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Capítulo 4: Saint Aurora

DNavarrete
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El tren comenzó a disminuir su marcha, y el ritmo constante y metálico de los rieles, que durante horas había marcado el viaje, se desvaneció poco a poco. En su lugar, surgió un sonido completamente…

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El tren comenzó a disminuir su marcha, y el ritmo constante y metálico de los rieles, que durante horas había marcado el viaje, se desvaneció poco a poco. En su lugar, surgió un sonido completamente distinto: un zumbido grave y suave, casi musical, que recorría las paredes del vagón como si la propia energía mágica del entorno estuviera saludándolos. La vibración cambió, se volvió más fluida, más ligera, y el aire dentro del tren se llenó de una brisa fresca, cargada de humedad y de un aroma dulce y salvaje, como a flores y agua pura.

 

Varias alumnas se levantaron de sus asientos, empujadas por la curiosidad. Incluso las de primer año, que apenas unos minutos antes habían estado pálidas por el miedo tras el ataque, olvidaron por completo el peligro vivido. Porque lo que tenían ante sus ojos era algo que, por más veces que se viera, nunca dejaba de quitar el aliento.

 

—Ya llegamos... —murmuró una estudiante de cabello corto, pegando la frente al cristal con los ojos muy abiertos—. Por fin...

 

—Miren afuera —dijo otra, señalando con la mano temblando levemente, aunque esta vez no era de miedo, sino de emoción.

 

Todas dirigieron la vista hacia las ventanas, y ante ellas se desplegó la inmensidad.

 

Un lago. Pero no era un lago cualquiera. Era tan vasto que sus orillas se perdían en la bruma del horizonte, pareciendo más un mar interior en calma. Sus aguas eran de un azul cristalino, tan transparentes que se podían ver reflejar las nubes y el cielo como si fuera un gigantesco espejo colocado sobre la tierra. Y justo en el centro de aquella inmensidad azul, desafiando toda lógica y gravedad, se alzaba Saint Aurora.

 

La academia mágica más prestigiosa del planeta.

 

No parecía una escuela. Ni siquiera parecía un simple edificio. Era una ciudad entera, flotando majestuosamente sobre las aguas, construida sobre plataformas de piedra blanca y cristal que se entrelazaban entre sí. Torres altísimas de mármol pulido que brillaban bajo el sol, puentes suspendidos que conectaban las distintas zonas como cintas de seda, jardines elevados donde florecían especies que no existían en ningún otro lugar del mundo, y cúpulas de cristal coloreado que captaban la luz para esparcirla por todo el complejo. Era una estructura inmensa, que ocupaba kilómetros enteros de superficie, y se extendía hacia arriba y hacia los lados, un milagro de la arquitectura mágica que combinaba belleza, poder y misterio.

 

—Nunca me acostumbro a verla... —susurró una alumna de tercer año, con una sonrisa soñadora—. Cada vez que regreso, siento que es la primera vez.

 

—Es hermosa... —admitió otra, con la voz llena de admiración—. Dicen que fue construida hace siglos, justo después de que se instaurara la magia en el mundo, para proteger todo el conocimiento.

 

—Lo es —admitió Anastasia, apoyada en el marco de la ventana, con una expresión más relajada de lo que había estado en todo el día—. Y dicen que es inexpugnable. Nadie que no sea invitado o alumno ha logrado poner un pie aquí en quinientos años.

 

Mientras tanto, en la ventana del lado opuesto...

 

Gael ya estaba pegado al cristal. Bueno, no solo pegado. Literalmente tenía medio cuerpo afuera, el viento agitando su cabello oscuro, los ojos brillando con una intensidad que parecía que se le iban a salir de las órbitas.

 

—¡Woaaaah! —exclamó, con la voz cargada de asombro, resonando en todo el vagón—. ¡Es enorme! ¡Es gigante! ¡Parece que alguien hubiera puesto una montaña de casas en medio del agua!

 

—¡Miren eso de allá! —señaló con el dedo, casi perdiendo el equilibrio—. ¡Y aquello! ¡¿Son torres? ¡¿Y qué son esas luces que giran?!

 

Las estudiantes comenzaron a taparse la boca con las manos. Varias empezaron a temblar, pero no de miedo. De risa contenida.

 

Porque justo en ese momento, el tren abandonó los rieles flotantes que lo habían guiado hasta allí y comenzó a deslizarse directamente sobre la superficie del lago, impulsado ahora únicamente por la magia. Y en el instante exacto en que la base de la locomotora tocó el agua...

 

¡SPLASH!

 

Una ola de agua clara y fresca se levantó por el costado y golpeó directamente la cara de Gael, que seguía asomado sin precaución alguna.

 

El resultado fue glorioso.

 

El muchacho terminó completamente empapado. El cabello pegado a la frente y a las mejillas, agua escurriendo por su barbilla y por su cuello, empapando su ropa, y aun así, no retrocedió ni un centímetro. Siguió ahí, con la boca abierta, mirando todo con la misma fascinación de antes.

 

—¡Está fría! —anunció alegremente, como si acabara de hacer el descubrimiento más importante del mundo—. ¡Pero muy bonita! ¡Brilla mucho!

 

Aquello fue demasiado. Varias alumnas tuvieron que darse vuelta para ocultar las carcajadas, otras se cubrieron la cara con los libros y hasta Anastasia desvió la mirada, aunque sus hombros temblaban de una manera muy sospechosa.

 

Akane, que había estado observando todo con una mezcla de cansancio y ternura, intentó mantener la compostura presidencial. Lo intentó de verdad. Respiró hondo, se acercó y habló con voz firme, aunque tranquila.

 

—Gael.

 

—¿Sí? —respondió él sin dejar de mirar hacia afuera, las gotas de agua cayendo de su nariz.

 

—Métete al tren.

 

—¿Por qué? —preguntó él, muy sorprendido, girando solo la cabeza para mirarla—. ¡Me estoy perdiendo lo mejor!

 

—Porque tienes medio cuerpo afuera y te vas a caer si te descuidas —explicó ella con paciencia—. Y además estás empapando todo el asiento.

 

—Pero la vista es increíble —insistió él, volviendo a mirar hacia la academia—. ¡Miren esas torres! ¡Parecen tocar las nubes!

 

—Ya veo que estás mirando —dijo Akane, acercándose un poco más—. Pero métete, por favor, Gael... —repitió ella con ese tono que usaba cuando ya no había discusión posible.

 

El chico suspiró. Fue un suspiro largo, profundo, cargado de la tristeza de un cachorro al que acaban de prohibir seguir jugando en el parque.

 

—Está bien... —murmuró, arrastrando las palabras mientras se metía al interior del vagón, goteando por todos lados.

 

Pero apenas pasaron dos segundos, ya estaba otra vez pegado al cristal. Esta vez de pie, con la nariz prácticamente aplastada contra el vidrio, los ojos recorriendo cada rincón de la academia flotante.

 

—¡Miren eso! —gritó señalando hacia la derecha—. ¡Esa parte parece una isla, pero está dentro de la isla grande! ¡Y hay árboles muy altos!

 

Una chica se acercó entonces, abriéndose paso entre las demás alumnas. Tenía el cabello negro muy liso y brillante, recogido en dos trenzas largas que le caían sobre el pecho, rasgos suaves y mirada tranquila. Su uniforme tenía pequeños bordados dorados en las mangas, detalles que venían de su tierra natal: Mei Ling, alumna de segundo año, originaria de las mismas tierras antiguas de dónde venía Lin. De hecho, todos decían que tenían cierta semejanza en la forma de ser, serias, observadoras y muy sabias para su edad.

 

Mei Ling sonrió con dulzura, divertida por la reacción de Gael, y se puso a su lado para señalarle la estructura con delicadeza.

 

—Esa es la zona central, nuevo —le explicó con voz suave, pausada y clara, como si estuviera contando una historia antigua—. Saint Aurora no es una sola isla de tierra, ¿sabes? Es una ciudad flotante construida uniendo muchas plataformas e islas más pequeñas. Todo esto se sostiene gracias a antiguos conjuros de levitación que se han mantenido activos durante siglos. Dicen que los cimientos que hay debajo son tan grandes que nadie ha logrado medirlos por completo, y que en ellos se guardan secretos que vienen de la época de los primeros magos.

 

Gael parpadeó, fascinado con cada palabra. Se giró un poco hacia ella, con los ojos muy abiertos, empapado y todo.

 

—¿Y cómo no se cae nada? —preguntó a toda velocidad—. ¿Y qué es eso que se mueve ahí abajo, entre las sombras del agua? ¡Se ve muy grande!

 

Mei Ling bajó un poco la voz, poniéndose un poco más seria, pero sin dejar de sonreír. Señaló la superficie cristalina donde se podían ver sombras alargadas deslizarse con elegancia y fuerza.

 

—Lo que ves moverse bajo el agua son las criaturas del lago —dijo ella, mirándolo fijamente para que entendiera la importancia de sus palabras—. Y créeme, Gael, es mejor que solo las veas desde aquí. Nadie, absolutamente nadie, se mete en estas aguas si no quiere desaparecer para siempre. Ni siquiera los maestros lo hacen sin una protección mágica muy especial.

 

—¿Criaturas? —repitió Gael, inclinándose más hacia el cristal, tratando de ver mejor—. ¿Son peces grandes? ¿O monstruos?

 

—Son guardianes —respondió Mei Ling con orgullo, enderezando la espalda, como si hablara de algo sagrado—. Fueron convocados y creados hace siglos, justo cuando se fundó este lugar. Criados desde que eran muy pequeños, alimentados con magia pura y con la energía propia de este lago, para que fueran la primera línea de defensa. Hay de todo tipo: grandes serpientes de agua con escamas tan duras como el acero, manadas de lobos marinos que pueden oler a un intruso a kilómetros de distancia... y cosas mucho más grandes, que ni siquiera tenemos permiso de nombrar.

 

Hizo una pausa y señaló hacia la inmensidad del agua que rodeaba todo.

 

—Viven aquí desde siempre. Conocen cada corriente, cada roca, cada movimiento. Para ellos, la academia es su nido, y nosotras... somos lo que deben proteger. Cualquier cosa que no sea de aquí, cualquier nave o persona que intente cruzar sin permiso, será atacada antes de que se acerque a cien metros. Por eso dicen que Saint Aurora no necesita muros: el lago y sus hijos son la muralla más fuerte que existe en todo el mundo.

 

—¡Guau! —exclamó Gael, con una mezcla de asombro y emoción que le brillaba en los ojos—. ¡Son guardianes! ¡Como perros enormes, pero de agua y muy fuertes y mágicos! ¡Quisiera verlos de cerca!

 

—¡Ni se te ocurra! —le advirtió Mei Ling, poniéndole una mano suave pero firme en el hombro para que no se asomara más—. Te querrían mucho... como su comida. Son salvajes, obedecen solo a la voluntad del lugar, y son letales. Están aquí por nosotras, sí, pero no son mascotas.

 

—¡Y miren allá! —volvió a señalar Gael, ignorando el aviso, pero escuchando todo con mucha atención, señalando una zona llena de puentes y canales—. ¡¿Hay barcos dentro de la escuela?! ¡¿Para qué los usan si no pueden salir al lago grande?!

 

—Esos son para navegar entre las islas y plataformas —le explicó otra alumna que se había unido al grupo, riéndose—. La academia es tan grande que caminar de un lado a otro puede tardar horas enteras. Esos barcos viajan por canales internos, zonas protegidas donde las criaturas no entran.

 

Las risas comenzaron a escucharse por todo el vagón, más relajadas y alegres que antes. La tensión del ataque se había desvanecido por completo, reemplazada por la curiosidad y el buen humor que Gael, sin querer, había traído consigo.

 

Incluso Lin, que había permanecido en silencio y atenta a todo, observando con una pequeña sonrisa a su compatriota Mei Ling explicar todo con tanta sabiduría, terminó cubriéndose la boca con la mano para ocultar una risa suave. Se acercó a Akane, que miraba la escena con una mezcla de resignación y afecto.

 

—Señorita Akane... —murmuró Lin con voz suave.

 

—¿Sí? —respondió ella sin apartar la vista del chico empapado que seguía señalando todo lo que veía.

 

—Con todo respeto... —dijo la asistente, conteniendo la risa—. Parece un cachorro sacando la cabeza por la ventanilla de un carruaje. O un ave que acaba de descubrir que existe el mundo.

 

Akane giró lentamente la cabeza. Observó a Gael: el cabello mojado, los ojos brillantes, la emoción en cada gesto, preguntando por todo sin parar, fascinado hasta por la forma en que el sol se reflejaba en las cúpulas.

 

—¡Miren! ¡Hay una isla dentro de la isla que está dentro de la isla grande! —gritaba él ahora, totalmente maravillado—. ¡¿Cómo funciona eso?! ¡¿Es magia?! ¡Mei Ling, tú sabes de estas cosas! ¡Dime!

 

Akane cerró los ojos un instante, soltó un suspiro que sonaba mucho a risa contenida, y negó con la cabeza.

 

Anastasia, que estaba al lado, finalmente soltó una carcajada sonora y clara, rompiendo el último resto de tensión que quedaba en el aire.

 

Y por primera vez desde el ataque, desde el miedo, desde la incertidumbre, el ambiente dentro del tren se sintió totalmente normal otra vez.

 

Todo gracias a un chico empapado, y a una chica de trenzas negras que le explicaba el mundo con la paciencia de una hermana mayor.

 

El tren finalmente llegó a su destino.

 

Deslizándose suavemente sobre las aguas cristalinas del inmenso lago, avanzó hasta una gigantesca plataforma de piedra blanca y mármol pulido que surgía de la superficie como si hubiera sido tallada por la propia naturaleza, conectada directamente con el corazón de la academia. A medida que la locomotora disminuía su marcha, el zumbido mágico que la impulsaba se fue apagando poco a poco, dejando solo el sonido suave del agua chocando contra los pilares y el viento que soplaba entre las estructuras.

 

Las enormes torres de Saint Aurora se alzaban ahora ante ellas, cada vez más altas, más imponentes, rozando las nubes con sus cúpulas de cristal y sus agujas doradas. La luz del sol de la tarde se reflejaba en las fachadas blancas, creando destellos que parecían estrellas caídas sobre la tierra. Incluso las alumnas veteranas, aquellas que habían pasado años estudiando aquí, guardaron silencio. La academia siempre lograba provocar esa sensación: una mezcla de admiración, respeto y pequeñez. Era imposible acostumbrarse por completo a verla, a su grandeza, a la perfección de su arquitectura mágica.

 

Y ese día, bajo el cielo despejado y con el aire cargado de energía, parecía aún más impresionante.

 

Pero la imponencia del lugar no era lo único que llamaba la atención. Porque en los andenes, formando una fila ordenada y solemne, todo el personal importante ya estaba esperando. La noticia del ataque en las vías había viajado más rápido que el propio tren, llevada por mensajeros mágicos, y la academia había movilizado a su gente antes incluso de que ellas hubieran llegado.

 

En cuanto el tren se detuvo por completo y las puertas se abrieron con un suave sonido mecánico, varias profesoras subieron inmediatamente a los vagones. Sanadoras con túnicas de color verde esmeralda, instructoras con uniformes azules portando bastones de mando, y miembros de seguridad con armaduras ligeras y amuletos protectores brillando en sus pechos. Todas se movían con rapidez y precisión, revisando a cada alumna, una por una.

 

—¿Hay heridas visibles? —preguntaba una sanadora con voz suave pero firme, pasando las manos sobre el cuerpo de una estudiante de primer año para detectar cualquier rastro de magia oscura.

 

—¿Alguna presenta mareos, náuseas o síntomas de agotamiento mágico? —consultaba otra, tomando el pulso a las jóvenes con destreza.

 

—Por aquí, por favor. Manténganse en fila.

 

—No se separen de sus compañeras, permanezcan juntas hasta nueva orden.

 

Las jóvenes comenzaron a descender ordenadamente, aún con los rostros pálidos por lo vivido, pero tranquilizadas al ver la seguridad que irradiaba todo aquel personal. Sin embargo, la atención de muchas se desvió rápidamente hacia una figura que avanzaba entre el grupo de profesoras, caminando con paso lento y elegante, como si el tiempo mismo se ajustara a su ritmo.

 

Era ella.

 

Evelyn Noctis.

 

La Gran Directora de la Academia Internacional de Magia Saint Aurora.

 

A primera vista, parecía demasiado joven para ocupar un cargo de tal magnitud. Aparentaba unos veintinueve años, con una belleza serena y enigmática que atraía todas las miradas sin esfuerzo. Tenía el cabello negro como la noche, liso y brillante, que caía con perfección sobre sus hombros y espalda, enmarcando un rostro de rasgos finos y pálidos, donde destacaban unos ojos de color violeta profundo, serenos y penetrantes, capaces de analizarlo todo en un instante.

 

Vestía un traje impecable de color negro, de corte elegante y sobrio, adornado con bordados y detalles dorados que recorrían las solapas del abrigo largo, los puños y los bolsillos. Llevaba una blusa blanca inmaculada debajo, guantes negros ajustados que llegaban hasta sus muñecas y zapatos de tacón alto del mismo tono, siempre elegantes. Bajo la ropa, apenas visible, se adivinaba el contorno de un antiguo medallón que nunca se quitaba, una pieza antigua que nadie había logrado identificar jamás.

 

Su presencia era tranquila, silenciosa, casi etérea. Y sin embargo, de alguna forma, todo el andén parecía girar alrededor de ella. Las profesoras le abrían paso sin necesidad de palabras, las alumnas bajaban la voz al pasar cerca, y el aire mismo parecía volverse más denso, más solemne. Era imposible ignorarla. Se decía que nunca envejecía, que llevaba siglos en ese puesto y que nadie sabía realmente de dónde venía ni cuándo había nacido; su pasado era un misterio, al igual que la verdadera extensión de su poder. Se sabía que era la mejor especialista en magia defensiva y de barreras del mundo, capaz de crear sellos que ningún otro mago podía replicar, y que podía percibir anomalías mágicas a distancias imposibles.

 

Al verlas llegar, Akane y Anastasia se separaron del grupo principal y se acercaron inmediatamente, seguidas de cerca por Lin, que mantenía su postura recta y vigilante.

 

—Directora Noctis —saludó Akane con una reverencia respetuosa, Anastasia hizo lo mismo un paso después.

 

Evelyn sonrió suavemente, una sonrisa amable y educada, que llegaba a sus ojos violetas y que suavizaba la seriedad de su rostro. Con los estudiantes siempre era comprensiva y paciente, aunque todos sabían que frente a sus profesores se volvía exigente, calculadora y observadora, y que cuando daba una orden, nadie se atrevía a cuestionarla.

 

—Me alegra verlas sanas y a salvo —dijo ella, con una voz cálida pero firme, que resonaba clara incluso con el ruido de fondo.

 

Pero la sonrisa desapareció apenas un instante después, reemplazada por una expresión seria, fría y analítica, esa que solo aparecía cuando se enfrentaba a una amenaza o a un error grave.

 

—El informe preliminar que nos llegó hablaba de un incidente grave dentro del recorrido. Un ataque —dijo, sin preguntar, como si ya supiera gran parte de la verdad, pero necesitara escucharla de sus voces.

 

Akane asintió con la cabeza, manteniendo la compostura a pesar del cansancio acumulado.

 

—Sí, Directora. Fue una emboscada preparada con mucho cuidado.

 

—Utilizaron fragmentos de una Calamidad —añadió Anastasia, y al decir esas palabras, varias profesoras que estaban lo suficientemente cerca escucharon y palidecieron al instante, intercambiando miradas de horror y sorpresa. Era un nombre que nadie quería escuchar en un contexto de amenaza.

 

—Además, lograron desplegar un campo de anulación mágica —continuó Anastasia, sin detenerse—. Durante varios minutos, la magia no funcionó en gran parte de los vagones. Hubo daños estructurales importantes, el tren sufrió daños en su propulsión y defensa... pero logramos evitar víctimas fatales o heridas graves.

 

Evelyn permaneció en silencio mientras hablaban. Escuchó cada detalle, cada palabra, sin interrumpir, sin mostrar sorpresa, sin dejar traslucir lo que pensaba. Tenía esa capacidad, adquirida tras siglos de liderazgo, de recibir noticias que para otros serían catastróficas y mantener la calma absoluta.

 

—Entiendo —dijo finalmente, tras unos segundos de silencio que parecieron eternos—. Fue una situación crítica, y hicieron lo correcto protegiendo a las alumnas. Más tarde necesitaremos un informe completo, detallado paso a paso, con todo lo que vieron y todo lo que sucedió.

 

—Por supuesto —respondió Akane inmediatamente.

 

—Sin embargo... —la voz de Akane bajó un tono, y miró brevemente a Anastasia y a Lin antes de volver a fijarse en la directora—. Hay otro asunto, Directora. Algo que ocurrió durante el ataque y que... bueno, que está relacionado con todo, pero que es muy complicado de explicar con pocas palabras.

 

Evelyn arqueó una ceja con elegancia, interesada, sus ojos violetas brillando con curiosidad.

 

—¿Sí?

 

Akane señaló hacia atrás, hacia el grupo de alumnas que terminaban de bajar, hacia el lugar exacto donde habían estado hace solo unos minutos.

 

—Hay una persona que debemos presentarle. Es... especial. Es la razón por la que no tuvimos pérdidas, y a la vez es el origen de más preguntas de las que tenemos respuestas. Pero—

 

Se detuvo en seco. La mano que señalaba quedó en el aire.

 

Anastasia también se quedó inmóvil, mirando el mismo punto con los ojos muy abiertos.

 

Lin parpadeó varias veces, confundida, y dio un paso adelante buscando entre la multitud.

 

Las tres giraron lentamente la cabeza, mirándose entre sí y luego mirando a su alrededor, entre las alumnas, entre el personal, en los andenes.

 

Silencio.

 

—¿Dónde está? —preguntó Anastasia, con esa mezcla de preocupación y resignación que ya empezaba a ser habitual en ella.

 

—Estaba aquí hace un segundo, justo detrás de mí —respondió Akane, empezando a revisar debajo de los asientos de espera y entre los grupos de estudiantes.

 

—Yo también lo vi —añadió Lin, mirando incluso detrás de los grandes pilares de la estación—. Estaba empapado, secándose el pelo con una toalla que le dieron, y... desapareció.

 

Las tres comenzaron a buscar con más prisa. Las profesoras cercanas empezaron a mirarlas extrañadas, preguntándose qué o a quién buscaban con tanta urgencia. La propia Evelyn Noctis observó la escena con curiosidad, cruzando los brazos con delicadeza bajo su abrigo negro.

 

—¿Perdieron a alguien? —preguntó con calma, aunque una pequeña sonrisa divertida empezaba a insinuarse en sus labios.

 

—Sí.

 

—No.

 

—Tal vez.

 

—Es complicado —respondieron Akane y Anastasia al mismo tiempo, confundidas y exasperadas.

 

Entonces, una alumna de primer año que estaba cerca, señaló hacia arriba con el dedo índice, la boca entreabierta por la sorpresa.

 

—Eh... perdón, señoritas...

 

—¿Qué pasa? —preguntó Lin acercándose.

 

—¿Es él? —dijo la chica, señalando hacia las alturas.

 

Todas levantaron la vista al mismo tiempo.

 

Y allí estaba.

 

Encima de una enorme estatua de mármol blanco situada justo en el centro de la estación, una escultura gigantesca que representaba a la fundadora de la academia, con el bastón en alto y mirando hacia el horizonte. A varios metros del suelo, en lo más alto, justo encima de la cabeza de la figura, sentado cómodamente con las piernas colgando y balanceándolas en el aire, estaba él.

 

Gael.

 

Cabello todavía húmedo, ropa arreglada pero aún con manchas de agua, mirando todo el complejo con los ojos brillando de una emoción que parecía desbordarse.

 

—¡Woaaaaah! —gritó desde allá arriba, con una voz que resonó clara y potente por todo el andén—. ¡Se ve todavía más grande desde aquí! ¡Es enorme!

 

Se inclinó hacia adelante, señalando con entusiasmo hacia el lado norte.

 

—¡Miren eso! ¡Hay jardines en los techos! ¡Y árboles que crecen en las paredes! ¡¿Cómo hacen eso?! ¡¿Es magia muy avanzada o es que las plantas aquí son diferentes?!

 

Varias estudiantes comenzaron a reírse, tapándose la boca con las manos, divertidas por la escena y por la energía inagotable del chico. Algunas profesoras, sin embargo, se quedaron congeladas, horrorizadas: nadie, absolutamente nadie, trepaba a los monumentos sagrados de la academia. Era impensable, una falta de respeto y una locura, considerando la altura y las protecciones mágicas que deberían haber impedido que alguien subiera.

 

Akane se llevó una mano al rostro, deslizándola hacia abajo lentamente, como si de repente le doliera toda la cabeza.

 

Anastasia cerró los ojos y respiró hondo, contando hasta diez en silencio.

 

Lin suspiró, largamente, y negó con la cabeza con una sonrisa que no sabía si era de desesperación o de gracia.

 

Evelyn Noctis no dijo nada al principio. Solo observó al muchacho durante varios segundos, analizando cada movimiento, cada gesto, esa facilidad imposible con la que se había movido y escalado sin que nadie lo notara, sin activar ninguna alarma, sin esfuerzo aparente. Para ella, que podía detectar cualquier anomalía mágica a kilómetros de distancia, aquel chico era lo más extraño, lo más interesante y lo más desconcertante que había visto en siglos.

 

—¿Es él? —preguntó finalmente, volviéndose hacia Akane, sus ojos violetas fijos en la figura en lo alto.

 

—Sí —respondió Akane con voz derrotada, señalando hacia arriba con desánimo—. Ese es el problema. Y también... la razón por la que seguimos vivas.

 

Evelyn volvió a mirar hacia arriba, con esa mezcla de curiosidad y fascinación que solo le provocaba él.

 

Justo a tiempo para ver cómo el chico levantaba una mano y saludaba alegremente a todo el mundo, agitando el brazo como si estuviera en la cima de una montaña y no sobre un monumento histórico.

 

—¡Oigan! —gritó con toda su fuerza—. ¡Desde aquí se ve toda la academia! ¡Es increíble! ¡Miren, miren! ¡Allá hay un lago más pequeño dentro del grande!

 

Akane sintió que le empezaba a latir la sien con fuerza.

 

Porque acababan de llegar. Apenas habían puesto un pie en la estación. Y él ya estaba haciendo cosas imposibles.

 

Otra vez.

 

—¡¿En qué estabas pensando?!

 

Gael se encontraba de rodillas sobre el suelo de piedra blanca y fría de la estación, con la cabeza gacha y una mano frotándose la frente. Allí lucía un chichón enorme, rojo y brillante, recién estrenado y muy evidente.

 

—Ay... —se quejó en voz baja.

 

—No me pegó tan fuerte... —murmuró, intentando defenderse sin mucho éxito.

 

Akane estaba frente a él, de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión de absoluta incredulidad mezclada con agotamiento. La luz del sol caía sobre su uniforme impecable, pero su paciencia parecía haberse quedado en algún punto del viaje.

 

—¡Te lanzaste encima de una estatua de veinte metros apenas llegamos! —le recriminó con tono firme—. ¡Eso no es normal, Gael! ¡Nadie hace eso!

 

—Parecía resistente... —respondió él, levantando la vista un segundo con ojos de cachorro apenado.—¡Ese no es el punto! —exclamó ella, llevándose una mano a la frente.

 

A su lado, Anastasia se masajeó el puente de la nariz con dos dedos, cerrando los ojos como si le doliera la cabeza. Era la primera vez en mucho tiempo que varias profesoras presentes veían a la vicepresidenta del consejo estudiantil tan cerca de perder los estribos.

 

—Ni siquiera sabíamos dónde estabas —dijo ella con voz tensa—. Desapareciste de nuestro lado durante menos de un minuto. ¿Cómo llegaste hasta arriba tan rápido? ¿Y sin que ninguna alarma sonara?

 

—Escalando —respondió Gael con total naturalidad, como si fuera la explicación más obvia del mundo.

 

Se hizo un silencio breve. Un silencio cargado de preguntas sin responder y de resignación absoluta.

 

—... —Akane parpadeó.

 

—... —Anastasia abrió la boca y la volvió a cerrar.

 

—... —Lin, que estaba detrás, negó lentamente con la cabeza.

 

—Era una pregunta retórica —aclaró Anastasia finalmente, con un suspiro que parecía salirle del alma.

 

En ese momento, las estudiantes que habían viajado en el tren, aquellas que ya conocían de sobra las locuras de aquel chico, finalmente explotaron en carcajadas. Ya no podían contenerse más. Llevaban todo el trayecto viendo situaciones absurdas, desde el chapuzón en el lago hasta las preguntas interminables, y ahora contemplaban a la presidenta y a la vicepresidenta regañándolo como si fuera un niño pequeño que había roto un jarrón antiguo.

 

—¡Jajajaja, mírenlo! —gritó una entre risas.

 

—¡Tiene un chichón enorme! ¡Se lo merece por trepar así!

 

—¡Parece un niño al que acaban de pillar haciendo travesuras!

 

—¡Y mira su cara de inocencia! ¡No sabe ni por qué lo regañan!

 

Varias alumnas de primer año, que aún no podían creer lo que veían, comenzaron a señalarlo mientras reían, olvidando por completo la tensión del ataque sufrido horas antes.

 

Sin embargo... mientras todo el grupo de viajeras se divertía, ocurría algo muy distinto en el resto de la estación.

 

Las profesoras. Las estudiantes que esperaban fuera. Todo el personal de seguridad y administración. Y gran parte del cuerpo docente de la academia.

 

Todos permanecían completamente inmóviles. Y en absoluto silencio.

 

Porque para ellas existía un dato que todo el mundo sabía y que era ley absoluta: Saint Aurora era territorio exclusivamente femenino.

 

Durante siglos, ni un solo hombre había puesto un pie aquí. Las barreras, los sellos, la magia misma del lugar... todo estaba diseñado para rechazar cualquier presencia masculina.

 

Bueno... casi todo.

 

Porque había una única excepción.

 

Una sola, absoluta y eterna excepción.

 

Y justo en ese momento, una figura imponente comenzó a abrirse paso entre la multitud. Alto, de porte elegante pero intimidante, cabello oscuro y mirada afilada como una espada. Vestía un uniforme impecable de color negro con bordados de tono púrpura oscuro, que combinaba con la seriedad del lugar pero que tenía una presencia propia, inconfundible.

 

Valerius Drakos.

 

El único hombre en quinientos años que había logrado entrar, quedarse y convertirse en uno de los pilares de la academia. Instructor de combate, maestro de magia antigua y, sobre todo, la mano derecha de la propia Directora Noctis. Se decía que él era la única persona en todo el mundo a la que ella le daba total confianza y libertad. Estaba allí desde hacía siglos, y nadie cuestionaba su presencia. Era una autoridad, un misterio y una leyenda viviente.

 

Valerius caminaba con paso firme, observando todo a su alrededor con esa mirada analítica y fría que caracterizaba. Se acercó directamente hacia Akane y Anastasia, quienes al verlo llegar se enderezaron de inmediato, borrando cualquier rastro de diversión de sus rostros.

 

—Señoritas —dijo él, con una voz grave y profunda que resonó con claridad—. He escuchado informes de un incidente grave en el trayecto, y también de algo... mucho más extraño.

 

Sus ojos oscuros recorrieron el grupo, hasta que se detuvieron en el centro. Allí, sentado en el suelo, con el chichón en la frente y mirando todo con curiosidad, estaba Gael.

 

Valerius se quedó inmóvil.

 

Gael levantó la cabeza.

 

Y en el instante exacto en que sus miradas se cruzaron...

 

Algo estalló.

 

Fue algo instintivo. Algo que vino de lo más profundo de sus almas, de recuerdos que no tenían, de batallas que no recordaban, de una rivalidad eterna que grabada en su esencia. Sin pensarlo, sin quererlo, sin entender por qué... las palabras salieron disparadas de ambas bocas al mismo tiempo, con un odio y una molestia que nadie esperaba.

 

—¡Maldito engreído de pacotilla! —soltó Valerius, frunciendo el ceño con furia, sin saber de dónde salía ese enojo.

 

—¡Idiota de capa oscura! —gritó Gael, señalándolo con el dedo, igual de confundido, pero igual de furioso—. ¡Cara de amargado!

 

El silencio que cayó sobre la estación fue absoluto.

 

Total.

 

Y eterno.

 

Akane parpadeó.

 

Anastasia se tapó la boca con las dos manos.

 

Lin abrió los ojos como platos.

 

Todas las alumnas se quedaron con la risa congelada en la garganta.

 

¿Acababa de insultar al profesor Valerius?

 

¿El profesor Valerius acababa de insultar a un alumno que no conocía de nada?

 

El hombre más serio, estricto y reservado de toda la academia, la mano derecha de la directora, la persona que nunca perdía los estribos ni mostraba emociones... acababa de llamar "engreído de pacotilla" a un chico que apenas había visto.

 

Y Gael, que no conocía a nadie, acababa de llamarlo "cara de amargado" como si se conocieran de toda la vida.

 

Valerius se quedó igual de sorprendido que los demás. Se miró las manos, luego miró a Gael, y frunció el ceño aún más, confundido consigo mismo.

 

—¿Acabas de...? —empezó a decir él, con la voz más seria y peligrosa que había usado nunca, aunque en el fondo se preguntaba: ¿Por qué dije eso? ¿Por qué me dan ganas de pelear con él nada más verlo?

 

—¡Sí, y lo volvería a decir! —respondió Gael, poniéndose de pie de un salto, olvidando por completo que estaba regañado—. ¡No tee conozco y ya me caes mal!

 

—¡Yo no te conozco, pero ya me desagradas más que las verduras hervidas! —replicó Valerius, dando un paso al frente, sin entender por qué estaba discutiendo así.

 

—¡Pues tú pareces un cuervo que se tragó un palo!

 

—¡Y tú pareces un perro que se perdió y no sabe dónde está!

 

—¡¿UN PERRO?! —Gael se puso rojo de la indignación.

 

—¡SÍ! ¡UN PERRO RUIDOSO Y MOLESTO!

 

Akane sintió que le fallaban las piernas.

 

Anastasia estaba a punto de desmayarse.

 

Lin solo podía pensar: Esto es un desastre. Un desastre absoluto.

 

Mientras tanto, al fondo de todo, Evelyn Noctis observaba la escena con una calma absoluta, aunque una sonrisa muy pequeña y muy curiosa se dibujaba en sus labios. Ella, que lo sabía todo, que conocía secretos de siglos, veía perfectamente lo que estaba pasando.

 

Veía cómo dos almas que habían chocado mil veces en el pasado, que se habían odiado y respetado en igual medida, acababan de reconocerse al primer vistazo.

 

—Interesante... —murmuró ella para sí misma—. Muy interesante.

 

Valerius, dándose cuenta de que todo el mundo lo miraba como si se hubiera vuelto loco, carraspeó fuerte, se enderezó el cuello del uniforme y recuperó su compostura de siempre, aunque todavía le brillaban los ojos de irritación.

 

—En fin... —dijo con voz tensa, tratando de ignorar al chico que lo miraba con los brazos cruzados y la misma cara de pocos amigos—. Volviendo al tema... —se dirigió a Akane y Anastasia, señalando a Gael con la cabeza como si fuera un objeto defectuoso—. ¿Alguien me va a explicar qué hace este aquí? Porque además de ser insoportable... es un hombre.

 

Akane asintió rápidamente, tratando de recomponerse.

 

—Sí, señor. Es... bueno, es una historia larga. Se llama Gael Valdés. Y la razón por la que está aquí... es porque parece que las barreras de la academia decidieron que pertenece aquí.

 

Valerius arqueó una ceja, mirando a Gael con desconfianza, todavía con esa sensación extraña de que debían estar peleando.

 

—¿Las barreras lo dejaron pasar? —preguntó incrédulo—. ¿Igual que a mí?

 

—Exactamente —respondió Anastasia.

 

Valerius volvió a mirar al chico, que le devolvía la mirada con el mismo reto, como si estuvieran midiendo fuerzas solo con la vista.

 

—Vaya... —murmuró el hombre, cruzándose de brazos—. Entonces no solo es molesto, ruidoso y tiene mal carácter... también es una anomalía.

 

—¡Y tú eres un amargado que necesita salir a tomar el sol! —respondió Gael al instante.

 

—¡Cállate, crío!

 

—¡Cállate tú, viejo de corazón negro!

 

Akane cerró los ojos y se dejó caer lentamente contra una columna.

 

Definitivamente, ese día iba a ser muy largo.

 

Y lo peor de todo... era que ninguno de los dos entendía por qué no podían dejar de pelearse. Como si sus almas, más allá del tiempo y la memoria, supieran exactamente quiénes eran el uno para el otro.

 

Mientras tanto, a unos metros de distancia, Evelyn Noctis observaba la escena en silencio. Sus ojos violetas seguían cada movimiento, cada palabra, cada gesto. Vía cómo Valerius reaccionaba ante él, cómo las barreras habían respondido a su presencia, y esa extraña sensación de familiaridad seguía creciendo en su interior.

 

Pero por más que buscaba en sus recuerdos, en sus conocimientos antiguos, en todos los registros secretos que solo ella conocía... no lograba saber quién era él.

 

No tenía nombre en sus memorias. No tenía historia escrita en sus libros. No había rastro de su existencia en nada de lo que sabía.

 

Y sin embargo... había algo. Algo profundo, antiguo, que le decía que su llegada no era casualidad. Que su presencia aquí, la forma en que las defensas lo aceptaron, y esa rivalidad inmediata con Valerius... todo tenía un propósito.

 

¿Quién eres, Gael? pensó ella, manteniendo su expresión serena mientras lo veía discutir otra vez con su mano derecha. ¿De dónde vienes y por qué tu presencia se siente como si siempre hubiera sido parte de este lugar?

 

Sonrió muy levemente, una sonrisa cargada de misterio y curiosidad.

 

Por primera vez en mucho tiempo, ni siquiera ella, la mujer que lo sabía todo sobre este mundo, tenía la respuesta. Y eso... eso era lo que más le gustaba.

 

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