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Capítulo 10: un momento de infarto

DNavarrete
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El rumor comenzó con una sola alumna que salía corriendo por el pasillo con los ojos muy abiertos.

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El rumor comenzó con una sola alumna que salía corriendo por el pasillo con los ojos muy abiertos.

 

—¿Escuchaste?

 

—¿Qué pasó?

 

—¡El alumno especial va a pelear contra el profesor Valerius! ¡Y el que gane obtendrá la respuesta que busca!

 

Cinco segundos después, ya no era un rumor: se había convertido en una epidemia que recorría Saint Aurora a una velocidad increíble.

 

—¡¡¿QUÉ?!!!—¡El alumno nuevo lo desafió!

 

—¡No, fue el profesor quien lo retó!

 

—¡Van a pelear ahora mismo!

 

—¡En la Sala de Entrenamiento Mágico!

 

En menos de un minuto, las alumnas de primer año salían disparadas de sus aulas. Las de segundo las seguían sin perder tiempo. Las de tercero ya iban por delante, y hasta las de cuarto corrían mientras guardaban sus cuadernos a toda prisa.

 

Dentro de cada salón, la reacción era idéntica:

 

En la clase de Teoría Mágica, la profesora escribía con calma en la pizarra:

 

—Y como pueden ver, la estabilidad de las barreras depende de la canalización de energía...

 

La puerta se abrió de golpe.

 

—¡¡Profesora!! ¡Venga rápido! ¡El profesor Valerius va a enfrentarse al alumno Gael!

 

La mujer dejó lentamente la tiza sobre el escritorio, con una sonrisa cómplice.

 

—La teoría puede esperar. ¡No vamos a perdernos esto!

 

Y en cuestión de segundos, toda la clase salió corriendo, con la profesora a la cabeza gritando:—¡Rápido, que los mejores asientos se acaban!

 

En el salón de Historia Antigua ocurrió exactamente lo mismo. Una alumna asomó la cabeza y anunció:

 

—¡Ya van a empezar!

 

Inmediatamente, la profesora cerró su libro de golpe y se puso de pie antes que nadie.

 

—¡Vamos! Hace años que no se ve algo así en la academia.

 

Cinco minutos después, la enorme Sala de Entrenamiento Mágico estaba llena hasta el último rincón. Era un recinto circular, reforzado para resistir impactos de gran potencia, pero hoy parecía la final de un campeonato mundial. Las gradas eran un mar de uniformes: alumnas de todos los cursos, profesoras, personal de mantenimiento y hasta asistentes observaban con entusiasmo, empujándose levemente para ver mejor.

 

—¡Guárdame un lugar!

 

—¡Muévete un poco!

 

—¡¿Quién trajo una bandera con el nombre de Gael?!—¡Y tú, ¿de dónde sacaste la del profesor Valerius?!

 

En medio de todo ese alboroto, Akane, que había sido nombrada árbitro, miraba a su alrededor con nerviosismo. Esto no puede seguir así —pensó—. Tiene que haber alguien que detenga todo. Recorrió las gradas con la mirada buscando a la única persona con autoridad suficiente: la directora.

 

Cuando por fin la encontró, sintió que le faltaba el aire.

 

Allí, en la parte más alta, estaba Evelyn Noctis... pero no con su expresión seria y tranquila de siempre. Tenía un megáfono en la mano, una libreta en la otra, y se movía de un lado a otro con una energía desbordante, más emocionada que cualquier alumna.

 

—¡Atención a todas! —anunció por el megáfono, y su voz retumbó por toda la sala—. ¡Ya que estamos aquí reunidas, vamos a hacerlo oficial! ¡Se abren las apuestas! ¡Quien quiera participar, acérquense!

 

Akane se llevó una mano a la frente, desesperada.

 

—¡Directora! ¡Usted es la que más animada está de todas!

 

Pero nadie le hacía caso. La sala volvió a llenarse de gritos:

 

—¡Yo apuesto tres monedas de oro al profesor Valerius!—¡Yo digo que Gael gana en menos de diez minutos!

 

—¡Y yo apuesto a que Akane termina golpeando a los dos antes de que acabe!

 

Evelyn ya iba anotando todo con una seriedad absoluta:

 

—¡Cuotas claras! Tres a uno si gana el profesor, cinco a uno si gana Gael, ¡y diez a uno si terminan en empate!

 

Freya, que estaba cerca de ella, se quedó sin palabras. Astrid no paraba de reír, mientras Lin comentaba en voz baja:

 

—Definitivamente está disfrutando demasiado...

 

En el centro de la arena, Gael estiraba los brazos con calma, mientras Valerius lo observaba con los brazos cruzados.

 

—Bueno, mocoso —dijo el profesor con voz grave—. Las reglas son simples: el combate termina cuando uno no pueda seguir o se rinda. Y para que sea justo... —señaló con la cabeza hacia un rincón protegido—. Allí tienes todo el arsenal de armas y herramientas mágicas de la academia. Espadas, varitas, escudos, lanzas... lo que quieras puedes usarlo.

 

Gael caminó hasta la estantería y recorrió cada objeto con la mirada. Levantó unas espadas, observó escudos, probó el peso de algunas varitas, pero parecía que nada le convencía. Hasta que sus ojos se detuvieron en un par de guantes sencillos, de cuero oscuro con finas líneas plateadas que brillaban levemente.

 

Los tomó, se los puso y ajustó las correas con facilidad.

 

—Estos servirán —dijo con naturalidad.

 

En las gradas se levantó un murmullo de confusión.

 

—¿Solo guantes?

 

—Esos son de entrenamiento básico, para proteger las manos... no son armas.

 

Valerius arqueó una ceja, sorprendido.

 

—¿Estás seguro? Puedes elegir algo más contundente, no tienes que limitarte.

 

Gael cerró los puños, sintiendo cómo la energía fluía sin obstáculos a través del material. Sonrió con calma, pero con firmeza.

 

—No necesito nada más. Desde que llegué aquí, nunca he usado armas. Y además... —su mirada se volvió más seria—. Antes hablábamos de los Guardianes y los Héroes del Sellado. En todas las leyendas dicen que ellos no necesitaban espadas ni varitas. Solo usaban su propia fuerza y su propia energía. Quiero seguir ese mismo principio. Si voy a pelear, que sea como ellos.

 

El silencio se apoderó de la arena. Valerius lo miró fijamente, y poco a poco apareció en sus labios una sonrisa sincera, llena de respeto.

 

—Bien dicho. Esa decisión demuestra más valor que cualquier arma que pudieras haber tomado. Te lo digo con sinceridad: el respeto que te tenía acaba de aumentar un poco más.

 

Se acomodó en su postura, relajado pero con toda su atención alerta.

 

—Pero no creas que por eso te trataré con suavidad. No voy a alargar esto más de lo necesario. Creo que bastará con un solo golpe para terminar.

 

Gael se colocó en posición de combate: pies firmes, rodillas ligeramente flexionadas, puños cerrados frente a él. Sus ojos brillaban con la misma determinación.

 

—Qué coincidencia —respondió con una sonrisa desafiante—. Yo pienso exactamente lo mismo.

 

Y en ese instante, toda la sala contuvo el aliento, esperando el primer movimiento.

 

Akane respiró profundamente para calmarse, aunque por dentro sentía que el corazón le latía con fuerza.

 

Se encontraba exactamente en el centro de la arena, entre dos presencias que empezaban a cambiar el aire mismo.

 

A su derecha, Gael, relajado pero con una mirada fija.A su izquierda, el profesor Valerius, inmóvil como una montaña antigua.

 

El estadio entero permanecía en un silencio absoluto, tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Ni una sola alumna se atrevía a hablar o incluso a moverse; todas tenían la respiración contenida, esperando el inicio.

 

Entonces...

 

Valerius dio un solo paso al frente.

 

Cerró lentamente los ojos, y en ese instante, una presión invisible y pesada comenzó a extenderse por toda la sala, como si el aire mismo se volviera espeso y difícil de respirar.

 

Una energía de color violeta oscuro, profunda y antigua, brotó de su cuerpo como si fueran llamas que no quemaban, sino que imponían respeto. No era magia convencional, ni maná canalizado mediante hechizos: era algo mucho más antiguo, más puro y más temido.

 

El aire comenzó a vibrar con una frecuencia baja y grave. Las baldosas reforzadas de la arena empezaron a crujir bajo el peso de esa fuerza, y las largas capas del profesor ondearon violentamente sin que corriera ni una sola brisa en el recinto.

 

Varias alumnas de las primeras filas tragaron saliva con dificultad.

 

—Otra vez... —susurró una con voz temblorosa.

 

—Es su verdadero poder... no lo mostraba desde hace años...—Dicen que esto es lo mismo que usaban los Guardianes para enfrentarse a los dioses...

 

Akane observaba aquella energía con absoluto respeto y un poco de temor. Sabía perfectamente de qué se trataba: no era magia moderna, sino la fuerza primigenia que existía mucho antes de que se inventaran las varitas o los conjuros. Era el poder que había salvado al mundo siglos atrás. Y en ese momento, uno de los pocos seres vivos capaces de invocarlo estaba frente a ella.

 

Valerius Drakos.

 

En las gradas, todas se hacían la misma pregunta con la mirada: ¿Qué hará Gael? ¿Cómo piensa enfrentarse a algo así? ¿Usará magia? ¿Invocará alguna barrera?

 

Pero no hubo conjuro, ni palabras, ni gesto preparatorio.

 

Sin previo aviso, toda la academia sintió un escalofrío mucho más intenso recorrerles la espalda. Esta vez no provenía del profesor, sino del otro extremo de la arena.

 

Todas las miradas giraron bruscamente hacia Gael.

 

El muchacho seguía sonriendo con total tranquilidad, como si aquella presión inmensa no le afectara en lo más mínimo. Y entonces, despacio, como si se estuviera despertando un volcán de luz, una energía comenzó a brotar de su interior.

 

Al principio fue apenas un tenue resplandor, como el brillo del amanecer. Pero en cuestión de segundos se expandió hasta convertirse en una inmensa llamarada dorada, intensa, pura y cálida, que iluminó cada rincón de la sala. No era un dorado cualquiera; era el color de la energía original, como observar una estrella naciendo justo frente a sus ojos.

 

La luz era tan fuerte que borró todas las sombras, reflejándose en las paredes de piedra, en las armaduras de entrenamiento y hasta en los ojos de las espectadoras. Incluso fuera del edificio, en los jardines de la academia, el cielo pareció teñirse de ese tono dorado por un instante.

 

Todas quedaron paralizadas, sin poder creer lo que veían.

 

—¿Qué... qué es eso?

 

—¡También usa ese mismo poder! ¡No puede ser posible!

 

—Nunca habíamos visto una energía así... se siente distinta... más viva...

 

Akane sintió que las piernas le comenzaban a temblar. Había leído miles de libros y estudiado todo tipo de poderes, pero jamás había sentido algo semejante. No era que fuera más fuerte que la de Valerius; era que tenía una naturaleza diferente, más profunda, como si conectara directamente con la esencia misma de la vida.

 

Valerius abrió los ojos lentamente y clavó la mirada en esa luz dorada. Su expresión seria y severa se mantuvo solo unos segundos, hasta que poco a poco se transformó en una sonrisa auténtica, amplia y cargada de nostalgia. Era la primera vez en décadas que alguien le veía sonreír de esa forma.

 

Era como si su propio cuerpo hubiera reconocido una energía que su mente llevaba siglos esperando volver a encontrar.

 

—Así que... aún sigue ahí —susurró con voz grave, casi para sí mismo.

 

Gael inclinó ligeramente la cabeza, sin dejar de sonreír.

 

—¿Qué dijiste? No te escuché bien.

 

—Nada importante —respondió el profesor, recuperando su postura de combate, pero con un brillo nuevo en la mirada—. Ahora veamos de qué estás hecho.

 

Akane apretó con fuerza la bandera blanca entre sus manos, que le temblaban ligeramente. Sabía perfectamente que en el instante en que bajara esa señal, lo que ocurriera cambiaría por completo la percepción que tenían de ambos.

 

Miró primero a Gael, luego a Valerius, tragó saliva y, con voz firme a pesar de todo, anunció:

 

—¡Que comience el combate!

 

Bajó la bandera.

 

Y en ese mismo segundo...

 

Nadie vio nada.

 

Ni el movimiento de los pies, ni el balanceo de los brazos, ni el desplazamiento de las sombras. Fue una acción que ocurrió a una velocidad imposible de seguir para el ojo humano, casi igual a la velocidad de la luz. Solo se percibió un estallido de energía que se encontró en el centro de la arena.

 

¡¡BOOOOOOOOOOOOOOM!!

 

Una explosión ensordecedora sacudió toda la academia desde sus cimientos. El suelo tembló con tal fuerza que las lámparas del techo oscilaron violentamente, las ventanas vibraron hasta casi romperse y una onda expansiva tan potente atravesó la sala y salió disparada hacia los jardines, doblando los árboles como si fueran hierba.

 

Las alumnas de las primeras filas fueron empujadas hacia atrás, cubriéndose la cara con los brazos. Una inmensa nube de polvo, escombros y partículas de energía se levantó en el centro, cubriendo todo con una cortina gris e impenetrable.

 

—¡¡No veo nada!! —gritó alguien entre el ruido.

 

—¡¿Qué pasó en ese instante?!—¡¿Se golpearon al mismo tiempo?!

 

Akane estaba completamente despeinada, con la ropa agitada por el viento y los ojos entrecerrados intentando distinguir algo entre la nube de polvo.

 

—¿Gael? ¿Profesor Valerius?

 

Poco a poco, el polvo comenzó a disiparse, arrastrado por las corrientes de aire que se formaban. Y cuando la visión se aclaró por completo, toda la sala quedó en un silencio absoluto, sin aliento.

 

Detrás de Gael, en la pared reforzada más alejada, se había formado un enorme cráter profundo, con grietas que se extendían como telarañas por la roca.

 

Detrás de Valerius, en la pared opuesta, había otro cráter de exactamente el mismo tamaño y profundidad.

 

Y en el centro de cada uno, estaban ellos: empotrados en la piedra, inmóviles, con los ojos cerrados y sin mostrar señales de movimiento inmediato.

 

Durante unos segundos, nadie se atrevió a pronunciar palabra.

 

Hasta que la voz tranquila y clara de la directora Evelyn Noctis rompió el silencio desde las gradas más altas.

 

—Muy interesante —dijo, apoyándose en la barandilla con una sonrisa calculadora.

 

Todas las miradas se volvieron hacia ella.

 

Evelyn permaneció con la vista fija en el centro de la arena, sin apartar los ojos ni un instante desde que bajó la señal.

 

A diferencia del resto de la academia, que solo sintió una explosión ensordecedora y no alcanzó a distinguir ni un solo movimiento, ella sí había visto el intercambio completo.

 

Fue apenas una fracción de segundo, un lapso tan breve que para cualquier ojo común parecía haber ocurrido todo al mismo tiempo. Dos figuras que se desplazaron con una velocidad que rozaba la de la luz, dos puños que chocaron en el punto exacto, dos impactos de fuerza igual y devastadora que se lanzaron mutuamente.

 

Y en cuanto todo sucedió, la directora dibujó una sonrisa tranquila y segura en sus labios.

 

—El combate ya terminó —anunció con voz clara, resonando por toda la sala incluso antes de que el polvo empezara a asentarse.

 

Akane, todavía en medio de la arena, con la ropa revuelta y los ojos entrecerrados intentando ver algo entre la nube de escombros, la miró con total sorpresa.

 

—¿Cómo puede saberlo? ¡Si todavía no se ve nada! —preguntó, confundida.

Evelyn no apartó la mirada, esperando solo a que el humo se disipara para que todos pudieran comprobarlo. Y cuando poco a poco la cortina de polvo se despejó y quedó visible la escena, ella lo confirmó con absoluta certeza:

 

—Porque lo vi con claridad. Y la regla es sencilla: Gael conectó su golpe primero.

 

El silencio duró solo un segundo más, antes de que la sala entera estallara en gritos, aplausos, exclamaciones de sorpresa y asombro.

 

—¡¿Gael ganó?! ¡¿A esa velocidad?!—¡Pero si los dos quedaron empotrados!

 

—¡Eso significa que superó la reacción de un ser que vivió durante quinientos años!

 

Freya, que estaba al lado de la directora, negó con la cabeza, impresionada.

 

—A la velocidad de la luz... ni siquiera nosotros pudimos seguir el movimiento. Fue solo un intercambio, pero decidió todo.

 

Akane, que seguía en el centro, dejó caer la bandera y miró a ambos con una mezcla de alivio y asombro.

 

—Gael... realmente lo hiciste.

 

Y en ese momento, aunque nadie más que unos pocos lo entendían, el combate había dejado una huella imborrable: el alumno sin recuerdos había demostrado, por primera vez en siglos, alguien había demostrado poseer el mismo poder ancestral que las leyendas atribuían a los Guardianes.

 

El estruendo del impacto aún resonaba en las paredes de la Sala de Entrenamiento, como un eco que parecía negarse a desvanecerse. Nadie entre las presentes era capaz de apartar la vista de los dos enormes cráteres abiertos en las paredes reforzadas, profundos y marcados con grietas que se extendían como telarañas por toda la roca.

 

Mientras tanto, la directora Evelyn descendía con paso tranquilo desde las gradas más altas, cerrando su libreta de apuestas con un gesto relajado pero seguro. Se detuvo en el borde de la arena y observó durante unos segundos a ambos combatientes antes de alzar la voz.

 

—Akane.

 

La presidenta del consejo reaccionó de inmediato, saliendo de su estupor.

 

—¿Sí, directora?

 

Evelyn señaló con la mirada y un leve movimiento de cabeza hacia donde estaba Gael.

 

—Será mejor que lo lleves a la enfermería de inmediato.

 

Akane parpadeó, confundida por la orden.

 

—¿Pero... él ganó, verdad? Usted misma lo dijo.

 

La directora esbozó una sonrisa leve, sin perder la calma.

 

—Ganó, sin lugar a dudas.

 

Luego desvió la mirada hacia el otro extremo, donde estaba empotrado el profesor Valerius.

 

—Pero eso no significa que saliera ileso. Recibió de frente el puño de alguien que ha sobrevivido más de quinientos años perfeccionando ese mismo poder antiguo.

 

Su expresión se tornó más seria, marcando la gravedad del golpe.

 

—Aunque haya conectado el suyo una fracción de segundos antes... el impacto que recibió es igual de devastador.

 

Akane comprendió al instante el alcance de sus palabras.

 

—Entonces...

 

—Lo más seguro es que no despierte durante un buen rato —concluyó Evelyn.

 

Con esa explicación bastó. Akane salió corriendo hacia el centro de la arena y saltó con agilidad hasta el fondo del cráter donde se encontraba el muchacho.

 

—¡Gael!

 

Se agachó con cuidado y levantó ligeramente su rostro. El joven seguía completamente inconsciente, con la respiración lenta pero constante. Fue entonces cuando lo vio: en su mejilla izquierda comenzaba a formarse un enorme hematoma violáceo, con la forma exacta de un puño bien definida.

 

Akane bajó la mirada, impresionada.

 

—...Qué golpe tan brutal.

 

Al otro lado de la sala, varias profesoras ya ayudaban a sacar a Valerius de la pared rocosa. Selene limpiaba con suavidad el polvo de su rostro, y al hacerlo se detuvo un instante. Allí, en su mejilla derecha —en el mismo lugar simétrico— aparecía otro hematoma idéntico, con la misma forma y el mismo tamaño.

 

Akane no pudo evitar esbozar una sonrisa resignada.

 

—La directora tenía toda la razón... se golpearon prácticamente en el mismo instante.

 

Anastasia apareció a su lado, mirando la escena con atención.

 

—¿Cómo está?

 

—Profundamente dormido, pero su pulso es estable. Se recuperará.

 

Akane respiró hondo y se giró hacia ella.

 

—¿Me ayudas a levantarlo?

 

Anastasia asintió sin dudar. Entre las dos lo incorporaron con sumo cuidado, evitando moverlo bruscamente. Luego, Akane se agachó y lo acomodó sobre su espalda, ajustándolo para que quedara bien sujeto.

 

—Pesa menos de lo que imaginaba —comentó con un pequeño esfuerzo.

 

—Sí, pero no te confíes —respondió Anastasia con una sonrisa—. Intenta no dejarlo caer por el camino.

 

—No pienso hacerlo —aseguró ella, comenzando a caminar.

 

Mientras tanto, en las gradas, el murmullo no cesaba de crecer. Las alumnas seguían intercambiando comentarios, sin poder asimilar lo que acababan de presenciar.

 

—¿De verdad escucharon que se movieron a la velocidad de la luz?

 

—Eso fue lo que dijo la directora... aunque suena imposible.

 

—¿Cómo puede el cuerpo humano soportar semejante velocidad sin deshacerse en pedazos?

 

—¡Ni siquiera vimos el combate! Solo escuchamos el estallido y ya estaban empotrados en las paredes.

 

Incluso las profesoras más experimentadas discutían entre sí, revisando en su memoria todos los tratados de magia y energía antigua que conocían, pero ninguna explicación parecía encajar con lo ocurrido.

 

Un poco más arriba, Freya tenía sobre sus rodillas una libreta completamente llena de anotaciones: diagramas de flujo de energía, fórmulas de resistencia corporal, esquemas de movimiento y decenas de cálculos escritos con letra minuciosa. Después de repasarlos una última vez, suspiró y cerró la libreta con suavidad.

 

—No tiene sentido por ningún lado —murmuró.

 

Astrid, que estaba a su lado con los brazos cruzados, la miró con curiosidad.

 

—¿Ninguna teoría te sirve?

 

Freya negó con la cabeza, frunciendo ligeramente el ceño.

 

—Si un cuerpo normal intentara desplazarse a esa velocidad, la fricción, la presión y la aceleración lo destruirían en cuestión de milisegundos: músculos desgarrados, huesos rotos, órganos aplastados... todo dejaría de funcionar.

 

Guardó silencio unos segundos, mirando hacia la salida donde se llevaban a Valerius.

 

—Y sin embargo... ahí están los dos, vivos, con solo un moretón en la cara como prueba de lo que pasó.

 

Astrid siguió su mirada hacia donde Akane caminaba con Gael sobre su espalda.

 

—Cada vez entiendo menos a este chico.

 

Freya soltó una pequeña risa, dejando a un lado sus notas.

 

—Yo ya me rendí. Pensé que después de este combate tendría respuestas claras, pero ocurrió exactamente lo contrario.

 

Volvió a alzar la vista hacia el pasillo por donde se alejaban.

 

—Ahora tengo muchas más preguntas de las que tenía esta mañana.

 

Astrid sonrió, comprendiéndola perfectamente.

 

—Creo que eso nos pasa a todas.

 

Más abajo, Akane avanzaba despacio por el largo pasillo iluminado con antorchas mágicas. Gael seguía inconsciente, con la cabeza apoyada suavemente sobre su hombro. De vez en cuando, ella lo sostenía un poco mejor para que no se resbalara.

 

—En serio... —murmuró con una media sonrisa, casi para sí misma—. No puedes pasar ni un solo día aquí sin revolucionar por completo a toda la academia.

 

Anastasia, caminando a su lado, soltó una risa baja.

 

—Y eso que todavía ni siquiera ha comenzado oficialmente las clases.

 

Las dos siguieron avanzando en silencio, sin saberlo todavía: aquel breve intercambio de golpes había cambiado para siempre la historia de Saint Aurora. Desde ese mismo instante, nadie volvería a mirar al misterioso alumno especial como si fuera un estudiante más.

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