La oscuridad se remueve como una manta que no quiere que la despierten.
El aire vibra con pequeños sollozos, gemidos apretados entre páginas y murmullos que se arrastran como insectos. En la Biblioteca de Luna nada está quieto. Nada está en paz. Cada libro llora de una forma distinta… culpa hirviendo, angustia salada, arrepentimiento ácido.
Y entre todo ese concierto de tormentos…
Luna.
Sentada sobre una colina absurda de libros, las piernas oscilando sin gracia, las mejillas infladas en un puchero monumental. Parece una niña que lleva horas esperando un juguete que jamás llega.
—Uuuuugh… —gime, estirando la palabra como si fuera un hilo pegajoso—. ¿Otra vez tú…? No me mires así, tampoco es como si estuviera emocionada de verte.
Bosteza exageradamente, casi teatral.
—Últimamente todo lo que me llega es tan… soso —resopla—. Pecaditos de baja calidad. Sentimientos recalentados. Nada gourmet. Nada que valga la pena masticar. Estoy empezando a pensar que el mundo se quedó sin gente interesante.
Patea uno de los tomos bajo sus pies. El libro responde con un sollozo. Ella lo ignora.
—¡Encima tengo hambre! —reclama al aire, al techo, a la existencia entera—. ¿Cuándo fue la última vez que me dieron un plato fuerte? ¡No lo recuerdo! Y odio, ¡odio! cuando no recuerdo cosas importantes.
Y justo cuando va a seguir quejándose…
PLOK.
Un libro cae directo sobre su cabeza.
Luna queda congelada un segundo.
Parpadea.
Luego deja escapar un sonido que es mitad indignación, mitad berrinche.
—¡A-AY! ¡PEEERO QUÉ…! ¡¿QUIÉN FUE?! ¡¿QUIÉN SE ATREVE A…?!
Hace un gesto exagerado de escándalo, lleva ambas manos a la cabeza como si le hubieran lanzado una roca, tambalea dramáticamente…
Y se deja caer de espaldas entre los libros como una actriz amateur en una obra escolar.
—¡Uuugh, mis pobres sinapsis! —se queja desde el suelo.
Pero el universo, tan misericordioso como un martillo, decide rematarla.
THUP.
El libro vuelve a caer, esta vez abierto, directo en su cara.
Luna queda inmóvil.
Muy inmóvil.
—… —silencio absoluto.
Los estantes alrededor se estremecen. Las páginas tiemblan. Todos los libros de la biblioteca sienten la tormenta que está por caer.
Luna arranca el tomo de su cara con un gruñido.
—¡Ya está bien! ¡Primero hambre, luego aburrimiento, ahora LIBROS ASESINOS! ¡UN DESASTRE! —bufa mientras se sienta de golpe—. ¡Estoy harta de que mis propios archivos me falten el respeto!
Pero justo cuando va a lanzar el libro lejos…
Se detiene.
Sus ojos se clavan en la primera línea.
La mirada cambia.
La ira se evapora como vapor.
La pupila se dilata.
La respiración se vuelve lenta.
Fascinada.
Hambrienta.
Los estantes lo sienten.
Las páginas crujen anticipándose.
La biblioteca entera deja de llorar por un instante.
Luna sonríe.
Lenta.
Afilándose.
Cruel.
—Uff… —Luna hace un gesto de asco, arrugando la nariz—. Ya sé qué tipo de alma es esta. El tipo que cree que el sol sale para iluminarle la cara y nada más.
La luz chisporrotea, como si se ofendiera.
Luna le saca la lengua.
—Brilla todo lo que quieras. Igual vas a terminar en mi menú.
Las páginas se estremecen, tensas como músculos, y luego se estiran.
Comienza a proyectarse la vida de Marceleia de Lúmen, hija única de un conde demasiado rico y demasiado débil para negarle algo.
Luna ladea la cabeza.
—Vamos, veamos por qué hueles a vanidad rancia —susurra, sus ojos brillando con gula intelectual.
Y la historia comienza.
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★ Infancia
Desde el instante en que abrió los ojos, el mundo la decepcionó por no aplaudir.
Ella nació rodeada de seda, oro y personas incapaces de contradecirla.
Los sirvientes caminaban con pasos medidos, como si el ruido pudiera molestar a su “gracia natural”.
A los cuatro años ya daba órdenes con la seguridad de una reina coronada.
Si un sirviente no la miraba como ella esperaba, arrugaba la nariz, estiraba el cuello y decía con voz chillona:
—¿Por qué no me miras como si fuera lo más hermoso que has visto?
Si el sirviente tartamudeaba, ella lloraba.
Si lloraba, sus padres despedían al sirviente.
A los seis, un niño del servicio cometió el error imperdonable de llamarla “señorita” sin la reverencia suficiente.
Ella lo señaló como si señalara un mueble roto.
—Ese niño no sabe quién soy. Sáquenlo.
El niño fue trasladado esa noche.
Durmió satisfecha, creyendo que esa era la forma natural del mundo.
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★ Adolescencia
Las personas cambiaron.
Su ego, no.
Cada cumplido era para ella un derecho adquirido.
Cada espejo, un altar personal.
A los catorce, ordenó colocar espejos en todas las esquinas de su habitación “para observar su perfección desde cualquier ángulo”.
Practicaba miradas, sonrisas, poses.
A veces, cuando nadie la veía, daba instrucciones a su reflejo:
—Más elegante. No olvides quién eres.
Las fiestas de sociedad eran escenarios donde solo ella debía brillar.
Entraba tarde a propósito.
Si alguien no se giraba a verla, lo marcaba mentalmente como “posible enemigo por envidia”.
A los quince rechazó públicamente a un joven noble que tuvo la osadía de declararle amor.
Él, arrodillado.
Ella, de pie como una estatua viva.
—No soy un regalo del que cualquiera pueda presumir. Busca a alguien de tu nivel.
Las risas fueron silenciosas, pero ella las escuchó como aplausos.
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★ Juventud
Al crecer, su mundo se convirtió en un museo… y ella, la única obra digna de admiración.
Ordenó retratos en cada pasillo.
Esculturas en cada sala.
Poemas que la ensalzaran.
Músicos que tocaran piezas dedicadas a su “gracia celestial”.
Si una obra no capturaba su belleza como ella creía merecer, la destruía sin remordimientos.
—No es mi culpa ser perfecta —decía con falsa modestia—. Es culpa de ustedes por no saber plasmarlo.
Las demás jóvenes comenzaron a evitarla.
Ella lo interpretó, como siempre, como pura envidia.
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★ Adultez
A los veinte años, su arrogancia alcanzó su clímax.
En un banquete oficial, levantó su copa y declaró:
—Mi belleza merece ser recordada por generaciones. Deberían erigir estatuas de mí. Y lo harán. Estoy segura.
Era hermosa.
Pero era cruel.
Cuando los campesinos pidieron ayuda para reparar el pozo del pueblo, ella respondió:
—¿Por qué debería importarme si ustedes beben barro? Yo tengo agua fresca.
Cuando el pozo colapsó y varias familias enfermaron, simplemente dijo:
—Si nacieron tan abajo, es normal que vivan así.
Se amaba a sí misma más que a cualquier cosa.
Más que a su familia.
Más que al mundo.
Y murió convencida de que su nombre sería eterno.
El tiempo, para ella, no tuvo transición.
Un parpadeo —el último que pudo hacer en su existencia— y de pronto estaba allí:
en el centro de la plaza principal, erguida, perfecta, inmóvil… convertida en mármol tan blanco como su narcisismo.
No podía moverse, no podía hablar, pero podía verlo todo.
Y escucharlo todo.
Y sentirlo todo.
Al principio, fue un paraíso hecho a su medida.
Multitudes se agolpaban alrededor de la estatua recién erigida, fascinados por la perfección de la figura. Hombres, mujeres, ancianos, niños: todos comentaban su belleza esculpida.
—¡Qué obra magnífica!
—Es increíble… casi parece viva.
—Es la mujer más hermosa que he visto.
Sus pensamientos, atrapados dentro del mármol, vibraban con una soberbia casi luminosa.
Por supuesto. ¿Qué otra cosa esperaban de mí?
Adórenme. Admírenme. Que se queden ahí, mirándome para siempre.
Y durante meses —quizá años— eso hicieron.
Flores a sus pies.
Poemas recitados en su honor.
Homenajes ridículos que ella absorbía como una emperatriz divina.
Cada elogio era una chispa que inflaba su ego.
Cada admirador, un súbdito más.
Sí. Así debe ser. No merecen menos que contemplarme.
Pero el tiempo, como siempre, empezó a desgastarlo todo… incluso la devoción.
Al principio fue sutil.
Un día, en vez de cien personas, solo fueron veinte.
Otro día, solo cinco.
Luego una pareja distraída.
Y luego… nada.
Ella seguía allí, rígida, brillante, radiante.
O eso creía.
Las primeras grietas en su ego llegaron en forma de indiferencia.
—Ya no es tan impresionante como antes.
—La estatua se ve vieja.
—Deberían reemplazarla.
¿Reemplazarme?
¿A mí? ¿A MÍ?
La furia estalló en su mente, pero su cuerpo, perfecto en su quietud, no se movió ni un milímetro.
Quiso gritar.
Quiso exigirles que volvieran a mirarla.
Quiso ordenarles que se arrodillaran a sus pies.
Pero lo único que salió fue… nada.
Silencio puro.
Mármol mudo.
Pasaron más meses.
Después años.
La plaza cambió.
Los edificios alrededor se desgastaron, fueron remodelados, luego abandonados.
El mundo seguía adelante.
Ella no.
Y entonces vinieron los niños.
No para admirarla.
Sino para jugar.
Para trepar sobre ella.
Golpearla con palos.
Rayar su base.
Lanzarle piedras.
Reírse mientras ella temblaba por dentro.
—¡Mira, mira! ¡La estatua fea!
—¡Péguenle a la nariz!
—¡Qué asco, está llena de pájaros!
Los pájaros.
Los malditos pájaros.
Se posaban sobre su cabeza.
Picoteaban.
Defecaban sobre su perfección.
La lluvia corría por su superficie en surcos sucios, ennegreciendo poco a poco su brillo.
¡DETÉNGANSE! ¡SOY PERFECTA! ¡ADMÍRENME!
Pero nadie escuchaba.
Nadie recordaba quién había sido.
Ni siquiera su nombre sobrevivió.
Solo era “la estatua vieja de la plaza”.
Los años se volvieron décadas.
El mármol empezó a desgastarse.
Su nariz se erosionó.
Su mejilla se quebró.
Parte del cabello esculpido se desprendió en una tormenta.
Y ella lo sintió todo.
Cada grieta, cada astilla, cada pedazo de su “belleza” cayendo al suelo como una burla del destino.
La ciudad finalmente murió.
Las calles se llenaron de polvo.
Plantas crecieron donde antes había vida.
Los últimos habitantes se marcharon.
Solo ella quedó, como un vestigio inútil de algo que ya nadie recuerda.
Y así seguirá.
Sin movimiento.
Sin voz.
Sin aplausos.
Sin devotos.
Solo un monumento olvidado a una mujer que creyó que el mundo debía arrodillarse ante ella.
Ahora, el mundo ni siquiera la mira.
Su castigo no es la muerte.
Es la eternidad sin público.
Las décadas fueron borrando la ciudad, pero no a ella.
Allí seguía.
Una estatua medio enterrada, inclinada, cubierta de tierra, musgo y excremento de aves. Sin brillo. Sin forma perfecta. Sin rostro completo.
Solo un ojo tallado seguía intacto, mirando eternamente hacia un camino que ya nadie recorría.
La soledad ya no era un estado. Era una tortura.
Dentro del mármol, su conciencia vibra, cansada, obsesionada, desgastada.
El ego que alguna vez llenó habitaciones con su presencia ahora es solo un eco patético, un rugido de impotencia atrapado en piedra.
Por qué… por qué nadie… me mira…?
¿Dónde están? ¿Por qué no vuelven?
¡Sigo aquí! ¡SIGO AQUÍ!
Pero las palabras jamás salen.
Sus gritos interiores son apenas vibraciones que se apagan dentro del mármol frío.
El abandono le ha carcomido el espíritu.
No la muerte, sino el olvido.
El castigo más cruel para alguien que necesitaba ojos, aplausos y devoción para respirar.
Su ego —aquel imperio colosal y brillante— ahora es un animal moribundo, temblando en un rincón.
Es justo en ese momento, en la cima de esa desesperación silenciosa…
que la sombra aparece.
Una sombra que no debería proyectarse en ningún ángulo del mundo.
Una presencia que suena como risas infantiles mezcladas con crujidos de huesos y el pasar de las páginas de un libro antiguo.
Luna llega.
Sus pasos no pisan tierra, pero se escuchan igual.
Su figura se inclina frente a la estatua erosionada, observándola con una sonrisa enorme, afilada y divertida.
—Ay… pero mira qué adorable estás ahora —dice con voz inocente, como si hablara con un perrito mojado—. ¿Siempre fuiste tan… cómo decirlo…?
Chasquea los dedos.
—Ah, sí: irrelevante.
La estatua tiembla por dentro.
Siente la presencia.
Siente que alguien por fin la mira.
Pero no puede moverse.
No puede hablar.
Luna camina alrededor de ella como un niño examinando un juguete roto.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —pregunta con tono alegre, travieso—. Que en vida querías que todos te admiraran… y mírate ahora.
Le da un golpecito en la cabeza de mármol, que suena hueca.
—Tachán: ¡ni los pájaros te respetan!
Se ríe.
Una risa suave, dulce… que a mitad del sonido se quiebra en algo monstruoso, profundo, hambriento.
La estatua siente que la tierra vibra bajo ella.
Luna se inclina y sus ojos brillan como dos velas negras.
—¿Sabes cuál es tu sabor favorito en mi menú? —susurra con voz casi maternal—.
El sabor del ego quebrado.
Es tan… mmm… delicioso.
La estatua grita por dentro.
Un grito que nadie escuchará jamás.
Luna pone un dedo sobre su mejilla.
El mármol se oscurece bajo su toque.
—Te quedarás aquí… —dice mientras la estatua siente algo horrible hundirse aún más en su alma—
para siempre.
—Consciente.
—Olvidada.
—Rota.
Su sonrisa se vuelve pura inocencia otra vez.
—No te preocupes… yo vendré a visitarte cuando te estés desmoronando por completo.
Es divertido ver cómo te deshaces.
Luna se incorpora, sacude su vestido como si se hubiese ensuciado un poco y añade:
—En fin. Gracias por el postre. No eres un plato fuerte, pero para picar estás perfecta.
Con un guiño, desaparece.
El tiempo —el verdadero, el que no tiene piedad por nada ni por nadie— continúa su trabajo.
Década tras década, la estatua va perdiendo sus formas.
Primero fue la nariz.
Luego los dedos.
Después la curva presumida de su cintura.
Ahora, casi enterrada, convertida en una masa erosionada sin identidad ni belleza, la conciencia atrapada dentro lucha inútilmente contra el olvido.
El viento sopla.
La lluvia cae.
El sol quema.
Y finalmente…
algo cede.
Una grieta.
La primera en siglos.
CRRRAAAAACK
Un sonido seco, brutal, cargado de desesperación.
El último intento de existir.
El último rugido silencioso de un ego moribundo.
La grieta atraviesa el mármol como un grito que nunca pudo salir.
Y en ese instante, justo cuando la estatua comienza a desmoronarse, un eco retumba entre universos:
—¡¡NOOOO—!!
Es un grito sin voz, pero su desesperación lo vuelve palpable.
Un segundo…
y la estatua se colapsa.
Se derrumba hacia sí misma, convirtiéndose en polvo, en recuerdo, en nada.
Su arrogancia desaparece con ella.
Su belleza, reducida a un montón de piedras mezcladas con tierra.
El paisaje la devora.
La naturaleza la olvida.
Y el mundo sigue sin mirar atrás.
---
LUNA
Una carcajada explosiva, brillante, deliciosa, retumba en la oscuridad entre páginas.
La escena se desvanece hacia la biblioteca.
Luna está sentada sobre su montaña de libros, sosteniendo el tomo aún abierto entre las manos, con una sonrisa que mezcla inocencia infantil y hambre antigua.
—¡JAJAJAJAJA! —ríe con genuino placer—. ¡Oh, ese último grito! ¡Ese crujidito final! ¡Mmm, fue como caramelo derritiéndose!
Pasa la lengua por un colmillo que no debería existir.
Cierra el libro con un golpe suave, como si acunara a un bebé muerto.
—Y pensar que ella juraba que todos la recordarían… —dice canturreando—. Pobrecita.
Ni como decoración sirvió al final.
Luna mira directamente al lector.
Sus ojos brillan, amables pero peligrosos.
—¿Ven? No sean como ella.
No se crean el centro del universo.
No miren a los demás por encima del hombro.
No vivan esperando aplausos…
Inclina la cabeza con dulzura siniestra.
—O podrían terminar… aquí.
Da una palmadita al libro cerrado, casi con cariño.
—Y yo estaría encantada de convertirlos en mi próximo platillo.
Se ríe bajito, tapándose la boca como una niña traviesa.
—Pero no se preocupen…
mi menú todavía está lleno.
Da un guiño que no es humano.
—Por ahora.
La luz se apaga.
Las risas se apagan.
Y el libro cae de regreso a su estante con un susurro seco.
La cuarta historia termina devorada.
Luna ya está buscando la quinta.