La biblioteca volvió a sumergirse en su silencio habitual. Las alumnas que se habían acercado para escuchar la narración de Akane fueron regresando poco a poco a sus mesas, con la mente llena de nuevas historias y preguntas, pero sin hacer ruido para no interrumpir. Lin se movía con su habitual discreción, recogiendo los libros que ya no se usaban y acomodándolos en pilas ordenadas, mientras Akane terminaba de cerrar y alinear los grandes volúmenes sobre la mesa.
Gael permanecía en su asiento, con la mirada perdida en el vacío y el ceño ligeramente fruncido. Había una pregunta que daba vueltas en su cabeza desde el día anterior, y que ahora, después de escuchar todo lo relacionado con los Guardianes, le parecía aún más importante.
—Akane... —llamó con voz suave pero decidida.
Ella levantó la vista de inmediato, notando su expresión seria.
—Dime, Gael.
El muchacho apoyó un codo sobre la mesa y se inclinó un poco hacia adelante.
—Ayer escuché otra palabra varias veces, cuando mencionaron lo que protegían los sellos y lo que podía despertar. Nadie quiso explicarme qué significaba, pero ahora me atrevo a preguntar.
Akane ya imaginaba cuál sería. Asintió con la cabeza, animándolo a continuar.
—¿Cuál es esa palabra?
—Las... Calamidades.
En el instante en que pronunció ese nombre, el ambiente cambió por completo. La luz pareció volverse un poco más tenue, y la sensación de tranquilidad que había reinado hasta ese momento se disipó de golpe. La sonrisa de Akane desapareció por completo, dejando paso a una expresión grave y preocupada. Anastasia detuvo el movimiento de sus manos y dejó el libro que sostenía sobre la mesa con suma lentitud, como si estuviera tocando algo peligroso. Incluso Lin, que nunca demostraba alteraciones, detuvo por un segundo sus dedos sobre el lomo de un volumen y levantó los ojos con mayor atención.
Gael frunció el ceño con más fuerza, notando al instante ese cambio de actitud.
—¿Dije algo malo? —preguntó con cierta inquietud.
Akane tardó unos segundos en responder, como si estuviera buscando las palabras adecuadas o decidiendo hasta dónde podía contarle.
—No... no dijiste nada malo —negó lentamente con la cabeza—. Solo hiciste una pregunta... mucho más compleja, oscura y peligrosa de lo que crees.
Gael esperó en silencio, impaciente por saber la respuesta.
Akane soltó un suspiro profundo, como si tuviera que sacar el peso de siglos de historia y temor.
—La verdad es... que ni siquiera nosotros, que estudiamos esto durante años, sabemos realmente qué son.
...
Gael abrió los ojos con sorpresa, sin poder creer lo que acababa de escuchar.
—¿Cómo es posible? —preguntó, mirando a Akane, luego a Anastasia y finalmente a Lin, esperando que alguna de ellas corrigiera esa afirmación—. ¿Ni ustedes lo saben con todos estos libros y conocimientos?
Anastasia negó suavemente con la cabeza, con una expresión que denotaba frustración y resignación al mismo tiempo.
—No. Después de quinientos años de su primera aparición, después de miles de investigaciones, de relatos y de registros, seguimos sin comprender su verdadero origen, su naturaleza exacta ni por qué aparecen en el mundo.
Gael quedó completamente desconcertado. Era la primera vez desde que había llegado a la academia que veía a Akane admitir abiertamente que no tenía una respuesta, algo que parecía imposible tratándose de ella.
Akane volvió a abrir uno de los libros más antiguos que tenían sobre la mesa. Sus páginas estaban amarillentas y frágiles por el paso del tiempo, con bordes desgastados y tinta que había perdido parte de su intensidad original.
—Lo único que sabemos con certeza —explicó ella con voz baja— es lo que dejaron escrito quienes tuvieron la desgracia de enfrentarlas.
Pasó con mucho cuidado varias hojas, hasta detenerse en una ilustración dibujada con trazos firmes pero llenos de desesperación. La imagen mostraba un paisaje que parecía haber sido arrancado de su forma natural: montañas partidas por la mitad, valles convertidos en grietas sin fondo, bosques enteros reducidos a cenizas y polvo, y las siluetas de ciudades que ya no existían, borradas por completo del mapa.
—Las Calamidades... —continuó ella, señalando el dibujo— no son dioses, ni monstruos, ni ejércitos de criaturas oscuras. Tampoco son magia creada por nadie. Son fuerzas puras, primordiales e incontrolables de la naturaleza misma. Se manifiestan de formas distintas: como fuego que no se apaga, como agua que inunda sin cesar, como viento que arranca rocas o como una corrupción que devora todo lo que toca. Y su única función es destruir todo cuanto encuentran a su paso.
Gael observó el dibujo con los ojos muy abiertos, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Tan fuertes son como para causar todo esto? —preguntó con voz casi un susurro.
Akane levantó la vista, y su respuesta fue inmediata, sin vacilación alguna.
—Una sola Calamidad... tiene el poder suficiente para borrar un continente entero de la faz de la tierra.
La biblioteca quedó completamente muda. Incluso las alumnas que seguían en las mesas cercanas se habían quedado en silencio, escuchando con atención, como si temieran que el simple hecho de hablar de esas fuerzas pudiera atraerlas.
Akane siguió pasando las páginas, mostrando mapas antiguos y anotaciones desordenadas.
—Los registros más fiables sitúan la primera aparición hace aproximadamente trescientos cincuenta años, poco más de un siglo después de la desaparición de los Guardianes y los dioses. Aquí —señaló un punto con el dedo sobre un mapa dibujado a mano—, en lo que entonces era el reino de Grecia.
Gael se inclinó para ver mejor el lugar marcado.
—Su aparición fue repentina, sin aviso previo, sin señales en el clima ni en la magia. Un día todo estaba en calma, y al siguiente, el suelo comenzó a temblar y una energía oscura e incontrolable salió de las profundidades. No hubo tiempo de prepararse. Ciudades enteras fueron reducidas a escombros en cuestión de horas. Miles de personas murieron antes de poder siquiera correr. Los ejércitos más poderosos de la época marcharon para detenerla, pero fueron barridos como si fueran hojas secas. Los magos más hábiles lanzaron sus conjuros más fuertes, pero la energía de la Calamidad simplemente los absorbía o los deshacía sin esfuerzo. Todo parecía perdido, como si el mundo estuviera condenado a ser destruido sin remedio.
Gael tragó saliva, sintiendo el peso de aquellas palabras.
—Entonces... —preguntó con dificultad— ¿cómo lograron detenerla? ¿Cómo es que seguimos aquí hoy?
Akane guardó silencio por un instante, y fue Anastasia quien tomó la palabra, con una voz más grave y cargada de respeto.
—No la vencieron, Gael. Ningún arma, ni magia, ni ejército pudo derrotarla.
El muchacho giró la cabeza hacia ella, confundido.
—¿Qué hicieron entonces?
—La sellaron —respondió Anastasia con claridad.
—¿Quién tuvo el poder suficiente para hacer algo así?
La mirada de Anastasia se volvió distante, como si estuviera mirando a través de los siglos hacia el pasado.
—Apareció un hombre. Uno de los últimos guerreros que había sobrevivido a la época de los Guardianes, alguien que había presenciado la gran guerra quinientos años antes y que había logrado mantenerse con vida gracias a un poder que pocos podían dominar. Nadie conoce su verdadero nombre, nadie sabe de dónde vino ni dónde vivía antes de ese momento. Solo sabemos lo que hizo.
Gael permanecía inmóvil, atento a cada detalle.
—Utilizó una magia que ningún ser humano debería haber sido capaz de invocar —continuó ella—. La llaman Magia Primordial: la misma energía bruta y pura con la que, según las leyendas antiguas, los dioses dieron forma a los mares, las montañas y la vida misma.
Akane retomó la explicación, con la voz suave pero firme.
—Pero él era un mortal. Por más poder que tuviera, ningún cuerpo humano está diseñado para soportar esa energía en su estado más puro. Usarla significaba quemar cada fibra de su ser desde adentro hacia afuera.
El silencio volvió a caer sobre la mesa, más pesado que antes.
—El sello funcionó —añadió ella finalmente—. La primera Calamidad quedó encerrada bajo tierra, atrapada en una barrera mágica que la mantendría dormida durante siglos. Pero el precio fue demasiado alto: en el mismo instante en que terminó de lanzar el hechizo, la energía consumió su vida por completo. Murió en el acto, sin que nadie pudiera siquiera agradecérselo.
Gael bajó lentamente la mirada hacia sus propias manos, comprendiendo el sacrificio.
—Entonces... lo consideran un héroe —murmuró.
Akane sonrió con tristeza, asintiendo.
—El primero de todos. El primero en dar su vida para salvar al resto.
Gael guardó silencio unos segundos, mientras sus pensamientos daban vueltas a todo lo que había escuchado. Luego levantó la vista y señaló el libro abierto.
—Pero... ¿quién fue realmente ese hombre? ¿No hay registros, ni inscripciones, ni nada que diga quién era?
Akane bajó la mirada hacia las páginas antiguas y negó con la cabeza con pesar.
—No lo sabemos. Por más que hemos buscado en todos los archivos posibles, nunca aparece su nombre.
Anastasia intervino para completar la información.
—Y lo mismo ocurrió con los que vinieron después. Desde aquel día, cada vez que una nueva Calamidad despertaba en algún rincón del mundo, siempre aparecía otro guerrero igual a él. Nadie sabía de dónde venían, nadie conocía su pasado ni su identidad. Solo llegaban, luchaban contra la fuerza destructiva, invocaban el sello y, una vez cumplida su tarea, morían sin dejar rastro.
Akane acarició con mucha suavidad la cubierta de cuero del libro, como si estuviera tocando un recuerdo sagrado.
—Con el paso de los siglos, dejaron de ser personas con nombre y apellido. Se convirtieron en leyendas, en símbolos de sacrificio y deber. Hoy en día, en todos los libros de historia y en las tradiciones de todos los reinos, se les conoce simplemente como... los Once Héroes del Sellado.
Lin añadió con su tono sereno y respetuoso:
—En algunos lugares se les llama de otras formas: los Guardianes Eternos, porque nunca fallaron en su misión; los Héroes sin Rostro, porque nadie supo cómo eran realmente; o los Mártires del Equilibrio, porque dieron su vida para mantener el orden en el mundo.
—Pero la realidad es que nadie sabe quiénes fueron en verdad —concluyó Anastasia—. No tenemos sus nombres, ni sus historias, ni sabemos dónde fueron enterrados. Todo lo que queda de ellos son las barreras que construyeron y las leyendas que se han contado de generación en generación.
Gael observó en silencio otra ilustración que aparecía más adelante en el libro. En ella se veía solo la silueta de un hombre de espaldas, envuelto en una luz brillante que formaba un gran círculo en el suelo, mientras frente a él se alzaba una sombra inmensa y oscura que parecía devorar todo a su alrededor. El dibujo no tenía rasgos faciales, ni detalles de su ropa, ni nada que pudiera identificarlo.
Y justo debajo de la imagen, escrito con letras desgastadas, pero aún legibles, había una frase que parecía resumir todo lo que eran:
"Aquí cayó el Primer Héroe, aquel que entregó su vida para que el mundo pudiera vivir un día más."
Gael sintió de nuevo esa sensación extraña en su pecho, esa vibración tenue y familiar que no lograba explicar. Al mirar la silueta sin rostro, por un breve instante tuvo la impresión de que estaba viendo algo que le resultaba conocido, aunque no pudiera decir por qué. Como si, en lo más profundo de su memoria perdida, hubiera algo que le decía que esa historia no era solo un relato antiguo... sino algo que le concernía directamente.
La biblioteca volvió a sumirse en un silencio absoluto, cargado de gravedad. Akane cerró con mucho cuidado la cubierta del antiguo libro, como si estuviera guardando algo sagrado. Nadie pronunció una sola palabra durante unos segundos.
Gael permanecía inmóvil en su asiento, con los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre la mesa. Su expresión era muy distinta a la de siempre: ya no se veía al muchacho despreocupado que hacía preguntas sin parar, ni al joven confundido que buscaba respuestas. Parecía estar sumido en un pensamiento profundo, como si estuviera ordenando cada dato que acababa de escuchar.
Akane, Anastasia y Lin intercambiaron una mirada breve. Era la primera vez que lo veían así, con esa seriedad tan madura.
Los segundos fueron pasando lentamente, hasta que...
¡PAM!
Las dos manos de Gael golpearon la mesa con tanta fuerza que todos los libros y papeles saltaron varios centímetros en el aire.
—¡¿Eh?!
Akane dio un pequeño brinco en su silla, casi perdiendo el equilibrio. Anastasia abrió mucho los ojos y estuvo a punto de dejar caer el volumen que tenía entre las manos. Incluso Lin, que rara vez demostraba sorpresa, levantó apenas una ceja. Varias alumnas cercanas giraron la cabeza de golpe, sobresaltadas por el ruido inesperado.
Gael abrió los ojos de golpe, y en su rostro apareció una sonrisa amplia y llena de energía.
—¡Ya sé!
Akane, todavía recuperándose del susto, se llevó una mano al pecho y lo miró con confusión.
—¿Qué... qué sabes de repente?
Sin perder ni un segundo, Gael se puso de pie de un salto, apoyándose con ambas manos en la mesa.
—¡Ya sé qué quiero hacer ahora que voy a ser alumno de esta academia!
Anastasia inclinó ligeramente la cabeza, con curiosidad mezclada con alerta.
—¿Y qué cosa es?
Gael respondió sin la menor duda, con una voz firme que no admitía réplica.
—Voy a descubrir quiénes eran realmente esos guerreros.
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez de sorpresa. Las tres mujeres se quedaron completamente inmóviles, mirándolo como si acabara de decir algo imposible.
Gael continuó hablando con total naturalidad, como si se tratara de la tarea más sencilla del mundo.
—Voy a investigar sus nombres, su historia, de dónde vinieron, cómo vivieron, qué los impulsó a hacer lo que hicieron... todo lo que se pueda saber.
Akane tardó unos segundos en reaccionar, frunciendo el ceño con incredulidad.
—¿Por qué? ¿Por qué emprender algo así? Llevamos siglos intentando encontrar respuestas sin éxito.
Gael volvió a mirar la pila de libros antiguos, y su sonrisa se desvaneció poco a poco, dando paso a una expresión seria y reflexiva.
—Porque hay algo que no me cuadra en todo esto.
Las tres se inclinaron ligeramente, escuchando con atención.
—Esos guerreros no eran dioses, ni inmortales por naturaleza, ni seres creados para una misión. Eran humanos, igual que cualquiera.
Se llevó una mano al pecho, como si estuviera tocando su propio corazón.
—Y aun así decidieron vivir siglos más allá de lo normal, esperar cientos de años en silencio, sin gloria ni reconocimiento, solo para aparecer cuando el mundo volviera a necesitarlos.
Su voz sonaba cada vez más convencida, como si estuviera explicando una verdad evidente.
—Eso significa que, de alguna forma, sabían que esto iba a pasar. Sabían que las Calamidades volverían a despertar tarde o temprano. Y aun así eligieron quedarse en lugar de vivir una vida tranquila y morir en paz.
Akane sintió un pequeño escalofrío recorrerle la espalda, porque en el fondo sabía que esa conclusión era exacta, aunque nunca se lo habían planteado de esa forma tan directa.
—Vivieron mucho más tiempo del que cualquier persona debería vivir —continuó Gael—, pero no lo hicieron por ambición, ni por poder, ni por miedo a la muerte. Lo hicieron por una sola razón: querían proteger este mundo y a quienes vivían en él.
Bajó lentamente la mirada hacia la mesa, y su tono se volvió más suave pero cargado de sentimiento.
—Y cuando llegó el momento de actuar, no lo dudaron ni un segundo. Entregaron su vida sin esperar nada a cambio.
La biblioteca permanecía en silencio absoluto; ni siquiera las alumnas que estudiaban en las mesas más lejanas se atrevían a hacer ruido.
—Pero ahora... ¿qué queda de ellos? —preguntó Gael en voz baja, mirando nuevamente las portadas desgastadas de los libros—. Ni siquiera sus nombres. Solo son siluetas sin rostro, números en una lista de leyendas.
Negó lentamente con la cabeza, con un gesto de frustración sincera.
—Eso... eso es muy injusto.
Akane bajó la vista, sin saber qué responder. No podía negar que tenía razón, pero tampoco sabía cómo cambiar una historia que parecía escrita para siempre.
Gael respiró profundamente, llenando sus pulmones de aire, y levantó la cabeza de nuevo. Sus ojos brillaban con una determinación tan intensa que ninguna de las tres había visto jamás en nadie.
—Un héroe puede morir, eso es inevitable y forma parte de la vida. Pero no debería desaparecer para siempre de la historia. No debería ser olvidado.
Esbozó una sonrisa tranquila, pero firme.
—Así que ya lo decidí. Voy a buscarlos. Aunque solo queden fragmentos dispersos, aunque la información sea escasa, aunque nadie recuerde quiénes fueron. Yo voy a reconstruir su historia, pieza por pieza.
Se golpeó suavemente el pecho con el puño cerrado, marcando sus palabras.
—Y cuando lo consiga, me aseguraré de que el mundo entero vuelva a saber quiénes fueron realmente. Porque... los héroes merecen ser recordados, no solo como sombras, sino como personas.
El silencio que siguió fue aún más profundo que antes. Akane se quedó inmóvil, con la mente llena de pensamientos. Anastasia no apartaba la vista de Gael, impresionada por la fuerza de su convicción. Incluso Lin, siempre tan erguida y serena, bajó ligeramente la cabeza, como si estuviera respetando esa promesa recién hecha.
Ninguna sabía muy bien cómo responder, porque sin darse cuenta, aquel muchacho que no recordaba ni su propio pasado acababa de prometer devolverle al mundo la memoria de quienes habían sacrificado todo por él.
Fue Anastasia quien rompió finalmente el silencio, con una media sonrisa entre la duda y la curiosidad.
—Todo eso suena muy noble y muy decidido, Gael... pero dime una cosa: ¿cómo se supone que vas a encontrar esa información? Nosotras hemos recorrido todos los archivos, consultado cada libro antiguo y estudiado cada registro que existe, y no hemos encontrado ni una sola pista concreta. ¿Por dónde empezarías tú?
Gael la miró con esa misma sonrisa confiada, y luego paseó la mirada por las tres mujeres, levantando ligeramente una ceja como si les estuviera haciendo una pregunta obvia.
—Bueno... se supone que ustedes son las "cerebritos" de esta academia, ¿no? Las que saben todo lo que hay que saber.
Al escuchar esas palabras, la expresión de las tres cambió de inmediato. Akane abrió los ojos un poco más, Anastasia frunció el ceño y Lin inclinó ligeramente la cabeza, aunque se notaba que estaba molesta.
—¿Cerebritos? —repitió Akane, con tono ofendido—. ¿Así nos llamas después de todo lo que te hemos explicado?
—Si tenemos tanta facilidad para encontrar respuestas —añadió Lin con voz suave pero cortante—, quizás tú puedas iluminarnos con tu gran sabiduría y decirnos cómo hacerlo, si eres tan listo.
Gael soltó una pequeña risa, sin sentirse ofendido en absoluto, sino más bien con el ego ligeramente levantado por haberlas dejado sin palabras antes. Se cruzó de brazos y las miró con aire de quien acaba de darse cuenta de algo que ellas parecían haber olvidado.
—Fácil —dijo con total naturalidad—. ¿No se dan cuenta de que tienen a dos testigos directos de toda esa época viviendo aquí mismo, en la academia?
Las tres se quedaron en silencio por un instante, parpadeando como si estuvieran procesando la frase.
De pronto, casi al mismo tiempo, sus ojos se abrieron de par en par, como si un interruptor se hubiera encendido de golpe en sus cabezas.
—¡La directora Evelyn Noctis! —exclamó Akane.
—¡Y el profesor Valerius Drakos! —terminó Anastasia.
Se miraron entre sí, sintiéndose un poco tontas por no haberlo pensado antes. Durante años habían buscado respuestas en libros polvorientos y registros antiguos, olvidando que las personas que vivieron aquellos tiempos todavía estaban ahí, caminando por los mismos pasillos que ellas.
Gael sonrió con más confianza todavía, apoyando la espalda en el respaldo de la silla.
—Exacto. Si alguien puede saber quiénes eran esos guerreros, cómo funcionaban sus poderes o qué pasó realmente en cada aparición... son ellos. No necesitamos buscar en libros que pueden estar incompletos o alterados con el paso del tiempo. Solo tenemos que preguntarles directamente.
Las tres se quedaron mirándolo, comprendiendo que, por más conocimientos que tuvieran, a veces la respuesta más obvia es la que más tiempo tarda en aparecer. Y una vez más, Gael había dado en el clavo sin siquiera esforzarse demasiado.
Un rato después, ya fuera de la biblioteca, los cuatro caminaban por los amplios jardines de la academia hasta detenerse frente al patio principal. Allí, bajo la sombra de un viejo roble centenario, sentado en una banca de piedra, estaba el profesor Valerius Drakos. Tenía las piernas cruzadas, un libro abierto sobre sus rodillas y una expresión seria y concentrada, como si nada a su alrededor pudiera distraerlo.
Gael señaló hacia él con el dedo.
—Ahí está. Empecemos por él.
Pero cuando miró a su lado, se encontró con que Akane, Anastasia y Lin se habían quedado quietas en su sitio, mirando al profesor con una mezcla de respeto y evidente temor. Ninguna daba un paso más.
—¿Y bien? —preguntó Gael, confundido—. ¿Vamos?
Akane se aclaró la garganta, bajando la voz.
—Nosotras... mejor no.
—¿Cómo que mejor no? —insistió él.
—Es que... —añadió Anastasia, encogiéndose ligeramente—. El profesor Valerius no es de muchas palabras, y cuando alguien le interrumpe mientras lee, suele ponerse de muy mal humor. Además... da un poco de miedo.
Lin asintió con calma, aunque también se notaba que no tenía intención de acercarse.
—Es mejor que lo haga usted, señor Gael.
Gael parpadeó, mirándolas con incredulidad.
—¿Así que me dejan todo el trabajo a mí?
—Tú tienes más facilidad para tratar con él —dijo Akane, resignada—. O al menos, tú no te asustas como nosotras.
Gael se llevó una mano al pecho, fingiendo estar ofendido.
—¡Oigan! Puedo ser muy educado y cortés cuando me lo propongo, ¿saben? No soy un niño sin modales. Confíen en mí, verán que todo sale bien.
Antes de que pudieran responder, ya se había dado media vuelta y caminaba con paso decidido hacia donde estaba el profesor.
Las tres se quedaron mirándolo alejarse, intercambiando una mirada de poca fe.
—¿Confiar en él? —murmuró Anastasia—. Con la relación que tienen, esto no va a acabar bien.
—Ninguna posibilidad —añadió Lin, asintiendo con seriedad.
En ese momento, Akane se dio cuenta de algo curioso. Por todo el borde del patio, entre los arbustos, detrás de las columnas y desde las ventanas de los pasillos, había decenas de alumnas que se asomaban en silencio, con los ojos muy abiertos y las manos en la boca. Incluso Astrid y Freya estaban apoyadas en una columna cercana, observando con atención.
—¿Qué pasa? —preguntó Anastasia al verlas.
—Se corrió la voz —respondió Freya sin apartar la vista—. Todo el mundo sabe que en cuanto esos dos se encuentran, algo pasa. Todos quieren ver qué ocurre ahora.
—Esto terminará en desastre —repitió Anastasia con seguridad.
—Sin duda —confirmó Lin.
Mientras tanto, Gael ya había llegado frente a la banca. Se detuvo a unos pasos y se quedó en silencio, esperando a que el profesor levantara la vista.
Valerius tardó unos segundos en terminar el párrafo que estaba leyendo. Luego cerró el libro lentamente y levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Gael de inmediato.
Ninguno habló.
Solo se miraron fijamente, como si estuvieran midiendo fuerzas sin necesidad de palabras. La tensión en el aire se hizo tan densa que se podía cortar con un cuchillo; en todo el patio no se escuchaba ni un solo susurro.
Akane apretó las manos, esperando lo mejor. Por favor, Gael, sé educado... pensó.
Pero no pasaron ni diez segundos.
—¿Otra vez tú? —soltó Valerius con voz grave y cansada.
—¿Y qué si soy yo? —respondió Gael al instante, levantando la barbilla—. ¿Acaso es tu propiedad este patio?
—Siempre apareces para molestar.
—¡Yo aparezco por asuntos importantes! No ando por aquí perdiendo el tiempo leyendo libros polvorientos.
—¡Mocoso insolente!
—¡Viejo amargado!
Y en menos de un minuto, ya estaban frente a frente, acercándose cada vez más, estirándose las mejillas mutuamente con los dedos, mientras intercambiaban frases agudas sin parar.
—¡Suéltame, tu mano es áspera como corteza de árbol!
—¡Tú tienes la cara más dura que una roca!
Akane cerró los ojos con desesperación. No podía ser... tenía que empezar así.
Sin pensarlo dos veces, salió corriendo hacia ellos, se puso de puntillas y le dio un coscorrón fuerte en la parte superior de la cabeza a Gael.
—¡¡Gael!! ¿No dijiste que serías cortés? ¡Eres imposible!
El muchacho soltó de inmediato la mejilla del profesor y se llevó ambas manos a la cabeza, soltando un quejido.
—¡Ay! ¡Duele! ¿Por qué me pegas a mí solo? ¡Él empezó!
—¡No importa quién empezó! ¡Tú dijiste que te portarías bien! —le regañó Akane, cruzándose de brazos con el ceño fruncido.
Valerius los observaba con las manos en la cintura, aunque ya no tenía la misma expresión de enojo anterior, más bien parecía divertido en el fondo.
—¿Y ahora qué les pasa a todos ustedes hoy? —preguntó con tono tranquilo, mirando a los cuatro reunidos frente a él.
Akane respiró hondo para calmarse y, antes de que Gael pudiera abrir la boca para decir algo que empeorara las cosas, habló ella directamente.
—Venimos a hacerle una pregunta, profesor. Queremos saber más sobre los Once Héroes del Sellado, los guerreros que enfrentaron las Calamidades hace siglos. Pensamos que usted, que vivió esa época, podría contarnos algo.
Valerius se quedó en silencio unos instantes, mirando alternativamente a Akane, a Anastasia, a Lin y finalmente fijó su mirada en Gael. Entonces, una sonrisa lenta y astuta apareció en sus labios.
—Ah, ¿eso es lo que buscan? —dijo con voz grave pero llena de intención—. Pues tal vez... tal vez podría darles alguna pista. Pero solo si este mocoso —señaló directamente a Gael con el dedo— logra ganarme en un combate justo.
En ese mismo instante, todo el patio quedó en un silencio absoluto, como si el tiempo se hubiera detenido. Las alumnas que miraban desde lejos abrieron los ojos como platos, Astrid y Freya se inclinaron hacia adelante con atención, y Akane, Anastasia y Lin se quedaron sin palabras, mirando a Gael para ver cuál sería su respuesta.