El bullicio que había llenado el andén durante la emergencia se fue apagando poco a poco, como si la propia magia de la academia recuperara su ritmo habitual. Las alumnas de primer año eran guiadas en filas ordenadas hacia los edificios de los dormitorios, acompañadas por profesoras que les hablaban en tono tranquilo para calmar sus nervios. Mientras tanto, las sanadoras terminaban de revisar a las últimas estudiantes, confirmando que no hubiera daños internos ni restos de energía extraña en sus cuerpos.
Por primera vez en casi una hora, la atmósfera se relajó. Saint Aurora, que había estado al borde de la alerta máxima, volvía a respirar con calma.
A un lado del muelle, apoyada con soltura sobre su lanza Gungnir Menor, Astrid Eirsdóttir no apartaba la vista de la orilla. Frente a ella, Akane y Anastasia se quedaron en silencio unos instantes, conscientes de que lo que acababa de suceder no tenía explicación lógica.
—Así que... todo esto es culpa de ese chico —murmuró Astrid, sin tono de reproche, solo con asombro—. ¿Él fue quien resolvió todo?
Akane soltó un suspiro profundo, de esos que salen del alma cuando uno ya no sabe si reír o desesperarse.
—Sí... aunque decirlo así suena más sencillo de lo que realmente fue.
—Créeme, nosotras mismas todavía no lo entendemos del todo —añadió Anastasia, cruzándose de brazos y sacudiendo la cabeza con una media sonrisa resignada.
Freya Solberg, que acababa de guardar sus pantallas mágicas y se había acercado para unirse al grupo, levantó una ceja con clara curiosidad.
—Entonces háganmelo saber desde el principio. Necesito saber cómo es posible que alguien aparezca de la nada y termine cambiando el curso de todo lo que ocurre aquí.
Akane y Anastasia se miraron, y poco a poco comenzaron a relatar cada detalle: cómo lo habían encontrado escondido en el vagón, cómo había logrado cruzar todas las barreras sin ser detectado, cómo en cuanto llegó a la estación había trepado a la estatua más alta solo para ver el paisaje, cómo había terminado en una discusión que parecía eterna con el profesor Valerius... y finalmente, cómo había cruzado todo el lago en un abrir y cerrar de ojos para detener al Guardián del Lago con un solo golpe.
Mientras hablaban, la expresión de Freya iba cambiando: de confusión pasó a incredulidad, y de ahí a un asombro tan grande que sus ojos violetas se abrían cada vez más.
—¿Se subió a una estatua de veinte metros... solo por curiosidad? —preguntó, como si necesitara confirmarlo.
—Exacto —respondió Akane.
—¿Y en menos de cinco minutos ya estaba discutiendo con Valerius Drakos?
—Sí, y ninguno de los dos sabía por qué empezaron a insultarse —añadió Anastasia.
—¿Y luego cruzó todo el lago, golpeó a la criatura más resistente de la zona y lo dejó inconsciente sin causarle daños graves?
—Eso es lo que vimos todos.
Freya se quedó en silencio unos segundos, procesando toda esa información que parecía no encajar en ninguna lógica conocida. Al final, soltó un suspiro largo y se pasó una mano por la frente.
—Creo que mi cerebro necesita unos minutos para ordenar todo esto. Nunca imaginé que mi primer día de regreso a la academia sería así.
Mientras tanto, en la orilla del lago, la escena seguía siendo igual de extraña que fascinante.
Gael seguía de pie con las manos en la cintura, mirando fijamente a la enorme criatura que tenía frente a sí. El Guardián, con su cuerpo de más de cien metros de largo cubierto de escamas azul oscuro, mantenía la cabeza baja sobre la arena, con ese chichón enorme en la frente que parecía un recordatorio visible de su derrota.
—¿Entendido bien esta vez? —le preguntó Gael con voz firme pero sin agresividad.
La serpiente marina emitió un sonido grave y profundo, como un gruñido apagado, y asintió lentamente, moviendo su cabeza con cuidado para no lastimarse más.
—Bien. A partir de ahora, si sientes algo raro en el aire o en el agua, no te dejes llevar. Algo te hizo perder el control, y eso no puede volver a pasar.
La enorme cola comenzó a moverse suavemente de un lado a otro, levantando pequeñas olas que rompían contra la orilla con un sonido rítmico. Era exactamente el mismo gesto de un perro feliz que espera una caricia, solo que multiplicado por un tamaño monstruoso.
Las alumnas que aún estaban cerca miraban la escena con la boca entreabierta, sin poder creer lo que veían.
—¿Lo ven? —murmuró una de ellas en voz baja—. Parece un cachorrito...
—Sí —respondió otra, con los ojos muy abiertos—. Creo que... definitivamente lo ha domesticado.
Gael sonrió con más tranquilidad y dio una palmada suave sobre las escamas duras y frías de la cabeza de la bestia.
—Bueno, creo que ya se me ocurrió la forma más rápida de volver a tierra firme.
Todas las miradas se volvieron hacia él al instante.
—¿Volver? —preguntó Akane, sin saber muy bien por qué le dolía escuchar esa palabra.
—Sí —respondió Gael, señalando con la mano hacia el cuerpo del Guardián—. Él me llevará hasta la orilla opuesta. Así no tendré que caminar tanto.
La criatura soltó un sonido de conformidad, como si estuviera de acuerdo con el plan.
—No quiero seguir molestando aquí —continuó el muchacho, rascándose la nuca con una expresión un poco incómoda—. Al fin y al cabo, Saint Aurora es una academia para chicas. Sé que hay una excepción con el profesor Valerius, pero aun así... yo sigo siendo un chico. No tiene mucho sentido que me quede rondando por aquí.
Akane bajó la mirada hacia el suelo de mármol, sintiendo una sensación extraña que no lograba explicar. Había conocido a Gael apenas unas horas antes, lo había visto meterse en problemas una y otra vez, y sin embargo, la idea de que se fuera le parecía un error que no debía cometerse.
Anastasia, a su lado, compartía exactamente el mismo sentimiento. Algo en ese muchacho, en su forma de ser y sobre todo en esa fuerza que había mostrado, les resultaba profundamente familiar, como si estuvieran frente a alguien que cargaba sobre sus hombros el peso de siglos de historia, igual que la propia directora o el profesor Valerius. Y todavía no tenían ninguna respuesta sobre quién era realmente.
Gael dio un pequeño salto ágil y ligero, subiendo sin esfuerzo sobre la cabeza del Guardián, sentándose con naturalidad entre sus cuernos curvos.
—Bueno... gracias por todo lo que han hecho. Nos vemos en otra ocasión, supongo.
La criatura comenzó a girar su cuerpo lentamente hacia el centro del lago, lista para deslizarse de nuevo sobre las aguas.
Pero justo en ese momento, una voz serena pero firme se escuchó desde el borde del muelle, deteniendo todo movimiento al instante.
—Espera un momento.
Era la voz de Evelyn Noctis.
El Guardián se quedó inmóvil de inmediato, respetando a la mujer que durante siglos había sido su dueña y guía. Gael giró la cabeza para mirarla, con una expresión de curiosidad.
—¿Sí, directora?
Evelyn caminó con pasos tranquilos hasta el borde de la plataforma, deteniéndose a pocos metros de la orilla. Su mirada era la misma de siempre: serena, profunda y llena de una sabiduría que parecía no tener fin, pero en esa ocasión había en ella una determinación absoluta.
—Es cierto —empezó a decir con voz clara, para que todos pudieran escucharla—. Saint Aurora fue fundada hace quinientos años como una academia exclusiva para mujeres, un refugio y un lugar de aprendizaje reservado para ellas.
Varias profesoras asintieron en silencio, confirmando esa regla que era parte de la historia misma de la institución.
—Sin embargo —continuó ella, y un leve murmullo de confusión recorrió el grupo—, también somos una institución dedicada a formar y proteger a todos aquellos que poseen un talento y una fuerza excepcionales, sin importar lo que digan las normas antiguas si estas ya no sirven para lo que es necesario.
Las profesoras intercambiaron miradas entre sí, sin entender hacia dónde quería llegar su directora. Incluso Valerius, que permanecía en silencio observando todo, levantó una ceja con interés.
—Y hoy —siguió Evelyn, clavando sus ojos violetas en los de Gael—, tú has demostrado algo que ninguno de nuestros registros había visto en siglos. Has llegado aquí sin romper el equilibrio, has protegido a nuestras alumnas cuando corría peligro, has contenido a una criatura que nadie más podía detener sin causar daños innecesarios, y has mostrado un poder que supera cualquier límite que conocemos.
Se hizo un silencio absoluto, tan profundo que solo se escuchaba el suave chapoteo del agua contra las piedras.
—Si yo dejara marcharse a alguien con semejante potencial y con esa capacidad de actuar con tanta naturalidad... sería una pérdida imperdonable para esta academia y para todo lo que representamos.
Las profesoras quedaron totalmente desconcertadas, incapaces de imaginar qué propondría a continuación.
Entonces, Evelyn extendió la mano hacia Gael, con una sonrisa tranquila y decidida.
—Por eso, Gael Valdés, quiero hacerte una propuesta. Te ofrezco ingresar a Saint Aurora... como alumno especial.
El silencio se mantuvo por unos segundos más, para luego estallar en un murmullo general de asombro. Las alumnas se miraban entre sí, las profesoras no daban crédito a lo que escuchaban, y hasta Valerius frunció ligeramente el ceño, aunque sin oponerse.
Akane y Anastasia levantaron la vista al mismo tiempo, con una mezcla de sorpresa y... una sensación de alivio que no esperaban sentir.
Gael parpadeó varias veces, como si necesitara asegurarse de que había escuchado bien.
—¿Yo? ¿Aquí?
—Sí —respondió la directora con firmeza—. Bajo reglas especiales, con tus propios espacios y con la supervisión adecuada. Pero tendrás acceso a todo lo que esta academia puede ofrecerte.
El muchacho se quedó pensativo unos instantes, mirando a su alrededor: el lago, las construcciones que flotaban en la distancia, las caras de asombro de todos los presentes. Luego, bajó con un salto ágil hasta la arena, se rascó de nuevo la nuca con esa expresión un poco insegura que le era característica, y dirigió su mirada hacia las dos personas que lo habían recibido desde el primer momento.
Akane y Anastasia lo esperaban en silencio, con los ojos fijos en él.
No conocía el lugar, no sabía qué le esperaba, ni entendía bien el mundo en el que acababa de entrar. Pero a ellas sí las conocía, aunque fuera por muy poco tiempo.
Sonrió con una timidez sincera y les preguntó con naturalidad:
—¿Y ustedes qué opinan? ¿Creen que... debería quedarme?
Las dos se miraron entre sí por un instante, como si se pusieran de acuerdo sin necesidad de palabras. Akane mantuvo los brazos cruzados, con una expresión seria que no dejaba entrever nada de lo que pensaba, mientras que Anastasia solo soltó un suspiro largo y profundo, como si ya supiera lo que iba a ocurrir.
Finalmente, fue ella quien dio un paso al frente, cruzándose también de brazos y mirándolo fijamente.
—Claro que debes quedarte —afirmó con total naturalidad.
Los ojos de Gael se iluminaron al instante, y una sonrisa de alivio y alegría se dibujó en su rostro.
—¿En serio? ¿De verdad creen que es buena idea?
—Sí —respondió ella, y su tono cambió de golpe, volviéndose más firme y serio—. Pero la razón no es precisamente la que imaginas. Te quedas porque todavía no has recibido el regaño que te corresponde por todo el desastre que has provocado desde que pusiste un pie en esta academia.
La sonrisa de Gael se desvaneció lentamente, como si alguien hubiera apagado una vela. Sus hombros cayeron levemente.
—...¿Eh? ¿Regaño?
—Exacto —continuó Anastasia, contando con los dedos mientras hablaba—. Entraste en un tren donde no tenías permitido estar. Te colaste por todas las barreras sin que nadie supiera cómo. En cuanto llegaste, te subiste a una estatua de veinte metros de altura solo por curiosidad. A los cinco minutos ya estabas discutiendo e insultando al profesor Valerius. Provocaste un alboroto en toda la estación cuando todos estábamos en alerta máxima. Y para rematar, terminaste golpeando al Guardián del Lago, una criatura que ha protegido estas aguas durante siglos.
Gael levantó una mano con timidez, como si quisiera interrumpir para defenderse.
—Bueno... si lo pones así, tan ordenado y todo... parece mucho peor de lo que fue.
—Porque así fue, punto por punto —respondió ella sin dejarle espacio.
El muchacho comenzó a retroceder despacio, paso a paso, con una expresión de quien ya intuye que el terreno se le pone difícil.
—Sabes qué... creo que acabo de recordar que tengo un asunto muy importante al otro lado del lago. Algo que no puedo dejar para después.
Dio media vuelta dispuesto a salir corriendo, pero apenas había levantado el pie para dar el primer paso, sintió que algo le sujetaba con firmeza el cuello de la camisa.
—¿Eh?
Su cuerpo quedó completamente inmóvil, como si estuviera clavado en el suelo. No podía avanzar ni retroceder, y apenas lograba mover los brazos.
Al girar la cabeza, se encontró con la mirada de Akane, que lo sostenía con una sola mano, con tanta facilidad como si estuviera sujetando una pluma en lugar de a una persona. Tenía una sonrisa tranquila, pero en sus ojos brillaba ese brillo que no inspiraba ninguna confianza.
—¿A dónde crees que vas con tanta prisa? —le preguntó con voz suave, pero firme.
Gael tragó saliva con dificultad.
—A... a dar un paseo. A respirar aire fresco, que hace falta.
—Qué coincidencia —respondió ella, y sin soltarlo comenzó a caminar hacia el interior de la plataforma, arrastrándolo detrás de sí con una fuerza que no se notaba en su porte elegante—. Nosotros también necesitamos un rato para hablar.
—¡Oye, oye, oye! ¡Eso no vale! —protestó él, moviendo las piernas sin lograr hacer fuerza—. ¡Así no se trata a un nuevo alumno!
Akane ni siquiera se giró para mirarlo, siguiendo su camino con paso firme.
—Todavía tienes mucho que explicar, y no te vas a ir a ningún lado hasta que lo hagas.
—¡Pero ya expliqué algunas cosas! —insistió él.
—No.
—¡Seguro que expliqué al menos una!
—Tampoco.
—¡Estoy convencido de que dije algo coherente en algún momento!
—No lo hiciste —repitió ella con calma.
Al ver que no tenía escapatoria, Gael comenzó a agitar los brazos desesperadamente, buscando ayuda entre todos los presentes.
—¡Directora! ¡Auxilio! ¡Haga algo!
Evelyn Noctis observó la escena durante unos segundos, con una media sonrisa que intentaba ocultar. Luego desvió la mirada lentamente hacia el lago, levantando un poco la mano como si admirara el paisaje.
—Qué día tan agradable hace hoy —comentó con voz tranquila—. El sol brilla, el agua está en calma... realmente es un clima maravilloso.
—¡No finja que no me escucha! —gritó Gael, cada vez más desesperado.
—¿Alguien dijo algo? —preguntó ella, fingiendo una confusión inocente.
Varias profesoras que estaban cerca tuvieron que morderse los labios y apretar los puños para no soltar la risa en voz alta. Incluso Selene, que solía mantener una compostura impecable, desvió discretamente la vista hacia un lado mientras una pequeña sonrisa se le escapaba por la comisura de los labios.
Valerius, por su parte, cruzó los brazos sobre el pecho y negó con la cabeza, con una expresión de total conformidad.
—Te lo mereces por metido y por insolente —comentó con voz grave.
—¡Profesor! ¡Usted también! ¡Dígales que me suelten!
—Con gusto —respondió Valerius, y alzó la voz para que todos lo escucharan—. Akane.
—¿Sí, profesor? —respondió ella sin detenerse.
—No lo sueltes hasta que hayan terminado de aclarar todo.
—¡TRÁIDOR! —gritó Gael, mirándolo con ojos muy abiertos.
En ese momento, las alumnas que seguían observando la escena no pudieron contenerse más y estallaron en carcajadas, llenando el andén con risas claras y alegres.
Más atrás, en la orilla, la enorme serpiente marina seguía allí, todavía tumbada sobre la arena con su chichón visible en medio de la frente. Había observado toda la escena con sus ojos grandes y brillantes, y al ver cómo arrastraban a Gael, inclinó la cabeza despacio, como si estuviera evaluando la situación.
Luego, con mucho cuidado, dio un paso hacia atrás, alejándose un poco más del grupo. Incluso se encogió ligeramente, como si quisiera hacerse más pequeño y pasar desapercibido.
Era su forma de dejar muy claro: yo no me meto en esto.
Gael alcanzó a ver ese movimiento por el rabillo del ojo y abrió la boca con incredulidad.
—¡¿Hasta tú me abandonas?! ¡Y te dije que te portaras bien!
El Guardián soltó un sonido grave y apagado, casi un quejido de disculpa, y giró la cabeza para mirar hacia el otro extremo del lago, como si en ese momento estuviera viendo algo mucho más interesante allá lejos.
Había aprendido una lección muy valiosa en poco tiempo: llevarle la contraria a Gael podía terminar en un golpe en la cabeza. Pero llevarle la contraria a la chica que ahora lo arrastraba como si fuera un paquete... parecía ser algo mucho más peligroso todavía. Y no tenía ninguna intención de comprobarlo por sí mismo.
Las carcajadas que llenaban el andén fueron apagándose poco a poco, disipándose como la espuma sobre las aguas tranquilas.
Akane continuaba caminando con paso firme, arrastrando a un ya totalmente resignado Gael hacia el gran edificio central de la academia, mientras Anastasia iba a su lado, frunciendo el ceño y repasando mentalmente una lista interminable de preguntas, cada una más detallada que la anterior.
—¡De verdad se lo digo, no recuerdo nada de lo que pasó antes de llegar aquí! —protestaba Gael, moviendo las piernas sin lograr ganar ni un centímetro de terreno.
—Lo averiguaremos paso a paso —respondió Anastasia con calma, pero sin dejar lugar a dudas.
—¡Pero si no tengo respuestas para darles!
—Entonces las buscaremos juntos. De una forma u otra, saldrán a la luz.
—¡Eso no tiene ningún sentido! —insistió él, aunque ya su tono denotaba que había aceptado su destino.
Las alumnas y profesoras que aún quedaban en la zona seguían sonriendo mientras los veían alejarse, hasta que finalmente desaparecieron tras los enormes portones de mármol y bronce que daban acceso al interior de Saint Aurora.
En la orilla, el Guardián del Lago observó la escena con sus ojos grandes y profundos. Vio cómo su nuevo "amo" era arrastrado sin ninguna posibilidad de escapar, y emitió un gruñido bajo y grave, como si comprendiera perfectamente que, por ahora, no había nada que pudiera hacer al respecto.
Con movimientos lentos y majestuosos, comenzó a deslizarse hacia el agua. El cuerpo inmenso de escamas azul oscuro se sumergió suavemente, dejando solo unas ondas que se expandieron en círculos, hasta que desapareció por completo en las profundidades. El lago volvió a quedar inmóvil, como un espejo infinito que reflejaba el cielo azul.
Poco a poco, el resto del personal fue retirándose hacia sus puestos, dejando el andén vacío y en silencio.
Solo quedaron tres figuras, inmóviles al borde del muelle, con la mirada fija en el horizonte que se extendía más allá de las aguas.
La directora Evelyn Noctis, de pie con elegancia y serenidad.El profesor Valerius Drakos, con su porte imponente y la expresión seria de siempre.Y la profesora Selene Morcant, cuyos ojos amatista parecían ver mucho más allá de lo que alcanzaba la vista.
Durante unos segundos, ninguno habló. El viento suave movía sus ropas y llevaba consigo el aroma fresco del agua, pero en el aire flotaba una tensión silenciosa, como si el propio entorno esperara que se pronunciaran palabras que hacía siglos no se decían en voz alta.
Finalmente, fue Selene quien rompió el silencio con voz baja y medida.
—¿De verdad cree que fue la decisión correcta? —preguntó, sin apartar la vista del lago—. Permitir que ese muchacho permanezca entre nosotros.
Valerius cruzó los brazos sobre el pecho y asintió levemente, como si ya hubiera reflexionado sobre ello.
—Esa es la pregunta que todos nos hacemos —añadió él.
Pero Evelyn no respondió de inmediato. Siguió mirando la superficie del agua durante unos instantes más, hasta que giró ligeramente la cabeza hacia ellos.
—Y ustedes... ¿qué piensan realmente de Gael?
Selene sonrió con una media sonrisa, cargada de duda y curiosidad.
—Es... curioso —empezó a decir, buscando las palabras exactas—. Torpe, impulsivo, aparentemente sin ningún sentido de la gravedad. Pero al mismo tiempo... es extraño. Muy extraño.
Valerius respondió sin dudar ni un segundo, con tono firme y directo.
—A mí me cae mal.
Las dos mujeres no pudieron evitar soltar una pequeña risa contenida. Incluso Evelyn dejó escapar una sonrisa suave, la primera en todo el día que no ocultaba nada.
—Sabía que ibas a decir justo eso —comentó ella.
El profesor resopló con desdén, aunque sin perder la compostura.
—Y sigo diciéndolo. Me cae mal, y punto.
—Lo sé —respondió la directora con calma.
El silencio volvió a reinar entre ellos, pero esta vez fue más pesado. La sonrisa en el rostro de Evelyn se desvaneció lentamente, reemplazada por una expresión seria, profunda y cargada de gravedad. Sus ojos violetas se volvieron más intensos, como si estuviera mirando hacia un futuro oscuro y difícil.
—Pero saben perfectamente que no les estoy preguntando por su carácter o sus maneras —añadió con voz más grave y pausada.
Al oír esas palabras, las expresiones de Selene y Valerius cambiaron de inmediato. La ligereza desapareció de sus rostros, dejando paso a la misma seriedad que ahora mostraba la directora. Selene bajó lentamente la mirada hacia sus manos, mientras que Valerius cerró los ojos por un instante, como si quisiera ordenar en su mente todo lo que había sentido y visto.
Ambos comprendían perfectamente a qué se refería.
—Los dos ya sospechan... quién podría ser realmente ese muchacho —continuó Evelyn, sin hacer preguntas, sino afirmando lo que ya era una verdad tácita entre los tres.
Ninguno respondió con palabras. No hacía falta. El aire mismo parecía confirmar lo que callaban.
—Y si nuestras sospechas son correctas... —prosiguió ella, entrelazando las manos detrás de su espalda mientras el viento soplaba con más fuerza— entonces debemos mantenerlo cerca. Muy cerca. Porque llegará un momento, y quizás sea más pronto de lo que creemos, en que necesitaremos toda su fuerza.
Valerius abrió lentamente los ojos, y en su mirada ya no había rastro de su mal humor anterior, solo una profunda preocupación.
—¿Tan pronto? —preguntó con voz baja.
La directora asintió con gravedad, sin titubear.
—Hace tres noches bajé personalmente a inspeccionar los sellos que mantienen el equilibrio en este mundo. El primero... ya está debilitándose.
Un escalofrío recorrió la espalda de Selene, a pesar de que conocía muy bien la resistencia de esos antiguos mecanismos.
—¿Cuál de ellos? —preguntó, casi en un susurro.
Evelyn guardó unos segundos de silencio, como si le costara pronunciar el nombre en voz alta. Cuando lo hizo, su voz sonó apenas como un soplo de viento, pero con un peso que pareció hacer vibrar el suelo bajo sus pies.
—Tauro.
En ese instante, el ambiente pareció volverse más denso y pesado. Incluso el lago, que hasta hacía unos momentos estaba completamente inmóvil y en calma, comenzó a agitarse levemente, formando pequeñas olas que chocaban contra las piedras de la orilla con un sonido inquietante.
Valerius apretó lentamente el puño, hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Después de más de quinientos años de existencia, conocía muy bien el significado de aquellas palabras. No era solo un nombre; era el aviso de algo que había permanecido dormido durante siglos y que ahora comenzaba a despertar.
—Entonces... —murmuró él, pronunciando con dificultad lo que todos pensaban— el primer juicio... está por comenzar.
Evelyn levantó la vista hacia el horizonte, donde la luz del sol comenzaba a teñir el cielo de tonos dorados y anaranjados al acercarse el atardecer. Más allá, se alzaban las torres majestuosas de Saint Aurora, brillando con su propia luz.
En algún lugar de ese inmenso complejo, un muchacho sin recuerdos de su pasado seguía siendo arrastrado por dos estudiantes que no dejaban de hacerle preguntas y regañarlo por cada desastre cometido. Se quejaba, protestaba y buscaba formas de escapar, sin tener la menor idea de lo que ocurría en el mundo más allá de sus problemas inmediatos.
Y, sin saberlo, sin recordar quién era ni de dónde venía...
Era la única persona capaz de cambiar el destino de un mundo que llevaba cinco siglos esperando, preparándose y temiendo el regreso de las Calamidades.