Akane seguía mirándolo fijamente.
Cuanto más lo observaba, menos sentido tenía todo lo que estaba pasando. No había rastro de malicia en su mirada, ni intención de hacer daño, ni siquiera esa astucia típica de quien sabe que está haciendo algo prohibido. Simplemente estaba allí, sentado cómodamente sobre una caja de suministros, todavía con algunas migas de pan pegadas en la solapa de su chaqueta, observando a todas con esa expresión confundida y tranquila que había mantenido desde el principio.
Y precisamente esa tranquilidad era lo que más la inquietaba.
Porque él estaba ahí.
Dentro del tren.
Dentro de la barrera.
Dentro de una de las protecciones mágicas más antiguas, sólidas y seguras que existían en el mundo, diseñada específicamente para que algo como esto fuera imposible.
—Esto no tiene ningún sentido... —murmuró ella, frunciendo el ceño y pasándose una mano por la barbilla, perdida en sus propios pensamientos.
El chico ladeó la cabeza, curioso.
—¿Eh?
Akane ni siquiera lo miró cuando respondió. Seguía hablando casi consigo misma, repasando mentalmente cada paso del viaje.
—Las barreras estaban activas desde que salimos de la estación principal... —recitó en voz baja—. Los sellos de seguridad se verificaron tres veces antes de partir. Las runas de exclusión, esas que rechazan cualquier presencia masculina automáticamente... funcionaban perfectamente cuando pasamos por la zona de control. Yo misma las revisé.
—Supongo... —respondió él, encogiéndose de hombros como si hablara de algo que no le importaba ni entendía.
—Y estaban activas en todo momento —continuó ella—. Hasta ahora.
—Si usted lo dice...
—¿Sabes siquiera qué son las runas de exclusión? —preguntó Akane, girándose hacia él de golpe, con los ojos brillando de frustración.
—Ni idea —respondió él con total naturalidad—. Suena a cosas complicadas de magos. Yo solo voy a la escuela, señorita.
Akane se llevó una mano a la frente, sintiendo que le empezaba a doler la cabeza. Fue entonces cuando Anastasia decidió intervenir. Dio un paso al frente, su postura rígida y elegante, y su voz sonó clara, firme y directa, cortando cualquier duda o vacilación.
—De acuerdo. Vamos a empezar desde el principio. Sin rodeos.
El chico asintió con entusiasmo, como si le pareciera una idea excelente.
—Perfecto. Pregunte nomás.
—¿Cómo entraste al tren?
—Por la puerta —respondió él al instante, con esa obviedad que dolía solo de escucharla.
Varias alumnas de los grupos de atrás soltaron una risita nerviosa, incapaces de contenerse. Anastasia cerró los ojos un segundo, respiró profundamente para mantener la calma que siempre la caracterizaba, volvió a abrirlos y lo miró con paciencia infinita.
—Intentaré formularlo mejor —dijo despacio—. ¿Cómo llegaste hasta este tren en primer lugar? ¿Cómo lograste subir si este convoy está protegido desde kilómetros antes de llegar a la estación?
—Corrí —dijo él.
—... ¿Corriste?
—Sí.
—¿Y después?
—Seguí corriendo un poco más.
—...
—Y cuando estuve lo bastante cerca, me subí. Fue fácil.
Anastasia sintió una punzada aguda justo detrás del ojo.
—¿Por qué corrías? —preguntó, mordiendo cada palabra.
—Porque iba atrasado.
—¿Atrasado para qué?
—¡Para la escuela, claro! —exclamó el chico, como si fuera la razón más lógica del universo—. Si llego tarde otra vez, el director me castiga sin salir todo el mes. Y ya sabe... es estricto.
Akane y Anastasia intercambiaron una mirada pesada. Ambas pensaban exactamente lo mismo: Este chico no está mintiendo. Y eso es lo peor de todo.
—Continúa —pidió Akane, acercándose un poco más.
—Llegué a la estación —siguió él, contando la historia como si nada fuera extraño—. Había mucha gente, mucho movimiento, trenes grandes, luces raras... y vi este. Era el más grande y el que parecía ir más lejos. Pensé: “este seguro que pasa cerca de mi colegio”.
—¿Y te subiste así nada más? —preguntó Anastasia—. ¿No viste las barreras brillantes? ¿Los controles mágicos? ¿Las advertencias grabadas en todas las paredes? ¿Los carteles gigantes que dicen “Exclusivo Academia Saint Aurora”?
—No —respondió él, negando con la cabeza tranquilamente—. No me fijé en nada de eso.
—¿Por qué?
—Porque iba atrasado —repitió, como si esa respuesta lo explicara todo.
El silencio volvió a caer sobre el vagón, pero esta vez estaba cargado de incredulidad. Akane empezó a comprender que cada respuesta era completamente sincera, y esa sinceridad la asustaba mucho más que cualquier mentira elaborada.
—¿Cuál era tu destino exacto? —insistió ella.
—Mi escuela. El instituto San Gabriel.
—¿Y creíste que este tren te llevaba hasta allá?
—Bueno... —el chico se detuvo y miró alrededor por primera vez con atención real. Recorrió con la mirada a las decenas de alumnas que lo rodeaban, todas con el mismo uniforme, todas con varitas en la mano, todas mirándolo con una mezcla de miedo y curiosidad. Vio las runas brillantes en las paredes, el lujo del vagón, la ausencia total de hombres, y luego volvió a mirar a Akane con una mueca de duda—. Ahora... ahora empiezo a pensar que quizás me equivoqué de tren.
Akane sintió unas ganas terribles de golpear algo o gritar, o ambas cosas a la vez.
—Sí —dijo con voz seca—. Definitivamente te equivocaste.
—Ah...
—Definitivamente.
—Eso explica muchas cosas, ¿sabe? —dijo él, asintiendo sabiamente.
—¿Qué cosas?
—Por qué todas me miran como si yo tuviera dos cabezas. O como si fuera un fantasma.
Anastasia se tapó la cara con una mano, negando lentamente con la cabeza. Fue entonces cuando Lin Xuelian, que había permanecido todo este tiempo en silencio, observando con atención absoluta y procesando cada detalle con su mente analítica, dio un paso al frente. Su paso fue suave, casi imperceptible, pero inmediatamente todas las miradas se posaron en ella.
—presidenta
—dijo con suavidad, pero firmeza.
—Dime, Lin —respondió Akane, girándose hacia ella, esperando que su mano derecha tuviera alguna solución o al menos alguna explicación lógica.
—He revisado la ruta completa del convoy y los registros de paradas —informó ella, con la mirada fija en el chico un segundo ante de volver a Akane—. Y hay algo que debes saber. La última parada internacional que hicimos fue en la zona de América Latina, específicamente en la estación principal de Santiago de Chile. Fue hace aproximadamente una hora y media. Allí recogimos al grupo de alumnas de esa región y sus acompañantes, antes de activar el cierre total del recorrido.
Akane abrió los ojos de par en par, conectando los puntos al instante.
—¿Chile...?
Lin asintió levemente.
—Es la única parada que hicimos fuera de la ruta habitual antes de entrar en el corredor protegido. Es muy probable... —y aquí Lin dirigió su mirada directamente al joven, con una precisión que hizo que él se pusiera un poco más recto—, que allí fuera donde te subiste. ¿Verdad?
El chico abrió mucho los ojos, sorprendido de que lo adivinaran, y luego sonrió ampliamente, señalándose a sí mismo con el pulgar con orgullo.
—¡Exacto! ¡Es ahí mismo! ¡Yo soy de Chile, señorita! —dijo con esa alegría despreocupada de quien no comprende la gravedad de nada—. ¡Vivo allá, en Santiago! ¡Y sí, me subí ahí mismo, corriendo porque ya partía! ¿Cómo lo supo? ¿Es magia de adivinar?
Akane sintió que las piernas le fallaban un poco. Todo encajaba ahora, aunque seguía siendo imposible. Se subió en Chile. De Chile era. Y la barrera... simplemente no le hizo nada.
Lin no respondió a su pregunta, solo se volvió de nuevo hacia Akane, con la expresión seria y sin rastro de diversión.
—Presidenta... eso no es lo peor.
—¿Qué cosa puede ser peor que esto, Lin? —preguntó Akane con cansancio.
—Que no podemos detener el tren —dijo ella despacio, dejando que las palabras calaran en el aire.
La sonrisa que había empezado a formarse en los labios de Akane desapareció al instante.
—¿Qué?
—Ya hemos cruzado la frontera mágica y entramos en el corredor principal de seguridad —explicó Lin—. Una vez dentro, el sistema de navegación y protección toma el control absoluto. No hay forma de frenar, desviar o abrir las puertas hasta llegar al final.
—Entonces... —empezó a decir Anastasia, comprendiendo el alcance de la situación.
—La siguiente y única parada que vamos a hacer —concluyó Lin con voz grave—, es la Academia Saint Aurora.
Akane cerró los ojos con fuerza. Por supuesto. Lo sabía. El Expreso Saint Aurora no hacía paradas intermedias, ni mucho menos permitía bajadas improvisadas una vez iniciaba la etapa final del viaje. Estaban a menos de una hora de llegar, y llevaban consigo algo que no debería existir dentro de sus muros.
—Entonces no podemos dejarlo bajar aquí —murmuró Akane.
—No.
—Ni devolverlo a Chile.
—Imposible.
—Ni transferirlo a otro tren, ni enviarlo de alguna forma...
—Ninguna opción válida —confirmó Lin—. Viene con nosotras hasta la puerta de la Academia.
Akane suspiró profundamente, sintiendo el peso de la responsabilidad caerle encima con el doble de fuerza. Abrió los ojos y volvió a mirar al chico, que seguía sentado allí, atado, confundido y todavía con una sonrisa amable en la cara, sin entender por qué todo el mundo parecía al borde del colapso.
—Bien —dijo ella, decidiendo asumir el control de la situación como debía.
El chico sonrió más ampliamente al escucharla.
—¿Bien? ¿Significa que no estoy en problemas?
—Por ahora —aclaró ella—, permanecerás aquí, en el último vagón. Estarás vigilado en todo momento.
—¿Estoy arrestado? —preguntó él, con una pequeña sombra de preocupación.
—No. No eres un prisionero —respondió Akane, aunque no estaba muy segura de si eso era del todo cierto—. Pero estarás bajo supervisión constante. Yo misma me encargaré de ello. Y Anastasia estará aquí conmigo. No te moverás ni un paso sin que lo sepamos.
—Ah... bueno. Si es norma de la casa, está bien —aceptó él tranquilo—. ¿Y por qué tanta vigilancia? ¿Por qué me tratan como si fuera algo raro?
Akane lo miró fijamente, a los ojos, y le dijo con total claridad:
—Porque eres el primer hombre en quinientos años que ha conseguido entrar en este tren, cruzar las barreras y llegar hasta aquí sin convertirse en cenizas o ser expulsado al instante. Eres un suceso histórico, muchacho.
El chico se quedó en silencio unos segundos. Parpadeó un par de veces, procesando la información a su propio ritmo.
Y finalmente, con esa inocencia que empezaba a resultar aterradora, preguntó:
—¿Eso es algo bueno... o algo malo?
El vagón entero quedó en un silencio absoluto, tan pesado que se podía tocar.
Akane Saionji, presidenta del Consejo Estudiantil, heredera de una de las familias más poderosas y guardiana de secretos antiguos, empezó a comprender que aquel día, y probablemente todo lo que venía después, iba a ser mucho, pero mucho más largo y complicado de lo que jamás había imaginado.
El viaje continuaba, y el tiempo parecía haberse estirado hasta volverse casi interminable. El Expreso Saint Aurora deslizaba suavemente por las vías mágicas, atravesando paisajes que pasaban borrosos tras las ventanas, pero dentro del vagón el ambiente estaba cargado de una tensión extraña, mezcla de curiosidad, asombro y una dosis muy alta de confusión.
Allá al fondo, en el asiento más alejado, casi pegado a la pared trasera del vagón, estaba él, sentado con la espalda recostada cómodamente, las manos atadas a la espalda —algo que no parecía molestarle en absoluto, pues ni siquiera había mencionado el tema ni pedido que lo soltaran—, con esa expresión tranquila y despreocupada que parecía ser su sello personal.
Más adelante, ocupando los asientos intermedios, las alumnas de primer año no dejaban de mirarlo. Lo observaban de reojo, luego abrían mucho los ojos, susurraban cosas entre ellas tapándose la boca con la mano y volvían a mirarlo de nuevo, como si tuvieran enfrente a alguna criatura mágica rara o una especie de fenómeno histórico viviente. Y no solo ellas: en la puerta que daba paso al resto de los vagones, se agrupaban chicas de todos los cursos, asomando la cabeza, señalando en silencio y comentando lo que para todas era el suceso más increíble en siglos de historia de la academia.
Frente al chico, sentadas rectas y serias en unos asientos colocados expresamente para la ocasión, estaban Akane y Anastasia. Ambas no le quitaban ojo de encima; lo estudiaban, lo analizaban, intentaban descifrar qué había de especial en él, qué era lo que rompía todas las reglas conocidas. Y a un lado, de pie, inmóvil y con la elegancia impecable de siempre, estaba Lin Xuelian. Mantenía su postura perfecta de doncella: espalda recta, manos juntas delante del cuerpo, cabeza ligeramente inclinada, con esa apariencia suave y servicial que usaba habitualmente… pero sus ojos carmesí no se movían ni un milímetro del chico, y había algo en su silencio, en la forma en que estaba siempre alerta, que resultaba innegablemente intimidante.
Fue el quien rompió el silencio, hablando con total naturalidad, como si estuviera comentando el clima:
—La verdad… tengo una sensación muy clara —dijo, ladeando un poco la cabeza hacia donde estaba Lin, sin dejar de sonreír con esa calma suya—. Siento que, si hago un movimiento estúpido, o si intento algo raro… ella me corta la garganta antes de que pueda parpadear.
Akane abrió los ojos sorprendida y contuvo una risa, mirando de reojo a su sirvienta. Anastasia también esbozó una pequeña media sonrisa, esperando la respuesta.
Lin simplemente se quedó igual, sin cambiar ni un ápice de su expresión amable y serena, y no lo negó en absoluto. Se limitó a mantener la mirada fija en él, y por un segundo, sus labios se curvaron apenas, en una sonrisita pequeña y peligrosa que pareció confirmar exactamente lo que él había dicho.
—Bueno, al menos eres observador —comentó Anastasia con tranquilidad—. Esa es una cualidad útil.
Akane se acomodó mejor en su asiento, cruzó las piernas y lo miró directamente a los ojos.
—Ya que estamos aclarando cosas… hasta ahora solo sabemos que eres de Chile y que ibas tarde a la escuela —empezó ella con voz firme—. Pero necesitamos saber cómo te llamas realmente. ¿Cuál es tu nombre completo?
—Ah, claro, perdón —respondió él, como si se le hubiera olvidado lo más básico por lo extraña que era la situación—. Soy Gael Valdez. Mucho gusto, supongo.
—Gael Valdez… —repitió Anastasia en voz baja, grabando el nombre en su memoria, mientras Akane asentía.
—Bien, Gael —siguió la presidenta—. Ahora vamos a lo que es realmente importante. Lo que nos tiene a todas con la cabeza llena de preguntas. —Se inclinó un poco hacia adelante, con los ojos brillando de curiosidad e intensidad—. ¿Qué tipo de magia posees? ¿Cuál es tu especialidad? ¿Qué poder usaste para cruzar las barreras, las runas de exclusión y todos los hechizos de protección que deberían haberte expulsado o detenido en cuanto te acercaste? No es posible entrar aquí sin tener algo extraordinario, algo que anule o supere nuestra magia.
Gael parpadeó varias veces, mirándola con una expresión de total confusión, como si le estuvieran hablando en otro idioma. Se encogió de hombros, con las manos todavía atadas a la espalda, y respondió con la mayor sinceridad del mundo:
—¿Magia? —repitió— Señorita… yo no tengo nada de eso. De verdad.
Akane frunció el ceño, impaciente.
—Todos tenemos magia en mayor o menor medida, Gael. Es parte de la naturaleza de este mundo. Y para burlar una barrera antigua como la de este tren… debes tener una fuerza inmensa, o algún tipo de magia única y muy poderosa. No intentes ocultarlo, es inútil.
—Pero le digo que no —insistió él, muy tranquilo—. Si pudieran revisarme, analizarme o hacerme cualquier prueba ahora mismo… verían que no hay absolutamente nada en mí. Soy una persona completamente normal. Ni un rastro de magia, ni de energía especial, ni de nada raro. Soy solo… yo.
Anastasia, que hasta ese momento había estado escuchando en silencio con esa lógica fría que la caracterizaba, reaccionó de inmediato. Sacó de su bolso su tableta mágica, esa pantalla brillante llena de datos y gráficos que siempre llevaba consigo, y con movimientos rápidos y precisos activó el escáner de análisis de energía, uno de los aparatos más avanzados que existían, capaz de detectar la más mínima chispa de poder a kilómetros de distancia.
—Si dices la verdad, esto lo confirmará —dijo ella con seriedad, levantó el aparato y apuntó directamente hacia él.
La pantalla brilló con luz azulada, un haz fino de luz salió del dispositivo y recorrió todo el cuerpo de Gael de arriba abajo, pasando por su ropa, sus manos atadas, su rostro. Mientras el escáner trabajaba, Anastasia miraba atentamente los datos que aparecían, esperando ver picos altos, energías extrañas, o cualquier tipo de lectura que explicara lo inexplicable.
Pero a medida que pasaban los segundos, su expresión segura se fue transformando en una de absoluta perplejidad.
Akane, que estaba sentada a su lado, se acercó para ver también.
—¿Qué pasa? —preguntó, notando el cambio en su amiga.
Anastasia no respondió al principio. Siguió mirando la pantalla, leyendo y releyendo los resultados, moviendo la imagen, buscando cualquier error o fallo en el sistema. Finalmente, levantó la vista hacia Gael, y luego miró a Akane con los ojos muy abiertos, casi incrédula.
—Tiene razón —dijo ella con voz baja, casi un susurro.
—¿Qué? —Akane casi se cayó del asiento del asombro— ¿Cómo que tiene razón?
—El análisis es claro —explicó Anastasia, mostrándole la pantalla—. Según estos datos… Gael Valdez… no tiene absolutamente ningún rastro de energía mágica. Ninguno. Es como si fuera un cuerpo inerte, una roca, una planta… o simplemente un ser humano que no tiene conexión alguna con la red de energía que une todo nuestro mundo. El escáner marca cero. Vacío total.
Akane se quedó muda, mirando primero la pantalla y luego a Gael, que seguía allí sentado, sonriendo con tranquilidad, como si ya se lo esperara.
—Es imposible… murmuró la presidenta—. Si no tiene magia, si no tiene protección, si no tiene poder… ¿cómo es que la barrera no lo rechazó? ¿Cómo es que no explotó, o salió despedido, o se dio cuenta siquiera de que estaba protegido?
Gael volvió a encogerse de hombros.
—Le dije… solo corría porque llegaba tarde. Y me subí al primer tren grande que vi.
Lin, que seguía de pie en silencio, intervino por primera vez, con esa voz suave pero cargada de significado:
—Parece… —dijo ella, mirando al chico con una mezcla de curiosidad y algo que parecía respeto— que las reglas que rigen nuestro mundo… simplemente no lo aplican a él.
Y en ese silencio largo y pesado que siguió, Akane y Anastasia entendieron algo aterrador: no solo habían dejado entrar a un hombre en el lugar más prohibido del mundo… habían traído con ellos a un misterio que quizás ni ellas, ni sus familias, ni toda la magia antigua que conocían, podrían llegar a comprender jamás.
El viaje seguía su curso, pero la tensión en el aire seguía siendo densa, casi tangible. Gael seguía sentado en su rincón, con las manos atadas a la espalda, cuando de repente un sonido profundo y muy audible rompió el silencio: un rugido de su estómago que hizo que varias chicas de primer año se taparan la boca para no reírse.
Él se sonrojó un poco, rascó su mejilla con incomodidad y comentó con su tono de siempre, como si fuera lo más normal del mundo:
—Bueno… creo que ese pedacito de pan de antes no me llenó nada que digamos. La verdad es que me dio más hambre que otra cosa.
Akane abrió la boca dispuesta a regañarlo, lista para decirle que estaba en una situación seria, que era un invitado no deseado y que tenía que saber comportarse, pero no llegó a pronunciar ni una sola palabra. Una voz dulce, suave y tranquila se escuchó desde un lado, interrumpiéndola.
—Si es el hambre lo que te preocupa… tengo unos pastelillos aquí. No son gran cosa, solo unos cuantos que guardé para el camino, pero te ayudarán a calmarlo un rato —dijo Elara, una de las alumnas, que se acercaba despacio con una pequeña caja en las manos.
Gael la miró primero, y en sus ojos se reflejó una gratitud inmensa, brillante y sincera. Pero enseguida desvió la mirada hacia Akane, esperando, inmóvil, como un niño que pide permiso a sus mayores antes de hacer algo. Quería comer, sí, pero dejaba claro que solo lo haría si ella se lo autorizaba.
Akane soltó un suspiro largo, de esos que salen cuando ya se ha resignado a que nada de ese día va a salir como lo planeó. Negó con la cabeza y finalmente hizo un gesto breve con la mano.
—Está bien. Por esta vez puedes comer. Pero compórtate.
—¡Gracias, muchas gracias! —respondió él, muy contento.
Elara se acercó con cuidado, se puso frente a él y empezó a darle los pastelillos uno por uno, ya que con las manos atadas a la espalda él no podía hacer nada por sí mismo. Él los iba comiendo con gusto, sin quejarse de nada, mientras ella se los ofrecía con amabilidad.
En cuanto terminó el último bocado, Gael miró a la chica con seriedad y mucho agradecimiento.
—Gracias de verdad, Elara. No olvidaré que fuiste amable conmigo cuando nadie más lo era.
No habían pasado ni dos segundos desde que dijo esas palabras cuando un sonido metálico y fuerte retumbó en todo el vagón: las puertas traseras se abrieron de golpe.
Todas las presentes giraron la cabeza al mismo tiempo. Y al ver lo que había allí, la sangre se les heló en las venas. Se quedaron pálidas, inmóviles, sin poder creer lo que veían.
En la entrada del último vagón, recortados contra la luz del pasillo, había tres figuras encapuchadas, totalmente cubiertas y de pie con una postura que dejaba claro que no venían con buenas intenciones. Eran hostiles, peligrosos y tenían una presencia que helaba la sangre.
Akane, Anastasia y Lin reaccionaron al instante: se pusieron de pie, se colocaron delante de las demás y llevaron las manos a donde llevaban sus varitas o sus armas, listas para atacar o defenderse. Pero pasó algo aterrador: sus poderes no respondieron.
Akane intentó invocar su energía… y no pasó nada. Anastasia trató de activar un escudo mágico… y su varita se quedó muerta, fría, inútil. Lin, que siempre tenía reservas de energía propia, sintió cómo se le escapaba entre los dedos como agua. Ninguna de las tres tenía magia. Nada funcionaba.
Fue Anastasia la que comprendió primero lo que estaba pasando. Sus ojos se fijaron en la mano del encapuchado que iba en el centro, donde brillaba un objeto oscuro, retorcido, de una forma antinatural y repugnante.
—¡Es un anulador de magia! —gritó ella con voz rota por el pánico— ¡Está hecho con un fragmento de una de las Calamidades Antiguas! ¡Ha borrado todo rastro de magia en kilómetros a la redonda! ¡Incluso aquí, dentro del tren, no tenemos ningún poder!
Y lo peor de todo vino después.
Los tres encapuchados sacaron lo que llevaban oculto: armas de fuego antiguas, pesadas, de esas que se usaban hace siglos, antes de que la magia dominara todo, armas que no necesitaban ningún tipo de energía ni hechizo para funcionar. Y en ese mismo instante, las tres armas apuntaron directamente hacia ellas.
Akane y Anastasia entendieron de inmediato que aquello era inevitable. Sin magia, sin defensas, sin forma de escapar… iban a atacar. Sin dudar ni un segundo, ambas se giraron y se lanzaron sobre las alumnas de primer año, cubriéndolas con sus propios cuerpos para protegerlas, dispuestas a recibir el impacto antes de dejar que les hicieran daño a las más jóvenes.
—¡Agáchense! —gritó Akane mientras las cubría.
—No dejaré que les toquen ni un pelo —añadió Anastasia con voz firme, colocándose delante de dos alumnas que estaban tan asustadas que apenas podían moverse.
Al verlas así, dispuestas a recibir el impacto, a herirse o incluso a morir antes que permitir que les hicieran daño, las reacciones de las chicas cambiaron. El miedo puro se mezcló con una emoción inmensa, profunda y conmovedora.
«La presidenta… la vicepresidenta… van a protegernos, aunque no tengan magia…», pensó una de ellas con los ojos llenos de lágrimas, sintiendo una mezcla de gratitud y angustia al verlas allí, expuestas por ellas
.—¡Presidenta! ¡No, por favor! —gritó otra, intentando agarrarla sin saber cómo, sin querer que se pusiera en peligro por ellas— ¡Que no les disparen a ustedes!
—¡Son nuestras líderes… van a salvarnos, aunque sea con su propia vida! —susurró una tercera, con la voz quebrada, sintiendo en el pecho una lección de valentía y lealtad que jamás olvidaría.
Todas comprendieron en ese instante: no importaba si tenían poderes o no, para ellas, Akane y Anastasia eran las más fuertes del mundo, porque estaban dispuestas a darlo todo por su gente.
Y entonces dispararon.
El estruendo fue ensordecedor, seco y fuerte. Todas cerraron los ojos con fuerza, esperando el dolor, el impacto, el calor de las heridas… esperaban lo peor. Pero el dolor nunca llegó. No hubo gritos, ni sangre, ni golpe alguno.
Pasaron unos segundos eternos, y Akane, confundida y sin entender nada, abrió los ojos y levantó la cabeza.
Y entonces lo vio.
Delante de todas ellas, separándolas de los asaltantes, se había formado un muro transparente, brillante, hecho como de cristal pero que se movía y ondulaba como si fuera agua viva. Las balas disparadas rebotaban contra él, giraban y caían al suelo inofensivas, incapaces de atravesar aquella barrera que no tenía ni rastro de magia conocida.
Y justo al frente, de pie, firme y serio, plantado justo delante de aquel escudo que él mismo había creado, estaba Gael Valdez.
Se había puesto entre ellas y el peligro con calma absoluta, las manos todavía atadas a la espalda, mirando a los encapuchados con una seriedad que nadie le había visto hasta ahora. Su voz sonó fuerte, clara y llena de una determinación absoluta, que retumbó en todo el vagón:
—No voy a dejar que les hagan daño —dijo, y su mirada se fijó en Elara primero, y luego en todas las demás—. No voy a permitir que lastimen a quienes fueron buenas conmigo. A quienes me dieron de comer cuando tenía hambre. A quienes me trataron como persona aunque no entendieran quién soy.
Dio un paso al frente, desafiante, frente a aquellas armas que seguían apuntándole.
—Dicen que no tengo magia… y es verdad. Pero aunque sea solo un chico común y corriente de Chile, sin poderes ni nada especial… mientras yo esté aquí, yo las defenderé.