El teléfono seguía entre sus manos, con la pantalla iluminada frente a sus ojos fijos. No podía apartar la vista del comentario que aparecía allí, nítido y real. Era absurdo, ridículo, imposible... y sin embargo demostraba una sola verdad irrefutable: su mensaje había cruzado. Había llegado al otro lado. Al mundo que él conocía.
No importaba cómo ni por qué. Lo único que importaba era que había alguien al otro lado.
Durante unos segundos el pulso se le aceleró, y los dedos se posaron sobre el teclado listos para escribir la verdad desnuda: "No es un montaje. Estoy aquí de verdad. Ayúdenme." Pero se detuvo en seco. ¿Quién le iba a creer? Si alguien le contara esto a él unos días atrás, habría pensado que se trataba de una broma pesada o de alguien que había perdido el juicio.
Respiró hondo, apretó los labios y escribió algo distinto:
"Jajaja, tranquilo, es solo una idea para una historia de terror. Pero ya que estamos... si alguien supiera realmente cómo son los Backrooms, ¿qué se debería hacer para sobrevivir ahí? Me ayudaría mucho a que quede más creíble."
Pulsó enviar con el corazón a punto de salírsele del pecho.
Y las respuestas no tardaron en llegar.
La inmensa mayoría seguía bromeando, asegurando que era un efecto muy bien hecho o una animación nueva. Pero precisamente porque pensaban que solo estaba buscando detalles para una historia, empezaron a soltar todo lo que habían leído, visto o escuchado durante años:
—"Lo primero: busca Agua de Almendra. Es lo único que puedes beber con seguridad."
—"No gastes energías corriendo sin motivo. Allí el cansancio juega en tu contra."
—"Intenta marcar el camino... aunque hay gente que dice que las marcas desaparecen cuando dejas de mirarlas."
—"Nunca sigas ruidos, luces o voces que te llamen."
—"Si ves algo raro y no te ha visto... aléjate muy despacio. No hagas ruido."
—"Cuida la batería de cualquier dispositivo. Es más valiosa que el agua."
—"No te fíes de nada que parezca demasiado normal o demasiado bueno."
Deslizó el dedo lentamente hacia abajo, leyendo cientos de comentarios que se amontonaban. Algunos discutían acaloradamente si tal cosa era cierta o no, otros se contradecían, cada uno contando una versión distinta de lo que decían ser los Backrooms. Pero entre toda esa confusión, había ciertos consejos que aparecían una y otra vez, repetidos por personas que ni se conocían.
Eso fue lo que le llamó la atención.
—Agua de Almendra... —murmuró para sí mismo.
Levantó la vista del teléfono y los recuerdos volvieron rápidos: hacía un par de horas, al doblar una esquina, había visto dos botellas de vidrio apoyadas contra la pared, con un líquido amarillento y turbio en su interior. No se había acercado, pensando que podían contener algún producto de limpieza o algo dañino. Ahora sentía que había dejado pasar una oportunidad.
—Entonces era eso... —se dijo, anotándolo con fuerza en la mente—. Si vuelvo a ver algo igual, no dudaré.
El segundo punto que se repetía casi con la misma intensidad: buscar un refugio. Unos hablaban de habitaciones pequeñas y cerradas, otros de huecos escondidos entre las estructuras, otros de espacios con una sola entrada fácil de vigilar. Nadie se ponía de acuerdo en el lugar exacto, pero todos coincidían en una cosa: caminar sin rumbo hasta caer agotado era la forma más rápida de morir. Necesitaba un sitio donde detenerse, donde cerrar los ojos sin miedo, donde poder guardar lo poco que tenía.
Siguió leyendo, y otro comentario le llamó la atención de golpe:
—"A veces aparecen cosas de nuestro mundo. Cosas que se perdieron y de alguna manera terminaron allí. Sillas, herramientas, mochilas, hasta comida. Si encuentras algo útil, tómalo sin dudar."
Frunció el ceño. La teoría era tan extraña como el propio lugar en el que estaba. Pero después de lo que le había pasado, ya no tenía motivos para descartar nada.
También había respuestas absurdas, dichas en tono de broma: "Vuelve a caerte por el mapa", "Busca la sala de control", "Solo apaga y enciende el juego 😂".
Por primera vez desde que despertó, esbozó una sonrisa. Era una sonrisa débil, cansada, pero sincera. Aquella gente hablaba como si fuera una ficción, sin saber que cada palabra que escribían podía ser la diferencia entre que él siguiera vivo o desapareciera como tantos otros.
Apagó la pantalla unos segundos y se quedó mirando el pasillo interminable que tenía delante. Ya no caminaba totalmente a ciegas. Ahora tenía metas claras: buscar el Agua de Almendra, encontrar un lugar seguro donde descansar, recoger cualquier objeto que pudiera servirle, cuidar al máximo la batería y seguir grabando todo lo que viera.
Seguramente muchos de esos consejos estaban equivocados. Seguramente la mayoría eran invenciones o historias exageradas. Pero si solo una parte de todo aquello resultaba ser verdad...
Entonces tenía una oportunidad.
Una pequeña y frágil oportunidad de no perderse para siempre en aquel mundo amarillo.
Pasó las siguientes horas caminando sin rumbo fijo, pero ya no con la misma desesperación ciega del principio. Mientras avanzaba, dibujaba un mapa muy básico en una de las hojas en blanco de su cuaderno de trabajo: solo líneas torcidas, cruces marcando giros, y pequeñas anotaciones junto a alguna columna llamativa o una mancha extraña en la alfombra.
Uno de los comentarios que más le había llamado la atención insistía en ello:
"Traza un mapa. Dicen que los Backrooms son infinitos. Si no sabes por dónde viniste, nunca encontrarás el camino de regreso."
Y otro usuario había añadido algo que le pareció de sentido común:
"Cuando encuentres un lugar seguro, conviértelo en tu punto cero. Desde ahí explora siempre hacia afuera y vuelve antes de perderte."
Así que decidió seguir ese consejo al pie de la letra. Cada pocos metros añadía un trazo más, consciente de que no sabía si el lugar cambiaba realmente de forma como decían algunos, pero al menos tendría una referencia de lo que él mismo había visto.
Mientras avanzaba, no dejaba de mirar a los lados buscando cualquier cosa que no fuera pared o alfombra. Y por fin, al doblar una esquina, vio lo que esperaba: tres botellas de vidrio apoyadas juntas, con aquel líquido amarillento y turbio dentro. Ya no sentía desconfianza. Sabía exactamente lo que eran.
Las guardó con mucho cuidado en el fondo de la mochila, como si fueran oro puro. Si algún día dejaba de encontrar algo para beber, esas tres botellas podrían ser la diferencia entre seguir vivo o caer rendido.
Las horas pasaron con una lentitud agobiante. Revisó detrás de cada puerta pequeña, cada hueco entre las paredes, cada pasillo estrecho. La mayoría terminaban en muros ciegos o callejones sin salida. Nada parecía servir.
Cinco horas después, empezaba a pensar que aquello del refugio no era más que otro mito inventado para dar emoción a las historias. Suspiró, cansado y desanimado, y estaba a punto de seguir adelante cuando levantó la vista.
Bajo una vieja escalera de hierro que descendía hacia el vacío, medio oculta entre las sombras, había una puerta metálica.
Normalmente habría pasado de largo, pero algo le dijo que se detuviera. Empujó despacio; el metal chirrió con fuerza, rompiendo el silencio del lugar. Detrás había un pasillo estrecho y oscuro. Encendió la linterna del teléfono y avanzó paso a paso: diez pasos, quince, veinte... hasta que el corredor se abrió de golpe.
Se quedó inmóvil.
Era una sala mucho más amplia de lo que esperaba. Allí había una cama con el colchón aún en su sitio, una cómoda, un armario cerrado, una mesita pequeña y hasta un sofá cubierto solo por una fina capa de polvo. Parecía el dormitorio normal y corriente de una casa... arrancado de su lugar y escondido en medio de aquel laberinto sin fin.
—Esto... no tiene ningún sentido —murmuró dando una vuelta completa, observando cada rincón.
No había señales de lucha, ni objetos tirados, ni rastro de nadie que hubiera estado allí recientemente. Solo silencio y quietud.
Y entonces levantó la vista hacia el techo.
El cuerpo se le tensó de golpe.
Una silla estaba incrustada en el hormigón. No colgaba, no estaba atada: sus patas parecían fundidas con la superficie, como si hubiera sido empujada hacia arriba cuando todo aquello aún no se había endurecido.
Sacó el teléfono rápidamente. Tomó varias fotos: primero la habitación entera, después la puerta de entrada, y finalmente un primer plano de la silla imposible. Luego escribió y subió todo:
"¿Qué les parece este sitio para el refugio de mi historia? Lo encontré escondido bajo una escalera. Y una cosa más... ¿alguien sabe explicar por qué hay una silla metida en el techo?"
Las respuestas llegaron casi al instante:
—"Queda genial, da mucha tensión."
—"Sí, es el lugar perfecto para esconderse un tiempo."
—"Esa silla es por un Glitch, seguro."
Frunció el ceño y siguió leyendo:
—"Los Glitch son fallos de la realidad. A veces las cosas se cruzan entre mundos y quedan fusionadas así."
—"He leído relatos de gente que le pasó lo mismo... quedaron atrapados en paredes o suelos."
—"Por eso dicen que son de los peligros más silenciosos: no te los esperas hasta que es demasiado tarde."
Un escalofrío helado le recorrió la espalda. Volvió a mirar la silla clavada en el techo, y por primera vez comprendió algo que no se había atrevido a pensar: quizás esa silla no había llegado sola. Quizás alguien estaba sentado en ella cuando la realidad se rompió... y se quedó allí para siempre.
Por primera vez desde que despertó en medio de aquellas paredes amarillas, sintió que podía respirar sin tener el corazón encogido en el pecho. Aquella habitación le daba algo que no había tenido hasta entonces: la certeza de que podía detenerse.
Pero no se permitió descansar todavía. Si aquel lugar iba a ser su refugio, tenía que aprovechar mientras recordaba perfectamente el camino de vuelta. Con el mapa en una mano y la mochila al hombro, salió de nuevo al laberinto decidido a no volver con las manos vacías.
Durante horas caminó con un único propósito: recoger todo lo que pudiera servirle. Cada vez que veía una botella con aquel líquido amarillento, la guardaba con extremo cuidado. Las advertencias de la gente habían sido claras: "Nunca desperdicies una botella. Pueden pasar días sin encontrar otra". Y obedeció al pie de la letra.
También empezó a revisar los armarios y roperos que aparecían de vez en cuando en los pasillos. Algunos estaban vacíos, pero otros conservaban prendas perfectamente dobladas, como si su dueño hubiera salido un momento y nunca hubiera vuelto. Camisas, pantalones, chaquetas... hasta un par de zapatillas de su misma talla. Todo iba a parar a su equipaje.
Otro comentario le había hecho pensar mucho en eso: "Si encuentras ropa limpia, guárdala. Aquí casi no hay agua para lavar. A menos que llegues a los Poolrooms". No tenía ni idea de qué eran esos "Poolrooms", ni quería averiguarlo por ahora: solo entendió que el agua era un tesoro y la ropa limpia, una suerte que no debía desaprovechar.
Además consiguió otras dos mochilas vacías, una linterna vieja que ya no encendía, varias mantas gruesas y algunos utensilios que parecían haber estado allí olvidados desde hacía años. Nada espectacular, nada que salvara su vida de golpe... pero todo podía ser útil en algún momento.
Cuando regresó, empujó la pesada puerta metálica y la cerró con fuerza. El sonido del metal al encajar resonó a lo lejos, y por primera vez sintió que una barrera real lo separaba de todo aquello que acechaba en los pasillos. Soltó un suspiro largo y profundo, y empezó a ordenar todo lo que había conseguido.
Alineó las botellas contra la pared y las contó una a una:
—Una... dos... tres... diez.
Sonrió levemente. No era una gran reserva, pero si las administraba bien, le darían para varios días. Luego dobló la ropa dentro del armario, acomodó las mochilas sobre la cómoda y extendió las mantas sobre la cama. Poco a poco, aquel espacio frío y solitario empezaba a parecer un lugar donde podría sobrevivir.
Y entonces, al mover una caja que estaba junto a la cama, se detuvo en seco.
Allí, justo debajo del somier, había un enchufe de pared.
Se quedó mirándolo sin dar crédito. Sacó el teléfono, tomó la foto y escribió:
"¿Alguien me puede explicar esto? En el refugio, debajo de la cama... hay un enchufe."
Las respuestas llegaron rápido:
—"Sí, he leído que hay enchufes por algunos niveles."
—"Unos funcionan, otros no. Nadie sabe de dónde sale la luz."
—"Si tienes suerte y funciona, aprovéchalo mucho."
Miró la pantalla: 27%. Había estado cuidando cada segundo de uso por miedo a perder su única conexión. Si aquello era verdad... todo cambiaba.
Sacó el cargador con manos temblorosas, se arrodilló y, tras unos segundos de duda, introdujo la clavija. Conectó el cable al teléfono.
Los segundos parecieron durar minutos. Cinco... seis... siete...
¡Plin!
La pantalla se iluminó con el símbolo del rayo verde. Cargando.
Se quedó mirando esa pequeña luz sin poder evitar sonreír. Era la primera buena noticia desde que había caído allí. Mientras ese enchufe siguiera activo, no solo tendría energía: tendría el vínculo con el mundo que todavía esperaba su regreso.
El silencio en aquella habitación no era como el de los pasillos: era denso, pesado, como si el propio lugar estuviera conteniendo la respiración. Después de dejar todo ordenado y a salvo, se dejó caer sobre el colchón. No era especialmente blando ni cómodo, pero comparado con el suelo duro y frío que había recorrido durante horas, se sintió como si estuviera sobre nubes.
Antes de cerrar los ojos, tomó una decisión: colocó el teléfono sobre la cómoda, junto a la batería externa que también se estaba cargando, y desactivó solo los sonidos de aviso. No quería apagarlo, y mucho menos activar el modo avión. Todavía no entendía cómo era posible que tuviera conexión allí, y no pensaba arriesgarse a perderla. Si esa pequeña pantalla era su única ventana al mundo real, la mantendría abierta mientras pudiera.
El cargador seguía conectado, y poco a poco el cansancio acumulado terminó por vencerlo.
...
No supo cuánto tiempo durmió. Cuando abrió los ojos, la luz amarilla seguía bañando todo con ese tono pálido y enfermizo, y nada había cambiado de sitio. Se incorporó despacio, sintiendo cada músculo tenso y dolorido: la tensión de los primeros días se había quedado grabada en su cuerpo.
Se acercó a la cómoda y soltó un suspiro de alivio: 100%. Tanto el teléfono como la batería externa estaban completamente cargados. Al menos, por un tiempo, no tendría que temer quedarse incomunicado.
Pero había una pregunta que no dejaba de darle vueltas en la cabeza, la única que realmente importaba. Volvió a abrir su publicación y escribió:
"Ahora una duda muy importante... ¿alguien sabe realmente cómo se sale de los Backrooms?"
Esperó. Las respuestas llegaron rápido, pero ninguna le gustó.
—"Dicen que nadie sale de ahí."
—"Hay historias de gente que volvió, pero nunca contaron nada. Quedaron rotos."
—"No hay ninguna salida confirmada."
—"Depende de en qué nivel estés atrapado."
—"Todo son solo teorías y rumores."
Frunció el ceño y siguió leyendo. Algunos hablaban de puertas que aparecen de la nada, otros de ascensores olvidados, otros de escaleras que no llevan a ningún sitio... pero nadie tenía pruebas. Nada concreto.
Hasta que empezaron a mencionar el No Clip.
—"Si logras atravesar la realidad otra vez, podrías volver."
—"O podrías caer en un lugar peor."
—"O quedar atrapado igual que esa silla que enseñaste."
Levantó la vista de golpe hacia el techo. Allí seguía la silla, incrustada para siempre. Un escalofrío helado le recorrió la espalda. No. No pensaba arriesgarse a desaparecer entre la piedra o quedar atrapado en medio de la nada.
Se apoyó en la mesa y suspiró hondo. Entendió entonces la verdad más dura: nadie le iba a dar el camino de vuelta. Nadie tenía un mapa, ni una guía, ni una respuesta segura. Si quería volver a casa, tendría que descubrirlo todo él mismo. Desde cero.
Volvió a escribir, con la voz entrecortada:
"Entonces... ¿cuántos niveles hay realmente? ¿Y cómo se pasa de uno a otro?"
Durante unos segundos no hubo nada. Luego, las respuestas empezaron a amontonarse... todas distintas, todas contradictorias.
—"Son nueve."
—"Cientos."
—"Más de mil, según la wiki."
—"Son infinitos, aparecen nuevos siempre."
—"Depende de la historia que leas."
Unos decían que bastaba con caminar sin rumbo hasta que todo cambiara. Otros buscaban puertas marcadas, escaleras que no deberían estar ahí o ascensores solitarios. Incluso había quien aseguraba que había que hacer cosas muy concretas para provocar el cambio.
No había una sola verdad.
Cerró lentamente la pantalla del teléfono y se quedó mirando sus manos. Por primera vez comprendió que el mayor peligro de aquel lugar no eran solo las criaturas que acechaban en los pasillos... sino que nadie, absolutamente nadie, sabía cómo funcionaba realmente.
Y si quería salir vivo... tendría que aprender a conocerlo por su cuenta.
Con la mochila bien ajustada a los hombros, cerró con cuidado la pesada puerta metálica de su refugio. Antes de dar un paso, miró la libreta que había empezado el día anterior: al principio no eran más que garabatos sin sentido, pero ahora ya empezaba a parecer un plano real. Cada pasillo recorrido tenía su línea, cada cruce un número, cada habitación vacía una pequeña nota. Y bien visible, una flecha gruesa señalaba el camino de vuelta.
Sonrió levemente. No era gran cosa, pero era más control del que había tenido desde que cayó allí. Guardó la libreta y comenzó a caminar con paso decidido. Ya no avanzaba al azar: cada pocos metros se detenía para añadir un trazo nuevo, marcaba si encontraba algo extraño o si un camino terminaba en pared ciega. Todo podía ser importante más adelante.
Las páginas se llenaban poco a poco, y cuanto más completo se hacía el dibujo, más seguro se sentía al saber que siempre podría volver a salvo.
Las siguientes horas transcurrieron con una calma extraña. Encontró dos botellas más de Agua de Almendra, otra mochila resistente, una linterna que no encendía y hasta un reloj de pared que seguía marcando las horas con su tic-tac constante, como si no le importara que no hubiera ni una sola ventana en kilómetros. Todo lo guardó con esmero.
Hasta que algo sobresalió entre dos paredes a lo lejos.
Se detuvo en seco. Frunció el ceño. No parecía un mueble, ni una tubería: era metal brillante, una forma demasiado reconocible. Se acercó paso a paso, y con cada paso el corazón se le encogía un poco más: parachoques, parrilla, un faro intacto...
Su respiración se cortó de golpe.
Era un coche.
—¿Qué demonios...?
El vehículo parecía haber atravesado la pared a toda velocidad, quedando atrapado a medio camino. Solo la parte delantera sobresalía; el resto del coche estaba fundido con el hormigón amarillo, como si la realidad se hubiera abierto y luego se hubiera cerrado a su alrededor.
Se acercó con cautela hasta llegar al parabrisas. Y entonces lo vio.
El estómago se le revolvió violentamente. Retrocedió de un salto, apoyándose contra la pared, y una arcada brutal lo obligó a inclinarse sobre la alfombra húmeda. Tardó varios minutos en recuperar el aliento, temblando de pies a cabeza. No era la sangre lo que le había golpeado: era la forma en que la muerte lo había atrapado.
El conductor seguía sentado, con el cinturón puesto, como si en cualquier momento fuera a girar el volante. Pero la mitad superior de su cuerpo había desaparecido dentro de la pared: el pecho, los hombros y parte del rostro se mezclaban con el cemento hasta que era imposible distinguir dónde terminaba el hombre y dónde empezaba la estructura. Solo sus piernas y un brazo quedaban al descubierto.
Era mucho peor que la silla del techo. Aquello no era un objeto: era una persona. Alguien que había sufrido el mismo fenómeno del que hablaban en los comentarios, un fallo de la realidad que no respetaba nada, ni siquiera la vida.
Respiró hondo varias veces hasta que el temblor cedió lo suficiente para volver a acercarse. Reconoció el coche: era un patrullero de policía. Miró de nuevo al hombre, y vio que sus ojos permanecían abiertos, fijos en la nada.
Sin decir nada, levantó la mano con mucho cuidado y le cerró los párpados.
—Descansa —susurró casi sin voz.
No podía hacer nada más por él. Ni siquiera sacarlo de allí. Pero al retirar la mano, notó que los dedos del policía seguían aferrados a algo con fuerza. Con esfuerzo separó los nudillos rígidos: era una pistola reglamentaria, todavía en su funda. Buscó más y encontró dos cargadores adicionales en el cinturón.
Nunca había disparado un arma en su vida. Ni siquiera estaba seguro de si sería capaz de hacerlo. Pero también sabía que en aquel lugar no podía permitirse dejar pasar nada que pudiera ayudarlo a seguir vivo.
Desabrochó la funda con respeto, guardó el arma y la munición en el fondo de la mochila y se echó una última mirada al coche atrapado. Aquella escena le confirmó algo terrible: los objetos no eran lo único que los Backrooms se tragaban. A veces también llegaban personas. Y no todos tenían la suerte de poder contarlo.
Guardó la pistola con sumo cuidado en el fondo de la mochila. El peso era leve, pero para él significaba todo: una posibilidad, aunque fuera pequeña. Esperaba no tener que usarla jamás; no sabía cómo empuñarla, ni siquiera estaba seguro de que una bala pudiera detener a algo que no pertenecía al mundo normal. Pero prefería tenerla y no necesitarla, que necesitarla y no tenerla.
Antes de seguir, volvió a mirar el patrullero fundido en la pared. La imagen seguía grabada en su mente, y no quería volver a presenciar algo semejante. Sacó la libreta, dibujó el punto y anotó: Patrullero. Evitar detenerse aquí. Al menos le serviría como referencia.
Cerró la libreta y siguió adelante.
El silencio volvió a envolverlo, solo roto por el zumbido constante de las luces. Hasta que escuchó algo diferente: unos pasos lentos, tranquilos, que se acercaban sin prisa. No era el mismo sonido que la criatura anterior.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Miró a su alrededor y vio el armario que había pasado unos metros atrás. Se deslizó hacia él sin hacer ruido, se metió dentro y dejó solo una pequeña rendija entre las puertas. Se tapó la boca con ambas manos y contuvo la respiración.
Los pasos llegaron hasta allí y se detuvieron justo frente al armario.
A través de la abertura, en la penumbra, solo alcanzó a distinguir dos ojos brillantes, casi blancos, y una sonrisa excesivamente ancha, perfecta y estática. El resto del cuerpo parecía una mancha oscura, sin forma definida, como si la oscuridad misma lo envolviera y ocultara todo lo demás. No pudo ver extremidades, ni rostro completo, ni nada más. Solo esos ojos y esa sonrisa que parecían flotar en la nada.
La criatura permaneció inmóvil unos segundos, como si estuviera escuchando. Él temblaba en silencio, con el corazón a punto de estallar. Con mucho cuidado sacó el teléfono, apagó la luz de la pantalla, activó la cámara y, apoyando el lente en la rendija, tomó la foto. El sonido del obturador estaba desactivado.
La criatura no se movió. Un instante después, los pasos se alejaron lentamente hasta desaparecer.
Esperó un minuto. Dos. Cinco. Solo cuando estuvo seguro de que ya no estaba cerca, se dejó caer sentado en el fondo del armario, respirando con dificultad. Miró la imagen: estaba algo borrosa, pero se veía perfectamente esa sonrisa y esos ojos sobre una masa negra sin forma.
No tenía ni idea de qué era. Subió la foto y escribió:
"Vi esto a menos de un metro. No sé qué es. Solo se ven los ojos y esa sonrisa, el resto es oscuridad."
Las respuestas llegaron enseguida:
—"¡Es un Smiler!"
—"Sí, son así: solo se distinguen los ojos y la sonrisa en la oscuridad."
—"Nunca te metas en zonas sin luz, es donde acechan."
—"La luz los mantiene alejados."
—"Tuviste una suerte increíble de que no te detectara."
Leyó el nombre una y otra vez: Smiler.
Cerró los ojos un momento, temblando todavía. Había estado a un paso de algo terrible, y solo por un milagro seguía allí. Ahora sabía su nombre. Y sabía también que, en aquel lugar, la luz era lo único que le separaba de la oscuridad.