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Capítulo 7: La zona peligrosa

DNavarrete
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Los cuatro avanzaban en silencio controlado, sin prisas, cuidando cada paso. Esteban caminaba al frente, el mapa doblado en una mano y la mirada atenta a cuanto los rodeaba. De vez en cuando se…

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Los cuatro avanzaban en silencio controlado, sin prisas, cuidando cada paso. Esteban caminaba al frente, el mapa doblado en una mano y la mirada atenta a cuanto los rodeaba. De vez en cuando se detenía, comparaba lo que veía con las marcas dibujadas en el papel, y asentía al reconocer una señal: una esquina que doblaba en ángulo extraño, una columna ligeramente inclinada que parecía sostenerse por milagro, una puerta sin manilla que conducía a ninguna parte, un amasijo de muebles abandonados en mitad del pasillo. Todo estaba exactamente donde lo recordaba.

 

—Por aquí —indicaua en voz baja, retomando la marcha.

 

Daniel, Laura y Valeria lo seguían de cerca. A diferencia de sus exploraciones en solitario, ahora Esteban podía ir señalando cuanto veía:

 

—Más adelante hay una zona donde aparecen muebles en abundancia. Mesas, sillas, estanterías… algunas en bastante buen estado.

 

—¿Y nos sirven de algo? —preguntó Laura.

 

—El asentamiento crece —explicó él sin dejar de mirar el mapa—. Hay familias allí, y seguramente llegarán más personas. Una cama o una mesa sólica valen mucho cuando pasas la vida en el suelo. También vi aparatos eléctricos viejos. No sé si sirven, pero sus piezas podrían servirnos.

 

Daniel asintió:

 

—Hemos tenido que construirlo todo con retazos. Cualquier cosa entera es un tesoro.

 

—Lo marcaremos al volver —decidió Esteban—. Hoy lo primero es la comida. Nada nos debe distraer del objetivo.

 

Valeria caminaba unos pasos más atrás, escrutando cada rincón.

 

—¿Te aprendes todo esto de memoria?

 

Esteban negó despacio y se golpeó suavemente la sien con un dedo:

 

—Ya no confío tanto en mi memoria. Empezó a fallarme después de lo de la Bacteria. A veces juro haber pasado por aquí y el camino resulta ser otro. Por eso dibujo todo. El mapa no se confunde.

 

Valeria guardó silencio. Había oído rumores en el asentamiento: que algo había quedado en él tras aquella pelea, que llevaba recuerdos que no eran suyos. No quiso preguntar. Bastaba con verlo confiar más en el papel que en sus propios ojos.

 

Seguía adelante señalando lo que sabía:

 

—Esas habitaciones pueden dar buenos materiales. Ese pasillo se cierra contra una pared. Allí encontramos mantas en buen estado. Y esa puerta… jamás la abran.

 

Daniel arqueó una ceja:

 

—¿Por qué?

 

—Una vez escuché algo detrás.

 

—¿Qué cosa?

 

—No lo sé. No quise averiguarlo.

 

Daniel sonrió con aprobación:

 

—Me gusta eso. No eres de los que se meten donde no los llaman.

 

—Aprendí rápido —respondió Esteban con media sonrisa—. Aquí la curiosidad mata primero al curioso.

 

Mientras avanzaban, la charla se volvió hacia quienes vivían allí antes que ellos.

 

—De vez en cuando encontramos gente que acaba de llegar —comentó Laura en voz baja—. Aparecen desorientados, sin entender dónde están. Algunos creen que es una pesadilla.

 

—¿Y logran traerlos? —preguntó Esteban.

 

Ella bajó la mirada:

 

—No siempre. A veces los oímos gritar desde lejos… y cuando llegamos, ya es tarde.

 

—Las entidades —dijo Esteban. No era una pregunta.

 

Daniel asintió con pesadumbre:

 

—Recogemos lo que podemos. Teléfonos, herramientas, comida, ropa… cosas que ya no les sirven a ellos y que nos salvan la vida a nosotros. No nos gusta hacerlo, pero…

 

—No los juzgo —lo interrumpió Esteban—. Yo también he buscado entre lo que dejaron atrás. Sé que es eso o morir de necesidad.

 

Las horas transcurrían. El recorrido avanzaba sin contratiempos gracias a las indicaciones precisas del mapa; evitaban desvíos inútiles y atravesaban zonas que los del asentamiento jamás se habían atrevido a cruzar. Valeria comenzó a reconocer patrones en las paredes, en el tono de las luces, en la forma de los corredores.

 

—Falta poco —confirmó Esteban calculando distancias—. Menos de dos horas, si nada cambió.

 

Entonces se detuvo en seco. Levantó una mano en el aire. Silencio absoluto.

 

Su semblante cambió por completo. Ya no había risa ni conversación tranquila. Sus ojos escrutaban el pasillo que se abría ante ellos: las luces parpadeaban con lentitud enfermiza, proyectando sombras que se alargaban y se encogían como respiración. El zumbido de las lámparas sonaba más grave, más denso, como si el aire mismo se volviera espeso.

 

Los tres se detuvieron en seco. Valeria comprendió al instante e hizo una seña: todos guardaron silencio, contuvieron la respiración. Esteban se acercó al borde de la esquina, observó en la penumbra y habló en un susurro casi imperceptible:

 

—A partir de aquí… todo cambia.

 

Se agruparon en torno al mapa extendido con sumo cuidado.

 

—Es la zona más peligrosa que conozco —les explicó señalando las marcas rojas—. Aquí las entidades aparecen con frecuencia. Algunas rondan siempre por los mismos sitios; otras pasan y no se sabe cuándo volverán. No hay reglas fijas. Por eso… a partir de ahora hacen exactamente lo que yo haga. Caminan cuando yo camino. Se detienen cuando yo me detengo. No se separan ni un metro. No golpean las paredes. No arrastran los pies. Si algo se cae… no corren. Primero miran. Solo entonces deciden.

 

Los tres asintieron, graves.

 

—Y memoricen este tramo especialmente bien —les pidió Esteban mirándolos uno a uno—. No se fíen solo del mapa. Apréndanse las paredes, las sombras, lo que huela diferente, lo que suene distinto. Porque cuando yo me vaya… serán ustedes quienes tengan que guiar a otros hasta aquí.

 

Un escalofrío recorrió al grupo. La responsabilidad pesaba de pronto tanto como el equipo que cargaban. Esteban añadió entonces algo que heló la sangre de todos:

 

—Hay una regla más. Y es la más importante de todas. Si escuchan un grito… si oyen a alguien pedir ayuda… no van.

 

Laura abrió los ojos desmesuradamente.

 

—¿Qué? ¿Y si es alguien de nuestro pueblo? ¿Si alguien está herido?

 

—No importa quién parezca ser —insistió Esteban con firmeza implacable—. Aquí hay cosas que aprenden a sonar como personas. Que gritan como un niño, que piden auxilio con la voz de alguien que conoces. Si corren hacia el grito… caen en la trampa.

 

—Pero ¿y si es de verdad? —insistió Laura con voz temblorosa.

 

Esteban la miró a los ojos. No había crueldad en su mirada, solo la verdad desnuda y dura que había aprendido a precio de sangre.

 

—Entonces lo siento. Pero perdemos cuatro vidas por salvar una… y entonces nadie trae la comida. Nadie regresa al asentamiento. Muchos más morirían por ese gesto. ¿Comprenden?

 

Nadie respondió de inmediato. El silencio del pasillo pareció volverse más espeso, como si algo estuviera escuchando. El parpadeo irregular de las luces bañaba los rostros en una palidez amarillenta y cambiante.

 

—Nuestra misión es llegar, cargar y volver —continuó Esteban en un susurro que apenas se oía—. No somos un rescate. Somos lo que mantiene vivos a quienes nos esperan. Si morimos aquí… ellos también mueren de hambre. Esa es la prioridad. Nada más. Nada más importa.

 

Guardó el mapa lentamente, sin hacer ruido. Apretó el cinturón donde llevaba el arma.

 

—¿Entendido?

 

Uno tras otro asintió.

 

—Entendido —respondieron en voz baja.

 

Esteban dio un paso hacia la penumbra. Los demás lo siguieron en fila india, pegados unos a otros, conteniendo la respiración. El zumbido de las luces se mezclaba ahora con ruidos lejanos: arrastres lentos por encima de los techos, golpes sordos a lo lejos, voces que parecían llamar nombres entre el murmullo de la corri eléctrica. Ninguno se detuvo. Ninguno miró atrás. Esteban mantenía la mano apoyada en el arma, los sentidos al límite, guiándolos entre sombras que parecían observarlos.

 

La tienda estaba cerca. Pero también lo estaba todo aquello que la protegía. Y en aquella oscuridad parpadeante, cada paso que daban era también una decisión: confiar en lo que sabían… y no dejarse engañar por lo que intentaba atraerlos.

 

Los cuatro se quedaron absolutamente inmóviles. Durante unos segundos, el silencio fue tan denso que parecía pesar sobre sus hombros. Solo persistía ese zumbido monótono y eterno de las luces fluorescentes, el latido constante de aquel laberinto amarillo.

 

Esteban levantó lentamente una mano, y todos entendieron la orden sin necesidad de palabras: no hacer el más mínimo ruido. Valeria cerró los ojos entreabiertos, tensando el oído para distinguir cualquier sonido entre el murmullo eléctrico. Daniel aferraba con fuerza su arma, con los nudillos pálidos por la presión. Laura recorría con la mirada cada esquina y cada sombra, atenta al menor movimiento. Y Esteban… Esteban simplemente esperaba, como si su propio cuerpo se hubiera vuelto parte de las paredes.

 

Uno. Dos. Tres minutos.

 

Entonces lo escucharon.

 

Tac.

 

Los cuatro giraron la cabeza al unísono hacia el corredor de la derecha.

 

Tac… tac… —se repitió, lento y deliberado, como algo que caminaba descalzo sobre el piso.

 

Esteban señaló de inmediato hacia la izquierda. Nadie preguntó. Nadie dudó. Comenzaron a retroceder despacio, pegados a la pared, sin arrastrar los pies, conteniendo la respiración. Valeria miró una última vez hacia donde había venido el sonido: el pasillo estaba vacío, tan vacío como siempre. Pero ya había aprendido lo que Esteban les había enseñado: que no se vea, no significa que no esté ahí.

 

Doblaron la esquina y retomaron la marcha en silencio. A pocos minutos, Esteban se detuvo frente a una puerta y les hizo una seña para acercarse. Era una habitación de tamaño modesto, pero se distinguía de todo lo demás porque estaba amoblada como una sala de estar: un sofá de tela desgastada, varias sillas dispuestas en círculo, una mesa de centro, y hasta un pequeño aparador con cajones.

 

—Aquí —susurró Esteban—. Este tipo de habitaciones aparecen con cierta frecuencia por esta zona. Si algún día necesitan muebles para el asentamiento, recuerden este modelo de rincones.

 

Laura lo miró sorprendida.

 

—¿Cómo logras recordar tantos sitios iguales?

 

Esteban se encogió de hombros y golpeó suavemente la cubierta de su libreta.

 

—Al principio no podía. Todo se confundía. Por eso empecé a dibujarlo todo. Cuando anotas que en tal cruce había un sofá descolorido, una puerta con la bisagra rota o una columna ladeada… esas cosas se vuelven tus señas.

 

Valeria recorrió con la mirada el dibujo del mapa y luego comprendió:

 

—Entonces no aprendes solo el camino. Aprendes lo que rompe la monotonía.

 

—Exactamente —respondió él en voz baja—. En un lugar donde todo parece igual, lo que no encaja es lo único que te salva.

 

Retomaron la marcha, y esta vez los tres exploradores prestaban una atención todavía más aguda. Valeria repetía en silencio cada tramo: derecha, dos cruces, puerta sin manija, salón amplio, izquierda, escalera…. No quería perderse ni un detalle. Esteban se lo había dejado claro: un día él ya no estaría para guiarlos, y tendrían que hacerlo solos.

 

Con el paso de las horas, Esteban empezó a detenerse con mayor frecuencia. Su semblante se volvió más serio, más alerta. Las paredes seguían siendo amarillas, las luces seguían parpadeando igual… pero él percibió que algo había cambiado. El aire se sentía más pesado. El zumbido de las lámparas tenía un matiz más oscuro.

 

Daniel se acercó y preguntó casi sin voz:

 

—¿Ya estamos ahí?

 

Esteban asintió apenas.

 

—A partir de este punto… ni una palabra.

 

Sacó el mapa, lo revisó unos segundos, lo guardó y dijo:

 

—Estamos entrando en la zona donde más entidades he visto. Aquí las marcas del mapa pueden fallar: a veces los caminos cambian, las señales desaparecen o crees ir por donde fuiste y terminas en otro sitio. No confíen solo en el dibujo. Confíen en sus ojos y en sus oídos.

 

Valeria miró hacia adelante, entrecerrando los ojos.

 

—¿Y la tienda? ¿Ya está cerca?

 

—Muy cerca —respondió Esteban con gravedad—. Pero antes… hay algo que debemos rodear.

 

Los tres lo miraron. Esteban señaló el cruce que tenían enfrente: tres pasillos idénticos que se abrían frente a ellos.

 

—En alguno de esos tres —dijo él— hay una sala. No sé exactamente qué hay dentro. Nunca me acerqué lo suficiente para averiguarlo. Pero muchas veces pasé por aquí y escuché ruidos. Después vi salir de allí entidades de clases distintas.

 

Daniel apretó con más fuerza el arma que sostenía.

 

—¿Muchas?

 

—Las suficientes para mantenerme alejado. —Esteban miró fijamente el pasillo central—. Y lo peor es que cada vez que regreso, la puerta o la entrada que creí ver… ya no está donde la dejé. El mapa no sirve aquí.

 

—Entonces, ¿cómo sabemos por cuál ir? —preguntó Valeria.

 

Esteban se llevó un dedo al pecho y luego a la sien.

 

—Aquí no se mira el papel. Aquí se escucha.

 

Los cuatro se quedaron inmóviles. Cerraron la boca. Contuvieron la respiración. El zumbido de las luces llenaba el espacio, uniforme y engañoso. Esteban esperó. Diez segundos. Veinte. Treinta.

 

Y entonces llegó.

 

CLANG.

 

Un golpe metálico, hueco y profundo, que pareció recorrer las paredes desde lejos.

 

Todos se tensaron al instante. Esteban levantó la mano: quietos.

 

Esperaron. Nada más. Veinte segundos más de silencio tenso.

 

De nuevo. Más fuerte. Más cerca.

 

CLANG.

 

Esteban señaló sin dudarlo el pasillo de la izquierda, el opuesto al sonido.

 

—Por ahí. Rápido y sin ruido.

 

Caminaron varios metros hasta detenerse tras una esquina segura. Nadie habló hasta que Esteban soltó el aire lentamente.

 

Valeria lo miró asombrada.

 

—¿Cómo supiste que ese era el camino seguro?

 

—Porque ya lo escuché otras veces antes —respondió él mientras abría su libreta en una página donde había dibujado aquel mismo cruce. Al lado, con letra firme, había escrito:

 

    ⚠ NO ENTRAR. ESCUCHAR ANTES DE ELEGIR CAMINO. SI HAY GOLPES → TOMAR EL OTRO.

 

Valeria leyó las palabras y asintió.

 

—Lo recordaré.

 

—No solo eso —corrigió Esteban cerrando la libreta—. Recuerda la regla general: si algo suena o se ve mal… no te acerques a investigarlo. Aléjate. Eso es lo que te mantiene viva.

 

Retomaron la marcha. La tensión seguía ahí, latente en cada sombra, pero ahora era distinta. Ya no seguían a un hombre ciegamente: estaban aprendiendo a sobrevivir en su lugar. Cada giro, cada rincón inusual, cada sonido que debían interpretar… Valeria lo repetía una y otra vez en su mente. Sabía que algún día tendría que guiar a otros por ese mismo camino. Y ese día, comprendió con un escalofrío, podría llegar mucho antes de lo que ninguno esperaba.

 

El último tramo del recorrido transcurrió en un silencio casi absoluto. Tras atravesar aquella zona donde las entidades acechaban tras cada sombra, ninguno tenía ganas de hablar más de lo estrictamente necesario. Seguían a Esteban, que avanzaba con el mapa en una mano y la otra siempre cerca del arma, atento a cualquier señal de peligro.

 

Finalmente, tras varios minutos de marcha lenta, Esteban se detuvo. Miró hacia adelante, y por primera vez en todo el recorrido, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

 

—Llegamos.

 

Los tres alzaron la mirada. Al principio no comprendieron qué estaba señalando. Frente a ellos se abría una estancia inmensa, tan vasta que las paredes del fondo apenas se distinguían en la penumbra. El techo se perdía a gran altura, y por un instante parecían hallarse en un estacionamiento abandonado o un almacén gigantesco, más que en una habitación más del Nivel 0.

 

Pero entonces la vieron.

 

Allí, en medio de aquella inmensidad, se alzaba una tienda. O mejor dicho… la mitad de una tienda. Una estructura comercial entera parecía haber sido tajada por la mitad y empujada contra la pared más lejana, incrustada en ella como una astilla clavada en la madera. La fachada estaba parcialmente destruida; los letreros colgaban torcidos, algunas ventanas aparecían rotas… pero era inconfundible. Se reconocían los accesos, las vitrinas, la forma del edificio, interrumpida bruscamente donde empezaba la pared lisa del lugar.

 

Laura se quedó inmóvil.

 

—No puede ser…

 

Daniel miró a Esteban con los ojos muy abiertos.

 

—¿Esto era lo que encontraste?

 

—Exactamente —respondió él.

 

Valeria dio unos pasos hacia adelante, observando aquella estructura con absoluta incredulidad.

 

—Pensé que estabas exagerando.

 

Esteban soltó una risa suave.

 

—Créeme: yo también creí que me estaba volviendo loco la primera vez que la vi.

 

Pero no era lo único. Dispersos por todo aquel suelo descomunal aparecían vehículos de todo tipo: automóviles, camionetas, modelos de años distintos, algunos brillantes y otros cubiertos de polvo. Uno estaba completamente volcado, con las ruedas hacia el techo; otro aparecía chocado contra una pared; muchos tenían las puertas abiertas, como abandonados con prisa; y unos pocos… unos pocos lucían tan intactos que parecían recién llegados.

 

Daniel se acercó a uno de los que mejor aspecto tenía y pasó la mano por el capó.

 

—¿Crees que funcionan?

 

Esteban negó de inmediato.

 

—No hace falta probarlos. Aunque el motor estuviera nuevo… ¿adónde los llevamos? No hay carreteras. No hay ciudades. Solo hay más pasillos amarillos por todas partes.

 

Daniel sonrió. Tenía toda la razón. Sin embargo, Esteban levantó el capó de aquel vehículo y señaló una pieza concreta.

 

—Pero esto sí nos sirve.

 

Los tres se acercaron.

 

—¿La batería? —preguntó Valeria.

 

—Exactamente. Si algunas mantienen la carga, pueden alimentar herramientas, ayudarnos a reparar generadores… valen mucho más que los autos. Pero no las llevaremos todas. Hoy solo tomaremos las que veamos en mejor estado. Después podremos volver por más.

 

Nadie discutió. Sabían que no debían sobrecargarse: la prioridad era llegar, recoger lo esencial y salir sanos y salvos.

 

Cruzaron finalmente lo que quedaba de la entrada y entraron en la tienda. Y al hacerlo, entendieron por qué Esteban había insistido tanto en aquel lugar. Estantes repletos de productos se extendían a ambos lados. Cajas apiladas, latas, botellas, paquetes sellados… y de todo tipo: artículos de higiene, jabón, champú, cepillos, papel, medicamentos básicos, materiales de limpieza… y comida, muchísima comida.

 

Valeria abrió uno de los primeros paquetes que encontró. Lo miró con decepción.

 

—Está vencida…

 

Esteban se acercó y lo examinó sin tocarlo.

 

—No la abras. Aquí las fechas significan menos de lo que crees. Algunas cosas parecen enteras por fuera y están podridas por dentro.

 

Comprobaban uno tras otro. Los alimentos frescos y los envases blandos aparecían hinchados, manchados, convertidos en algo irreconocible. Daniel negó con la cabeza.

 

—Tenías razón. Lo perecedero ya no sirve.

 

—Las conservas son distintas —dijo Esteban tomando una lata golpeada levemente—. El metal las ha protegido. Estas deberían estar bien.

 

—¿Deberían? —repitió Valeria con una media sonrisa.

 

—No pienso ser el primero en probarlas —respondió él, y todos soltaron una risa breve y necesaria tras tantas horas de silencio tenso.

 

Comenzaron entonces la selección con paciencia. Revisaban cada envase. Examinaban que no estuvieran abollados por las juntas ni hinchados. Separaban lo seguro de lo dudoso. Cada lata elegida iba siendo colocada con cuidado dentro de las mochilas.

 

—Hay muchísima más comida de la que pude cargar yo solo —comentó Esteban.

 

Valeria levantó una caja sellada.

 

—¿Y esto?

 

—Artículos de higiene. Llévala entera —respondió Esteban—. No lo subestimes. Mantenernos limpios y sanos es tan importante como comer.

 

Valeria sonrió.

 

—Nunca imaginé que me emocionaría tanto por encontrar jabón.

 

—Cuando llevas meses aquí —respondió él—, aprendes a valorar cosas que antes ni mirabas.

 

Y hallaron todavía más: ropa útil, herramientas, productos para reparaciones, materiales que podrían mejorar las viviendas del asentamiento, e incluso linternas y pilas todavía selladas. Esteban lo miraba todo en silencio. Durante meses había recogido provisiones a cuentagotas, de aquí y de allá… y ahora tenía ante sí una reserva capaz de sostener al asentamiento durante largo tiempo.

 

—Esto puede cambiarlo todo para ustedes —dijo en voz baja.

 

Valeria señaló hacia el fondo, donde los estantes continuaban perdiéndose entre sombras.

 

—Dijiste que apenas habíamos visto una parte.

 

—Sí. Hay mucho más —confirmó Esteban.

 

Daniel soltó una risa cargada de esperanza.

 

—Creo que acabamos de encontrar nuestra mina de oro.

 

Esteban sonrió, pero su mirada se volvió seria de inmediato al señalar hacia la inmensa sala que rodeaba la tienda.

 

—Recuerden dónde estamos. Esto es un tesoro, sí… pero seguimos en territorio peligroso. Y todavía tenemos que salir de aquí.

 

Abrió de nuevo el mapa sobre una caja libre y marcó con claridad el camino de regreso.

 

—Hoy no vaciaremos la tienda. Solo llevamos lo que podemos cargar sin perder agilidad. Lo demás… lo anotamos. Lo importante hoy no es cuánto traigamos. Lo importante es demostrar que podemos venir, abastecernos y volver sanos y salvos.

 

Los tres asintieron en silencio. Habían venido por comida… y acababan de encontrar algo mucho más valioso: una ruta segura hacia la esperanza.

 

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