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Capítulo 3: Un mundo que sigue creciendo

DNavarrete
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Los días dejaron de tener nombre. Sin sol que suba o baje, sin estrellas que marquen el paso del tiempo, solo podía medir las horas por el cansancio en sus piernas y las veces que volvía a cerrar…

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Contenido de la publicación

Los días dejaron de tener nombre. Sin sol que suba o baje, sin estrellas que marquen el paso del tiempo, solo podía medir las horas por el cansancio en sus piernas y las veces que volvía a cerrar los ojos en su refugio. El zumbido constante de las luces fluorescentes se había convertido en una especie de reloj invisible: siempre igual, siempre presente, marcando un tiempo que no seguía las reglas de nadie.

 

Poco a poco, aquella habitación diminuta escondida bajo la escalera dejó de ser solo un lugar donde esconderse. Se convirtió en su hogar. Ya no necesitaba consultar el mapa a cada paso; seguía llevándolo y actualizándolo con trazos cuidadosos, pero muchas rutas ya estaban grabadas en su memoria como si siempre hubieran estado allí. Sabía exactamente qué giros llevaban a callejones sin salida, dónde encontrar muebles olvidados, en qué tramos solían aparecer las botellas de Agua de Almendra... y sobre todo, conocía cada paso que le llevaba de vuelta a la puerta metálica que lo separaba de todo lo que acechaba en los pasillos.

 

Esa seguridad le dio algo que no esperaba: calma. Y con esa calma, empezó a notar detalles que antes había pasado por alto, corriendo solo por sobrevivir.

 

Mientras se adentraba en zonas nuevas, se encontró con cosas que parecían arrancadas de cualquier calle o casa del mundo real: una bicicleta apoyada tranquilamente contra una pared, como si su dueño hubiera entrado a comprar algo y nunca hubiera vuelto; un carrito de supermercado con algunas latas aún dentro; una televisión antigua con la pantalla apagada; una máquina expendedora llena de envases polvorientos que nadie había tomado.

 

Pero no todo estaba simplemente "allí".

 

La mitad de un escritorio sobresalía del hormigón, como si la pared lo hubiera tragado a la mitad y luego se hubiera endurecido a su alrededor. Una lámpara colgaba del techo sin cables ni soportes visibles. Encontró incluso un piano de cola cuya parte trasera desaparecía dentro de una columna amarilla, como si el mueble y la estructura hubieran nacido juntos.

 

Cada uno de esos hallazgos quedaba anotado en su cuaderno, no porque le sirvieran para nada en ese momento, sino porque empezaba a ver un patrón: algunos objetos simplemente habían sido dejados atrás... y otros habían sido atrapados por esos "fallos" de la realidad de los que hablaban en los comentarios.

 

Y luego vinieron las cosas que no reconocía.

 

Formas extrañas, esculturas que parecían doblar la mirada al mirarlas, juguetes con ángulos que no podían existir en el mundo real, puertas demasiado pequeñas para que pasara un niño, muebles hechos de materiales que no parecían madera, ni metal, ni nada que hubiera tocado antes. Se quedó mirándolos largo rato, y de repente una idea cruzó su mente como un escalofrío: ¿y si los Backrooms no solo se tragaban cosas de la realidad? ¿Y si también absorbían lo que solo existe en la imaginación, en los sueños, en las historias que alguien cuenta?

 

No tenía pruebas. Solo una sensación que le revolvía el estómago. Y en un lugar así, las suposiciones podían ser tan peligrosas como cualquier criatura. Sacudió la cabeza y siguió caminando, hasta que por fin volvió a empujar la puerta de su refugio.

 

Al cerrarla tras de sí, el sonido metálico resonó fuerte y claro, separándolo de aquel laberinto infinito. Dejó la mochila sobre la cama y sacó el teléfono. La pantalla se iluminó de golpe, y vio que las notificaciones se amontonaban con una rapidez que no había visto antes.

 

Abrió la publicación y se quedó mirando el número: había crecido muchísimo. Alguien la había compartido en un grupo, luego otro, y otro más; ahora circulaba por docenas de páginas dedicadas al misterio, al terror y a las historias sobre los Backrooms.

 

Las opiniones estaban divididas como nunca:

 

 

—"Qué buen ARG se han montado."

—"La historia está muy bien escrita."

—"Seguro es un autor buscando ideas para un libro."

—"Las fotos son demasiado perfectas, no parecen reales."

—"Mira la luz, no se puede fingir ese tono amarillento."

—"Con inteligencia artificial hacen esto y más ahora."

—"Si es falso, es el mejor trabajo que he visto en mucho tiempo."

—"Yo no sé... pero hay algo que no encaja aquí."

 

Unos discutían analizando cada rincón de las imágenes buscando errores. Otros las comparaban con videojuegos o ilustraciones conocidas. Había quienes aseguraban reconocer el lugar, y quienes decían que no se parecía a ninguna versión que hubieran leído.

 

Él solo leía en silencio. No podía culparlos. Si estuviera en su casa, con una taza de café en la mano y la seguridad de que nada iba a salir de la pantalla, probablemente pensaría exactamente lo mismo. ¿Cómo aceptar que alguien está enviando fotos desde un sitio que nadie debería conocer?

 

Lo que más le llamó la atención no fue la desconfianza, sino la diferencia entre todos ellos. Cada persona hablaba de unos Backrooms distintos: unos describían monstruos que él no había visto ni escuchado nombrar; otros hablaban de niveles que no se parecían en nada a los pasillos que recorría cada día; unos afirmaban reglas que otros juraban que eran mentira.

 

Era como si todos estuvieran hablando de algo parecido... pero nadie conociera el mismo lugar.

 

Apoyó el teléfono sobre la mesita y miró hacia la puerta cerrada.

 

—Tal vez... todos tengan razón a su manera —susurró casi sin darse cuenta.

 

No sabía entonces que esa pequeña idea estaba mucho más cerca de la verdad de lo que jamás podría imaginar. Que los Backrooms no eran un solo lugar, ni una sola historia... sino un mundo que seguía creciendo, alimentándose de todo lo que alguien alguna vez imaginó, temió o creyó.

 

Llevaba allí lo que calculaba que era una semana. Quizás más, quizás menos; sin sol, sin noches, sin un reloj que no se hubiera quedado parado o roto, la certeza era imposible. Pero su cuerpo ya había aprendido el ritmo: explorar, marcar cada rincón, volver al refugio, dormir... y volver a empezar.

 

En esos días, su mapa había dejado de ser un simple boceto para extenderse por varias páginas de la libreta. Había recorrido con cuidado alrededor de un kilómetro y medio a la redonda: cada pasillo, cada cruce, cada habitación vacía y cada objeto extraño tenía su marca. Ya conocía esa zona casi de memoria, podía avanzar sin mirar el dibujo... pero nunca se separaba de él. Sabía que un solo error, un solo giro equivocado, podía ser el último.

 

Hasta entonces, esa parte del laberinto parecía extrañamente tranquila. Había encontrado demasiados restos de personas que no habían tenido suerte —algunos recientes, otros tan desgastados que apenas quedaba nada—, pero las criaturas no solían aparecer con frecuencia. Cuando lo hacían, todo cambiaba en un instante.

 

Había vuelto a ver una entidad llamada Bacteria, logrando alejarse antes de que notara su presencia. Otra vez se topó con un Smiler acechando donde las luces parpadeaban sin descanso. Y una vez, a lo lejos, creyó distinguir la silueta de un Hound: una figura que parecía humana, pero que corría a cuatro patas con una velocidad aterradora. No esperó a confirmarlo: dio media vuelta y corrió.

 

Ese día comprendió por fin para qué servía realmente su mapa. Mientras huía, recordó aquel hueco minúsculo entre dos muros que había anotado días antes. Se lanzó hacia él, se deslizó apenas unos segundos antes de que la criatura llegara. Escuchó los golpes sordos contra el hormigón, los gruñidos furiosos, el rasgar de garras sobre la piedra... pero el espacio era demasiado estrecho. Él había cabido. El monstruo no. Allí permaneció hasta que todo silenció.

 

Entendió que no era más rápido, ni más fuerte, ni más valiente. Solo seguía vivo porque conocía mejor el terreno. Y esa pequeña ventaja era todo lo que tenía. Probablemente, la mayoría de las personas cuyos restos había encontrado nunca tuvieron tiempo ni calma para trazar su propio camino.

 

...

 

Cada fotografía que subía seguía despertando cientos de comentarios. La publicación ya no se limitaba a grupos sobre los Backrooms: ahora aparecía en comunidades de terror, fotografía, efectos especiales, videojuegos... La mayoría seguía bromeando, hablando de ARG, de motores gráficos, de historias bien montadas. Pero entre toda esa gente, siempre había alguien que compartía una teoría, un viejo relato, un mapa olvidado o simplemente un consejo útil. Aunque muchas cosas fueran invenciones, a veces una sola idea le daba la clave para seguir un día más.

 

Esa mañana caminaba con una seguridad que le habría parecido imposible apenas una semana atrás. Hasta que algo llamó su atención de golpe.

 

Una máquina expendedora, apoyada con total naturalidad contra la pared. Sus luces internas seguían encendidas, y tras el cristal, perfectamente ordenados, había paquetes de papas fritas, galletas, barras de chocolate, latas de bebida... cosas que no deberían estar allí.

 

Se acercó despacio, incrédulo. Probó los botones: nada. Intentó meter la mano: la rejilla estaba cerrada. Miró a su alrededor, encontró una barra de metal tirada en el suelo y la levantó con respeto.

 

—Perdón —murmuró como si el aparato pudiera oírlo.

 

Golpeó una vez. El cristal crujió. Otra, y otra más, hasta que estalló en pedazos. El ruido resonó largo tiempo por los pasillos, pero no podía detenerse: metió las manos y sacó todo lo que cupo en sus mochilas, llenándose de provisiones que no fueran solo Agua de Almendra.

 

Antes de irse, tomó una foto y la compartió:

 

    "Encontré esto. Pensé que estaría vacía o solo tendría Agua de Almendra, pero tiene comida normal."

 

Las respuestas no tardaron:

 

—"Esto sí que es raro, nunca había visto algo así."

—"Las máquinas de allí siempre deberían tener solo esa agua."

—"Parece sacada de un supermercado cualquiera."

—"Quizás hizo No Clip igual que el patrullero."

—"Entonces se tragó la máquina entera, no solo las cosas sueltas."

 

Miró de nuevo la máquina, intacta salvo por el cristal roto. No estaba fusionada, no estaba a medias, no parecía parte de aquel lugar. Simplemente... había llegado completa. Y entonces la idea terminó de formarse en su mente: los Backrooms no solo atrapaban personas y objetos sueltos. También seguían arrancando y tragando pedazos enteros de nuestra realidad. Y nadie sabía cuándo, ni cómo, ni qué sería lo próximo en desaparecer.

 

La habitación permanecía en un silencio absoluto. Sentado sobre la cama, miraba la pantalla del teléfono sin saber qué escribir. No era miedo lo que le paralizaba la mano: era duda. Lo que acababa de vivir era tan extraño, tan imposible, que ni siquiera él estaba seguro de haberlo entendido bien.

Finalmente soltó un suspiro largo y pesado, y comenzó a escribir:

 

    "Se me ocurrió una teoría para la historia y quería saber qué opinan. No recuerdo haber leído nada parecido en ningún lado. Mientras exploraba escuché la voz de una mujer llorando. Como siempre dicen que nunca siga voces, me acerqué con muchísima precaución pensando que podía ser una trampa."

 

    "Al mirar dentro de una habitación, la vi. Estaba sentada en el suelo, con pijama, completamente desorientada. No parecía un monstruo. Parecía una persona normal."

 

La habitación permanecía en silencio. Sentado sobre la cama, observaba la pantalla del teléfono sin escribir una sola palabra. No era miedo. Era duda. Durante varios minutos pensó si debía contar lo que había visto, pues ni él mismo estaba seguro de haberlo entendido.

 

Cerró los ojos un instante, y todo volvió a su mente con la misma claridad que si ocurriera en ese momento:

 

...

 

Mientras recorría una zona nueva, un sollozo rompió el zumbido de las luces. Era una voz femenina. Su primer impulso fue alejarse; cientos de advertencias resonaban en su cabeza: "Nunca sigas una voz, aunque parezca humana".

 

Avanzó despacio, sin hacer ruido, con la pistola en la mano y el corazón a mil por hora. Al asomarse por la puerta entreabierta se quedó helado.

 

Allí estaba ella. Sentada en el suelo, vestía un pantalón de pijama gris y una camiseta blanca. Tenía el cabello revuelto y lloraba con la cara entre las manos. Al oír el menor ruido levantó la cabeza de golpe, dio un grito ahogado y retrocedió hasta chocar contra la pared.

 

—¡No...! ¡No te acerques!

 

Él levantó ambas manos despacio.

 

—Tranquila. No voy a hacerte daño.

 

Ella respiraba con dificultad, mirando a todos lados como si algo la estuviera acechando.

 

—¿Dónde estoy...? —susurró con voz quebrada—. Me fui a dormir... y al abrir los ojos ya estaba aquí. No entiendo nada.

 

Esas palabras le atravesaron como un golpe. Eran exactamente las mismas que él habría dicho días atrás. No era una entidad. Era alguien igual que él.

 

—Ahora no importa el lugar —le dijo con calma—. Tenemos que irnos. Aquí hay cosas muy peligrosas.

 

La mujer dudó unos segundos, asintió con las piernas temblando y se puso de pie. Mientras caminaban hacia el refugio no dejaba de preguntar: por las salidas, por si había más gente, por qué todo era de ese color amarillento. Él respondió solo lo poco que sabía, que en realidad era casi nada.

 

Apenas unos minutos después ella se detuvo en seco.

 

—Qué raro...

 

Él se giró.

 

—¿Qué pasa?

 

La mujer levantó la mano y la miró con terror.

 

—No... no siento...

 

Su brazo empezó a volverse transparente. El cambio fue rápido, extendiéndose por el resto del cuerpo en cuestión de segundos.

 

—¡¿Qué me está pasando?! —gritó aterrorizada.

 

Él intentó agarrarla, pero su mano la atravesó como si fuera humo.

 

—¡Espera! ¡No!

 

—¡Ayúdeme! ¡No quiero desaparecer!

 

Pero ya no había nada que hacer. Poco a poco se fue desvaneciendo hasta que simplemente... dejó de estar allí. No hubo luz, no hubo ruido, no quedó ni una sola señal de que hubiera existido. Solo el pasillo vacío y el silencio pesado.

 

...

 

Abrió los ojos de nuevo, soltó un suspiro largo y comenzó a escribir:

 

    "Se me ocurrió una teoría para la historia y quería saber qué opinan. No recuerdo haber leído algo parecido. Escuché una mujer llorando, me acerqué con cuidado y la encontré. Estaba perdida, igual que el protagonista. Empezamos a caminar juntos... y de repente comenzó a volverse transparente. Intenté detenerla, pero no pude. Desapareció por completo sin dejar rastro. ¿Alguien ha oído hablar de algo así? ¿De personas que aparecen y luego se desvanecen?"

 

Las respuestas no tardaron en llegar, cientos de mensajes acumulándose rápidamente:

 

—"Jamás había escuchado algo así."

—"Los No Clips ocurren de golpe: estás en un sitio y de repente estás aquí. No te desvaneces poco a poco."

—"Nadie cuenta nada parecido."

—"O llegas entero o no llegas. Esto no tiene sentido con lo que se sabe."

—"Esto es totalmente nuevo. Nunca he visto ni leído algo igual."

—"La desaparición es instantánea, no progresiva. Esto es otra cosa totalmente distinta."

 

Todos coincidían en lo mismo: nadie sabía qué era aquello. Y si nadie tenía respuesta... entonces él tampoco sabía si algún día le pasaría lo mismo.

 

Las respuestas en pantalla no habían resuelto nada. Si acaso, solo habían multiplicado sus dudas. Apagó el teléfono y lo dejó sobre la mesa, quedándose mirando al techo durante largos minutos. La imagen de aquella mujer volviéndose transparente y desapareciendo seguía grabada a fuego en su mente. No tenía explicación, ni siquiera estaba seguro de que hubiera ocurrido realmente... pero una cosa tenía clara: quedarse sentado dándole vueltas no le acercaría ni un centímetro a casa.

 

Se levantó despacio, miró el mapa extendido sobre la cama y murmuró con firmeza:

 

—Todavía tengo que encontrar la salida. No pienso pasar el resto de mi vida aquí.

 

Las dos semanas siguientes se convirtieron en una rutina inquebrantable: explorar, trazar cada rincón, volver al refugio, descansar... y repetir. Su mapa dejó de ser un montón de garabatos para transformarse en una red detallada de pasillos y cruces. Cada día se adentraba un poco más, pero siempre calculando el camino para no perderse.

 

Poco a poco empezó a ver lo que antes pasaba por alto: los Backrooms no eran un caos total. Había patrones. Muchos caminos terminaban en muros ciegos, muchas puertas ocultaban solo una pared más... pero de vez en cuando aparecía algo distinto: un pasadizo oculto, una escalera que bajaba, una puerta que conectaba con una zona nueva. Todo quedaba anotado en su libreta, y todo terminaba compartido en su publicación.

 

Las fotos de sus mapas desataron largas discusiones. Muchos seguían diciendo que era una historia muy bien armada, pero otros empezaron a analizar cada línea con atención:

 

—"Prueba a seguir los corredores con tres columnas seguidas."

—"No recorras en espiral, ve por cuadrantes."

—"Las zonas más amplias suelen tener salidas a otras áreas."

 

No todos los consejos servían, pero algunos sí. Era como tener cientos de ojos mirando el mismo laberinto desde fuera, ayudándole a ver lo que él solo no podía distinguir.

 

Las entidades seguían apareciendo: Smilers acechando en la penumbra, Hounds que se oían a lo lejos, una Bacteria que casi se cruza en su camino. Pero ya no era el mismo hombre asustado de las primeras horas. Sabía cuándo esconderse, cuándo cambiar de rumbo y cuándo correr. Conocía tantos atajos que la mayoría de las veces las criaturas simplemente lo perdían de vista.

 

Hasta que aquel día todo cambió.

 

Recorría una zona completamente nueva cuando algo llamó su atención: una señal metálica, vieja y oxidada, clavada en la pared. No parecía parte del lugar; se notaba que alguien la había puesto allí con un propósito. Las flechas estaban pintadas a mano y algunas palabras ya no se leían... pero indicaban un camino. Decidió seguirla.

 

Media hora después, escuchó voces.

 

Apagó la linterna al instante y se pegó a la pared. Allí aparecieron: cinco personas, con ropa desgastada, mochilas llenas, armas improvisadas y linternas que movían con seguridad. No caminaban perdidas; parecían patrullar. Esperó a que pasaran y comenzó a seguirlas a distancia, con extremo cuidado.

 

Llegaron hasta una gran apertura y él se detuvo en seco.

 

Delante suyo había un pueblo. No como los del mundo real: casas construidas aprovechando habitaciones existentes, muros levantados a mano, puertas reforzadas, luces colgadas y hasta pequeñas huertas iluminadas. Había gente hablando, niños corriendo, otros reparando cosas o cargando provisiones.

 

Una comunidad. Decenas, quizás cientos de personas atrapadas igual que él.

 

El impulso de salir corriendo hacia ellos fue inmenso, pero se frenó en seco. No sabía quiénes eran, cuánto tiempo llevaban allí, ni si confiarían en un desconocido. Respiró hondo, memorizó cada giro del camino, tomó nota en su cuaderno y sacó una foto con mucho cuidado. Luego dio media vuelta y regresó sin dejar de mirar atrás hasta que el asentamiento desapareció.

 

Ya en el refugio, subió la imagen y escribió:

 

    "Hoy encontré algo que jamás imaginé: un grupo de personas viviendo organizados aquí dentro. No me acerqué porque no sé cómo reaccionarán. ¿Alguien había oído hablar de comunidades así?"

 

Las respuestas llovieron de inmediato:

 

—"¡Seguro es la Base Alfa!"

—"O el Campamento Superviviente."

—"He leído algo sobre 'Los Perdidos' o 'Tom's Diner'..."

—"Ninguno coincide con lo que describes."

 

Como siempre, nadie se ponía de acuerdo. Pero mientras leía, una certeza le llenó el pecho: por primera vez desde que cayó allí... ya no estaba completamente solo.

 

El mapa seguía creciendo, línea a línea, página a página. Y como siempre, evitaba cualquier conflicto: no era un soldado, ni un héroe; solo quería seguir vivo y volver a casa. Por eso, cuando escuchó aquel rugido inconfundible, su primer impulso fue retroceder y cambiar de rumbo.

 

Hasta que lo detuvo un grito.

 

Agudo, desgarrador: el llanto de una niña.

 

Por un instante, aquella voz le recordó a la suya. No pensó en el peligro, ni en las reglas, ni en lo que le había pasado a los demás. Simplemente corrió.

 

Giró la esquina y la vio: una niña de unos diez años, acorralada contra la pared, llorando sin poder moverse. Delante de ella, la enorme Bacteria avanzaba despacio, levantando una de sus extremidades para golpear.

 

—¡NO! —gritó con todas sus fuerzas.

 

La criatura giró la cabeza. Él ya estaba en movimiento: apoyó un pie sobre un escritorio volcado, saltó y cayó directamente sobre su lomo. El impacto hizo que ambos se tambalearan; la bestia rugió con una fuerza que pareció sacudir los muros.

 

—¡Corre! —le gritó a la niña. Pero ella seguía inmóvil, paralizada por el terror.

 

Con una mano se aferró a la piel rugosa del monstruo; con la otra sacó la pistola. No apuntó a ciegas: si aquello tenía órganos, el cuello sería un punto débil. Apoyó el cañón y disparó una, dos, tres, cuatro, cinco veces. Cada estallido hacía que la criatura se retorciera, golpeándose contra paredes y muebles para arrancárselo de encima. Pero él no soltaba.

 

Hasta que: clic.

 

Sin balas.

 

La Bacteria se sacudió con violencia y lo lanzó lejos. Atravesó un viejo armario de espaldas; la madera estalló y el golpe le arrancó todo el aire. Quedó unos instantes tendido, jadeando, mientras la criatura, con el cuello destrozado y sangrando un líquido oscuro, seguía avanzando cojeando, furiosa.

 

Buscó a su alrededor y encontró un grueso hierro entre los restos. Pesaba mucho, pero era lo único que tenía. Lo levantó, corrió de nuevo y saltó una vez más. Con ambas manos descargó todo su peso sobre el costado de la bestia: el metal se hundió profundo, justo donde creía que estarían el corazón y los pulmones.

 

El rugido fue tan fuerte que el eco recorrió kilómetros de pasillos. La Bacteria se sacudió con espasmos terribles, golpeándolo una y otra vez contra su propio cuerpo, hasta que finalmente sus patas cedieron y cayó pesadamente sobre la alfombra.

 

Silencio.

 

Él se quedó unos segundos encima, respirando con dificultad, sin poder creer que había ganado.

 

Y entonces ocurrió.

 

Un golpe seco en el pecho, como si su corazón hubiera dado un latido imposible. Primero calor, luego frío, luego una corriente que le recorrió todos los músculos. Sus piernas dejaron de sostenerlo. Cayó de rodillas, intentó levantarse y no pudo. Todo le daba vueltas; sus manos temblaban sin control. No estaba herido, la criatura no lo había tocado... pero su cuerpo se apagaba.

 

Se desplomó en el suelo, con la vista borrosa. Escuchó pasos pequeños acercarse: la niña se arrodilló junto a él, lo tomó de los hombros, llorando desconsolada.

 

—¡Señor! ¡Despierte! ¡Por favor!

 

Lo sacudía una y otra vez, pero él ya no tenía fuerzas para responder. Lo último que vio, antes de que la oscuridad lo cubriera todo, fue el rostro de aquella niña inclinado sobre el suyo, llamándolo con desesperación.

 

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