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Capítulo 9: claridad en la penumbra

AYClover
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Stefan abrió los ojos y lo primero que sintió fue el alivio del frío retirándose de su sangre.

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Stefan abrió los ojos y lo primero que sintió fue el alivio del frío retirándose de su sangre.

Se incorporó sobre la mesa de madera, notando que su cuerpo ya no ardía. El aire de la cabaña olía a fuego viejo y a ese ungüento gitano que Amaya se había aplicado.

Allí estaba ella.

Sentada junto al fuego, vestida con la camisa de lana que le quedaba grande y la piel de lobo sobre los hombros, tenía uno de los libros de medicina abierto. Sus dedos seguían las líneas de tinta como si rastrearan una huella en el barro.

—Lachi... —susurró Stefan.

Ella levantó la vista.

Sus ojos aceituna lo recorrieron de arriba abajo con una frialdad que Stefan no esperaba.

Amaya se acercó a él, pero no hubo en su gesto nada de la cercanía de la noche anterior.

Olfateó el aire alrededor de su cuello.

Una vez.

Luego otra.

Y, de repente, retrocedió lentamente con un gruñido corto y seco.

Sus fosas nasales habían captado algo que Stefan ya había olvidado: el aroma a lavanda, harina de panadería y piel de Marta impregnado en su ropa y en su cuerpo.

Para la hija de la Luna, aquel olor era una marca.

Una pertenencia.

—Vete —dijo ella, señalando la puerta con una firmeza que heló a Stefan—. Tu hembra... espera. Hueles a ella. Hueles a casa de pan.

Stefan se quedó mudo, sintiendo que la cara le ardía de vergüenza.

¿Cómo explicarle que Marta era una cadena y no un refugio?

O, al menos, eso quería creer.

Intentó acercarse, pero Amaya mostró los dientes en un gesto puramente animal.

—¡Vete! —rugió—. No quiero... olor de otra en mi cabaña.

Stefan, herido en su orgullo y todavía débil, recogió sus cosas en silencio.

Sabía que no podía razonar con aquel instinto.

Dejó el resto del pan y los libros sobre la mesa y salió a la nieve, sintiendo que el bosque lo expulsaba una vez más.

Mientras tanto, en las faldas de la montaña, Zaira caminaba con el fardo apretado contra el pecho.

Había llegado casi a la entrada de la Cueva del Olvido, guiada por el relato del payo que había irrumpido en el campamento semanas atrás.

Todo iba conforme a lo planeado, hasta que un galope pesado rompió el silencio del bosque.

Tres jinetes del clan Zalazar le cerraron el paso.

En el centro, con el rostro deformado por una furia que apenas conseguía ocultar el miedo, estaba Yeray.

—¡Basta de locuras, Zaira! —rugió el Drao, bajando del caballo con un movimiento brusco—. ¿A qué has venido? ¿A hablar con las piedras? ¿A buscar a los muertos?

—¡Ella no está muerta! —gritó Zaira, luchando mientras los guardias la sujetaban por los hombros—. ¡El payo la vio! ¡La manta está de vuelta!

Yeray le arrebató el hatillo que llevaba.

Al comprobar que no contenía mantas vacías, sino una daga y sal sagrada, su expresión se volvió de piedra.

—Te estás hundiendo en la sombra, mujer. No permitiré que el clan vea a la esposa del Drao perdiendo el juicio en los riscos.

Yeray hizo una señal a sus hombres.

—Llévenla de vuelta al carromato. Enciérrenla si es necesario. No saldrá del campamento hasta que el rastro de ese payo se haya borrado de su cabeza.

Zaira fue arrastrada montaña abajo, gritando hacia las nubes, mientras Yeray miraba de reojo la boca de la cueva.

Por un segundo, creyó ver un destello plateado entre las rocas.

Pero se convenció a sí mismo de que era solo el reflejo del sol sobre el hielo.

No podía permitir que la verdad saliera a la luz.

No ahora que su poder dependía de aquel silencio de dieciocho años.

---

En las tierras de pan, el vapor de la sopa de cebolla llenaba la pequeña habitación de invitados.

Marta dejó la bandeja sobre las rodillas de Stefan y se sentó en el borde de la cama, observándolo con una mezcla de alivio y escrutinio.

Stefan evitó su mirada, concentrándose en el cuenco de madera.

—Perdóname, Stefan —dijo ella de pronto, rompiendo el silencio.

Su voz era suave, despojada de la dureza de los días anteriores.

—El bofetón... la amenaza... no era yo. Estaba asustada. Pensé que te perdía por un capricho del bosque.

Stefan apretó la cuchara, sintiendo un nudo en la garganta.

—No tienes que pedir perdón, Marta. Fui yo quien... quien se alejó.

—Papá cree que fue el licor de ciruelas —continuó ella, esbozando una sonrisa triste—. Le dije que te sentó mal y que habías salido a despejar la cabeza. No quería que pensara que nos habíamos peleado nada más llegar ellos de la capital. ¿Estás mejor?

—Estoy intentando estarlo —respondió él, usando una verdad a medias—. Me crucé con unos mercaderes en el camino. Gitanos. Hice negocios con ellos... Por eso no traigo la miel que te prometí. Cambié los peces por esto.

Stefan señaló el zurrón donde guardaba los ungüentos y las hierbas que Amaya le había aplicado.

Marta se inclinó, olfateando el aire con una mueca de extrañeza.

—Huelen raro. A algo... antiguo. A tierra húmeda y pelaje —comentó mientras pasaba un trapo húmedo por la frente de Stefan—. ¿Seguro que esa medicina te hará bien? Tienes los ojos en otro lado, como si todavía estuvieras perdido en la nieve.

—Es el cansancio, Marta. Nada más. Pensé que un poco de distancia nos ayudaría a limar asperezas, a olvidar lo que pasó en la cueva.

Marta le tomó la mano, entrelazando sus dedos con los de él.

Sus manos estaban calientes, limpias, y olían a la lavanda de siempre.

—Ya no hay asperezas, Stefan. Mis padres están aquí, el molino está en marcha y tú estás en casa. Olvida los mercaderes y olvida el bosque. Come, descansa... y deja que yo cuide de ti.

Stefan asintió mecánicamente y llevó una cucharada de sopa a su boca.

Sabía a hogar, a familia y a futuro.

Pero mientras tragaba, solo podía pensar en el sabor agrio y salvaje de la carne cruda que Amaya le había ofrecido.

Y en cómo aquel aroma a lavanda, que durante tantos años había significado hogar, ahora le resultaba extrañamente sofocante.

---

Zaira golpeó la madera del carromato hasta que sus nudillos sangraron.

Fuera, las risas de los hombres de Yeray y el crepitar de las hogueras le recordaban su humillación.

En un estallido de furia, empezó a escupir maldiciones en yidis, esa lengua de mercaderes que su familia utilizaba para que los extraños no entendieran sus secretos.

Sus palabras sonaban como piedras chocando entre sí, cargadas de un odio antiguo contra Yeray.

—¡A miese meshine zol dir chapn, Yeray! —gritó, deseándole un final oscuro—. ¡Que la tierra te devuelva lo que enterraste!

Tras el agotamiento llegó la calma.

Zaira se desplomó sobre los cojines, respirando con dificultad.

Miró sus manos temblorosas y, de repente, una sonrisa gélida cruzó su rostro.

Había comprendido la gran victoria.

Si Yeray tenía tanto miedo como para encerrarla, era porque el «fantasma» que él temía tenía carne y hueso.

—Estás viva —susurró para sí misma.

Y el peso de dieciocho años de culpa se aligeró un poco.

—Mi niña de plata está viva... y él sabe que su trono de barro se desmorona.

Ya no era la loca del campamento.

Ahora era una madre con un mapa en el pecho.

Con una energía renovada, empezó a revolver en los baúles de madera del carromato.

Sacó telas de seda, una falda bordada con hilos de oro que guardaba para ocasiones que nunca llegaron y una túnica de lino blanco.

—Eres una mujer ya... —murmuraba mientras medía las prendas en el aire, imaginando la estatura de Amaya—. ¿Tendrás mis ojos, pero la fuerza de una tormenta?

Se quedó pensativa.

«Sería imposible no notar a una chica blanca como la nieve. ¿Cómo sobreviviste?»

—Ropa... Necesitarás ropa cuando bajes de los riscos. Y ungüentos... y plata, para que nadie te falte al respeto.

Zaira se arrodilló ante la pequeña claraboya del techo del carromato, por donde un rayo de luz lunar se filtraba como un hilo de esperanza.

Unió las manos y cerró los ojos, dirigiendo sus pensamientos hacia la deidad que siempre había sido su única confidente.

—Madre de la noche, tú que ves en las sombras donde los hombres se pierden... —rezó en un susurro—. No te pido que le quites el dolor. Solo muéstrame el rastro. Guíame de nuevo hacia el payo de ojos de río que la vio. Haz que nuestros caminos se crucen antes de que Yeray decida que el silencio es mejor que la verdad.

Zaira se quedó allí, en silencio, escuchando el viento golpear la lona del carromato.

Sabía que la próxima vez que Yeray abriera aquella puerta, no encontraría a una mujer rota.

Encontraría a una leona esperando el momento de saltar.

Thoughts

  • NicolasBravo

    Me quedé en el siete y me salté el ocho, culpa mía nomás. Igual apenas Yeray abre el hatillo y encuentra la daga y la sal, ya entendí todo.

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  • Otilia

    Anda ya!

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  • RodrigoLezama

    Lo leí de una sentada, cause. Paré donde Amaya lo olfatea y retrocede, y al día siguiente volví sabiendo ya cómo terminaba esa cabaña.

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  • Ovid

    Yeray ve el destello plateado en la boca de la cueva y decide que es el sol sobre el hielo. Eso se me quedó dando vueltas: el que manda es siempre el que más necesita que la historia siga como él la contó. Dieciocho años sostenidos por una mirada que prefirió no mirar. ¿Puedo seguirte para no perderme el 10?

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