El camino de regreso se sintió como si hubiera duplicado su longitud. Cada paso era una batalla: sus piernas pesaban como plomo, y el aire le costaba entrar en los pulmones, como si algo invisible le estuviera oprimiendo el pecho. No eran los golpes de la pelea —aunque le dolía cada músculo—, era algo distinto, algo que nacía desde adentro. Sentía que su propio cuerpo había cambiado, que su corazón ya no latía al mismo ritmo, como si hubiera absorbido algo más allá de la bestia que acababa de vencer.
Apretó los dientes y siguió adelante. Gracias a las semanas de exploración, conocía esa zona como la palma de su mano: cada giro, cada cruce, cada rincón vacío. Pero ahora, esa certeza empezaba a fallarle. Más de una vez se detuvo convencido de que debía girar a la derecha, de que ese camino le resultaba familiar... hasta que miraba con atención y se daba cuenta de que nunca había estado allí. Sacudía la cabeza, confundido, y sacaba la libreta. Comparaba las líneas dibujadas con los pasillos reales, y solo entonces comprendía que estaba a punto de perderse.
—¿Qué me está pasando...? —murmuró con voz ronca.
Su memoria parecía mezclarse con otra ajena, como si en su mente convivieran dos personas distintas. Solo el mapa, fiel y silencioso, le devolvía la realidad. El papel nunca miente, se dijo a sí mismo. Respiró hondo y volvió a avanzar.
A su lado, la niña caminaba aferrada a su brazo con todas sus fuerzas, ayudándole a sostenerse mientras él trataba de guiarla. La niña no dejaba de mirar a todos lados: cada sombra, cada ruido, cada puerta entreabierta la hacía tensarse aún más. Su respiración seguía agitada, y sus manos temblaban sin control.
Este sintió un nudo en la garganta y forzó una sonrisa.
—Tranquila... ya pasó. Mientras estemos juntos, no voy a dejar que nada te haga daño.
Ella alzó la vista despacio, con los ojos llenos de lágrimas que ya no caían, y asintió en silencio, apretando un poco más su brazo. Él quería creer sus propias palabras, pero la verdad era otra: apenas podía asegurarse de mantenerse en pie.
Cada pocos minutos, un dolor agudo le atravesaba la cabeza y, de repente, aparecían imágenes que no le pertenecían: una cocina iluminada por la mañana, una mujer sirviendo café, dos niños corriendo alrededor de la mesa, el olor a pan recién horneado... Todo tan nítido que por un instante juró haber estado allí. Parpadeó con fuerza y la escena se desvaneció, para dar paso a otra: pasillos mucho más altos, tuberías enormes por las paredes, el sonido constante de agua corriendo, una puerta metálica que bajaba hacia la oscuridad...
Todo desapareció tan rápido como había llegado. Se llevó una mano a la sien, confundido y asustado.
—¿Señor? —preguntó Sofía con voz suave—. ¿Se siente mal?
—Sí... solo un poco mareado —respondió, mintiendo.
No era un mareo. Eran recuerdos. Recuerdos de una vida que nunca vivió y de rincones de ese lugar que jamás visitó. No entendía cómo era posible, y ahora no tenía fuerzas para intentarlo. Lo único que importaba era llegar.
—Oye... —dijo después de un largo silencio—, ¿cómo te llamas?
La niña dudó unos segundos, bajó la mirada y susurró:
—Sofía.
—Mucho gusto, Sofía. Yo soy Esteban.
Ella repitió su nombre muy bajito, como si quisiera guardárselo para siempre. Nadie dijo nada más después de eso. Solo se escuchaba el sonido de sus pasos lentos y pesados, perdiéndose entre el zumbido infinito de las luces amarillas.
Hasta que al fin, apareció ante ellos la escalera. Y debajo de ella, la puerta metálica.
Esteban soltó un suspiro tan profundo que le dolió el pecho. Habían llegado.
Abrió la puerta con cuidado, revisó que todo estuviera en orden y se apartó.
—Entra tú primero.
Sofía cruzó el umbral despacio, observando cada rincón con desconfianza. Solo cuando ella estuvo dentro, Esteban entró tras ella y cerró la pesada puerta. El cerrojo resonó con fuerza, separándolos de todo lo que acechaba allá afuera.
Por primera vez en mucho tiempo, el silencio les dio una tregua. Esteban se apoyó contra la madera fría y cerró los ojos. No sabía qué le estaba ocurriendo, ni qué significaban esas visiones... pero al menos, por un momento, ambos estaban a salvo.
El cerrojo encajó con un golpe seco que resonó por toda la habitación, y solo entonces Esteban dejó caer toda la tensión que había acumulado durante el regreso. Sus piernas perdieron fuerza de golpe y se deslizó hasta quedar sentado en el suelo, apoyando la espalda contra la pared fría mientras aspiraba aire con dificultad.
Cerró los ojos unos instantes, esperando el dolor agudo que debería haberle dejado la pelea y la caminata. Pero no llegó. Sintió los músculos cargados, el golpe contra el armario todavía le molestaba... nada más. Lo que antes le parecía una carga imposible ahora se desvanecía con una rapidez que no tenía explicación. Aquella sensación extraña en el pecho seguía ahí, más suave, pero constante: algo dentro de él había cambiado, y no sabía qué era.
—¿Qué me está pasando...? —susurró muy bajo.
Abrió los ojos y se encontró con la mirada de Sofía, que seguía sentada frente a él, observándolo con una preocupación inmensa. Tenía los ojos hinchados y las mejillas todavía húmedas. Esteban forzó una sonrisa cansada y le acarició suavemente la cabeza: el mismo gesto que tantas veces había hecho con su propia hija, y que ahora le salió sin pensarlo.
—No te preocupes, estoy bien. Solo necesito un rato de descanso. Al menos... seguimos aquí, juntos.
La niña bajó un poco la mirada, pero asintió.
—¿Seguro?
—Seguro —repitió él, aunque la duda seguía ahí.
Se levantó con esfuerzo y fue al mueble donde guardaba las provisiones. Sacó una botella de Agua de Almendra, y luego buscó entre lo que había recogido: galletas, una barra de chocolate y unas papas fritas que había sacado de la máquina expendedora. Regresó y se lo entregó todo con cuidado.
—Come despacio. No sabemos cuándo volveremos a encontrar algo así.
Sofía tomó todo con ambas manos, como si fuera algo muy valioso. Lo miró unos segundos y luego levantó la vista hacia él:
—Gracias.
Era una sonrisa pequeña, tímida, pero la primera desde que la había encontrado. Y fue suficiente para que Esteban sintiera que, a pesar de todo, había algo que valía la pena proteger. Mientras ella comía con calma, él bebió un largo trago de agua y dejó que el silencio llenara la habitación un momento antes de preguntar:
—Sofía... ¿cómo llegaste aquí?
La niña se detuvo un instante, frunció el ceño como si intentara ordenar los recuerdos.
—No lo sé bien... —empezó con voz suave—. Estaba en el parque, jugando con mi hermano. Mis papás estaban sentados en la banca mirándonos. Había una resbaladilla... él bajó primero, y yo después.
Su voz empezó a temblar.
—Pero cuando puse los pies en el suelo... ya no estaba el parque. Intenté volver a subir, pensé que era una broma... pero no había resbaladilla. Solo esa pared amarilla. Caminé y caminé esperando encontrar a mis papás, o la salida... pero todo era igual. Y luego escuché ese ruido tan feo... y esa cosa me empezó a perseguir. Corrí hasta que no pude más... y entonces apareció usted.
Esteban se quedó inmóvil. Su llegada había sido distinta: recordaba el accidente, el impacto, la oscuridad antes de despertar allí. Pero ella... ella solo había bajado por una resbaladilla, y el mundo entero se había desvanecido a su alrededor.
Por primera vez comprendió que no había una única forma de llegar a los Backrooms. Que no había reglas fijas ni caminos iguales para todos. Y esa certeza le hizo entender algo mucho más aterrador: nadie estaba a salvo de terminar allí, en cualquier momento, sin previo aviso.
El silencio volvió a apoderarse del refugio, roto solo por el suave crujir de los envoltorios mientras Sofía terminaba de comer con calma. Esteban permanecía sentado al otro lado de la habitación, con la mirada fija en el mapa extendido sobre la cama. Sus dedos rozaron despacio el punto donde había marcado el asentamiento, como si al tocar el papel pudiera sentir lo que allí había encontrado.
Llevaba minutos inmóvil, sabiendo exactamente cuál era la decisión correcta… y sabiendo también que le dolería en el alma tomarla. Soltó un suspiro tan largo que pareció llevarse consigo parte de su propia fuerza.
—Sofía…
La niña levantó la cabeza despacio, con la mirada atenta.
—Necesito contarte algo importante.
Ella asintió en silencio, dejando a un lado lo que le quedaba de comida. Esteban tomó la libreta, se acercó y señaló con el dedo un punto lejano en el dibujo:
—Hace unas semanas, mientras exploraba, encontré un lugar muy especial. Allí vive mucha gente: han levantado muros, han organizado espacios para dormir, guardan comida… parecen saber cómo sobrevivir juntos, llevan mucho tiempo allí.
Sofía lo escuchaba sin apartar la vista.
—Dentro de unos días —continuó él con voz suave pero firme—, iremos hasta ese lugar.
Por un instante, una pequeña chispa de alegría iluminó el rostro de la niña, pero desapareció casi de inmediato cuando preguntó con voz muy baja:
—¿Y después?
Esteban guardó silencio unos segundos, buscando las palabras más justas, aunque ninguna le parecía suficiente.
—Después… tú te quedarás con ellos.
Sofía bajó la mirada lentamente, como si esas palabras pesaran demasiado para sostenerlas.
—¿Y usted?
—Yo seguiré caminando.
La niña alzó la vista de nuevo: en sus ojos se mezclaban la confusión y una tristeza que le partió el corazón.
—¿Por qué?
Esteban apoyó los codos sobre las rodillas y se inclinó un poco hacia ella, mirándola a los ojos con total sinceridad.
—Porque yo no vine aquí para quedarme. Mi único propósito es encontrar una salida, volver al mundo de donde vengo. Y ese camino… no es fácil. Tendré que cruzar lugares más peligrosos, enfrentarme a cosas peores que la que hoy intentó hacerte daño.
Hizo una pausa, tragando saliva antes de seguir:
—No puedo prometerte que siempre podré defenderte. Ni siquiera sé si podré cuidarme a mí mismo en cada paso que dé. No quiero que te pase nada, Sofía. Lo que más deseo en este momento es que estés a salvo. Y en ese grupo, con gente que sabe cómo cuidarse y cómo cuidar a los demás… estarás mucho mejor que conmigo.
El silencio volvió a llenar la habitación, denso y pesado. Sofía miró sus propias manos entrelazadas sobre sus rodillas, y su voz salió apenas como un susurro:
—Si voy con usted… ¿le estorbaré?
Esa pregunta golpeó a Esteban con más fuerza que cualquier golpe recibido en la pelea. Sintió un nudo enorme en la garganta y tuvo que hacer un esfuerzo inmenso para no derramar lágrimas. Quería decirle que no, que nunca sería un estorbo, que podrían encontrar la salida juntos… pero sería mentirle. Y en un lugar donde la verdad era lo único que podía mantenerlos vivos, no podía engañarla.
Respiró hondo, buscando la calma para responder con ternura y firmeza:
—No es que seas un estorbo, pequeña. Es que todavía eres una niña, y mereces crecer segura, sin tener que correr ni esconderte cada dos por tres. Yo… todavía no soy lo bastante fuerte para protegerte de todo lo que hay aquí. Prefiero que un día me guardes rencor por haberte dejado en un lugar seguro… a tener que ver cómo te pasa algo malo por culpa de mi decisión.
Sofía no dijo nada más; simplemente abrazó sus piernas y escondió el rostro entre sus rodillas. Esteban no se movió, respetando su silencio, dejándola sentir todo lo que necesitara sentir. Pasaron varios minutos así, solo el zumbido lejano de las luces acompañándolos.
Hasta que ella levantó la cabeza despacio. Tenía los ojos brillantes, pero no lloraba; había en su mirada una madurez que no debería tener a su edad, y una pequeña sonrisa triste pero sincera.
—Entonces… ¿podrá venir a verme alguna vez? —preguntó con voz suave—. Aunque sea de vez en cuando. Para saber que estoy bien… y para que yo sepa que usted también está bien.
Esteban sintió cómo una calidez inmensa le recorría el pecho, disolviendo un poco de toda esa angustia acumulada. Le revolvió suavemente el cabello, sonriendo con el corazón más abierto que en mucho tiempo.
—Claro que sí. Vendré siempre que pueda, cuando encuentre un camino seguro para volver. Y cada vez que descubra algo nuevo, o curioso, o simplemente bonito… te lo traeré. Puede ser una fotografía, una piedra con una forma extraña, o alguna historia de esos rincones que todavía nadie ha visto.
Los ojos de Sofía se iluminaron de nuevo, recuperando un poco de su brillo natural.
—¿Me lo promete?
Esteban levantó la mano, extendiendo su dedo meñique hacia ella.
—Te lo prometo.
Con una pequeña risa contenida, la niña alzó su propia mano y enganchó su dedo meñique con el suyo, sellando el pacto.
—Entonces yo también le prometo algo —dijo ella con firmeza—: voy a esperarlo. No importa cuánto tarde, ni cuánto tiempo pase. Voy a estar allí esperándolo, para contarle cómo me ha ido y para escuchar todo lo que usted haya descubierto.
Esteban no supo qué decir. Solo apretó con suavidad aquel pequeño dedo entre los suyos, sintiendo que, sin darse cuenta, ya no caminaba solo. Por primera vez desde que despertó entre esos pasillos amarillos, sabía que había alguien esperándolo, alguien que le daría una razón más para volver… y para encontrar la salida.
La habitación quedó sumergida en un silencio suave, roto solo por el zumbido incesante de las luces fluorescentes y la respiración tranquila de Sofía. Después de todo lo que había vivido aquel día, la pequeña por fin había logrado descansar. No quiso acostarse en la cama: cuando Esteban insistió en que se recostara, ella simplemente se acercó sin decir palabra, se sentó sobre sus piernas y apoyó la cabeza contra su pecho, como si en ese latir encontrara la única seguridad que le quedaba.
Él no dijo nada. La rodeó con ambos brazos con mucho cuidado, tomó una de las mantas que había recogido en sus exploraciones y la cubrió despacio, procurando no despertarla. En pocos minutos, su respiración se volvió profunda y constante. Ya no había rastro del terror que había visto en sus ojos cuando la encontró acorralada; ahora su rostro reflejaba algo que parecía imposible allí: paz.
Sin darse cuenta, empezó a acariciarle el cabello con movimientos lentos y rítmicos, exactamente igual que hacía con su propia hija cuando se quedaba dormida viendo una película en el sofá. Un nudo grueso se le formó en la garganta. Cuando él despertó en aquel lugar, no había hecho más que maldecir su suerte, pensando que era el peor infierno que alguien podía imaginarse. Pero ahora, sosteniendo a esa niña entre sus brazos, una palabra se le escapó en un susurro tan bajo que casi no llegó a sus propios oídos:
—Gracias…
Si él no hubiera estado allí, Sofía habría desaparecido para siempre, devorada por la Bacteria sin que nadie supiera jamás qué le había ocurrido. Y entonces una pregunta dolorosa le golpeó la mente: ¿cuántos niños más habían llegado allí solos? ¿Cuántos habían caminado llamando a sus padres en la oscuridad? ¿Cuántos habían encontrado a una entidad antes de que alguien pudiera tenderles una mano?
Solo pensarlo hizo que el pecho le volviera a doler con fuerza. Apretó un poco más el abrazo, como si pudiera protegerla de todo un mundo que se había vuelto en contra de ellos.
—No volverá a pasar —susurró, aunque sabía que era una promesa que quizás no podría cumplir. No podía salvarlos a todos. Ni siquiera estaba seguro de poder salvarse a sí mismo.
Con infinito cuidado, tomó el teléfono que descansaba sobre la mesa. La pantalla se iluminó de golpe, mostrando cientos de notificaciones acumuladas. Abrió la publicación que había escrito antes:
"Hoy encontré a una niña perdida dentro de los Backrooms. Pienso llevarla hasta el asentamiento humano que descubrí hace unas semanas. Sé que allí estará mucho más segura que conmigo. ¿Qué opinan?"
Las respuestas eran casi unánimes:
—"Es la decisión correcta."
—"Un grupo le dará protección y algo parecido a una vida normal."
—"No puedes cargar con esa responsabilidad, y menos en un lugar así."
—"Lo haces por su bien, aunque duela."
Leyó una y otra vez, y aunque le partía el alma, sabía que tenían razón.
Luego revisó la otra publicación, donde había subido una fotografía muy discreta: solo el rostro de Sofía, dormida, envuelta en la manta. Y junto a ella, el mensaje: "¿Alguien sabe de alguna niña desaparecida recientemente? Quizás así pueda avisar a su familia."
No esperaba nada. Pero entre los comentarios, uno había cobrado cientos de reacciones en muy poco tiempo. Al abrirlo, sintió como si el aire se le escapara de golpe.
Un usuario había compartido una noticia real, con fecha de apenas unos días atrás. La fotografía que acompañaba el texto mostraba exactamente el mismo rostro que ahora descansaba entre sus brazos.
El titular decía: "Continúa la búsqueda de una niña de diez años, desaparecida en un parque de Estados Unidos sin dejar rastro."
Siguió leyendo con el corazón a mil por hora. Explicaba que había estado jugando con su hermano pequeño en el tobogán; cuando los padres dejaron de verla por unos segundos, ya no estaba. Habían revisado todas las cámaras, interrogado a todos los testigos, organizado búsquedas masivas… pero nadie había encontrado una sola pista. Simplemente se había desvanecido.
Bajó el teléfono lentamente y volvió a mirarla. Sofía no era solo una niña perdida en los Backrooms: para el mundo entero, era una niña desaparecida. Mientras sus padres, su hermano y cientos de personas seguían buscándola desesperados al otro lado de la realidad, ella dormía tranquila en el único lugar donde nadie pensaría jamás buscar.
El cansancio terminó por vencerlo. Sin darse cuenta, apoyó la cabeza contra la pared fría, manteniendo los brazos rodeando a Sofía, que seguía profundamente dormida sobre su pecho. Poco a poco, sus propios párpados pesaron demasiado y se dejó llevar.
Al principio todo era luz y calma: el sol bañaba el césped del parque, su hija corría riendo con un globo en la mano, y su esposa lo miraba desde la banca con esa sonrisa que guardaba como un tesoro.
—¡Papá! —gritó la niña acercándose.
Él la alzó haciéndola girar, y por un instante olvidó dónde estaba. Olvidó los pasillos, el zumbido, el accidente. Solo existía su familia.
Pero la risa se apagó de golpe. El césped se volvió alfombra amarilla, los árboles desaparecieron, el cielo se transformó en un techo lleno de luces parpadeantes. Ya no tenía a su hija en brazos: ella corría asustada por un pasillo infinito llamándolo, y él no podía moverse con la suficiente rapidez.
Y entonces la visión cambió por completo.
Ya no miraba con sus ojos. Eran otras manos, más pequeñas, más delgadas. Sentía el aire faltarle mientras corría aterrorizada. Algo la perseguía: pasos pesados, una respiración rasposa que cada vez estaba más cerca. Al girarse, lo vio: una figura humanoide, con piel que parecía mal puesta, un rostro que imitaba el humano pero era una máscara grotesca hecha de carne. Un Skin-Stealers o Roba Pieles.
Intentó gritar, pero el miedo le cerraba la garganta. Dobló esquinas, corrió sin rumbo… hasta que una mano lo sujetó con fuerza del cuello. Los pies dejaron de tocar el suelo. Sintió cómo los dedos se clavaban, cómo la carne se desgarraba lentamente, oyó el crujido de sus propios huesos. Y lo peor era que no podía apartar la mirada de aquella cara horrible mientras todo se apagaba. En su mente solo resonaba: Mis hijos… perdónenme… no quiero morir…
Y Esteban lo sintió todo. Cada dolor, cada miedo, cada último pensamiento.
—¡¡AHH!!
Despertó de golpe, jadeando como si hubiera estado ahogándose. El corazón le golpeaba con fuerza desesperada contra las costillas; todo su cuerpo estaba empapado en sudor frío. Se llevó las manos al cuello, convencido de que todavía sentía aquellos dedos apretando. Respiró hondo una y otra vez, tratando de traer de vuelta la realidad.
—¡Señor!
Una voz pequeña y temblorosa lo devolvió al refugio. Sofía estaba arrodillada frente a él, tomándole de los hombros con ambas manos, los ojos muy abiertos y llenos de angustia.
—¿Qué le pasó? ¿Está bien? ¿Le duele algo?
Él tardó en enfocar la mirada. Miró sus manos, luego las paredes conocidas, y finalmente a la niña. Negó despacio, con la voz rota:
—No… solo fue una pesadilla.
Pero mientras recuperaba el aliento, una sensación helada se le instaló en el estómago. Aquello no había sido un sueño. No había sido su imaginación. Se había sentido como si hubiera estado allí, como si hubiera sido ella.
Había sido un recuerdo.