CAPÍTULO 5:
ESCENARIO:
Un campamento militar provisional de las fuerzas gubernamentales a orillas del Arroyo Canelón Grande. Es una noche fría de niebla densa. Fogones a medio apagar emiten columnas de humo azulado. Alrededor de las llamas hay soldados descalzos envolviéndose los pies con trapos, durmiendo sobre sus monturas. Las lanzas patrias están clavadas en el barro formando una cerca improvisada.
Dentro de una carpa de campaña hecha con cueros de buey, ANACLETO "EL CHASCO" SILVEIRA examina una orden militar junto a su subalterno, el CABO TIMOTEO. Sobre un cajón de municiones hay un mapa topográfico del interior del país.
(Anacleto camina de un lado a lado de la carpa, visiblemente atormentado. Se pasa la mano por la barba crecida de varios días).
CABO TIMOTEO:
(Afilando un facón contra una piedra de río, hablando en un susurro)
Don Anacleto... la gente de la tropa está murmurando. La orden que mandó el Comandante desde Montevideo no tiene sentido. Nos manda fusilar a los tres baqueanos que custodiaban el paso del río diciendo que eran espías brasileños. Yo conozco a esos muchachones desde gurises; pelearon con nosotros en Sarandí.
ANACLETO:
(Deteniéndose en seco, golpeando el cajón de municiones)
¡Callate la boca, Timoteo! Las órdenes de la Comandancia no se discuten en el fogón. Si el Comandante dice que eran espías, es porque tenía informes de la capital.
CABO TIMOTEO:
(Levantando la vista, con tono de franca duda)
Usted no se cree eso ni un poquito, Don Anacleto. Esos tres baqueanos fueron los mismos que transportaron las cajas de la fragata francesa la semana pasada desde el puerto hasta el estanque de la Aguada. Sabían qué había adentro de las cajas. No eran armas... eran lingotes de oro con el sello del Rey de Francia.
ANACLETO:
(Sentándose pesadamente sobre el cajón, tomando la botella de caña sin beber)
Timoteo... yo le juré lealtad a "El Negro" porque vi cómo se paraba frente a las tropas imperiales en las picadas del Yí. Pensé que era un caudillo de nuestra tierra, un hombre que sentía el dolor del gauchaje. Pero en la capital... en la capital lo vi hablar con los doctores y los diplomáticos extranjeros. Habla una lengua de demonios cuando cree que nadie lo escucha.
CABO TIMOTEO:
(Inclinándose hacia su jefe)
¿Y qué vamos a hacer? Si fusilamos a los baqueanos mañana, nos volvemos cómplices de una matanza.
ANACLETO:
(Dudando profundamente, vacilante, luchando contra su propia lealtad)
No... no lo crean tan así, Timoteo. El Comandante sabrá por qué hace las cosas. Un líder tiene que tomar decisiones duras que la gente del común no entiende. Cumplimos la orden... pero a partir de mañana, le pongo dos hombres de mi confianza a cuidar a la muchacha Juana Correa. Algo huele a podrido en la Comandancia, pero antes de darle la espalda a mi jefe... necesito ver las pruebas con mis propios ojos.