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Historia 9: Motín de Papel

DNavarrete
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La Biblioteca no estaba en silencio.

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La Biblioteca no estaba en silencio.

 

La Biblioteca estaba furiosa.

 

Los estantes temblaban como costillas bajo presión. Las lámparas colgantes parpadeaban con una luz nerviosa, como si incluso la electricidad tuviera miedo de quedarse demasiado tiempo encendida.

 

Y los libros…

 

Los libros no se quedaban quietos.

 

Uno se arrastraba por el suelo como una cucaracha con lomo de cuero, dejando un rastro de tinta negra. Otro se sacudía violentamente sobre una repisa hasta que—con un golpe seco—se soltó y cayó, rebotando como si tuviera huesos dentro.

 

Un tomo gigantesco intentó abrirse paso empujando a otros, como un animal atrapado en una jaula demasiado pequeña.

 

Las páginas batían en el aire.

 

Como alas.

 

Como dientes.

 

Como manos.

 

Un estante completo cedió con un crujido, derramando una avalancha de portadas y hojas que gritaban sin voz. Los títulos se asomaban apenas, visibles por un segundo antes de desaparecer entre el caos.

 

“CONFESIONES DE UN PADRE COBARDE”

“EL HOMBRE QUE VENDIÓ A SU HIJA”

“SANTA PUREZA (MENTIRA)”

“DIARIO DE UNA ENVIDIA PERFECTA”

“YO NUNCA HICE NADA (Y ESO FUE LO PEOR)”

 

Algunos tenían letras que se borraban y reaparecían como si el propio nombre intentara escapar de la memoria.

 

Otros… ni siquiera tenían título.

 

Solo manchas oscuras.

 

Solo uñas marcadas en el cuero.

 

Solo el sonido húmedo de algo que quería salir.

 

En medio de todo eso…

 

Luna.

 

Una niña pequeña, pálida, con el cabello oscuro desordenado, estaba parada sobre una montaña de libros como si fuera el centro del huracán.

 

Con el ceño fruncido.

 

Con una vena invisible de paciencia a punto de romperse.

 

—¡NO! —gritó, atrapando un libro al vuelo con una mano.

 

El libro se sacudió como un pez fuera del agua.

 

Luna lo miró fijo.

 

Y el libro se quedó quieto.

 

No por obediencia.

 

Por miedo.

 

—Ni se te ocurra —le susurró con una sonrisa tan dulce que daba asco—. Tú no vas a “escapar”. Tú no tienes piernas. Tú tienes pecados.

 

Lo empujó de vuelta al estante como quien mete un animal rabioso en una jaula.

 

Otro libro salió disparado desde arriba, directo a su cara.

 

Luna se agachó a tiempo.

 

El tomo pasó silbando y chocó contra una pared, dejando una marca negra como quemadura.

 

—¡AH! —Luna levantó la voz, ya sin paciencia—. ¿En serio? ¿Ahora me tiran cosas? ¿Qué sigue? ¿Una huelga? ¿Un sindicato?

 

Un libro delgado se arrastró por el suelo, intentando esconderse debajo de un estante caído.

 

Luna lo vio.

 

Luna siempre los veía.

 

Se agachó, lo tomó del lomo como si fuera un gatito… y lo levantó.

 

El libro pataleó con las páginas.

 

—Oh, qué valiente —dijo Luna con sarcasmo—. Míralo. Mira cómo huye. Igualito que en vida.

 

Lo golpeó suavemente contra el estante para “acomodarlo”.

 

El libro gimió.

 

Luna suspiró.

 

Luego giró el rostro hacia ti.

 

Sí.

 

A ti.

 

Como si tú fueras lo único normal en ese lugar.

 

Como si ella estuviera en una casa ajena y tú hubieras llegado justo cuando todo se estaba incendiando.

 

—Hola, lector —dijo con una sonrisa falsa, sosteniendo dos libros con los brazos como si fueran bolsas del supermercado—. Perdón por el… ambiente.

 

Detrás de ella, un estante explotó en una lluvia de páginas.

 

Un libro chilló como si lo estuvieran arrancando por dentro.

 

Luna ni parpadeó.

 

—Esto pasa a veces —continuó, con tono de “no es para tanto”—. No siempre, claro. Pero pasa. Ya sabes…

 

Un libro enorme intentó morderla.

 

Sí.

 

Morderla.

 

Las tapas se abrieron de golpe como una mandíbula.

 

Luna metió dos dedos dentro del libro y lo cerró de un golpe seco.

 

¡CLAP!

 

El libro se quedó temblando, humillado.

 

—…cuando no es un boicot —terminó Luna— es una fuga masiva.

 

Se acomodó el vestido con dignidad infantil, como si no acabara de someter un tomo vivo a la fuerza.

 

—¿Sabes lo gracioso? —preguntó mientras corría dos pasos para atrapar otro libro que intentaba volar hacia el techo—. Que creen que pueden escapar.

 

Lo sujetó por la esquina.

 

El libro forcejeó.

 

Luna sonrió.

 

—¿A dónde?

 

Lo estrelló contra el estante con cariño falso.

 

—¿A la libertad? —se burló—. Ay, sí. Claro. A vivir una vida nueva. A empezar de cero. A ser mejores personas.

 

Se inclinó hacia el lomo del libro como si le contara un secreto.

 

—Tú ya tuviste tu oportunidad. La desperdiciaste. Ahora eres… literatura.

 

El libro se estremeció.

 

Y volvió a su lugar.

 

A su alrededor, otros seguían intentando huir.

 

Unos se arrastraban.

 

Otros se empujaban entre sí.

 

Algunos volaban como aves desesperadas.

 

Otros simplemente lloraban tinta y sangre por el borde, como si el esfuerzo de escapar los estuviera desangrando por dentro.

 

Luna chasqueó la lengua.

 

—De verdad, yo no sé qué creen que soy —murmuró, levantando un libro pesado con ambas manos—. ¿Una bibliotecaria amable? ¿Una maestra? ¿Una mamá?

 

Lo dejó caer en el estante con un golpe.

 

El estante crujió.

 

—Yo no soy ninguna de esas cosas —dijo, y por un segundo su voz no fue infantil.

 

Fue vieja.

 

Fue enorme.

 

Fue algo que no cabía en el aire.

 

Los libros se detuvieron.

 

Solo un segundo.

 

Como si recordaran lo que ella era.

 

Luna parpadeó.

 

Volvió a sonreír como niña.

 

—Pero sí —añadió, fingiendo dulzura—. Soy la única adulta responsable aquí.

 

Se escuchó un golpe seco.

 

Un libro cayó del techo directo hacia su cabeza.

 

Luna lo atrapó sin mirar.

 

Como si tuviera reflejos de monstruo.

 

—Gracias —dijo con sarcasmo—. Qué amable.

 

Lo devolvió al estante.

 

Y siguió hablando contigo, como si nada.

 

—Y tú… —te señaló con el dedo— no me mires así. Esto no es un infierno. Los infiernos tienen orden.

 

Un libro salió volando detrás de ella como un murciélago.

 

Luna lo agarró del aire y lo estampó contra el suelo.

 

El libro quedó temblando, boca arriba, abierto, llorando tinta.

 

—Esto —dijo Luna, levantando una ceja— es una biblioteca con emociones. Y las emociones… hacen berrinche.

 

Se agachó, tomó el libro del suelo y lo levantó.

 

En la portada se alcanzó a leer algo, antes de que las letras se borraran como si se resistieran a ser vistas:

 

“YO ERA UN BUEN HOMBRE”

 

Luna soltó una risita.

 

Una risa corta.

 

Cruel.

 

—Ajá.

 

Le dio un beso al lomo.

 

Y el libro gritó.

 

—Vuelve a tu estante —ordenó, suave.

 

El libro obedeció.

 

Luna se enderezó, respiró hondo… y te miró otra vez.

 

—Bueno. —Sonrió, como si estuviera haciendo lo posible por ser buena anfitriona—. Ahora que ya viste el desastre…

 

Un estante volvió a crujir.

 

Luna levantó la mano sin mirar.

 

El estante dejó de caer.

 

Como si el aire lo sostuviera.

 

—…podemos empezar con la historia.

 

Sus ojos brillaron.

 

No como luciérnagas.

 

Como algo que te observa desde el fondo del océano.

 

—Porque, sinceramente, lector…

 

Se acercó un paso.

 

Los libros se quedaron quietos.

 

Como si escucharan también.

 

—Si ellos están desesperados por escapar…

 

Su sonrisa creció, lenta.

 

—es porque el próximo libro que voy a abrir…

 

Tomó un tomo nuevo del suelo.

 

Este no temblaba.

 

No lloraba.

 

No respiraba.

 

Era… silencioso.

 

Demasiado silencioso.

 

Luna lo sostuvo como quien sostiene un postre perfecto.

 

—…no les va a gustar.

 

Y lo abrió hacia ti.

 

El Tomo de los Tres

 

El libro se abre solo.

 

No con elegancia.

No con misterio.

 

Se abre como una herida que no cicatrizó bien.

 

Las páginas crujen tensas, como si dentro hubiera algo empujando… no para ser leído, sino para escapar.

 

Y lo primero que aparece no es un nombre.

 

Son tres sellos.

 

Tres firmas nobles marcadas con tinta oscura.

Tres marcas de orgullo, de linaje… de impunidad.

 

En aquella ciudad, el pan era más que comida.

 

Era rutina.

Era supervivencia.

Era lo único que los pobres podían sostener entre los dedos sin sentir que el mundo se les escapaba.

 

Y ellos lo sabían.

 

Tres nobles.

No reyes.

No héroes.

 

Solo hombres con tierras, molinos y hornos suficientes para decidir quién comía… y quién no.

 

Vivían en casas altas, limpias, con ventanas brillantes.

Y desde esas ventanas, el pueblo se veía como se ven las hormigas:

 

muchas.

molestas.

reemplazables.

 

Cada año la población crecía.

 

Más bocas.

Más hambre.

Más miseria.

 

Y para ellos… eso no era una tragedia.

 

Era un problema de números.

 

Uno de los tres, el más viejo, lo dijo durante una cena donde el vino valía más que una semana de vida de un campesino.

 

—La ciudad se está llenando.

 

Lo dijo como quien se queja de humedad.

 

El segundo, más joven, sonrió.

 

—No es “la ciudad”. Son ellos.

 

El tercero no rió.

Solo miró el pan en su plato… y pensó.

 

Y luego, como si estuviera resolviendo un asunto doméstico:

 

—Entonces se soluciona.

 

La “Solución”

 

No hubo guerra.

No hubo espadas.

No hubo sangre manchando sus manos.

 

Porque ellos eran “civilizados”.

 

Su plan fue simple, limpio y cobarde:

 

contaminar la harina.

 

Un veneno prohibido.

Uno de esos que no mata de golpe.

 

Uno que enferma primero.

 

Para que el pueblo no supiera qué lo estaba matando.

Para que el miedo se extendiera sin rostro.

Para que las familias se rompieran en silencio.

 

Y cuando alguien preguntara…

 

cuando alguien suplicara…

 

ellos podrían ponerse la máscara de siempre:

 

—Es una enfermedad.

—Es mala suerte.

—Dios sabrá por qué.

 

Mientras la ciudad se “limpiaba” sola.

Primero fue tos.

 

Luego fiebre.

 

Luego cuerpos doblados por el dolor.

 

Niños ardiendo en brazos de madres que ya no tenían lágrimas.

Ancianos que no resistían ni dos noches.

Padres que salían a buscar ayuda y volvían con los ojos vacíos.

 

La harina estaba en todas partes.

 

En cada mesa.

En cada pan.

En cada hogar.

 

La plaga no necesitaba puertas.

 

Ya vivía dentro.

 

Y mientras los pobres morían…

 

los nobles brindaban.

 

Porque el mundo volvía a sentirse “ordenado”.

 

Hasta que apareció la Rosa

 

No llegó con una espada en alto.

 

Llegó con algo peor para ellos:

 

una voluntad que no obedecía al mundo como debía ser.

 

Una noble.

 

Una de su clase.

 

Alguien que, en teoría, debía mirar al pueblo como ellos lo miraban.

 

Pero no.

 

Esa noble tenía una rosa en el pecho, en el nombre o en la historia…

y donde ellos veían “peste”, ella vio gente.

 

Los rumores comenzaron a cruzarse.

Las muertes se apilaron.

Y cuando los rezos dejaron de servir…

 

ella no rezó.

 

Buscó.

 

Con la paciencia de quien ya no se permite ser ciega.

 

Siguió rastros.

Revisó sacos.

Abrió almacenes.

Tocó lo que los poderosos creen intocable.

 

Y encontró la verdad donde siempre está:

 

en la basura escondida bajo alfombras caras.

 

El veneno.

Los registros falsos.

La harina marcada.

 

Los tres fueron expuestos.

 

Y por primera vez…

 

no pudieron sonreír.

No pudieron negar.

No pudieron comprar el silencio.

 

El pueblo quería sangre.

 

Pero la Rosa no les dio eso.

 

Porque la sangre se seca rápido.

 

Y ella quería algo que durara.

 

Los condenaron a prisión.

 

De por vida.

 

Encerrados.

Humillados.

Vivos.

 

Con el mismo aire que antes respiraban los que ellos mataron.

 

Pasaron años.

 

Décadas.

 

Y murieron uno tras otro.

 

Sin gloria.

Sin estatuas.

Sin canciones.

 

Solo con el peso de sus propios sellos pudriéndose en la memoria del mundo.

 

Pero la historia no terminó ahí

 

Porque cuando el último cerró los ojos…

 

el libro no se cerró.

 

El tomo los tragó.

 

Los tres.

 

En la misma encuadernación.

 

En la misma condena.

 

Porque cometieron el mismo pecado:

 

creerse dueños de la vida ajena.

 

Y en la Biblioteca…

 

ese tipo de arrogancia…

 

tiene un sabor lento.

 

Denso.

 

Perfecto para cocinar.

 

La Ballesta

 

Despertaron a la vez.

 

No con un grito.

No con sorpresa.

 

Con esa sensación vieja, amarga… de quien ya sabe que no hay salida.

 

El suelo era piedra fría.

El aire era seco, pesado, como si la habitación respirara con dificultad.

 

Tres esquinas.

 

Tres puntas.

 

Una sala triangular, perfecta… como un símbolo de algo que se repite.

 

Ellos estaban ahí.

 

Amarrados.

 

Cada uno en una esquina distinta, atados por cadenas gruesas, tensas, clavadas al suelo y a la pared. No podían acercarse. No podían tocarse. Solo podían mirarse.

 

Y en el centro…

 

una ballesta.

 

No sostenida por manos.

No montada en una pared.

 

Simplemente flotando sobre un mecanismo circular, como si la habitación misma fuera un reloj.

 

La ballesta giraba.

 

Lento.

 

Constante.

 

Como una aguja buscando a quién señalar.

 

Los tres la miraron con odio… y con miedo.

 

—No… otra vez no… —murmuró uno, la voz rota, sin fuerza para la dignidad.

 

—¿Qué clase de… —escupió el segundo, tirando de las cadenas— ¡¿Qué clase de juego es este?!

 

El tercero no dijo nada.

 

Solo apretó los dientes.

 

Porque él ya lo entendía.

 

La ballesta no era un arma.

 

Era una pregunta.

 

La ballesta giró una vez más.

 

Y se detuvo.

 

Apuntó directo al pecho del primero.

 

Un clic seco sonó en el aire.

 

Como si el mecanismo anunciara:

 

Es tu turno.

 

En el suelo, frente a él, apareció una palanca simple.

 

Dos marcas grabadas en la piedra.

 

RECIBIR

PASAR

 

El primero tragó saliva.

 

—No… no… —susurró— yo no…

 

—¡Hazlo! —gritó el segundo— ¡Recíbelo! ¡Por una vez en tu vida!

 

El tercero soltó una risa corta.

 

—¿En su vida? —murmuró— ¿Desde cuándo hacemos las cosas “por una vez”?

 

La ballesta tembló.

 

Y el primero vio algo peor que el arma:

 

vio el futuro.

 

El dolor.

 

El impacto.

 

La carne abriéndose.

 

El grito.

 

Y después… el silencio.

 

No era muerte.

 

Era castigo.

 

El primero miró a los otros dos.

 

Los dos lo miraban igual.

 

Como se mira un saco de harina.

 

Como se mira un “problema”.

 

Como se mira algo que puede absorber el daño… para que tú no lo hagas.

 

Su mano tembló.

 

La palanca estaba ahí.

 

Tan fácil.

 

Tan simple.

 

Y su mente, tan podrida, hizo lo que siempre hacía:

 

justificarse.

 

—No es personal… —murmuró, casi llorando—. Solo… solo tiene sentido…

 

Y empujó la palanca.

 

PASAR.

 

La ballesta giró de golpe como si hubiera recibido una orden divina.

 

Se detuvo frente al segundo.

 

Clic.

 

El segundo abrió los ojos.

 

—¡NO! ¡No, no, no! ¡Tú maldito—!

 

—Te tocaba —dijo el primero, desesperado— ¡Te tocaba, era tu turno!

 

El segundo jadeaba, su respiración golpeando contra el aire como si intentara romperlo.

 

Su palanca apareció también.

 

RECIBIR

PASAR

 

Y el segundo… ni siquiera dudó.

 

Porque la moral nunca fue su idioma.

 

Porque su alma era un reflejo de su hambre.

 

—¿Crees que voy a ser el mártir? —escupió— ¿Yo?

 

Tiró la palanca.

 

PASAR.

 

La ballesta giró.

 

El tercero quedó apuntado.

 

Clic.

 

Silencio.

 

Por un segundo… pareció que el tercero iba a recibirlo.

 

Pareció.

 

Hasta que sonrió.

 

Una sonrisa torcida.

 

—Qué gracioso… —susurró—. Ustedes todavía creen que existe algo parecido a “justicia”.

 

Su palanca apareció.

 

RECIBIR

PASAR

 

Y él, con una calma cruel, la empujó.

 

PASAR.

 

La ballesta giró… y volvió al primero.

 

El primero apenas tuvo tiempo de respirar.

 

Clic.

 

La palanca apareció.

 

Esta vez el primero tembló.

 

—¡No, espera, espera…!

 

Intentó hablar, intentó ganar un segundo.

 

Pero la ballesta no era un juez.

 

Era una máquina.

 

Y la máquina no tenía paciencia.

 

¡CLAC!

 

Disparó.

 

La flecha le atravesó el hombro, exacto donde dolía más sin matarlo.

 

El grito del primero llenó la habitación como si le hubieran arrancado el alma por la garganta.

 

La ballesta giró de nuevo.

 

Se detuvo frente al segundo.

 

Clic.

 

El segundo se tensó.

 

Ya había sido traicionado dos veces seguidas:

 

El primero se lo pasó.

 

El tercero se lo pasó.

 

Dos traiciones.

 

Dos veces elegido como basurero del dolor.

 

El segundo miró la palanca.

 

RECIBIR

PASAR

 

Y sonrió… como alguien que por fin entiende que el juego estaba arreglado.

 

—No.

 

Intentó empujar PASAR.

 

Pero la palanca no se movió.

 

Como si el sistema mismo lo negara.

 

Como si la habitación le dijera:

 

“Ya recibiste suficiente traición. Ahora te toca tragarla.”

 

—¡¿QUÉ?! ¡NO! ¡NO, NO, NO!

 

El segundo tiró con fuerza.

 

Nada.

 

El mecanismo no cedía.

 

El primero, sangrando, se rió con rabia.

 

—¡Te toca! ¡Te toca, maldito!

 

El tercero lo miró desde su esquina, sin culpa.

 

—Yo solo juego…

 

El segundo tragó saliva, desesperado.

 

—¡Esto no es justo!

 

Y por primera vez…

 

dijo la verdad.

 

¡CLAC!

 

La ballesta disparó sin esperar más.

 

La flecha le atravesó el muslo, hundiéndose como un diente.

 

El segundo gritó.

 

Pero su grito no era solo dolor.

 

Era humillación.

 

Era el sonido de alguien entendiendo que el castigo no era el arma…

 

era el patrón.

 

La ballesta giró de nuevo.

 

Como un reloj.

 

Como una sentencia.

 

Como una burla.

 

Y así, una y otra vez…

 

cuando uno intentaba pasar demasiado…

 

cuando uno ya había traicionado demasiado…

 

cuando la habitación decidía que ya era hora…

 

la ballesta no preguntaba.

 

Disparaba.

 

La habitación ya no olía a hierro.

 

O sí… pero no era solo sangre.

 

Era rencor.

 

Un rencor tan espeso que parecía quedarse pegado en las paredes triangulares, en el suelo húmedo, en las cadenas tensas que mantenían a los tres nobles amarrados en sus esquinas como animales esperando el turno del matadero.

 

Porque aquí no existía la muerte.

 

Aquí solo existía la repetición.

 

Los tres estaban llenos de flechas.

 

No una, no dos.

 

Docenas.

 

Clavadas en hombros, muslos, costillas, brazos, en lugares exactos donde el dolor era perfecto: suficiente para quebrarlos… pero nunca para liberarlos.

 

Sus cuerpos temblaban, empapados en su propio rojo, respirando como si cada inhalación fuera una humillación.

 

Y aun así…

 

seguían vivos.

 

Porque el castigo no era la herida.

 

El castigo era entender que cada flecha tenía un autor.

 

Cada una de esas flechas no había sido “mala suerte”.

 

No había sido “un error”.

 

Había sido una decisión.

 

Una mano temblorosa presionando PASAR.

 

Una mirada de pánico que decía:

 

“Que le toque al otro.”

 

Y eso era lo peor.

 

No eran las flechas.

 

Era la certeza de que, incluso aquí… incluso en el borde del sufrimiento eterno…

 

seguían siendo lo que siempre fueron.

 

Cobardes con títulos.

 

Bestias con modales.

 

La ballesta giró de nuevo en el centro de la habitación.

 

Su mecanismo chirrió como un animal viejo.

 

Clic.

 

Se detuvo frente al primero.

 

La palanca apareció otra vez, limpia, indiferente.

 

RECIBIR

PASAR

 

El primero levantó la cabeza, con el rostro bañado en sudor y lágrimas que se mezclaban con sangre.

 

—No… no, por favor…

 

Sus dedos temblaban, pero aún podía moverlos.

 

Porque el castigo necesitaba eso.

 

Necesitaba que tuvieran la capacidad de elegir.

 

Necesitaba que se condenaran solos.

 

El segundo, con dos flechas en el muslo y una en el hombro, se rió con una voz rota.

 

—Hazlo… pásalo… como siempre… ¡como toda tu maldita vida!

 

El tercero escupió sangre al suelo.

 

—No finjas moral ahora… no te queda.

 

El primero apretó los dientes.

 

Sus ojos se movieron, desesperados, de uno a otro.

 

No buscando justicia.

 

Buscando una salida.

 

Y entonces…

 

PASAR.

 

La ballesta giró sin compasión.

 

Clic.

 

Se detuvo frente al segundo.

 

El segundo ya no suplicaba.

 

Ya no negociaba.

 

Su mirada era puro odio.

 

—Si me lo pasas… te juro que te voy a—

 

No terminó la frase.

 

Porque la palanca apareció.

 

Y el segundo ni siquiera dudó.

 

PASAR.

 

El tercero soltó una carcajada corta, enferma.

 

—¡JA! ¡Claro! ¡Por supuesto! ¡Qué sorpresa!

 

La ballesta giró hacia él.

 

Clic.

 

Se detuvo frente al tercero.

 

Y por un instante, el tercero se quedó quieto.

 

Su respiración era pesada, como si el aire le pesara en los pulmones.

 

Miró la palanca.

 

Miró a los otros dos.

 

Y en su mente, la misma lógica podrida de siempre se activó:

 

“Si me sacrifico, ellos ganan.”

“Si lo recibo, me debilito.”

“Si lo paso, sobrevivo.”

 

Como si “sobrevivir” aquí significara algo.

 

Como si hubiera un final.

 

El tercero sonrió.

 

Y apretó:

 

PASAR.

 

La ballesta giró…

 

pero no hacia el primero.

 

No esta vez.

 

No como antes.

 

Se detuvo.

 

Y el mecanismo hizo un sonido distinto.

 

Uno más seco.

 

Más definitivo.

 

Como si la habitación entera se cansara de su teatro.

 

El segundo abrió los ojos.

 

—No… no, no, no—

 

Intentó mover la palanca.

 

Pero no había palanca.

 

Solo el punto de mira.

 

Solo la certeza.

 

Había recibido dos traiciones.

 

Y el castigo ya no le daba la ilusión de elegir.

 

¡CLAC!

 

La flecha atravesó su costado.

 

No lo mató.

 

Solo lo abrió.

 

El segundo gritó con una rabia tan profunda que parecía un animal ahogándose en su propia garganta.

 

—¡¡LOS ODIO!! ¡¡LOS ODIO A LOS DOS!!

 

El primero se encogió, llorando.

 

—¡Yo no quería… yo no quería…!

 

El tercero apretó los dientes.

 

—Mentiroso…

 

La ballesta siguió girando.

 

Una vez.

 

Otra vez.

 

Y otra vez.

 

Y cada vuelta era una nueva flecha.

 

Cada decisión era una traición repetida.

 

Cada intento de salvarse era una confesión silenciosa de lo que realmente eran.

 

Y así, con el suelo ya cubierto de sangre, con los tres temblando, empapados, destrozados…

 

el juego llegó a ese punto en que ya no quedaba orgullo.

 

Solo quedaba instinto.

 

Y odio.

 

Y la clase de desesperación que no busca redención…

 

solo busca que alguien más sufra primero.

 

Entonces…

 

la ballesta se detuvo.

 

Pero esta vez no fue el mecanismo.

 

Fue algo más.

 

Una presencia.

 

Como si el aire se hiciera más pesado.

 

Como si el mundo recordara quién era el dueño real de esa habitación.

 

Y allí apareció ella.

 

Sentada encima de la ballesta.

 

Como si fuera un columpio.

 

Como si fuera un trono.

 

Como si el instrumento de tortura no fuera más que un juguete para entretenerla.

 

Luna balanceaba los pies, tranquila.

 

Sonrisa dulce.

 

Ojos brillantes.

 

Esa expresión de niña curiosa que mira un insecto arrancarse las patas y lo encuentra… fascinante.

 

—Mmm… —tarareó—. Qué hermoso.

 

Los tres la miraron.

 

Y el miedo que sintieron no fue miedo a morir.

 

Fue miedo a comprender.

 

Porque no estaban atrapados en una habitación.

 

Estaban atrapados en un capricho.

 

Luna inclinó la cabeza, fingiendo inocencia.

 

—¿Se están divirtiendo?

 

El segundo intentó hablar, pero solo tosió sangre.

 

El tercero apretó los dientes.

 

—¿Qué… eres…?

 

Luna sonrió más.

 

—Ay, no empieces con preguntas existenciales. Me aburren.

 

Bajó la mirada hacia las flechas clavadas en ellos.

 

Y suspiró como una chef decepcionada por un plato mal servido.

 

—Mira nada más… llenitos de agujeros.

 

Se llevó un dedo a los labios.

 

—Aunque debo admitir… no son las flechas lo que me encanta.

 

Los observó como si estuviera contando.

 

Como si cada herida fuera un ingrediente.

 

—Lo delicioso… es que ustedes siguen siendo ustedes.

 

Se inclinó hacia adelante un poco, como una niña compartiendo un secreto.

 

—Cada flecha… fue una elección.

 

Su voz era suave.

 

Demasiado suave.

 

—Cada herida… fue un “yo primero”.

 

Su sonrisa se ensanchó.

 

—Cada grito… fue un “que le toque al otro”.

 

Luna cerró los ojos un instante, inhalando como si oliera pan recién horneado.

 

—Desesperación… odio… traición…

 

Abrió los ojos.

 

Brillaban.

 

—Uff. Esto sí es un plato fuerte.

 

Los tres temblaron.

 

El primero lloró.

 

—¡Nosotros… no… no merecemos esto!

 

Luna lo miró como si hubiera dicho algo adorable.

 

—Oh, claro que lo merecen.

 

Se puso de pie sobre la ballesta sin esfuerzo, como si la gravedad fuera un rumor.

 

—Ustedes contaminaron el alimento de su gente.

 

Su tono seguía siendo infantil.

 

Pero las palabras no tenían nada de juego.

 

—Envenenaron harina.

 

No por necesidad.

 

No por hambre.

 

Sino porque la “población crecía demasiado”.

 

Alzó una ceja.

 

—¿Te das cuenta de lo gracioso que suena eso? Como si la vida de otros fuera un problema de logística.

 

El tercero escupió sangre.

 

—¡Éramos nobles! ¡Era nuestro deber mantener el orden!

 

Luna lo miró con calma.

 

—Ah, sí.

 

Se acercó a él, y su sombra se estiró demasiado en el suelo.

 

—El orden.

 

Su sonrisa se volvió peligrosa.

 

—Ese “orden” que siempre significa que ustedes comen… y los demás se pudren.

 

El segundo, con la voz rota, murmuró:

 

—Nos descubrieron…

 

Luna chasqueó los dedos, como recordando.

 

—¡Oh, sí! Casi lo olvido.

 

Su cara se iluminó, como si hablara de una historia bonita.

 

—Los hundió una niña de dieciséis años.

 

Los tres se quedaron quietos.

 

Porque eso dolía más que una flecha.

 

No era la derrota.

 

Era la humillación.

 

Luna se agachó un poco, mirándolos como si fueran algo entre divertido y triste.

 

—Una noble.

 

Con una rosa.

 

Con hermanos.

 

Con ese tipo de mirada que no tiembla cuando decide que alguien merece caer.

 

Se enderezó y sonrió con orgullo, como si estuviera contando un cuento favorito.

 

—Y ustedes… terminaron en prisión en vida.

 

Y aquí…

 

dejó que la palabra flotara, suave, saboreándola…

 

—terminaron conmigo.

 

La ballesta bajo sus pies volvió a girar sola.

 

Sin que nadie la tocara.

 

Como si respondiera a su humor.

 

Luna apoyó una mano sobre el mecanismo, cariñosa.

 

—Ahora, sigan jugando.

 

Su voz fue dulce.

 

Como una madre dejando a sus hijos entretenidos.

 

—Traiciónense otra vez.

 

Señaló las flechas en sus cuerpos.

 

—Porque cada una de esas…

 

son ustedes.

 

Y yo…

 

sonrió, ladeando la cabeza…

 

—solo estoy mirando.

 

La ballesta hizo clic otra vez.

 

La palanca apareció.

 

Los tres miraron el mecanismo…

 

y luego se miraron entre sí.

 

Y el horror más puro no fue el arma.

 

Fue entender que, incluso con Luna ahí…

 

incluso sabiendo que todo era inútil…

 

iban a volver a hacerlo.

 

Porque no sabían ser otra cosa.

 

Y Luna, sentada sobre su juguete de madera y metal, sonreía…

 

como una niña frente a su plato favorito.

 

—Vamos —susurró—.

 

Muéstrenme quién se salva primero esta vez.

 

Unas horas después

 

La habitación ya no parecía una habitación.

 

Parecía un matadero detenido en el tiempo.

 

Las paredes triangulares estaban manchadas de rojo oscuro, capas sobre capas, como si el lugar hubiera aprendido a respirar sangre. El suelo era una mezcla de charcos y carne arrancada, flechas rotas, astillas, uñas quebradas… y el sonido constante de la ballesta girando, girando, girando, como el reloj enfermo de un dios cruel.

 

Ellos ya no parecían nobles.

 

Ni hombres.

 

Ni siquiera personas.

 

Eran despojos.

 

Bultos amarrados en las esquinas, sostenidos por cadenas y por una voluntad que ya no era voluntad… era solo el reflejo de un instinto miserable que no sabía apagarse.

 

La piel colgaba en tiras.

Los músculos se abrían y cerraban con cada respiración.

Había zonas donde ya no quedaba carne… solo hueso ennegrecido y húmedo.

 

Y aun así…

 

seguían vivos.

 

Los ojos del primero estaban hinchados, casi cerrados, pero aún veía.

 

El segundo apenas podía mover la mandíbula. Su boca era un hilo de espuma roja.

 

El tercero ya no gritaba.

 

No porque fuera fuerte.

 

Sino porque se había quedado sin voz… y sin ganas.

 

No quedaba orgullo.

 

No quedaba ira real.

 

Solo quedaba una necesidad desesperada, infantil, patética:

 

que terminara.

 

Que alguien apagara la luz.

Que alguien cerrara la puerta.

Que alguien les diera el regalo que jamás merecieron:

 

la muerte.

 

La ballesta se detuvo otra vez.

 

Clic.

 

El mecanismo ofreció la elección como siempre.

 

Pero esta vez… ninguno reaccionó.

 

El primero solo tembló, mirando la palanca como si fuera un idioma que ya no recordaba.

 

El segundo dejó escapar un sonido… una risa ahogada, rota, imposible.

 

—No… —murmuró, apenas—. Ya no…

 

El tercero ni siquiera levantó la cabeza.

 

Y por primera vez…

 

por primera vez en incontables ciclos…

 

hubo algo parecido a un silencio.

 

No un silencio de paz.

 

Un silencio de derrota.

 

El primero abrió la boca.

 

Su voz salió como un suspiro hecho de vidrio.

 

—Por favor…

 

No estaba suplicando por vivir.

 

Estaba suplicando por lo contrario.

 

—Que… termine…

 

El segundo, con los ojos vidriosos, dejó escapar una palabra que ya no tenía rabia.

 

Solo cansancio.

 

—Muerte…

 

El tercero movió apenas la cabeza, lo suficiente para que una flecha vieja se sacudiera dentro de su cráneo.

 

—…aunque sea… eso…

 

La ballesta giró sola.

 

Más lenta.

 

Como si incluso el castigo disfrutara del momento en que el alma se rompe por completo.

 

Y entonces…

 

ella.

 

Sentada sobre la ballesta como siempre.

 

Con las piernas colgando.

 

Con la espalda recta.

 

Con esa sonrisa tranquila, casi tierna, que en cualquier otro rostro habría sido inocente…

 

pero en el suyo era una blasfemia.

 

Luna los observaba como quien mira un espectáculo repetido y aun así entretenido.

 

Sus ojos brillaban con esa curiosidad infantil que no debería existir en un lugar así.

 

—Mmm… —tarareó—.

 

Los tres levantaron la mirada.

 

O intentaron hacerlo.

 

Porque incluso mirar era dolor.

 

Y la vieron ahí.

 

La niña.

 

La cosa.

 

La presencia.

 

La dueña.

 

La razón por la que la muerte no llegaba.

 

La razón por la que el final era un chiste.

 

Luna ladeó la cabeza, fingiendo preocupación.

 

—¿Ya se cansaron?

 

Ninguno respondió.

 

No tenían fuerza para insultarla.

 

No tenían fuerza para suplicar más.

 

Solo la miraban con el terror más puro que existe:

 

el terror de comprender que no hay salida.

 

Que no hay justicia.

 

Que no hay final.

 

Solo ella.

 

Luna sonrió un poco más.

 

Y ese gesto… ese simple gesto… fue peor que cualquier flecha.

 

—Qué raro… —dijo con voz suave—. Antes eran tan rápidos para decidir quién sufría.

 

Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas como una niña curiosa frente a un animal herido.

 

—¿Ahora sí quieren que termine?

 

El segundo intentó mover los labios.

 

—…sí…

 

Luna soltó una risita bajita.

 

—Ay… qué adorables.

 

Se incorporó despacio.

 

No como alguien que se levanta.

 

Sino como algo que decide que la gravedad debe obedecer.

 

Caminó sobre el mecanismo sin hacer ruido, y cada paso parecía sonar dentro de la cabeza de ellos, como un golpe seco en la conciencia.

 

Se detuvo frente al primero.

 

Lo miró un instante.

 

Y su sonrisa se volvió tan suave… que daba asco.

 

—¿Sabes lo más gracioso?

 

El primero no podía hablar.

 

Pero sus ojos… suplicaban.

 

Luna inclinó la cabeza.

 

—Que ahora sí entienden.

 

Alzó una mano pequeña y señaló la ballesta.

 

—No eran las flechas.

 

Señaló las cadenas.

 

—No era la habitación.

 

Señaló sus cuerpos destrozados.

 

—Ni siquiera era el dolor.

 

Se acercó un paso más.

 

Su voz bajó, dulce, íntima.

 

—Eran ustedes.

 

Los tres temblaron.

 

Porque era verdad.

 

Porque siempre lo fue.

 

Luna dio un pequeño saltito y se sentó otra vez sobre la ballesta, balanceando los pies con una alegría irritante.

 

—Bueno…

 

Aplaudió una vez.

 

El sonido retumbó como un martillo.

 

—Ya que están tan… cooperativos…

 

La ballesta giró.

 

Clic.

 

Apuntó al primero.

 

No apareció palanca.

 

No hubo elección.

 

Solo la mira.

 

Solo el final.

 

El primero abrió los ojos con un terror absoluto.

 

Y por un segundo, algo humano regresó:

 

la esperanza estúpida de que esto fuera real.

 

De que esto fuera libertad.

 

De que la muerte fuera un descanso.

 

CLAC.

 

La flecha atravesó su frente.

 

Su cuerpo se sacudió una vez.

 

Y quedó inmóvil.

 

El segundo lo miró.

 

Y una lágrima —una sola— rodó por su mejilla ensangrentada.

 

No era tristeza por el otro.

 

Era envidia.

 

La ballesta giró.

 

Clic.

 

Apuntó al segundo.

 

El segundo no gritó.

 

No insultó.

 

No rogó.

 

Solo cerró los ojos… como quien por fin acepta dormir.

 

CLAC.

 

La flecha le atravesó la cabeza.

 

Su cuerpo se desplomó contra las cadenas.

 

Silencio.

 

Solo quedó el tercero.

 

Respirando.

 

Temblando.

 

Vivo.

 

Miró los cuerpos.

 

Miró a Luna.

 

Y por primera vez… no había odio en su mirada.

 

Solo vacío.

 

Solo rendición.

 

Luna lo observó con una sonrisa encantada, como si fuera su parte favorita.

 

—¿Ves? —susurró—. Sí puedo ser amable cuando quiero.

 

El tercero tragó saliva.

 

No quedaba nada que decir.

 

La ballesta giró por última vez.

 

Clic.

 

Apuntó al tercero.

 

Luna se inclinó hacia él, con esa sonrisa de niña que pide un último dulce.

 

—Nos vemos en un ratito.

 

CLAC.

 

La flecha entró.

 

Y el mundo se apagó.

 

Por ahora.

 

Porque la habitación no desapareció.

 

Las cadenas siguieron ahí.

 

Las flechas siguieron ahí.

 

La ballesta siguió girando, lenta, paciente…

 

como un corazón mecánico que nunca deja de latir.

 

Y Luna…

 

Luna se quedó sentada encima del mecanismo, balanceando los pies en el aire, mirando los cuerpos como si fueran muñecos rotos.

 

Sonrió.

 

—Listo —dijo, satisfecha—. Pausa comercial.

 

Su mirada se levantó, como si pudiera ver más allá de la habitación, más allá del libro, más allá del mundo.

 

—Ahora…

 

susurró, divertida…

 

—esperemos a que vuelvan a despertar.

 

Y la ballesta giró otra vez.

 

Esperando.

 

Siempre esperando.

 

El chillido final de la ballesta se corta como un hilo.

 

Un disparo.

Luego otro.

Luego el último.

 

Y la habitación de tres puntas queda en silencio… apenas un segundo.

 

Lo suficiente para que el mundo respire.

 

Y entonces…

 

todo se rompe.

 

La escena se pliega como una página arrancada, se dobla sobre sí misma y desaparece en un parpadeo.

 

La Biblioteca regresa.

 

El aire vuelve a oler a tinta vieja, a papel húmedo… y a algo más profundo, como si los pasillos estuvieran hechos de suspiros guardados.

 

Luna camina por el corredor principal cargando una cantidad absurda de libros, apilados en sus brazos hasta el mentón.

 

Algunos se retuercen.

Otros se quejan.

Uno intenta deslizarse para escapar.

 

—Ni lo sueñes —gruñe Luna, apretándolo contra su pecho como si fuera un gato rebelde.

 

El libro de los tres nobles flota a su lado, girando lentamente, todavía vibrando como si guardara ecos de gritos.

 

Luna lo mira de reojo.

 

—Ah… ustedes.

 

El tomo se cierra solo.

 

CLAC.

 

Como una mandíbula satisfecha.

 

Luna lo empuja con el codo hacia un estante… y el estante se aparta para recibirlo, casi con miedo.

 

Luego ella se gira hacia ti, con esa expresión de niña fastidiada que no engaña a nadie.

 

—Bueno. Eso fue… entretenido.

 

Se acomoda la pila de libros en los brazos, como si estuviera cargando compras del mercado y no almas condenadas.

 

—Sé lo que estás pensando, lector… “¿por qué los tres en el mismo tomo?”

Hace una pausa, y sonríe.

—Porque son iguales.

 

Señala hacia el estante donde quedó el libro, ya quieto.

 

—Tres rostros distintos. Tres títulos. Tres casas nobles. Tres “grandes hombres” convencidos de que el mundo era una cosa que podían apretar hasta que dejara de moverse.

 

Suspira como si hablara del clima.

 

—Arrogantes. Crueles. Traicioneros.

Se encoge de hombros.

—Y lo peor… es que eran valientes solo cuando tenían a alguien más debajo de sus botas.

 

Luna avanza, y por cada paso que da, los libros se acomodan solos, como si su sola presencia ordenara el caos.

 

—Así que los puse juntos.

Sonríe, mostrando un poquito de dientes.

—Porque nada revela más rápido lo que eres… que el momento en que te dan a elegir entre sufrir tú o hacer sufrir a otro.

 

Su mirada se vuelve divertida, casi infantil.

 

—Y ellos eligieron… como siempre eligieron.

 

De pronto, Luna hace un gesto como si fuera a decir algo bonito.

 

Pero se detiene.

Su cara se tuerce.

Como si la palabra le diera alergia.

 

—Claro… fueron vencidos por una “heroína”.

 

La palabra sale de su boca como si estuviera masticando vidrio.

 

—Ugh. Odio esa palabra.

Se sacude la mano como si pudiera quitársela de encima.

—“Heroína”. Qué dramático.

 

Camina un poco más, y el pasillo parece alargarse para seguirla.

 

—Pero… sí.

Su voz baja un poco.

—Una noble.

 

Una rosa invisible se siente en el aire, como un símbolo que no se nombra.

 

Luna ladea la cabeza, mirándote como si supiera exactamente cuánto estás entendiendo.

 

—Una niña que decidió cambiar… incluso cuando el cuerpo no era el mismo que el alma.

 

Silencio.

 

Solo un instante.

 

Solo lo suficiente para que esa frase se te quede pegada.

 

Luna sonríe otra vez, como si nada.

 

—Y lo gracioso… lo verdaderamente gracioso… es que esos tres murieron creyendo que el mundo seguiría igual.

 

Se inclina un poco hacia ti.

 

—Pero desde aquí se ve todo, lector.

 

Su voz se vuelve suave, casi dulce.

 

—Y ellos… alcanzaron a ver lo que esa “niña” hizo después.

Cómo cambió su ciudad.

Cómo cambió su reino.

Cómo cambió… cosas que ni tú estás listo para leer todavía.

 

Da un paso atrás, y la luz se inclina con ella.

 

—Pequeño spoiler.

Guiña un ojo.

—No te emociones.

 

Luego se gira y sigue caminando con su montaña de libros.

 

—Ahora… si me disculpas… tengo que evitar otro motín.

Porque aparentemente —dice con una sonrisa venenosa— mis libros también creen que tienen libre albedrío.

 

Se escucha un golpe a lo lejos.

Un grito de papel.

Un estante temblando.

 

Luna suspira.

 

—Ay… qué cansancio ser la única adulta responsable aquí.

 

Y desaparece entre los pasillos…

 

mientras el estante donde quedó el tomo de los tres nobles se queda quieto, silencioso…

 

como si incluso los libros supieran que lo que guardan adentro…

 

todavía no terminó.

 

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