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Nuestra historia

Sabrina
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Todos los cuentos de hadas terminan con un final feliz. ¿Pero qué pasa cuando los personajes continúan después de esas páginas que el escritor no se molestó en escribir?

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Todos los cuentos de hadas terminan con un final feliz. ¿Pero qué pasa cuando los personajes continúan después de esas páginas que el escritor no se molestó en escribir?

Suena el timbre para el segundo día de preparatoria; todos corren a clases, algunos emocionados, otros nerviosos o con flojera, y luego estamos a los que detienen en la puerta por no cumplir con las normativas del uniforme. En esas andaba yo: digamos que no les gustó mucho mi idea de llevar unos Vans con el pantalón escolar. Y también estaba «18», un muchacho moreno de cabello oscuro y ojos cafés que a kilómetros notabas que era amable y caía bien, con el uniforme deportivo un día que claramente no tocaba. A su lado, con mis chinos rebeldes, mis tenis y mi personalidad impulsiva, éramos el contraste perfecto.

Después de la regañada que nos dieron, nos mandaron al salón. Solo había una banca vacía a mi lado derecho y lo que en su momento pareció insignificante, se convirtió en el comienzo de algo de lo que ni siquiera tenía idea.

Conectamos rápido. Platicábamos en clases y formamos un grupito juntos. Él tenía novia y yo tenía a mi novio de la secundaria, así que ni por la mente me pasaba que sucediera algo entre nosotros. Pero con el tiempo conectamos en tantas cosas; yo amaba el rancho, pero nunca había tenido a alguien como él para contárselo así. Tenía muchas metas y ganas de comerse al mundo; poco a poco esa conexión se convertía en algo peligroso, no porque fuera una mala amistad, sino porque tarde o temprano terminaría enamorándome del loquito lleno de metas que usaba botas.

Entre miles de llamadas durante horas, mensajes, muchísimas pláticas, tanta conexión y los problemas con nuestras parejas, esa delgada línea de amistad se estaba perdiendo. Para cuando desperté de todo, yo ya había terminado con mi novio de la secundaria y él estaba soltero, tirándome mil indirectas donde yo caería redondita. PERO... siempre hay un pero. Lo conocí tan bien en tan poco tiempo que me di cuenta de algo cuando ya me estaba pidiendo una oportunidad:

—¿Una oportunidad hacia algo más que amigos entre nosotros? Algo más que amigos, algo más que novios, algo más que un enamoramiento de dos adolescentes en este momento de la vida juntos. Después de años de amistad, de conocernos, cuidarnos, pasar tiempo juntos y unirnos en esas noches que nos destrozan el corazón, hasta que llegue un punto donde terminemos uniendo nuestras metas y terminemos juntos... suena como un plan perfecto. Que después de conocernos tan bien, querernos muchísimo y cumplir lo que tengamos que cumplir, un día nos pregunten: «¿Y con quién te casaste?», y responder: «Con mi mejor amigo». ¿Te imaginas?

Bueno, esto es lo que mi increíble cabeza de 15 años le respondió a su mejor amigo después de que le dijera si le daba una oportunidad.

Todo tiene una explicación. A los 15 el amor es así: intenso, volátil, caprichoso y efímero, aunque la mayoría de nosotros lo sintamos eterno en su momento. Precisamente por eso nació la regla de los 18: porque en mi lógica quería proteger lo nuestro de esa inmadurez. Pero entre la promesa y la realidad hay un abismo, y aunque en ese entonces no sabía si sobreviviríamos o si quedaría algo después... la historia continuó.

Con el tiempo empecé a conocerlo y era todo mi «tipo», pero no el tipo de novio pasajero, sino como mi esposo ideal. Instintivamente veía el amor que se tienen mis padres y el increíble equipo que hacen, y exactamente como ellos me veía con él: un vaquero trabajador al que desde chico le tocó ayudar en su familia, cuidadoso con el dinero, amoroso y amable. De todo esto surge el acuerdo. Seamos sinceros, a los 15 no estamos listos para sobrellevar una relación como para llevarla al altar; somos muy inmaduros y solo fantaseamos. Así que le dije que si lo intentábamos hasta los 18, cuando ya tuviéramos más definido qué queríamos hacer con nuestra vida, si las metas seguían siendo las mismas y tal vez fuéramos un poco más maduros. Él lo aceptó; aceptó ser mi «amigo-amigo».

Aunque no hay que ser muy listos para deducir que, una vez que los amigos cruzan esa línea de la amistad al «me gustas», la relación ya no es igual: se llena de indirectas, piropos y...

Un jueves en la tarde se quedó a ayudarme a limpiar unos trapos del laboratorio. Jugando y tallando, de pronto me dio un beso robado. Me quedé tiesa, no sabía cómo reaccionar o qué decir; él solo se rió con una risa de nervios y se tocó el cuello con mucha pena. Saben, este hubiera sido el momento perfecto para ese final feliz, pero, después de todo, la historia continúa.

Una semana después, esa misma tarde, me mandó un mensaje disculpándose. Dijo que se puso a pensar y que tal vez no estuvo bien, pero que quería hacerlo y no se arrepentía; solo lamentaba si me había incomodado. Otra tarde fuimos con nuestros amigos para hacer, como de costumbre, las tareas a la biblioteca. Mi mamá llegaría un poco tarde por mí, así que él se quedó a esperar a que vinieran por mí. Estábamos en ese pasillo antes de entrar al edificio —un pasillo grande y alto, con un piso negro con blanco—, platicábamos, jugábamos y luego lo besé yo. Me puse un poco de puntitas y le robé ese beso, pero esta vez no me alejé: solo dimos esa pequeña risa de complicidad y seguimos el beso hasta que se atravesó uno de mis cabellos chinos. Él solo lo retiró, se rió y empezó a tartamudear. Yo solo dije: «Cállate y bésame». Aún es de mis recuerdos favoritos, aunque hay que recordar que éramos «amigos» y yo dije que hasta los 18.

Cada día había más indirectas, miradas, notitas y shippeo de nuestros compañeros.

Thoughts

  • Anaclaudia

    Me ha encantado el detalle del pelo rizado metiéndose en medio del beso. Y a los 15 ya firmando contratos con fecha, madre mía.

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  • nachovargas88

    Ya pues, apostaría a que ya estaban juntos desde antes de la biblioteca y lo de los 18 era solo el nombre que le pusieron.

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  • Ovid

    Qué fuerte que la regla de los 18 la pusiera la de 15 años, que era justo la que menos margen tenía para cumplirla. Y la historia se corta cuando ya andaban las notitas y el shippeo de los compañeros, ahí es donde uno se queda con ganas de más. Gracias por traerlo por acá! ¿Vas a subir lo que sigue?

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  • Anaisabel

    Me quedé pensando en la fecha esa de los 18. Poner un plazo a algo que ya estaba pasando tiene menos de romántico que de administrativo, y funciona igual: durante ese tiempo la relación existe y a la vez no cuenta. Yo sostuve años una así, sin nombre y sin lugar donde ponerla, y nunca supe si el plazo me protegía o solo me daba permiso.

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