Capítulo 2: Los cuatro guardianes del amanecer
El sol comenzaba a elevarse lentamente sobre las montañas.
Kasumi permanecía de pie en lo alto de la colina, observando el humo que cubría el palacio.
Hasta aquella noche, Tamayo había sido su hogar.
El lugar donde había crecido.
Donde había jugado con Soo-won.
Donde había aprendido a caminar.
Donde su padre la había protegido de todo aquello que podía hacerle daño.
Ahora, desde la distancia, apenas podía reconocerlo.
—Princesa...
La voz de Souta la hizo reaccionar.
Kasumi se secó las lágrimas.
—Tenemos que irnos.
—¿A dónde?
Souta miró hacia el bosque.
—No lo sé.
Kasumi frunció el ceño.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Los caminos principales estarán vigilados. Si los hombres que atacaron el palacio descubren que escapamos, vendrán por nosotros.
Kasumi apretó los puños.
—Entonces iremos por el bosque.
—Es peligroso.
—Todo es peligroso ahora.
Souta no pudo discutir.
La princesa tomó el pequeño dragón de madera que Soo-won le había regalado años atrás.
Lo sostuvo con fuerza.
—Primero tenemos que descubrir qué ocurrió realmente.
Souta la miró.
—¿Y después?
Kasumi observó nuevamente el palacio.
—Después recuperaré mi reino.
EL BOSQUE PROIVIDO
Durante horas caminaron entre árboles.
El bosque era enorme.
Los rayos del sol apenas atravesaban las ramas.
Souta iba delante de Kasumi, vigilando cualquier movimiento.
—¿Estás cansada?
—No.
—Llevamos horas caminando.
—Estoy bien.
Souta la miró de reojo.
—No tienes que fingir conmigo.
Kasumi se detuvo.
—No estoy fingiendo.
—Kasumi...
Ella bajó la mirada.
—Tengo miedo.
Souta se quedó en silencio.
—Pero si me detengo ahora, ¿qué voy a hacer?
Souta no respondió.
Kasumi continuó caminando.
—Mi padre confiaba en mí.
—Sí.
—Y no pienso decepcionarlo.
Después de varias horas encontraron un pequeño río.
Kasumi se arrodilló para beber agua.
Entonces escuchó algo.
Un ruido entre los árboles.
Souta inmediatamente desenvainó su espada.
—¡Atrás!
Algo se movió rápidamente.
Kasumi levantó la mirada.
Dos ojos dorados aparecieron entre las sombras.
Souta se preparó para atacar.
Pero una voz habló.
—No parece que ustedes sean soldados.
Kasumi se sorprendió.
De entre los árboles salió un joven.
Tenía el cabello oscuro y llevaba una extraña marca azul alrededor de sus ojos.
Sus movimientos eran tranquilos.
Pero había algo en su presencia que hizo que Souta sintiera peligro.
—¿Quién eres? —preguntó Souta.
El joven no respondió.
Miró directamente a Kasumi.
Ella sintió un extraño escalofrío.
—¿Por qué me miras así?
El joven inclinó ligeramente la cabeza.
—Porque tienes los ojos del cielo.
Kasumi quedó confundida.
—¿Qué?
El joven se acercó.
—Eres la princesa.
Souta inmediatamente levantó su espada.
—¡Aléjate!
El joven retrocedió.
—No quiero hacerle daño.
Kasumi levantó una mano.
—Souta, espera.
—Pero...
—Quiero hablar con él.
El joven volvió a mirar a Kasumi.
—Mi nombre es Shin-ah.
Kasumi repitió el nombre.
—Shin-ah...
Él asintió.
—¿Vives aquí?
—Sí.
—¿Solo?
Shin-ah guardó silencio.
Kasumi comprendió que había tocado un tema delicado.
—Lo siento.
Shin-ah la observó durante unos segundos.
—¿Por qué estás aquí?
Kasumi miró hacia el suelo.
—Porque ya no tengo un hogar.
Shin-ah no respondió.
Pero sus ojos cambiaron ligeramente.
—Ven conmigo.
Souta frunció el ceño.
—¿A dónde?
—A mi aldea.
EL NIÑO DE LOS OJOS AZULES
La aldea estaba escondida entre las montañas.
Era pequeña.
Había casas de madera y campos cultivados.
Cuando Kasumi entró, los habitantes comenzaron a observarla.
Algunos reconocieron inmediatamente su identidad.
—Es ella...
—La princesa.
—¿Qué hace aquí?
Shin-ah se adelantó.
—No le harán daño.
Una anciana se acercó.
Miró a Kasumi.
Después miró a Shin-ah.
—Así que finalmente llegó.
Kasumi frunció el ceño.
—¿Finalmente?
La anciana sonrió.
—Nada.
Kasumi sintió que estaba ocultando algo.
Pero antes de que pudiera preguntar, escuchó un grito.
—¡Shin-ah!
Un niño apareció corriendo.
—¡Tenemos problemas!
Shin-ah se levantó.
—¿Qué ocurrió?
—Hay hombres entrando al bosque.
Souta se puso de pie.
—¿Los soldados?
El niño asintió.
—Están buscando a alguien.
Kasumi comprendió.
—Me están buscando a mí.
Shin-ah la miró.
—Entonces tendrás que esconderte.
Kasumi negó.
—No.
—¿No?
—No voy a esconderme mientras otros se ponen en peligro por mí.
Souta sonrió ligeramente.
—Eso suena exactamente como algo que diría.
Shin-ah observó a Kasumi.
Por primera vez, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Entonces lucharás.
Kasumi tomó su arco.
—Sí.
Los soldados entraron en la aldea.
—¡Buscamos a la princesa!
Nadie respondió.
Uno de los soldados empujó a un anciano.
Kasumi salió de su escondite.
—¡Déjalo!
Todos se sorprendieron.
—¡Es ella!
Los soldados corrieron hacia Kasumi.
Souta se interpuso.
Shin-ah también.
Entonces ocurrió algo extraño.
Los ojos de Shin-ah brillaron intensamente.
Los soldados quedaron paralizados.
Kasumi sintió un poder extraño recorrer el aire.
—¿Qué...?
Shin-ah cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, los soldados retrocedieron aterrados.
—¡Es el monstruo!
Shin-ah bajó la mirada.
Kasumi se colocó delante de él.
—¡No es ningún monstruo!
Los soldados huyeron.
La aldea quedó en silencio.
Shin-ah miró a Kasumi.
—¿Por qué me defendiste?
Kasumi respondió:
—Porque tú me defendiste primero.
Shin-ah no supo qué decir.
EL SEGUNDO ENCUENTRO
Kasumi permaneció varios días en la aldea.
Durante ese tiempo, Shin-ah comenzó a acompañarla.
No hablaba demasiado.
Pero siempre estaba cerca.
Una mañana, mientras Kasumi practicaba con su arco, escuchó una voz.
—¿Princesa?
Era Souta.
—¿Qué ocurre?
—Alguien viene.
Kasumi se giró.
Un joven de cabello plateado apareció caminando por el camino.
Era alto y tenía una expresión relajada.
—¡Hola!
Kasumi parpadeó.
—¿Quién eres?
El joven sonrió.
—Me llamo Jae-ha.
Shin-ah lo observó con atención.
Jae-ha miró a Shin-ah.
—Así que ya encontraste a la princesa.
Kasumi frunció el ceño.
—¿Cómo sabes quién soy?
Jae-ha sonrió.
—Hay rumores sobre una princesa de ojos azules que escapó del palacio.
Souta se puso alerta.
—¿Vienes a entregarnos?
Jae-ha soltó una carcajada.
—¿Yo? No.
Se acercó a Kasumi.
—Vengo porque quería conocer a la princesa que está haciendo tanto ruido en todo Tamayo.
Kasumi cruzó los brazos.
—No estoy haciendo ruido.
—Estás siendo perseguida por medio reino.
—Eso no es mi culpa.
Jae-ha volvió a reír.
—Me agradas.
Kasumi suspiró.
—¿Por qué todos dicen cosas tan extrañas?
Shin-ah se acercó.
—Jae-ha es diferente.
—¿Diferente cómo?
Jae-ha sonrió.
—Digamos que puedo llegar a lugares donde otros no pueden.
Y entonces saltó.
Kasumi levantó la mirada.
Jae-ha había subido a un árbol con una facilidad increíble.
—¡¿Cómo hiciste eso?!
Jae-ha se encogió de hombros.
—Tengo piernas largas.
Souta lo miró con desconfianza.
—Eso no explica nada.
EL GERRERO DE LA MANO BLANCA
Jae-ha decidió acompañarlos durante un tiempo.
Gracias a él consiguieron atravesar zonas que estaban vigiladas.
Pero una tarde, mientras viajaban por un camino de montaña, encontraron a un joven bloqueando el paso.
Tenía cabello claro.
Una armadura sencilla.
Y una enorme mano blanca.
—No pueden pasar.
Kasumi se acercó.
—¿Por qué?
—Este camino lleva a la región de Koka. Está bajo protección.
Jae-ha sonrió.
—Kija.
El joven lo miró.
—¿Lo conoces?
—Sí.
Kija miró a Kasumi.
Sus ojos se abrieron.
—La princesa.
Kasumi suspiró.
—¿Todos me conocen?
Kija se arrodilló.
—He esperado mucho tiempo para conocerla.
Kasumi quedó confundida.
—Levántate.
—Princesa, mi deber...
—No soy una reina.
Kija levantó la mirada.
—Pero eres la heredera de Tamayo.
Kasumi se quedó callada.
—Ya no sé si sigo siendo heredera.
Kija respondió:
—Eso no cambia lo que eres.
Kasumi lo miró.
—¿Quién eres?
Kija levantó su mano blanca.
—Soy Kija, descendiente del Dragón Blanco.
El viento sopló.
Shin-ah se acercó.
Jae-ha sonrió.
Souta miró a ambos.
—¿Dragón?
Kija asintió.
—Y no soy el único.
Kasumi sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
Kija miró a Shin-ah.
—Él es el Dragón Azul.
Después miró a Jae-ha.
—Y él es el Dragón Verde.
Kasumi quedó completamente sorprendida.
—Entonces...
Kija miró hacia las montañas.
—Solo falta uno.
EL ULTIMO DRAGON
Los cuatro viajaron durante varios días.
Kija explicaba que los dragones eran guardianes de una antigua línea de poder.
Cada uno poseía una habilidad especial.
El Dragón Blanco.
El Dragón Azul.
El Dragón Verde.
Y el Dragón Amarillo.
Pero el cuarto había desaparecido hacía años.
—¿Dónde está? —preguntó Kasumi.
Kija negó con la cabeza.
—Nadie lo sabe.
Jae-ha sonrió.
—Quizá no quiera encontrarnos.
Shin-ah permaneció callado.
Souta preguntó:
—¿Y por qué están buscando a la princesa?
Kija respondió:
—Porque existe una antigua leyenda.
Kasumi suspiró.
—Otra profecía...
Kija la miró.
—No es exactamente una profecía.
—¿Entonces qué es?
—Una historia.
Kasumi cruzó los brazos.
—¿Y qué dice?
Kija respondió:
—Cuando el reino pierda su luz, aparecerá una princesa nacida bajo un cielo de estrellas.
Kasumi bajó la mirada.
—Eso suena demasiado parecido a mí.
Jae-ha sonrió.
—Porque habla de ti.
Kasumi guardó silencio.
Entonces escucharon un ruido.
—¿Qué fue eso? —preguntó Souta.
Algo pequeño salió de unos arbustos.
Era un muchacho de cabello oscuro.
Llevaba una enorme mochila.
—¡Esperen!
Todos se giraron.
—¡No me dejen atrás!
Kija abrió los ojos.
—¡Zeno!
El muchacho llegó corriendo.
—¡Por fin los encontré!
Jae-ha sonrió.
—Así que decidiste aparecer.
Zeno respiró profundamente.
—Sí.
Kasumi lo observó.
—¿Quién eres?
Zeno sonrió.
—Soy Zeno.
Kija se acercó.
—Él es...
Zeno levantó una mano.
—El Dragón Amarillo.
Kasumi sintió que su corazón se aceleraba.
Los cuatro estaban allí.
Por primera vez.
Los cuatro dragones habían aparecido.
LA DESICION
Aquella noche acamparon juntos.
Kasumi se sentó cerca del fuego.
Shin-ah permanecía a su lado.
Kija vigilaba.
Jae-ha estaba recostado sobre una rama.
Zeno comía tranquilamente.
Souta observaba a todos.
Kasumi finalmente habló.
—¿Por qué ustedes quieren acompañarme?
Kija respondió:
—Porque creemos que eres la princesa mencionada en la antigua historia.
Jae-ha añadió:
—Porque tu viaje parece interesante.
Shin-ah simplemente dijo:
—Porque confío en ti.
Kasumi miró a Zeno.
—¿Y tú?
Zeno sonrió.
—Porque no me gusta viajar solo.
Kasumi comenzó a reír.
Por primera vez desde la noche de la traición, sintió algo parecido a tranquilidad.
Pero todavía tenía muchas preguntas.
¿Qué había ocurrido realmente con su padre?
¿Por qué Soo-won había desaparecido?
¿Quién había organizado el golpe?
¿Por qué los cuatro dragones habían aparecido precisamente ahora?
Y, sobre todo...
¿Qué secreto había guardado el rey Ij durante tantos años?
Kasumi levantó la mirada hacia el cielo.
Las estrellas brillaban.
Igual que la noche en que nació.
Souta se acercó.
—¿Estás pensando en tu padre?
—Sí.
—¿Y en Soo-won?
Kasumi apretó el pequeño dragón de madera.
—También.
Souta guardó silencio.
Kasumi miró a los cuatro jóvenes que descansaban alrededor del fuego.
—No sé qué va a ocurrir.
Souta sonrió.
—Nadie lo sabe.
Kasumi se levantó.
—Entonces lo descubriremos.
Los cuatro dragones la miraron.
Kija se puso de pie.
—Princesa.
Kasumi lo observó.
—¿Sí?
Kija inclinó la cabeza.
—A partir de hoy, si nos permite acompañarla...
Jae-ha sonrió.
Shin-ah asintió.
Zeno levantó una mano.
—Yo ya estoy de acuerdo.
Kasumi soltó una pequeña risa.
—Entonces vengan conmigo.
Los cuatro aceptaron.
Y así comenzó el viaje de la princesa de los ojos de estrellas.
Una princesa que había perdido su hogar.
Un guardaespaldas que había jurado protegerla.
Y cuatro dragones que habían esperado durante generaciones a que apareciera la persona que cambiaría el destino de Tamayo.
Pero ninguno de ellos sabía que, al mismo tiempo, en la capital...
Soo-won estaba entrando al palacio.
Los mismos hombres que habían provocado la caída del rey Ij estaban arrodillándose ante él.
—Príncipe Soo-won...
Soo-won miró el trono vacío.
Durante unos segundos, no dijo nada.
Finalmente caminó hacia él.
—A partir de hoy...
Se detuvo frente al trono.
—Tamayo tendrá un nuevo rey.
Y mientras la capital celebraba la llegada de un nuevo soberano...
en las montañas, Kasumi observaba el amanecer.
Los primeros rayos de luz iluminaron su rostro.
Shin-ah, Kija, Jae-ha, Zeno y Souta estaban detrás de ella.
Kasumi sonrió.
—Vamos.
Y comenzó a caminar.
Sin saber que el camino que tenía delante la llevaría a descubrir secretos sobre su padre, sobre Soo-won...
y sobre los cuatro dragones que ahora caminaban junto a ella.
El verdadero amanecer de Tamayo acababa de comenzar