Lo que contás de estar juntos en silencio y que eso ya sea suficiente. Eso es lo que buscamos toda la vida.
Aquello que nunca fue
Hay historias de amor que terminan con un beso, con una promesa o con dos personas caminando juntas hacia el mismo lugar.
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Pensamiento
Lo que contás de estar juntos en silencio y que eso ya sea suficiente. Eso es lo que buscamos toda la vida.
Contenido de la publicación
Hay historias de amor que terminan con un beso, con una promesa o con dos personas caminando juntas hacia el mismo lugar.
Y luego están las historias como la nuestra.
Las que comienzan sin avisar, crecen en silencio y, cuando finalmente uno se da cuenta de que está enamorado, ya es demasiado tarde.
La conocí un primer día de clase
No recuerdo exactamente qué llevaba puesto, ni qué canción estaba sonando, ni siquiera qué fue lo primero que me dijo. Pero recuerdo perfectamente sus ojos. Tenía una manera de mirar que hacía que todo lo demás pareciera perder importancia y un nombre que recordé por el resto de mi vida .
Al principio no pensé que ella fuera a convertirse en alguien importante para mí.
Era simplemente una persona más entre tantas.
Una sonrisa más.
Una conversación más.
Un nombre más en mi teléfono.
Hasta que, poco a poco, empezó a ser lo primero que buscaba al despertar y lo último que pensaba antes de dormir.
Comenzamos hablando de cualquier cosa. De películas, de música, de nuestras familias, de nuestros sueños y hasta de aquellas cosas pequeñas que normalmente nadie cuenta.
Ella me hablaba de lo que quería hacer con su vida.
Yo le contaba mis miedos.
Y sin darnos cuenta, empezamos a conocernos de una manera que pocas personas llegan a hacerlo.
Sabía cuándo estaba triste aunque dijera que estaba bien.
Sabía cuándo algo le molestaba por la forma en que escribía.
Sabía cuándo necesitaba que alguien se quedara a su lado aunque no dijera una palabra.
Y ella también empezó a conocerme.
Fue entonces cuando entendí que había algo diferente entre nosotros.
No sabía exactamente qué era.
Solo sabía que cuando estaba con ella, el mundo parecía un lugar menos complicado.
Una tarde caminamos durante horas sin ningún destino. Hacía frío y ella llevaba las manos escondidas dentro de las mangas de su suéter.
—¿Nunca has pensado en que algunas personas llegan a nuestra vida por alguna razón? —me preguntó.
La miré y sonreí.
—¿Y tú por qué crees que llegaste a la mía?
Ella soltó una pequeña risa.
—No sé. Tal vez para molestarte.
—Entonces has hecho un excelente trabajo.
Se rio.
Yo también.
Y seguimos caminando.
Ninguno de los dos dijo lo que realmente estaba pensando.
Porque los dos empezábamos a sentir algo.
Pero ninguno quería ser el primero en admitirlo.
Pasaron los meses.
Nuestra relación se volvió más cercana.
Había mensajes a cualquier hora, llamadas que duraban hasta la madrugada y encuentros que siempre terminaban con un "quédate un rato más".
A veces nos quedábamos en silencio.
No porque no tuviéramos nada que decir, sino porque estar juntos ya era suficiente.
Una noche, mientras estábamos sentados mirando las estrellas, ella apoyó su cabeza sobre mi hombro.
—¿Sabes qué me da miedo? —susurró.
—¿Qué?
—Encariñarme demasiado contigo.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
Quise decirle que yo ya estaba demasiado enamorado de ella.
Quise tomar su mano.
Quise decirle que no tenía nada que temer.
Pero no lo hice.
Solo respondí:
—No tienes por qué tener miedo.
Ella levantó la mirada.
Durante unos segundos nos quedamos mirándonos.
Estábamos tan cerca que podía sentir su respiración.
Pensé que aquel sería el momento.
El momento en que finalmente nos diríamos la verdad.
Pero ella se apartó.
—Mejor vámonos —dijo.
Y yo asentí.
A veces el miedo nos hace perder las cosas que más queremos.
Después de aquella noche, algo cambió.
No nos alejamos.
Al contrario.
Nos acercamos todavía más.
Pero había una tensión entre nosotros que ninguno se atrevía a nombrar.
Nos queríamos.
Eso estaba claro.
La pregunta era qué significaba realmente quererse.
Un día, finalmente, decidí hablar.
Nos encontramos en el mismo lugar donde tantas veces habíamos hablado de nuestros sueños.
La miré.
—Tengo que decirte algo.
Ella sonrió nerviosamente.
—Yo también.
—Entonces tú primero.
Negó con la cabeza.
—No. Tú.
Respiré profundamente.
—Creo que me estoy enamorando de ti.
Ella dejó de sonreír.
Durante unos segundos no dijo nada.
Yo sentí que el mundo entero se había detenido.
Entonces tomó mi mano.
—Yo también.
Nunca olvidaré esas palabras.
"Yo también."
Dos palabras que durante mucho tiempo imaginé escuchar.
Dos palabras que me hicieron sentir que, por fin, todas las piezas habían encajado.
Nos abrazamos.
Y por un instante pensé que la historia finalmente iba a ser nuestra.
Pero algunas historias no dependen solamente de cuánto se amen dos personas.
A veces existen circunstancias que son más fuertes que los sentimientos.
Ella tenía que irse.
Su familia se mudaría a otra ciudad.
No era una decisión que pudiera cambiar.
Cuando me lo contó, sentí que algo dentro de mí se rompía.
—¿Cuándo? —pregunté.
—En unas semanas.
Intenté sonreír.
—Todavía tenemos tiempo.
Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—No quiero perderte.
—No me vas a perder.
Lo dije con una seguridad que no sentía.
Durante esas últimas semanas hicimos todo lo posible por guardar recuerdos.
Fuimos a nuestros lugares favoritos.
Tomamos fotografías.
Caminamos bajo la lluvia.
Nos quedamos despiertos hasta el amanecer hablando de cosas que nunca antes habíamos tenido el valor de decir.
Nos prometimos que la distancia no cambiaría nada.
Que seguiríamos hablando.
Que algún día volveríamos a encontrarnos.
Que nuestro amor sería más fuerte que los kilómetros.
El día de su partida llegó demasiado rápido.
Estábamos frente a su casa.
Ella tenía una maleta a su lado.
Yo no sabía qué decir.
Había preparado cientos de palabras, pero ninguna parecía suficiente.
Finalmente la abracé.
Ella lloró contra mi pecho.
—No quiero irme —susurró.
Cerré los ojos.
—Entonces quédate.
—Ojalá pudiera.
Nos separamos lentamente.
Ella me miró.
—Prométeme que no vas a olvidarme.
—Jamás.
Me dio un último abrazo.
Después subió al auto.
La vi alejarse.
Y mientras el vehículo desaparecía al final de la calle, entendí que algunas despedidas no tienen la elegancia de las películas.
No hay música.
No hay palabras perfectas.
Solo queda una persona viendo cómo se marcha la persona que ama.
Los primeros meses intentamos mantenernos cerca.
Hablábamos todos los días.
Nos contábamos cómo había sido nuestro día.
Nos enviábamos fotografías.
Nos decíamos "te extraño".
Pero poco a poco, las conversaciones comenzaron a espaciarse.
Un día eran mensajes todos los días.
Después, cada dos días.
Luego, una vez por semana.
Hasta que llegó el momento en que ambos comenzamos a sentir que nuestras vidas estaban tomando caminos diferentes.
No dejamos de querernos.
Eso era lo peor.
Seguíamos sintiendo lo mismo, pero ya no sabíamos cómo formar parte de la vida del otro.
Un día recibí un mensaje suyo.
"Creo que tenemos que hablar."
Sentí un nudo en el estómago.
La llamé.
—¿Qué pasa?
Hubo silencio.
Después escuché su voz quebrada.
—Te quiero.
Cerré los ojos.
—Yo también te quiero.
—Pero no sé si podemos seguir así.
No respondí.
—No quiero que nuestro amor se convierta en algo que nos haga daño —continuó—. No quiero que pases tus días esperando por mí.
—Yo puedo esperar.
—Ese es precisamente el problema.
Sentí lágrimas en los ojos.
—Entonces, ¿qué quieres que haga?
Ella lloró.
—Quiero que seas feliz.
—Yo era feliz contigo.
Silencio.
Después dijo:
—Yo también.
Aquella fue la última vez que hablamos como antes.
Después de eso, dejamos de buscarnos.
No porque hubiéramos dejado de querernos.
Sino porque a veces amar también significa aceptar que no puedes obligar a alguien a quedarse.
Pasaron los años.
Seguí con mi vida.
Conocí otras personas.
Tuve otras historias.
Aprendí a sonreír nuevamente.
Pero nunca volví a sentir exactamente lo mismo.
A veces pensaba en ella.
Me preguntaba dónde estaría.
Si habría cumplido sus sueños.
Si alguna vez pensaba en mí.
Si todavía recordaba aquella noche bajo las estrellas.
Hasta que un día, muchos años después, recibí un mensaje.
Era de ella.
Solo decía:
"Hoy pasé por un lugar que me recordó a ti."
Me quedé mirando la pantalla durante varios minutos.
No sabía qué responder.
Finalmente escribí:
"Yo todavía recuerdo muchos lugares que me recuerdan a ti."
Ella respondió:
"¿Alguna vez te arrepentiste?"
Me quedé pensando.
¿De qué?
¿De haberla amado?
¿De haber esperado?
¿De no haber luchado más?
La respuesta llegó sola.
"No."
Ella tardó varios minutos en responder.
"Yo tampoco."
Y entonces entendí algo.
Nuestro amor no había sido un fracaso.
Simplemente no había tenido el final que nosotros queríamos.
Hay personas que llegan a nuestra vida para quedarse.
Y hay otras que llegan para enseñarnos cómo se siente amar de verdad.
Ella fue ambas cosas durante un tiempo.
Fue mi lugar seguro.
Mi persona favorita.
Mi mayor ilusión.
Y también fue mi despedida más dolorosa.
Nunca tuvimos una casa juntos.
Nunca tuvimos una vida compartida.
Nunca cumplimos todas aquellas promesas que hicimos.
Nunca llegamos a convertirnos en "nosotros" de la manera que soñábamos.
Pero durante un tiempo nos tuvimos.
Y quizás eso fue suficiente.
Porque algunas historias de amor no están destinadas a durar para siempre.
Algunas están destinadas a convertirse en recuerdos.
Recuerdos que duelen cuando vuelven.
Recuerdos que nos hacen sonreír cuando pensamos en ellos.
Recuerdos que nos recuerdan quiénes fuimos cuando amamos sin miedo.
A veces todavía miro las estrellas y pienso en ella.
Me pregunto qué habría pasado si las circunstancias hubieran sido diferentes.
Si hubiéramos vivido en la misma ciudad.
Si hubiéramos tenido más tiempo.
Si hubiéramos sido un poco más valientes.
Quizás habríamos terminado juntos.
Quizás habríamos sido felices.
Quizás no.
Nunca lo sabremos.
Y esa es la parte más difícil de un amor que nunca pudo ser:
No saber cómo habría terminado si la vida nos hubiera dado una oportunidad.
Pero si algún día me preguntaran cuál fue el amor más importante de mi vida, probablemente no diría su nombre.
Solo sonreiría.
Porque hay nombres que uno no necesita pronunciar para recordar.
Y pensaría en aquella chica que llegó un martes de septiembre, me enseñó a querer de una manera que nunca había conocido y, sin querer, se convirtió en la historia que nunca pude terminar.
La historia de un amor que existió.
Que fue real.
Que fue nuestro.
Pero que nunca pudo ser.
Thoughts
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PermalinkMe paso lo mismo solo que soy la que se fue muy lindo
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PermalinkEsto me hizo acordar en silencio a alguien 💔
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PermalinkEsa parte del mensaje años después... eso me rompió. A veces es un lugar. A veces es una persona.
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PermalinkY aquí estoy yo, que hace años no dejo que nadie me cierre esa puerta. Punto para ti por haber amado así.
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PermalinkCon la edad uno aprende que algunos amores no se miden por cuánto duraron. Estuvieron. Eso es suficiente.
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PermalinkLo que contás de estar juntos en silencio y que eso ya sea suficiente. Eso es lo que buscamos toda la vida.
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Permalink¿Siguen siendo amigos después de todo, o es imposible cuando se amaron así?
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PermalinkEsto es exactamente el dolor de los siete años que me quitan el sueño. Duele más que cualquier ruptura bruta.
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PermalinkEl final sin arrepentirse es lo que más me impactó. ¿De verdad llegás a ese punto, o es algo que aprendés a decir con el tiempo?
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