cinco siglos en los que habían esperado, vigilado y buscado sin encontrar ninguna respuesta clara. Y ahora, de repente, aparecía un muchacho sin recuerdos, que usaba el mismo poder antiguo, con la misma fuerza y la misma esencia que solo ellos conocían.
Selene habló con mucha cautela, eligiendo bien sus palabras.
—¿Crees de verdad que perdió todos sus recuerdos? ¿Podría estar fingiendo por alguna razón?
Valerius respondió sin dudar ni un segundo.
—No, no está fingiendo. Estoy completamente seguro de ello.
Guardó silencio un momento, recordando cada gesto, cada mirada y cada palabra del joven.
—Si realmente fuera él y tuviera sus recuerdos intactos... ya me habría reconocido en cuanto me vio. Y lo más seguro es que hubiéramos golpeado en la cara después de inmediato en vez de solo discutir, después de nuestro pasado.
Una sonrisa ligera y llena de ironía apareció en sus labios.
—Esa costumbre de discutir por cualquier cosa nunca cambió en él.
Las tres personas soltaron una pequeña risa. Era cierto: desde el primer momento en que se encontraron, el intercambio de frases agudas y desafíos mutuos había sido constante, demasiado natural para ser una actuación.
Evelyn recuperó su expresión seria y asintió con la cabeza.
—Entonces, si es así... ¿qué hacemos a partir de ahora?
Valerius apoyó ambos codos sobre la mesa y entrelazó las manos frente a él.
—Esperar.
Selene frunció el ceño, confundida.
—¿Esperar? ¿No vamos a intentar averiguar más, a hacerle preguntas o a buscar una forma de que recuerde?
—No, no todavía —respondió el profesor, volviendo a mirar hacia la ventana—. Sus recuerdos están demasiado fragmentados, como un espejo roto en mil pedazos pequeños.
Volvió a pensar en el combate: en la forma en que se movía, en la firmeza de sus puños, en la energía que fluía por su cuerpo. Todo estaba allí, intacto, igual que en el pasado. Pero la memoria, la identidad, todo lo que había vivido... parecía haber desaparecido por completo.
—Si intentamos obligarlo a recordar, si forzamos su mente de golpe —continuó con voz grave—, podríamos destruir lo poco que le queda. Y eso sería mucho peor.
Evelyn comprendió al instante la gravedad de sus palabras.
—¿Crees que sería peligroso para él?
—Mucho más de lo que imaginas —afirmó Valerius con total seriedad—. No hablamos de recuperar recuerdos cotidianos, de nombres o lugares sencillos. Hablamos de quinientos años de batallas incesantes, de derrotas, de victorias amargas, de pérdidas terribles y de sacrificios que costaron la vida a miles de personas.
Bajó lentamente la mirada hacia sus propias manos, como si en ellas pudiera ver el peso de todo ese tiempo.
—Ninguna mente humana, por fuerte que sea, puede soportar todo ese conocimiento y dolor de golpe. Sería como abrir una compuerta que lleva siglos cerrada y dejar que el agua inunde todo en cuestión de segundos.
Selene guardó silencio, asimilando esa realidad. Nunca lo había visto desde esa perspectiva.
—Si realmente es él —siguió explicando Valerius—, debemos permitir que los recuerdos regresen poco a poco, de forma natural. Cada lugar que visite, cada persona que conozca, cada sensación que experimente, cada emoción que sienta... todo debe reconstruirse paso a paso, sin prisa. De lo contrario...
No terminó la frase, pero no hacía falta. Los tres entendían perfectamente el riesgo: si la mente de Gael no lograba soportar el regreso de todo su pasado, podría desmoronarse para siempre.
Evelyn caminó lentamente hasta la gran ventana y se detuvo frente a ella, observando la inmensidad del lago.
—Quinientos años... —susurró con voz suave—. Todo este tiempo esperando una señal, una respuesta, algo que nos dijera que no estábamos luchando en vano.
Valerius también se levantó y se acercó a su lado, mirando el mismo horizonte.
—Y quizás... acabamos de encontrarla.
Selene los miró a ambos, sin entender del todo a qué se referían.
—¿Una respuesta? ¿A qué se refieren?
Valerius apretó suavemente el puño, como si estuviera aferrándose a una verdad que llevaba siglos buscando.
—Durante todo este tiempo nos hemos hecho la misma pregunta: ¿por qué las Calamidades siguen apareciendo una y otra vez? ¿Por qué nunca logramos destruirlas definitivamente? ¿Por qué cada sello que creamos solo sirve para retrasar lo inevitable, pero nunca para acabar con ello?
Su mirada se volvió intensa y decidida.
—Tal vez la respuesta nunca estuvo en crear barreras más fuertes o hechizos más poderosos. Tal vez la solución siempre fue la misma: reunir nuevamente a quienes alguna vez juraron proteger este mundo.
Evelyn sonrió apenas, una sonrisa tranquila pero llena de esperanza, la primera esperanza real que sentía en siglos.
—Si eso es cierto... —dijo, mirando a lo lejos, hacia el patio donde podía distinguirse a Akane caminando junto a Gael—, entonces esta generación no solo heredará nuestra lucha. Será la generación que finalmente la termine.
Valerius permaneció en silencio unos segundos, asimilando sus propias palabras, antes de hablar con una convicción que no había mostrado en mucho tiempo.
—Si él consigue recuperar quién fue en realidad... y si los demás también despiertan como debe ser... por primera vez en quinientos años, las Calamidades tendrán un enemigo al que realmente deban temer.
El despacho volvió a quedar en silencio. Afuera, el sol comenzaba a descender lentamente sobre las aguas del lago, tiñéndolas de tonos dorados y naranjas.
Sin que Gael lo supiera, tres de las personas que mejor conocían la historia y los secretos del mundo acababan de comprender que el destino había estado moviendo sus piezas durante siglos. Y que, tal vez, el fin de una era y el comienzo de la última gran guerra apenas estaban empezando.
Los largos pasillos de Saint Aurora habían recuperado su habitual tranquilidad. Las clases aún no comenzaban oficialmente, pero el combate de aquella mañana seguía siendo el único tema de conversación entre las alumnas.
Cada vez que Gael pasaba por un pasillo, varias estudiantes se detenían a mirarlo; algunas susurraban entre ellas, otras simplemente sonreían con curiosidad. Gael, por su parte, no parecía darse cuenta de nada y caminaba con total naturalidad junto a Akane y Anastasia.
En una de sus manos llevaba un grueso libro de tapas negras, sin título visible, solo con un antiguo símbolo grabado en dorado sobre la cubierta. Lo levantó ligeramente para observarlo mejor.
—Así que este era el premio por ganarle al profesor —comentó.
Akane asintió con seriedad.
—La directora cumplió su palabra. Freya vino hace un rato a decirnos que ella y muchas otras perdieron sus apuestas.
Gael sonrió con cierta sorpresa.
—La verdad es que no pensé que realmente me entregaría algo así.
Anastasia observó el libro con atención.
—Según lo que nos contó Freya, ese ejemplar siempre ha estado guardado en el despacho de la directora, en una sección reservada. Nunca antes nadie de la academia había tenido acceso a él.
—¿En serio?
—Sí. Es un texto que contiene registros de épocas que se consideraban perdidas.
Gael pasó lentamente la mano por la cubierta dura, sintiendo el frío grabado del símbolo.
—Entonces debe ser mucho más importante de lo que parece a simple vista.
—Mucho —confirmó Akane con una sonrisa—. ¿Lo abrirás ahora mismo?
Gael negó con la cabeza.
—Prefiero leerlo con calma y sin interrupciones. Tengo la impresión de que este libro responderá muchas de las preguntas que tengo... pero también hará que aparezcan otras diez nuevas.
Anastasia sonrió levemente.
—Probablemente tengas toda la razón.
Continuaron caminando unos minutos más en silencio, hasta que Gael volvió a hablar.
—Oigan...
Las dos se giraron hacia él.
—¿Sí?
Gael se rascó distraídamente la mejilla, donde todavía quedaba una ligera marca.
—Hay algo que llevo pensando desde hace rato.
—¿Qué ocurre? —preguntó Akane con curiosidad.
—Quiero conocerlas mejor —respondió él con sinceridad.
Ambas se miraron un instante, un poco sorprendidas.
—¿Conocernos mejor?
—Sí. Hasta ahora sé cómo son ustedes: sé que Akane es responsable, le apasionan las leyendas antiguas y cuando se enoja da unos coscorrones muy fuertes...
—¡Eso último sobraba totalmente! —lo interrumpió ella, inflando las mejillas con indignación.
Gael soltó una pequeña risa antes de continuar, mirando a Anastasia.
—Y tú eres mucho más tranquila, siempre piensas antes de actuar y eres quien hace las preguntas que nadie más se atreve a plantear.
Anastasia asintió con una sonrisa divertida.
—Supongo que esa es una descripción bastante acertada.
Gael levantó nuevamente el libro en su mano.
—Pero si voy a estudiar aquí y ustedes serán mis compañeras, creo que también debería saber exactamente de qué son capaces. Quiero conocer su verdadera fuerza.
Las dos guardaron silencio unos segundos, se miraron entre sí y asintieron al mismo tiempo.
—Tienes razón —dijo Akane—. Después de todo, tú ya nos mostraste un poco de lo que puedes hacer en la arena. Es justo que nosotros hagamos lo mismo.
Gael sonrió con interés, esperando.
Akane dio un paso al frente y levantó una mano. Al instante, una luz intensa mezcla de fuego y luz comenzó a girar alrededor de sus dedos, brillando con tonos rojos y dorados.
—Mi magia combina el fuego y la luz, y se especializa en la creación y el manejo de armas mágicas —explicó con orgullo—. Con mi espada Regulus Escarlata y mi propia energía, puedo materializar cualquier arma, herramienta o estructura sólida. No son ilusiones: son construcciones reales, capaces de cortar, proteger o incluso atrapar a un enemigo.
La luz cambió de forma: primero tomó la figura de una espada larga de filo resplandeciente, luego se transformó en un escudo de gran tamaño, y finalmente se dividió en varias cadenas luminosas que giraron a su alrededor con velocidad controlada.
—Puedo adaptar mi técnica según la situación —añadió—, pero cuanto más compleja sea la creación, mayor cantidad de energía requiere.
Gael abrió ligeramente los ojos, impresionado.
—Así que puedes cambiar de estrategia y de arma en cualquier momento sin perder tiempo.
—Exacto.
En ese momento, Anastasia dio un paso al frente, y el ambiente cambió de inmediato. El aire se volvió más fresco y una fina capa de escarcha apareció en el suelo a su alrededor, brillando con un tono azul pálido.
—En mi caso, mi magia es muy distinta —dijo con voz tranquila—. Tengo el dominio absoluto sobre el hielo y el frío. No solo puedo atacar, sino también controlar todo el campo de batalla.
En su palma nació un cristal de hielo puro, que contenía en su interior una luz tenue y constante.
—Puedo congelar grandes extensiones de terreno, crear barreras impenetrables, reducir la temperatura para ralentizar los movimientos del enemigo o bloquear sus hechizos antes de que lleguen a lanzarse. Además, uso el Bastón de Cristal Glacial y el Grimorio de las Nieves Eternas para sincronizar dos acciones al mismo tiempo: mientras el grimorio calcula la trayectoria y la energía, el bastón ejecuta el hechizo con una precisión que nadie más puede igualar.
Gael observaba ambas demostraciones con una atención llena de curiosidad y respeto. Cuando terminaron, asintió con seguridad.
—Qué interesante combinación...
Akane sonrió, esperando su opinión.
—¿Y qué te parece?
Gael respondió sin dudarlo ni un segundo.
—Creo que forman un equipo perfecto. Akane representa la fuerza que se adapta a cualquier obstáculo, la que ataca y defiende con decisión. Y Anastasia... aporta la calma y el control que domina todo lo que ocurre a su alrededor. Juntas, cubren cualquier punto débil.
Las dos se quedaron sorprendidas. No esperaban que él entendiera tan rápido la esencia de sus habilidades y cómo se complementaban.
Gael volvió a sonreír.
—Ahora entiendo por qué siempre trabajan juntas. Cada una aporta lo que le falta a la otra.
Akane y Anastasia intercambiaron una mirada. Por primera vez desde que lo conocían, sintieron que Gael no solo veía la magia como un poder cualquiera, sino que era capaz de comprender a quienes la utilizaban y la forma en que se relacionaban entre sí.
Mientras los tres seguían caminando por los pasillos de Saint Aurora, sin saberlo, acababan de dar el primer paso para convertirse en un verdadero equipo. Sin que ninguno de los tres lo supiera, aquel sencillo paseo por los pasillos era el comienzo de una amistad que, algún día, decidiría el destino del mundo.