La estación principal de Saint Aurora había cambiado por completo en apenas unos minutos.
Las risas, los comentarios alegres y el alivio de la llegada del primer tren habían desaparecido por completo. Ahora el ambiente era denso, serio, cargado de una tensión que se podía respirar en el aire. Profesoras, personal de seguridad y sanadoras ocupaban posiciones estratégicas a lo largo del enorme andén flotante de mármol blanco, con bastones en mano y amuletos protectores brillando con luz tenue. La noticia del ataque en las vías ya había recorrido toda la academia, y nadie estaba dispuesto a bajar la guardia ni a correr el menor riesgo.
Al borde de la plataforma, la directora Evelyn Noctis observaba la inmensidad del lago con calma, mientras el viento fresco y salado agitaba ligeramente los extremos de su largo cabello negro. Sus ojos violetas escaneaban la superficie y las profundidades del agua con una atención absoluta.
—Evacúen a las alumnas recién llegadas hacia los dormitorios —ordenó con voz firme y clara, que se escuchó por encima del sonido del viento—. Que sean revisadas de inmediato por las sanadoras y permanezcan allí bajo custodia hasta nuevo aviso.
—Sí, directora.
Varias profesoras se movieron al instante para organizar al grupo. Las jóvenes de primer año obedecieron rápidamente, aunque muchas no podían evitar lanzar miradas nerviosas hacia las aguas oscuras del lago, como si esperaran ver emerger algo peligroso en cualquier momento.
Porque todavía faltaba un tren.
El último. El más importante. El que transportaba a la mayor parte de las nuevas alumnas, y también a dos miembros clave del consejo estudiantil: la secretaria y la tesorera. Si un convoy había sido atacado con tanta preparación, no existía ninguna garantía de que el siguiente llegara sin problemas.
—Mantengan activas las barreras exteriores al máximo de su potencia —continuó Noctis, sin apartar la vista del horizonte—. Quiero vigilancia constante sobre la superficie y el fondo del lago. No debe pasar nada sin que lo sepamos.
—Entendido.
—Las alumnas de tercer año y superiores permanecerán aquí, listas para actuar.
Akane y Anastasia asintieron con seriedad, y a su espalda las mejores estudiantes de combate se colocaron en formación, con los puños cerrados y la magia fluyendo bajo sus uniformes, preparadas, alertas y listas para intervenir en cuanto fuera necesario.
Todo parecía una preparación para una batalla inminente. La directora tenía el porte de una general organizando su defensa, las profesoras transmitían órdenes en voz baja pero decidida, y las barreras mágicas brillaban con una luz azulada que recorría todo el perímetro del andén, creando un escudo impenetrable sobre el agua.
Era solemne. Era serio. Era impresionante.
Excepto por dos individuos que estaban a pocos metros de distancia, rompiendo toda la atmósfera con una discusión que no tenía nada de solemne.
—¡Suélteme ya, viejo testarudo! —gritó Gael, moviéndose de un lado a otro con desesperación.
—No.
—¡Me está clavando la palma en la frente, esto es incómodo!
—Ese es el punto.
—¡Es abuso de autoridad! ¡Lo denunciaré ante la directora!
—No servirá de nada. Y no es abuso, es control de plagas.
—¡¿PLAGAS?! —la voz de Gael subió un tono más, indignado—. ¡Retírelo o verá!
A pocos pasos del grupo principal, el profesor Valerius Drakos mantenía a Gael a raya con una sola mano. Literalmente. Su brazo estaba completamente extendido, recto como una vara de hierro, y la palma de su mano descansaba firmemente sobre la frente del muchacho, impidiéndole acercarse ni un centímetro más. Por más que Gael se estirara, diera saltos o se inclinara hacia un lado, la mano lo seguía sin esfuerzo, como si estuviera pegada con cola mágica.
Gael agitaba los brazos, daba patadas al aire y giraba la cabeza intentando zafarse, sin lograr nada. Parecía un gatito enojado intentando atacar a través de los barrotes de una jaula, sin poder alcanzar a su rival.
—¡Venga aquí, cara de amargura! ¡No se esconda detrás de su brazo!
—No tengo ninguna intención de acercarme a ti más de lo necesario.
—¡Cobarde!
—Prefiero ser cobarde que tener que aguantar tu aliento a comida sin digerir.
—¡Idiota de capa oscura! ¡Más tieso que un palo seco!
—Y tú eres más ruidoso que un enjambre de insectos en verano. ¿Te callarás de una vez?
Valerius ya no se mantenía totalmente impasible. Fruncía el ceño con cada insulto, le respondía con sequedad y fastidio, y se le notaba en la mandíbula tensa que cada palabra de Gael le ponía de mal humor. Pero por más que le contestara, nunca retiraba la mano de su frente, manteniendo esa distancia segura que le permitía discutir sin recibir golpes.
—¡Me está ignorando a medias! ¡Conteste bien!
—Sí, te ignoro. Es lo único que me da paz.
—¡Pues deje de hacerlo!
—No.
Varias alumnas cercanas comenzaron a reírse entre dientes, tapándose la boca para no llamar la atención. Incluso algunas profesoras tuvieron que desviar la mirada para no sonreír, aunque intentaban mantener la compostura. Anastasia ya se estaba masajeando las sienes con ambas manos, con la expresión de quien siente que le duele la cabeza desde antes de que empiece el problema. Akane, por su parte, tenía la sensación de que estaba perdiendo años de vida a cada segundo que pasaba.
Y la directora Noctis, que había estado escuchando todo mientras vigilaba el lago, giró la cabeza lentamente hacia la escena. Observó un momento cómo Valerius respondía con creciente irritación, cómo Gael saltaba como un resorte intentando alcanzarlo, y cómo la mano del profesor permanecía clavada en su lugar como una roca.
Finalmente, soltó un suspiro largo y profundo.
—Increíble.
Akane asintió de inmediato, totalmente de acuerdo.
—Completamente de acuerdo.
Ambas avanzaron al mismo tiempo hacia el par de discutiendo, sin prisas pero con determinación.
Y entonces...
¡PUM!
¡PUM!
Dos coscorrones secos y sonoros resonaron por toda la estación.
Gael cayó de rodillas al instante, sujetándose la frente con ambas manos y soltando un quejido dolorido.
—¡Ay! ¡Eso dolió!
Valerius, por su parte, se llevó una mano a la nuca con una expresión de absoluta sorpresa, parpadeando como si no hubiera esperado recibir el golpe también. Por primera vez en mucho tiempo, parecía confundido y un poco aturdido.
—...
—Compórtense —dijo Akane con voz firme, mirando a ambos con severidad.
—Ambos —añadió la directora, con una media sonrisa que no dejaba lugar a dudas—. No importa quién empezó, en este momento parecen dos niños en el patio de juegos.
—¡Pero él empezó llamándome plaga! —protestó Gael, todavía frotándose la cabeza.
—¡Y él empezó llamándome cara de amargado! —replicó Valerius al mismo tiempo, soltando finalmente la mano de la frente del muchacho, aunque se quedó listo para volver a ponerla en caso de que se acercara.
Se hizo un silencio breve.
Akane cerró los ojos y negó con la cabeza.
Anastasia se tapó toda la cara con las manos, incapaz de mirar.
Y entonces, las alumnas que habían estado conteniéndose estallaron en carcajadas, risas claras y relajadas que llenaron el andén.
Incluso la directora Noctis tuvo que apretar los labios para no soltar una risa, aunque una sonrisa suave se le escapó al final.
Porque la situación era realmente ridícula: dos personas con una fuerza y conocimientos capaces de enfrentarse a monstruos antiguos y calamidades mágicas, discutiendo y peleando como si tuvieran diez años, justo en medio de los preparativos para una posible emergencia
Y lo peor —o lo mejor— era que ninguno parecía dispuesto a admitir que estaba actuando de forma inmadura. Se miraban con desconfianza, frunciendo el ceño, cada uno esperando que el otro dijera algo para volver a empezar.
A lo lejos, sobre la superficie oscura del lago, una luz brillante y constante comenzó a aparecer, dibujando un rastro de plata sobre el agua. Un zumbido suave y potente fue creciendo poco a poco.
El último tren finalmente se acercaba.
Mientras el último tren avanzaba deslizándose suavemente sobre las aguas cristalinas del inmenso lago, el ambiente en su interior era completamente distinto al de un viaje habitual. No había risas, ni conversaciones distendidas, ni la emoción habitual de las nuevas estudiantes. La noticia del ataque al primer convoy había llegado hacía apenas unos minutos, transportada por mensajeros mágicos, y la tensión se había apoderado de todos los rincones del vagón.
Pero ante la incertidumbre, la calma y la autoridad se impusieron de inmediato. Dos figuras se pusieron al frente, asumiendo el control sin dudarlo un segundo.
De pie en el pasillo, con una postura recta y firme como el hielo eterno de sus tierras natales, se encontraba Astrid Eirsdóttir, la secretaria del consejo estudiantil. A sus dieciocho años, irradiaba una presencia imponente que hacía que incluso las alumnas de cursos superiores la miraran con respeto. Su largo cabello azul oscuro caía en ondas brillantes hasta su cintura, enmarcando un rostro de rasgos fríos y serenos, con unos ojos verdes claros que parecían calcular cada situación con precisión absoluta. Vestía su uniforme de corte elegante, adornado con detalles de piel oscura y bordados plateados, y en su mano derecha sostenía con firmeza Gungnir Menor, su lanza mágica ancestral, cuya punta de hielo cristalino brillaba con una luz propia, lista para ser desenvainada en cualquier momento.
Su afinidad con el hielo antiguo y la Fuerza Draconiana le confería una resistencia y un poder destructivo muy por encima del promedio. Cuando despertaba esa herencia de los clanes del norte, su cuerpo se cubría de escamas heladas y cuernos de cristal surgían de su frente, llevando su capacidad de combate más allá de cualquier límite conocido.
—¡Atención a todas! —su voz resonó clara y potente por todo el vagón, sin necesidad de gritar—. Todas las alumnas de primer año pasan de inmediato a los tres primeros compartimentos. Sin excepción.
Varias estudiantes se miraron entre sí, confundidas.
—¿Eh? ¿Ahora mismo? —preguntó una con voz temblorosa.
—¿Qué está pasando? ¿Hay peligro? —añadió otra.
—Muévanse. Ya —repitió Astrid, y en ese tono no había espacio para preguntas ni dudas. Era la voz de quien asume la responsabilidad de proteger vidas.
En cuestión de minutos, las estudiantes comenzaron a trasladarse en orden, agrupándose tal como se les indicaba. Si ocurría otro ataque, concentrar a las más jóvenes en una zona protegida simplificaría la defensa y evitaría que se dispersaran. Era una medida sencilla, pero extremadamente efectiva, fruto de su capacidad de análisis y estrategia.
Mientras tanto, en el último vagón, otra figura trabajaba con una concentración absoluta. Freya Solberg, tesorera del consejo y discípula directa de la propia directora Noctis, estaba sentada en una silla especial diseñada para ella, rodeada de pantallas flotantes que proyectaban diagramas, lecturas de energía y mapas detallados de la ruta. Tenía el cabello castaño claro recogido con lazos rojos y cintas blancas, sus ojos violetas brillaban con la intensidad de quien domina un arte muy particular, y sus manos, cubiertas por guantes blancos, se movían con agilidad y precisión sobre las superficies mágicas.
Su especialidad era la Ingeniería Arcana: la capacidad de combinar runas antiguas, cristales y mecanismos para crear autómatas, dispositivos y sistemas de defensa que unían la magia más antigua con la tecnología más avanzada. Bajo su mando, cientos de creaciones obedecían al instante, desde pequeños drones exploradores hasta unidades de combate de gran tamaño.
Por todo el exterior del tren, recorriendo los techos, las uniones entre vagones y la vía flotante, pequeñas esferas y unidades mecánicas de bronce y cristal morado se movían silenciosamente. Eran sus drones exploradores, enviados para revisar cada centímetro del convoy y su entorno.
—Sin anomalías en el motor principal —anunció en voz baja, leyendo los datos que aparecían en una pantalla—. Sin interferencias en los circuitos de energía mágica. Las barreras de protección funcionan al noventa y ocho por ciento de su capacidad.
Sus dedos continuaban ajustando parámetros, enviando señales a través del Enlace Arcano que conectaba todas sus creaciones como si fueran una sola extensión de su propia voluntad. Si algo intentaba acercarse sin ser detectado, ella lo sabría antes de que pudiera siquiera tocar la superficie del agua.
—Freya —llamó Astrid acercándose a ella, apoyando la lanza en el suelo—. ¿Algún indicio de algo extraño?
Freya negó con la cabeza, aunque no apartó la mirada de las lecturas.
—Todavía no. Todo está en orden por ahora.
Pero esa palabra, todavía, flotó en el aire como una advertencia. Ninguna de las dos se confiaba.
Más atrás, en un rincón apartado pero con una visión perfecta de todo el interior y el exterior del tren, se encontraba Selene Morcant, profesora de Historia Mágica y Estrategia. Aparentaba unos veintiocho años, con una belleza serena y enigmática, el cabello oscuro y ondulado que le caía sobre los hombros y la espalda, y unos ojos de color amatista que parecían ver mucho más allá de lo que se mostraba a simple vista. Vestía un elegante traje académico de tonos negros y púrpuras, con bordados finos y un medallón antiguo colgado del cuello, y tenía un libro de tapas oscuras abierto sobre sus piernas, aunque apenas pasaba las páginas.
Era conocida por su inmenso conocimiento de todas las civilizaciones antiguas, las guerras santas y los secretos que se escondían en la historia del mundo. Su sabiduría y su intuición eran tan agudas que pocas cosas lograban sorprenderla.
A simple vista parecía relajada, tranquila, como si estuviera disfrutando de un viaje sin preocupaciones. Pero cada poco segundo, sus ojos se desviaban del texto y se posaban en la ventana, escaneando la superficie del lago y, sobre todo, sus profundidades oscuras.
Observaba cada movimiento del agua, cada cambio en la corriente, cada sombra que se deslizaba bajo la luz del sol. A diferencia de las alumnas, que solo veían un paisaje hermoso, ella sabía muy bien lo que esas aguas podían ocultar. Conocía las leyendas, los acuerdos antiguos y las criaturas que habitaban allí, y también sabía que cuando algo perturbaba el orden establecido, las defensas naturales no siempre eran suficientes.
Si algo salía mal, si algo intentaba atacar este tren... no dudaría en actuar. Y aunque nadie lo sabía, esa mirada tranquila guardaba la experiencia de quien había visto peligros mucho mayores a lo largo de siglos. No permitiría que ninguna estudiante sufriera daño.
El último tren avanzaba deslizándose con una suavidad casi irreal sobre la superficie del inmenso lago que rodeaba Saint Aurora. Sus ruedas flotantes apenas rozaban el agua, dejando tras de sí una estela de espuma que se desvanecía lentamente bajo la luz del sol de media mañana. El aire era fresco, cargado con el aroma de las aguas profundas y la vegetación de las orillas, y durante unos instantes parecía que la calma se había restablecido tras la alerta anterior.
En la estación principal, Gael permanecía de pie junto a Akane, apoyado con los codos en el borde de mármol pulido, observando cómo el convoy se acercaba poco a poco. Ya no discutía con Valerius; la presidenta del consejo estudiantil había puesto fin a esa rivalidad repentina con una advertencia firme y una mirada que no admitía réplicas, obligando a ambos a guardar la compostura. El muchacho se había quedado en silencio, aparentemente aburrido, pero en su interior algo había cambiado.
De pronto, sintió que el mundo a su alrededor se volvía más pesado.
No era un ruido, ni una vibración, ni algo que se pudiera ver con los ojos. Era una sensación que nacía en lo más hondo de su pecho, como si la propia gravedad del lugar hubiera aumentado, como si el agua que tenía delante se hubiera vuelto más densa y opresiva. Algo inmenso, antiguo y despertado de un sueño milenario comenzaba a moverse desde las profundidades más oscuras, donde nunca llegaba la luz del sol.
Y no era el único en percibirlo.
A pocos pasos, Evelyn Noctis, que mantenía la calma absoluta en todo momento, giró la cabeza bruscamente hacia el lago. Sus ojos violetas, que solían ser serenos y distantes, se estrecharon de inmediato, y una sombra de alerta profunda cruzó su mirada. Su mano se cerró suavemente sobre el borde de su abrigo, y el aire a su alrededor pareció quedarse quieto, como si también él hubiera sentido la llegada de algo que no debería moverse.
A su lado, Valerius Drakos dejó de prestar atención a nada más. Su postura relajada se endureció en una fracción de segundo, su espalda se enderezó como una columna de hierro y sus puños se cerraron con tanta fuerza que las venas de sus muñecas se marcaron. Una energía invisible, densa y caliente, comenzó a rodear su cuerpo sin que él quisiera, una reacción instintiva ante una presencia que desafiaba el equilibrio de siglos.
Y dentro del mismo tren que avanzaba, en el vagón principal, la profesora Selene Morcant detuvo su lectura. El libro de tapas antiguas que reposaba sobre sus piernas se cerró de golpe, con un sonido seco y profundo que hizo levantar la vista a varias alumnas. Sus ojos de color amatista, que solían mirar con calma y sabiduría, se clavaron en la ventana con una intensidad helada.
—¡ALERTA GENERAL! —gritó entonces con una voz que no sonó como la de una persona, sino como un eco que viajaba a través de los siglos, resonando en cada rincón del vagón—. ¡Prepárense para resistir! ¡Algo ha roto el equilibrio de las profundidades!
Antes de que nadie pudiera siquiera formular una pregunta, la calma del lago estalló en caos.
El agua, que hasta hacía un momento parecía un espejo inmóvil, comenzó a agitarse con una furia incontrolable. Remolinos se formaron alrededor de las vías flotantes, olas de varios metros de altura se alzaron a ambos lados del convoy y el zumbido suave de la propulsión mágica del tren se vio ahogado por un sonido grave, profundo y estremecedor, como el rugido de una montaña despertando.
Desde las sombras del fondo, rompiendo la superficie con una fuerza que lanzó toneladas de agua al aire, emergió una criatura de proporciones colosales. Era el Guardián del Lago, conocido desde la fundación de la academia como el ser encargado de proteger estas aguas de cualquier amenaza externa. Su cuerpo, de más de cien metros de largo, estaba cubierto por escamas azul oscuro que brillaban como acero templado, impenetrables para cualquier arma común. De su cabeza salían cuernos curvos y macizos, y sus ojos, que durante siglos solo habían visto a la academia como su hogar, ahora brillaban con una luz descontrolada y enloquecida.
Era la primera vez en quinientos años que atacaba aquello que debía proteger.
El tren se balanceó con violencia, inclinándose hacia un lado como si fuera una frágil hoja de papel bajo una tormenta. Las alumnas gritaron, perdiendo el equilibrio y cayendo unas sobre otras mientras el suelo vibraba con cada movimiento de la bestia.
—¡Sujétense fuerte! —ordenó Astrid Eirsdóttir, y en el mismo instante en que hablaba, su cuerpo comenzó a cambiar. Una energía fría y poderosa brotó de su interior, extendiéndose por sus brazos y su lanza. Cuernos de hielo cristalino surgieron de su frente, escamas translúcidas cubrieron sus hombros y sus ojos se tornaron de un azul intenso. Con un movimiento firme, clavó la punta de Gungnir Menor en el suelo del vagón, y de inmediato una capa de hielo sólido y resistente se extendió por todo el interior, fijando los asientos y creando barreras protectoras que evitaban que las jóvenes fueran lanzadas contra las paredes.
—¡Defensas al máximo! —respondió Freya Solberg al mismo tiempo, con los dedos moviéndose a toda velocidad sobre las pantallas mágicas que flotaban ante ella. Pequeñas esferas de energía morada se activaron en todo el exterior del convoy, conectadas entre sí por runas luminosas que brillaban con una luz constante—. ¡Escudos reforzados al cien por cien! ¡Sistemas de estabilidad activados!
Pero justo cuando terminaba de hablar, la criatura movió su cabeza inmensa y golpeó el costado del tren con toda su fuerza. El impacto resonó como un trueno, haciendo crujir la estructura del vagón. El escudo de energía brilló con intensidad, resistiendo el golpe, pero miles de grietas se extendieron por su superficie, y la luz que lo mantenía se debilitó de golpe.
—¡No aguantará otro golpe igual! —gritó Freya, con el rostro tenso por el esfuerzo.
En ese momento, Selene se puso de pie lentamente. Cerró los ojos por un instante, respiró hondo y, cuando los abrió, todo a su alrededor pareció cambiar. No era magia que se aprendiera en libros, ni hechizos que se recitaran con palabras. Era algo mucho más profundo: una fuerza que nacía en el alma, que existía desde el origen mismo del universo, una energía tan antigua que pocas personas en toda la historia habían logrado despertarla y controlarla.
Un resplandor suave pero inmenso comenzó a rodearla, una luz dorada y cálida que no cegaba, pero que ejercía una presión tan grande que el agua alrededor del tren se apartó por completo, dejando un espacio seco y protegido a su alrededor. Esa energía se extendió en todas direcciones, envolviendo el convoy entero como si fuera una esfera de cristal indestructible, reparando las grietas del escudo anterior y añadiendo una resistencia que ninguna barrera convencional podría igualar.
—Contén tu furia —murmuró la profesora con voz serena pero firme, y su voz viajó a través de esa energía, llegando incluso hasta la mente de la bestia.
Desde la orilla, las alarmas de la academia estallaron con un sonido agudo y continuo. Profesoras, instructoras y miembros de seguridad lanzaron todo tipo de ataques: rayos que cruzaban el aire como cuchillas, llamas mágicas que iluminaban la superficie del agua, lanzas de roca y redes de energía que buscaban detener al guardián. Pero cada golpe chocaba contra sus escamas y se desvanecía, dejando apenas una marca superficial. La criatura era invulnerable para la mayoría de las fuerzas de la academia; su naturaleza de ser antiguo le daba una resistencia que pocos podían superar.
—¡No logramos detenerlo! —gritó una de las profesoras, lanzando un rayo que apenas hizo que la bestia se moviera de lugar—. ¡Es demasiado fuerte!
El tren seguía avanzando a duras penas, pero cada embestida lo acercaba cada vez más al límite. Si la situación continuaba así, en pocos minutos las defensas cederían por completo, y el convoy entero sería arrastrado a las profundidades, llevándose consigo a cientos de alumnas.
Entonces, en la estación, Valerius Drakos dio un paso al frente. Su expresión ya no mostraba ni fastidio ni indiferencia; estaba totalmente concentrado, con una determinación absoluta.
—Es suficiente —dijo con una voz grave que cortó el ruido de las olas y los ataques—. Si seguimos así, las defensas no aguantarán mucho más.
Al mismo tiempo, alrededor de su cuerpo comenzó a aparecer la misma clase de energía que Selene acababa de despertar. No era magia, ni fuerza física, ni elemento alguno: era esa misma fuerza primordial, antigua y majestuosa, que hacía que el aire vibrara y que el agua se retirara a su paso. Su cabello oscuro se agitaba sin que hubiera viento, sus ojos brillaban con una luz profunda y dorada, y su presencia se sentía a kilómetros de distancia. Se decía que, tras la propia directora, él era la única persona en toda la academia capaz de despertar esa fuerza en todo su esplendor.
—Yo intervendré —anunció, levantando una mano para prepararse para el salto que lo llevaría en cuestión de segundos hasta donde estaba la bestia.
Pero justo cuando iba a impulsarse...
Algo pasó a su lado.
No hubo sonido de movimiento, ni de salto, ni de desgarro en el aire. No hubo destello de luz que anunciara un ataque, ni sensación de energía que se acumulara. Solo fue como si el espacio mismo se hubiera abierto por un instante, y una figura cruzara esa distancia inmensa en un tiempo que no se podía medir.
Fue tan rápido que casi nadie en la estación lo percibió. Solo tres personas, con sentidos más agudos que cualquier ser vivo, lograron captar ese instante:
Evelyn Noctis, que vio con claridad absoluta cómo algo se desplazaba a una velocidad que superaba cualquier límite conocido.
Valerius, que sintió cómo esa presencia pasaba junto a él, portando una fuerza que no era menor a la suya, pero que se movía con una naturalidad asombrosa.
Y Selene, que desde el interior del tren sintió cómo esa misma energía antigua, esa que ella había despertado con tanto esfuerzo y concentración, aparecía de repente en el agua, brillando con una intensidad que no necesitaba esfuerzo alguno.
En la superficie del lago, un enorme muro de agua se levantó de golpe, salpicando a decenas de metros de altura, como si algo hubiera atravesado las profundidades con una velocidad y un peso inmensos. Antes de que nadie pudiera reaccionar, una mano golpeó con una fuerza precisa y devastadora sobre la cabeza de la bestia.
El impacto resonó con un estruendo que hizo vibrar el suelo de toda la estación, un sonido profundo y sordo que parecía venir desde el fondo del lago. El cuerpo colosal del guardián se inclinó hacia abajo, empujado por esa sola fuerza, y cayó contra la superficie del agua con un chapoteo que formó olas gigantescas que barrieron todo a su alrededor. En cuestión de segundos, la criatura quedó inmóvil, flotando boca arriba, inconsciente, con su enorme cuerpo totalmente relajado.
Y encima de su cabeza, sentado con las piernas colgando y apoyando una mano en la superficie de sus escamas, estaba Gael.
Había aparecido allí sin que nadie viera cómo se había movido, sin que ninguna barrera lo hubiera detenido, sin que sus pasos hubieran dejado huella ni su energía hubiera sido detectada hasta el mismo instante del golpe. Su respiración era tranquila, como si acabara de dar un paseo, y en su rostro no había rastro de esfuerzo, solo esa expresión de alguien que ha hecho algo sencillo.
En la estación, Valerius se quedó inmóvil, con el pie todavía levantado en el aire, sin creer lo que acababa de ver. Evelyn Noctis mantenía la compostura, pero sus ojos se abrieron ligeramente, con una mezcla de asombro y reconocimiento. Y dentro del tren, Selene dejó caer los brazos lentamente, sintiendo cómo esa energía que la rodeaba se apagaba por sí sola, reemplazada por una sensación que le resultaba terriblemente familiar, aunque no lograba recordar de dónde.
En los tres, al mismo tiempo, brotó una sensación extraña, profunda y antigua: era como si una puerta que había permanecido cerrada durante siglos acabara de abrirse de golpe, como si algo que habían olvidado, que creían perdido para siempre, hubiera regresado de nuevo. Un eco lejano, una fuerza que había escrito la historia de los tiempos, acababa de manifestarse ante ellos con una naturalidad que no tenía explicación.
Ninguno habló todavía. Ninguno pronunció el nombre de esa fuerza que acababa de ver. Pero en sus mentes, la misma pregunta resonaba con más fuerza que nunca:
¿Quién eres realmente, Gael Valdés?
El tren avanzó lentamente hasta la plataforma, deslizándose sobre las aguas ya en calma, y por fin se detuvo con un suave zumbido de energía. Las puertas se abrieron de inmediato, y todo el personal de sanación, seguridad y docentes se lanzó a actuar con una coordinación perfecta: las alumnas eran la prioridad absoluta. Las sanadoras revisaban una por una su estado físico y mágico, las profesoras organizaban grupos para guiarlas hacia zonas seguras, y todo el sistema de defensa de la academia se mantenía activo, listo para reaccionar ante cualquier nueva amenaza.
Pero a pesar de toda esa actividad, de las órdenes que se daban y las conversaciones que se cruzaban en voz baja, todos sin excepción tenían la mirada clavada en un mismo punto: la orilla del lago.
Allí, sobre la arena húmeda y las rocas redondeadas por el agua, descansaba la criatura que hacía apenas unos minutos había puesto en riesgo a cientos de vidas: el Guardián del Lago. Su cuerpo inmenso, de más de cien metros de largo, se extendía por la costa como una montaña de escamas azul oscuro, pero en lugar de imponente y aterradora, ahora parecía... derrotado. Tenía la cabeza apoyada en la arena, con una protuberancia enorme y rojiza en medio de la frente —un chichón tan grande como un barril—, y sus ojos antes brillantes y enloquecidos ahora estaban entrecerrados, con una expresión que solo se podía describir como apenada y avergonzada.
Ya no había rastro de la furia que lo había dominado. El hechizo o la influencia que lo había descontrolado se había roto por completo con aquel golpe, y lo único que quedaba era su instinto natural y su lealtad hacia la academia... junto con un respeto absoluto hacia quien acababa de detenerlo.
Porque justo delante de su hocico, con las manos en la cintura y la cabeza levantada para mirarlo a los ojos, estaba Gael.
—¿Y ahora qué miras? —le decía con voz firme, pero sin rencor, señalándolo con un dedo—. ¡Tienes siglos de vida y te dejas manipular así de fácil! ¿No te enseñaron nada de autocontrol? ¡Casi haces volcar el tren, podrías haber lastimado a todas esas chicas! ¿Te parece bien eso?
La bestia emitió un sonido grave y profundo, como un gemido apagado, bajando la cabeza aún más hasta que su barbilla casi tocaba la arena. Cerró los ojos con fuerza, encogiendo un poco su cuerpo gigantesco, como si intentara hacerse más pequeño y pasar desapercibido. De vez en cuando movía su cola con suavidad contra el suelo, como un perro que pide perdón después de romper algo.
—¡No te hagas el inocente! —continuó Gael, cruzándose de brazos—. La próxima vez que sientas algo raro, no te dejes llevar. ¿Entendido?
El monstruo soltó otro sonido más suave, casi un lamento, y asintió despacio, muy despacio, sin atreverse a moverse demasiado.
En la plataforma, el silencio era absoluto. Nadie daba crédito a lo que veían. La criatura que durante quinientos años había sido el símbolo de protección y fuerza de las aguas, que ningún ataque podía detener y que nadie osaba desafiar, ahora estaba allí, acobardada y obediente, recibiendo un regaño como si fuera un cachorro travieso.
—Bueno... ya no me sorprende nada —dijo Akane, soltando un suspiro largo y dejándose caer un poco sobre el hombro de Anastasia—. Creo que perdí la capacidad de asombro en cuanto subió a la estatua.
—Tienes razón —respondió Anastasia, negando con la cabeza con una media sonrisa resignada—. Si alguien me hubiera contado esto ayer, habría pensado que era una historia de fantasía. Ahora... solo espero que no se le ocurra regañar también a las barreras de la academia.
Freya, que acababa de bajar del tren y todavía tenía los ojos pegados a sus pantallas mágicas, las apartó un momento para mirar la escena con total confusión.
—¿Cómo es posible? —murmuró, frunciendo el ceño—. Esa criatura no obedece a nadie más que a la directora y a muy pocos elegidos. ¿Realmente está escuchando a ese chico?
A su lado, Astrid Eirsdóttir, con su lanza apoyada en el suelo y sus ojos verdes fijos en la orilla, respondió con calma, como si hubiera comprendido algo que los demás no veían.
—No es que lo obedezca por respeto o por lealtad —explicó en voz baja—. Es instinto de supervivencia. Sabe perfectamente que si vuelve a desobedecer, el siguiente golpe no será solo un chichón. Será el final. Y nadie quiere comprobar cuánto más fuerte puede ser ese golpe.
Freya se quedó en silencio, y al pensar en ello, tuvo que admitir que tenía toda la razón.
Mientras tanto, en otro extremo de la plataforma, la atmósfera era muy distinta.
Valerius Drakos estaba inmóvil, con la espalda tensa y el puño cerrado con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Su mano derecha temblaba ligeramente, un movimiento casi imperceptible, pero que para alguien como él —acostumbrado a mantener el control absoluto de su cuerpo y sus emociones— era algo que no ocurría jamás.
Hacía siglos que no sentía esa sensación. Un escalofrío que le recorría la columna vertebral, una alerta que nacía en lo más profundo de su ser, diciéndole que estaba frente a algo que superaba cualquier medida de poder que conocía. Era el mismo tipo de sensación que solo había experimentado en muy pocas ocasiones: cuando se enfrentaba a una Calamidad, o cuando sentía la presencia de fuerzas antiguas capaces de borrar civilizaciones enteras.
Y ahora, esa misma sensación venía de aquel muchacho de cabello rubio que seguía regañando a la bestia marina.
A su lado, Selene Morcant ya había bajado del tren y se había acercado hasta donde estaba la directora Evelyn Noctis. La profesora miraba la escena con una expresión llena de dudas y preguntas sin respuesta, hasta que finalmente se volvió hacia la directora, con una voz suave pero cargada de curiosidad.
—Evelyn... —dijo ella, bajando un poco el tono para que solo ellas dos y Valerius pudieran escuchar—. Sabes mejor que nadie qué clase de energía es esa. ¿Quién es realmente ese chico?
Evelyn mantuvo la mirada fija en Gael, con esa expresión serena que no revelaba todo lo que pensaba, pero con una chispa de reconocimiento en sus ojos violetas.
—Tengo una idea —respondió ella despacio, como si estuviera armando un rompecabezas cuyas piezas creía perdidas—. Pero prefiero escuchar primero lo que piensa Valerius. Él también ha sentido lo mismo que nosotras.
Ambas volvieron la mirada hacia el profesor. Este tardó unos segundos en responder, todavía controlando esa sensación de alarma que le recorría el cuerpo. Finalmente, soltó un suspiro profundo y habló con voz grave, como si estuviera pronunciando palabras que hacía siglos no se atrevía a mencionar en voz alta.
—Si es realmente quien yo creo que puede ser... —dijo, y por un instante pareció que hasta el aire se volvía más pesado—, entonces todo lo que hemos conocido hasta ahora está a punto de cambiar. La balanza del poder, que se ha mantenido estable durante cientos de años, comenzará a desequilibrarse. Y no sabemos si ese cambio será para bien o para mal.
Y mientras todos seguían mirando la escena de la orilla, ninguno podía negar una verdad: algo había regresado. Algo que creían olvidado para siempre, y que ahora, con la misma naturalidad con la que se respira, había aparecido en medio de su mundo.