Josefina
Con ella fue una conexión instantánea, de esas difíciles de tapar o bloquear mentalmente.
Me gustaba su piel y su olor. Donde ella estaba, quería estar yo.
Fue motivo de burlas del mago blanco.
Cuando salgo de trabajar, me traslado tridimensionalmente a la cabaña, me baño y me paso mucho jabón porque comenté:
-Huelo re mal.
No sé por qué será. ¿Será que convivo con hongos y duermen en mi piel? Qué sé yo. Si fuera al médico, el pobre se descompone de la impresión.
Bueno, después de ultrajabonarme y perfumarme, y de estornudar unos gusanos que tengo en la nariz y que tampoco sé qué hacen ahí...
Me voy a ver a la librería, esperando que salga Josefina.
Me arrellané con un libro en la librería y el mago me miraba risueño.
-¿Qué vas a hacer cuando Gukolica sepa que le metés los cuernos?
Se reía a mandíbula batiente.
Yo solo lo ignoré.
Ni siquiera pensé que a ella le hubiera interesado la pregunta. Seguro que extendía su lengua y se comía al mago. Andá a saber.
A Gukolica el amor no le importa nada.
Solo la sangre y los huesos, ya te dije.
-Los huesos de Josefina -dijo secamente.
Y ahí se me cayó el libro.
Lo miré.
-Mirá, si ella cruza toda la humanidad, se verá protegida por esos edificios.
El mago me miró incrédulo.
-¿No te das cuenta, mago? El sol se pone y queda oculto en esos edificios. Nadie lo ve.
-¿Y?
-No hay agua. No hay pasto.
Me quedé pensando.
-¿De qué se va a sostener Gukolica si no hay nada de nada?
Y ahí me reí.
-El hombre lo destruyó todo. Gukolica seguro vendría a leer un libro de cómo destruir cosas que no se pueden destruir.
-¿Dónde hay animales? ¿Ballenas en el mar? ¿En esta ciudad? -dije, riéndome.
-Gracias por la data -dijo el mago.
Después agregó:
-¿Sabías que tenemos una dimensión para atraparla? ¿Dónde está el cuidador del mar?
-¡Mirá qué flash! Yo quisiera ir. Es divertido.
-El tema es que estés al tanto de la información, porque hay rumores de que intenta salir y un ente le va a abrir la puerta.
-¿Viste? Yo te dije. Esos entes que me manejan, neutrales, son una mentira. Quieren que todos vivan y estén bien.
Me reí.
-Jajá. No existe eso.
El mago me miró serio.
-¿Entonces qué existe?
Me quedé pensando.
Bien o mal, alguno de los dos debe ganar... o coexistir sin tantos problemas.
Él sabía que él era el único ente que podría abrir el portal. Él solo debía decir las palabras que convocan y listo.
El Mago Blanco había planeado algo para atraparla.
Pensó dónde podía estar el portal que Gukolica buscaba.
Viajó por varios lados hasta que encontró un lugar inhóspito, lejano, con mar y animales. Era seguro ahí.
Hasta que sintió vibraciones.
Era lógico. Era ella.
Y la sintió.
Al principio entró en trance y perdió un poco su conciencia. Se estaba trasladando solo, sin poder controlarlo.
Llegó al fondo del mar y la escuchó e invocó:
GUKOLICA IN VERU IN VERSU MAGICUM INCOMCU
Cuando se abrió el portal, se escuchó una risa gutural extrema. Un ser enorme surgió.
El autómata dijo:
-Gukolica, salve, reina de la destrucción.
Ella solo reía.
Pero en unos minutos el agua se aquietó.
Él se alejó automáticamente del agua.
Y algo atrapó a Gukolica.
El que la atrapó dijo:
-Magicum sí sos, pero no acá.
Automáticamente, la criatura la demoró y fue su fin.
El agua la arrastró un poco hasta que sintió un dolor.
Ya conocía ese dolor.
La muerte.
La nueva Gukolica.
Me libré de vuelta.
Él no entendía nada, pero era sabido que aunque él quiera rechazar la magia de ella, lo volvía esclavo.
La próxima no iba a explotar nada.
El Mago lo esperaba. Estaba celebrando su victoria.
Me di cuenta de que Josefina se había convertido en un sentimiento noble para mí.
La esperaba, la acompañaba al café, la llevaba hasta su casa. Estábamos juntos.
Un día, Josefina me preguntó por qué no comía comida común. Saqué un pequeño frasco de sangre.
—No como comida. No preciso.
Ella no dijo nada. Hacía meses que salíamos y yo siempre le había parecido un poco raro, así que ya estaba acostumbrada.
—Ese libro que leías hoy —me dijo dulcemente—, ¿me lo lees?
Curvé una sonrisa.
—Es la historia de Ian, un hombre ambicioso que devora muchas frutas —comenté— y termina mal.
Ella me tomó las manos.
—¿Me das un abrazo fuerte?
La abracé con fuerza.
El día oscuro fue el peor día de mi vida.
Hubo un robo en el lugar donde trabajaba Josefina. Se escucharon ráfagas de disparos. La intención era matar y escapar; no querían rehenes. Y eso fue exactamente lo que hicieron.
Algunos quedaron hospitalizados.
Pero Josefina murió.
Me la llevé a mi cabaña antes de que alguien la encontrara. Tomé mis libros de magia, símbolos y rituales. Preparé sangre animal y marqué los símbolos sobre su cuerpo.
—Vivi octum Ohm —repetía.
No sabía si iba a funcionar.
—Espero que todo funcione...
Y funcionó.
Doce horas después, Josefina despertó.
Estaba más radiante, más linda y más contenta que antes.
—¡Hola, Josefina! ¿Sos vos?
—Sí, soy yo.
Me abrazó.
—Tengo mucha hambre. Muchísima.
Le preparé comida cruda y comió muchísimo. Al principio no me di cuenta de nada.
—Jose, ¿no te das cuenta de cómo estás comiendo?
—Tengo hambre.
—Pero mirá.
Ella miró hacia abajo.
Estaba comiendo medio perro.
—Está re rico —dijo.
No dije nada.
Después se bañó. Cuando terminó, la hice sentar.
—Jo, anoche en tu lugar de trabajo murió gente. ¿Te acordás?
Pensó unos segundos.
—Sí, me acuerdo.
—Vos no sobreviviste.
Me miró.
—Ahora sos un monstruo como yo.
—Ah, bueno.
—No pasa nada, amor. Tengo que averiguar cuándo vuelvo a trabajar.
—Bueno.
—¿Me das un abrazo?
—Te doy.
Desde entonces, todos los días tenía que recordarle que llevara la sangre. Si no lo hacía, ya había ocurrido un par de veces que intentaba comerse a una persona.
A Josefina no le había cambiado nada.
Seguía siendo Josefina.
Se compraba ropa como recompensa, se ponía un sombrero y seguía estando conmigo.
Nada cambiaba.
Era un monstruo más, pero sin preocuparse demasiado por su destino.