El cuerpo de la Bacteria permanecía inmóvil en el suelo. Esteban seguía de rodillas a su lado, respirando con dificultad. Una mano se apoyaba contra el suelo mientras la otra se llevaba a la boca, intentando contener cualquier gesto que lo traicionara. El dolor había disminuido, pero no había desaparecido por completo.
—Tenemos que movernos —susurró Daniel.
Esteban levantó lentamente la mirada. Daniel se agachó a su lado y le pasó un brazo por encima de los hombros.
—Vamos. Apóyate en mí.
—Puedo caminar.
—No dije que no pudieras.
Valeria se colocó al otro lado.
—Déjanos ayudarte.
Esteban dudó unos segundos. Finalmente asintió.
—Está bien.
Entre ambos lo ayudaron a ponerse de pie. Daniel miró un instante el cuerpo de la criatura, aferró su arma y revisó cada pasillo antes de volver la vista hacia ellos.
—Debemos salir de aquí. Aunque no avisara a las demás, seguimos en zona peligrosa.
Esteban asintió con lentitud.
—Exactamente.
Laura ya había desplegado el mapa.
—Yo iré delante.
Esteban la miró.
—¿Estás segura?
—Sí. —Respiró hondo, afirmándose—. Necesito aprender el camino.
Esteban la observó. La joven seguía pálida, sí… pero su mirada había cambiado. Ya no había distracción en ella. Estaba completamente concentrada.
—Entonces adelante.
Laura comenzó a avanzar. Daniel y Valeria se quedaron detrás, ayudando a Esteban a mantener el paso. El camino parecía no terminar nunca. Las paredes amarillentas se repetían en todas direcciones, formando corredores idénticos capaces de confundir incluso a quienes llevaban mucho tiempo allí.
Laura avanzaba despacio. Miraba el mapa. Luego el pasillo. Volvía al mapa.
—Aquí debería haber una intersección —murmuró. Dio unos pasos más—. A la izquierda.
Esteban, aunque todavía se notaba su debilidad, levantó la vista.
—Correcto.
Laura continuó.
—Más adelante aparece una sala con dos entradas.
—Sí.
—Y debemos tomar la de la derecha.
—Exactamente.
Daniel miró a Esteban por lo bajo.
—Aprende rápido.
Esteban esbozó una sonrisa apenas visible.
—Eso espero. Porque la próxima vez… no estaré yo para corregirla.
Laura escuchó las palabras, pero no respondió. Simplemente siguió caminando. Y por suerte, el susto vivido minutos antes la había mantenido alerta. No volvió a cometer el mismo error.
Mientras avanzaban, Esteban guardaba silencio. Daniel y Valeria creían que se concentraba en el camino. Pero su verdadera batalla ocurría en su interior.
Una imagen cruzó su mente.
Nieve. Una extensión inmensa de nieve. Y una casa. Pequeña. Sencilla. Acogedora.
Esteban cerró los ojos un instante. Y entonces vio las manos. Manos adultas. Cubiertas por gruesos guantes. Sostenía unos troncos. Llevaba una chaqueta abultada. El frío calaba los huesos. A su lado, un perro caminaba junto a él. Un perro grande, de pelaje oscuro, que movía la cola mientras lo acompañaba entre la nieve.
Esteban abrió los ojos y respiró hondo.
—¿Estás bien? —preguntó Daniel.
—Sí.
Pero no lo estaba. Aquellas manos no eran suyas. Aquella casa no era suya. Aquel perro tampoco. Y sin embargo… sintió algo. Calidez. La sensación de estar en casa. Algo que no sentía desde hacía semanas.
La imagen se desvaneció. Y llegó otra.
Un pasillo. No era el Nivel 0. Las paredes eran distintas. Más oscuras. Más estrechas. Vio al mismo hombre caminar solo. Llevaba la misma ropa. El mismo abrigo. Pero ahora estaba asustado. Miraba hacia atrás. Respiraba aceleradamente. Algo lo perseguía.
Todo cambió de nuevo. El hombre corría. Encontró una puerta. Entró en una habitación. Había algo allí. No lograba distinguirlo bien… pero sentía el terror del hombre como si fuera suyo. Buscaba una salida. Y entonces llegó a otro lugar.
Nivel 37.
No sabía cómo, pero supo el nombre. El hombre había llegado tras atravesar otra zona. Había buscado agua. Comida. A otras personas. Durante días. Quizá semanas. Los recuerdos estaban rotos, fragmentados… pero Esteban sintió su agotamiento. Su soledad. Su miedo.
Y finalmente… su muerte.
La imagen se cortó de golpe. Esteban tropezó. Daniel lo sostuvo con firmeza.
—¡Cuidado!
—Estoy bien.
Su respiración se había vuelto irregular otra vez.
Había vuelto a ocurrir. Igual que con las dos entidades anteriores. Cada vez que acababa con una… esto sucedía. Recuerdos. Recuerdos que no le pertenecían.
Esteban apretó los dientes. No entendía qué le pasaba. No entendía por qué veía la vida de personas que nunca había conocido. Pero algo tenía claro: no era casualidad. Tres veces. Tres muertes. Tres veces lo mismo.
Y esta vez había sido distinto. Más nítido. Había visto la casa. Había sentido el frío. Había visto al perro. Había sentido el miedo de aquel hombre hasta el último instante. No eran simples imágenes. Eran recuerdos vividos.
Esteban miró sus propias manos. Las mismas que sostenían la lanza. Por un instante tuvo la sensación extraña de que tampoco ellas eran completamente suyas.
Sacudió la cabeza. No podía pensar en eso ahora. No podía perder el enfoque. Seguían en una zona peligrosa y tres personas dependían de él.
—Esteban.
La voz de Laura lo devolvió al presente.
—¿Sí?
Ella se había detenido unos metros más adelante.
—¿Es por aquí?
Esteban miró el pasillo. Luego el mapa.
—Sí. Pero no tomes esa puerta.
Laura se detuvo en seco.
—¿La de la izquierda?
—Sí.
—Entendido.
Retomaron la marcha. Esteban seguía sintiendo el eco de todo aquello. La casa nevada. El perro. Un hombre al que nunca conocería. Una vida que terminó atrapada en este lugar.
No sabía quién era. No sabía cuánto tiempo llevaba perdido. Ni por qué él, Esteban, ahora cargaba con sus recuerdos. Pero empezaba a comprender algo terrible:
Cada vez que mataba a una entidad… algo de aquella persona quedaba dentro de él.
Un escalofrío le recorrió la espalda. No sabía qué era. Ni cómo ocurría. Pero estaba seguro de una cosa: esto no era normal.
Diez minutos después, finalmente dejaron atrás la zona más peligrosa. El cambio fue sutil pero claro: los corredores seguían siendo idénticos, las luces zumbaban igual, las paredes seguían amarillas… pero Esteban reconocía el lugar. Aquí podían detenerse.
—Ya llegamos —dijo.
Daniel aflojó el agarre lentamente.
—¿Seguro?
—Sí.
Valeria se dejó caer contra la pared, suspirando aliviada. Laura soltó el aire que parecía haber contenido desde que dobló aquella esquina.
—Creo que nunca había caminado tan concentrada en mi vida.
Daniel esbozó una media sonrisa.
—Después de lo que pasó, espero que así sea.
Laura lo miró de reojo, molesta.
—No tienes que recordármelo.
Esteban se sentó contra la pared. Seguía sintiéndose agotado, aunque el dolor físico casi había desaparecido. Miró a los tres. Estaban vivos. Eso, al menos, era lo importante.
—Descansaremos unos minutos —dijo.
Nadie objetó. Esteban cerró los ojos. Y por un instante, volvió a verla: la casa entre la nieve. Las manos enguantadas. El perro esperando.
Abrió los ojos de golpe. No sabía quién había sido aquel hombre. Pero ahora llevaba una parte de su historia consigo. Y eso era lo que más lo aterraba.
Porque si cada entidad que eliminaba le entregaba los recuerdos de quien había sido antes…
Esteban se quedó mirando el suelo, y una pregunta lo heló por dentro:
¿Qué ocurriría tras la cuarta? ¿La quinta? ¿La décima?
Y finalmente, la pregunta más aterradora de todas:
¿Cuántas personas terminarían viviendo dentro de mí antes de que ya no quede nada de Esteban?
El descanso se prolongó más de lo previsto. Ninguno tenía prisa por volver a ponerse en marcha. Daniel permanecía sentado contra la pared, de brazos cruzados. Valeria revisaba las provisiones recogidas en la tienda, mientras Laura repasaba mentalmente cada tramo del recorrido.
Esteban, por su parte, estaba apartado unos metros más adelante. El recuerdo no dejaba de dar vueltas en su mente: la casa entre la nieve, el perro, aquel hombre… y su final. Apretó los dedos contra su rodilla. Finalmente levantó la vista.
—Tengo una pregunta.
Los tres lo miraron.
—¿Qué ocurre? —preguntó Laura.
Esteban dudó un instante antes de hablar.
—Dijeron antes que nadie había logrado matar una entidad. ¿Es eso cierto? ¿Nadie?
Daniel negó de inmediato.
—Nadie.
—Jamás —confirmó Valeria.
—Ni siquiera hemos oído hablar de alguien que lo consiguiera —añadió Laura.
Esteban miró a Daniel.
—Tú llevas aquí más tiempo que todos nosotros.
—Mucho más. Tanto que dejé de contar los años.
—Entonces responde algo: en todo ese tiempo, ¿viste a alguien acabar con una entidad?
Daniel negó lentamente. Su expresión se volvió sombría.
—He visto soldados vaciar cargadores contra ellas. He visto gente golpearlas con herramientas, cuchillos, barras de metal… con lo que tuvieran a mano. He visto personas luchar cuando no les quedaba otra opción. Pero matarlas… —negó de nuevo—. Eso nunca.
Esteban frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque son superiores a nosotros —explicó Daniel—. Más fuertes. Más rápidas. Más resistentes. Muchas ni siquiera parecen tener una anatomía que podamos comprender. Y aunque logres herirlas, la mayoría continúa avanzando como si nada. —Señaló el arma de Esteban—. Un arma puede ganar unos segundos. A veces las hace retroceder. Puede darte la oportunidad de correr. Pero encontrar la forma de acabar con ellas para siempre… eso nunca lo vi.
Esteban guardó silencio unos instantes. Y entonces dijo algo que los hizo alzar la cabeza de golpe.
—Yo he eliminado a tres.
Silencio absoluto.
—¿Tres? —repitió Daniel.
—Dos Bacterias. —Levantó un dedo—. Y una Robapieles.
Se quedaron inmóviles.
—¿Una Robapieles? —preguntó Valeria, casi sin voz.
Esteban asintió. Daniel soltó el aire lentamente.
—Eso cambia todo. Las Bacterias son peligrosas, muchísimo… pero una Robapieles es otra historia.
—Son mucho más difíciles de prever —añadió Laura.
Esteban los miró.
—Pues no fue tan distinto.
—¿Cómo que no? —preguntó Daniel, confundido.
—Su cuerpo. A pesar de su apariencia, la que yo encontré tenía una estructura muy parecida a la humana. —Se señaló el cuello—. Así que hice lo que haría contra cualquier persona. Apunté a los puntos vitales.
Valeria abrió de inmediato su libreta.
—Espera… repítelo todo.
—Si realmente comparten anatomía con nosotros —dijo Esteban—, atacar el cuello o el pecho funciona igual de bien.
Valeria escribía velozmente.
—Esto tenemos que llevarlo al asentamiento.
—¿Servirá? —preguntó Esteban.
Valeria lo miró.
—No para matarlas, quizá. Pero sí para defendernos mejor. Si sabemos dónde golpear, podemos hacerlas retroceder.
—Exactamente —convino Daniel—. No necesitamos matarlas. Solo necesitamos que sepan que acercarse tiene un precio.
Laura lo observó fijamente.
—¿Cómo descubriste todo eso, Esteban?
La pregunta cayó pesada. Esteban se quedó quieto. Por un instante volvió a ver… no la lucha. Lo que vino después. Las imágenes que no eran suyas. La vida. La muerte. El conocimiento grabado en su mente. No podía decirles eso. Todavía no.
—Por accidente —respondió finalmente—. Cuando me enfrenté a esa Robapieles, no tenía más opciones. Tuve que defenderme y descubrí que su cuerpo funciona de manera parecida a la nuestra.
No era una mentira. Simplemente… no era toda la verdad.
Laura pareció aceptarlo, aunque Daniel seguía mirándolo con una expresión extraña, como si algo no encajara. Sin embargo, no insistió.
Valeria cerró su libreta.
—Esto cambia muchas cosas. Hasta ahora, ante cualquier entidad, solo intentábamos huir. Si no podíamos, las heríamos para ganar tiempo. Ahora… al menos sabremos dónde golpear.
Daniel asintió con gravedad.
—Aquí dentro, la información vale más que cualquier arma.
Esteban escuchó y guardó silencio. Miró hacia el pasillo que tenían por delante. Años, pensó. Años atrapados aquí. Soldados. Veteranos. Nadie pudo hacerlo. Y él… tres veces. Tres entidades. Tres muertes. Tres recuerdos ajenos que ahora vivían dentro de él.
Se llevó una mano al pecho, instintivamente. El dolor físico había desaparecido. Pero la sensación seguía ahí. Algo había cambiado tras la primera. Más tras la segunda. Y ahora, tras la tercera… ya no podía llamarlo coincidencia.
—¿Estás bien? —preguntó Laura, acercándose.
Esteban bajó la mano y se puso de pie lentamente.
—Sí. Ya descansamos suficiente.
Daniel también se levantó.
—¿Seguro que puedes continuar?
—Puedo.
Tomó la lanza y comenzó a caminar. Laura lo siguió de cerca con el mapa. Daniel y Valeria cerraron la marcha. Ninguno lo dijo en voz alta, pero algo había cambiado entre ellos. Ya no veían solo al que conocía los caminos. Ya no veían solo al que encontraba suministros. Ahora sabían algo que los llenaba de preguntas: Esteban había hecho lo imposible. Tres veces.
Y lo más inquietante de todo… era que ni siquiera él sabía por qué.
Mientras avanzaban en silencio, una misma pregunta flotaba en la mente de todos:
¿Qué eres realmente, Esteban?
El camino de regreso transcurrió en silencio durante un buen tramo. Esteban caminaba pensativo, con la mirada fija en el suelo, como si estuviera uniendo piezas de algo que todavía no lograba ver por completo. Finalmente, alzó la voz.
—Tengo otra pregunta.
Los tres lo miraron.
—¿Algo más? —dijo Valeria.
Esteban dudó un instante antes de continuar.
—¿Alguna vez les ha ocurrido encontrarse con alguien que llega perdido, asustado, sin saber dónde está? Alguien a quien intentas guiar, proteger, llevar a un lugar seguro… y de pronto, simplemente desaparece. Se desvanece frente a ti. Sin rastro. Sin ruido. Nada.
Valeria y Laura intercambiaron una mirada y negaron.
—No —dijo Laura—. Nunca nos ha pasado.
—Ni hemos oído de alguien a quien le ocurriera —añadió Valeria.
Entonces Daniel habló. Su voz era más grave de lo habitual.
—A mí sí.
Los tres se giraron hacia él.
—Me ocurrió con tres personas distintas —continuó Daniel—. Cada una por separado. Las tres aparecieron de la nada, confundidas, pidiendo ayuda. Las tres intenté guiarlas hacia un lugar seguro. Y las tres… dejaron de estar ahí. Literalmente, delante de mis ojos. Un segundo estaban hablando conmigo… y al siguiente, ya no estaban.
Hizo una pausa breve, mirando hacia los pasillos que dejaban atrás.
—Es uno de los misterios más grandes de este lugar. Gente que aparece. Gente que se va. Y nadie sabe cómo ni por qué.
Esteban guardó silencio. Bajó la mirada y apretó levemente los labios, como si estuviera sopesando cada palabra.
—¿Qué piensas? —le preguntó Daniel, notando su expresión.
Esteban tardó en responder.
—Nada. No se preocupen. Solo… tengo una teoría. —Hizo una pausa—. Pero es bastante absurda. No quiero decir nada hasta estar seguro.
Laura lo miró con seriedad.
—Esteban, estás en un lugar donde existen entidades, niveles que se deforman, paredes que cambian de lugar. Aquí nada tiene por qué ser lógico ni coherente. Si tienes una idea…
—Lo sé —la interrumpió Esteban suavemente—. Pero prefiero no decir nada todavía. Quizá solo estoy imaginando cosas. Déjenme pensarlo más.
Nadie insistió.
El resto del trayecto lo hicieron en silencio. Esteban seguía perdido en sus pensamientos, uniendo aquello que acababa de escuchar con los recuerdos que no eran suyos, con las muertes que había visto y con todo lo que empezaba a comprender.
Finalmente, tras recorrer los últimos pasillos, apareció ante ellos la entrada del asentamiento.
Allí los esperaban. Varias personas estaban aguardando, atentas, y al verlos aparecer empezaron a acercarse. Esteban estaba a punto de levantar la mano y saludarlos… cuando algo se abalanzó sobre él.
Algo pequeño, rápido y ligero que chocó contra su pecho con tanta fuerza que le arrebató el aire. Esteban retrocedió un paso, perdió el equilibrio y cayó de espaldas contra el suelo.
—¡Esteban!
Allí estaba ella. Sofía. Se había lanzado hacia él sin dudarlo un segundo, y ahora lo abrazaba con todas sus fuerzas, escondiendo el rostro contra su pecho como si temiera que si lo soltaba, volvería a desaparecer.
Esteban recuperó el aliento lentamente. A pesar del golpe, una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Levantó los brazos y rodeó con cuidado aquel cuerpecito que lo aferraba con tanta desesperación.
—Llegué —susurró él, acariciándole la espalda—. Estoy aquí.