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La noche en que el diablo bailó

Abel_Dalton
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Dedicatoria

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Contenido de la publicación

Dedicatoria

Cada una de estas palabras y letras están dedicadas principalmente a Evelyn Paredes. Que a pesar de ella vivir en un mundo de sombras y tinieblas, logró alumbrar el mío, que también estaba lleno de sombras y tinieblas. Eres una persona maravillosa, Evelyn. Nunca lo olvides.

Ojalá algún día pueda levantarme sin extrañarte.

La noche en que el diablo bailó

                                                        1

Milagro-Ecuador 20 de Diciembre de 1993

Incluso hoy a vísperas de navidad, he intentado de cierta forma que la gente entendiera lo que sigo pagando solo por estar en el lugar y momento equivocado.

Pero ya no lo haré más, tuve dos meses para hacerlo y siéndoles sincero ya me he cansado.

No escribo esto para que me crean, sino para dejar algo de testimonio. Si la policía o alguna autoridad local encuentra estas hojas no busquen responsables ni culpables. No den entrevistas ni en el parque zonal, ni en la iglesia central, ni en ningún otro punto de la ciudad.

Él ya habrá encontrado a otro....

Considero que empecé a escribir esta carta de una manera un poco maleducada, así que procederé a presentarme antes de contar la base que empezó toda esta tragedia.

Mi nombre es Ernesto Solís, tengo treinta y cinco años de edad. Mucha gente seguro me reconocerá por mi profesión: Fui redactor de crónica roja en el periódico de "La verdad" y llevaba ejerciendo la profesión desde el 84, año en que se abrió la prensa.

Para ese entonces contaba con veintiséis años de edad recién cumplidos y antes de aquello era un profesor de lenguaje que prestaba servicio en la escuela Eugenio Espejo, dictaba clases desde los dieciséis años y era una profesión que me encantaba. 

Gracias a eso pude terminar mis estudios universitarios en la carrera de Literatura universal, pero en vista que los profesores cada vez empezaban a ganar peor en este país tuve que cambiarme.

Me gané el puesto en la prensa por conocer a José Luis Andrade, ex director de la escuela que me confesó de la apertura de la prensa y necesitaban gente con pericia para escribir. No dudé en aceptar y agradecerle por la oferta. Y con el tiempo, este mismo sujeto de manera indirecta.... Me vendería hacía el lado más oscuro de este mundo.

Vengo de abajo. Mi padre trabajaba como corta cañas en ingenio Valdez, mi madre lavaba la ropa de los vecinos y desde muy pequeño tuve que ayudar en la economía de la casa. Ya sea a mi padre o a mi madre. Como era de esperarse, sufrí en carne propia los maltratos de la vida y la escasez de una casa desolada.

Pero para entonces mi mayor refugio siempre fue la lectura, aprendí a leer muy tarde, a los diez años casi. Pero cuando pude entender las letras me enamoré de manera perdida de los libros. Primero empezaba a tomar de las bibliotecas de mi escuela las historietas de héroes nacionales y leyendas urbanas del país.

Luego, en la búsqueda de seguir leyendo más, iba casi todos los fines de semana al local de Don Virgilio que vendía libros en un puestecito que llevaba abierto desde 1952 donde encontré libros mucho más complejos como Cumandá, Huasipungo  y comencé a leer los clásicos internacionales como La ciudad y los perros; Cien años de soledad; Orgullo y prejuicio o El viejo y el mar.

Por ende, dedique toda mi vida a escribir, leer y trabajar para mantener a mi familia. Pero como resultado tuve una vida sin amistades, sin relaciones amorosas y sin descansos que cualquier persona se tomaría como irse a la playa, a la piscina, salir a reuniones etc..

Me sentí vacío durante largos años sin siquiera darme cuenta, tuve un montón de amigos que empezaban a salir con chicas y a vaguear por discotecas o reuniones sociales. Yo no tenía tiempo para aquello, debido a que me debía mantener produciendo para el bienestar de mis padres, mis hermanos y mi futuro como licenciado.

Nunca tuve novia o algún tipo de romance durante mi etapa estudiantil, ni en mi etapa laboral a diferencia de otra gente.

Hasta hace dos años cuando en la oficina donde trabajaba apareció Irene Maldonado, una periodista de treinta años que acababa de entrar en la prensa. Nos hicimos muy buenos amigos, con el tiempo pasamos a hacernos enamorados y a la final se convirtió en mi prometida.

¿Cómo yo imaginaría que la primera mujer que enamoraría se convertiría en mi futura esposa? Y justo a tiempo porque de verdad estaba listo para enamorarme. Tenía trabajo, ahorros y una carrera consolidada.

Mis padres jubilados, mis hermanos ya con estabilidad, solo me preocupaba de reunir dinero para un terreno y un carro, era mi momento por fin para ser feliz.

Eso pensaba. Pero por desgracia, esto no fue así.

                                                                            2

Cierta mañana, José Luis Andrade que ya ejercía como jefe de dirección, me dio la orden de viajar hacia el cantón Naranjal para cubrir notas sobre un accidente automovilístico donde se verían involucrados tres milagreños, tenía que ir yo debido a que el periodista encargado tuvo una cita médica a última hora.

Era extraño, porque si bien es cierto que a veces tuve que acudir al suceso de los hechos en algunas ocasiones nunca lo hice fuera de la ciudad, porque no era mi oficio y solo lo hacía por compromiso.

—¿Y.... no puede ir José Luis?

—Si ñaño, pero José Luis ya se fue a cubrir las actividades que hay en el parque central, ya le había mandado antes de que ocurra el accidente.

—¿Pero por qué yo?

—Es que eres el que mejor redacta, hay algunas cosas que necesito que estén bien escritas y...— Etc y etc.

No quise preguntar más, era mi trabajo después de todo y eso suponía siempre un dinero extra.

Fui a la oficina de Irene a decirle no iría al departamento a almorzar.

—No pasa nada, te dejo la comida tapada igual. Hoy compro donde don Pepe.

—Está bien dulcecito, te amo.

—Te amo.

"Cuando de nuestro amor, la llama apasionada,
dentro tu pecho amante, contemples ya extinguida;
ya que solo por ti la vida me es amada,
el día en que me faltes, me arrancaré la vida."   (Medardo Ángel  Silva)

 

Llegué junto al equipo de prensa en el lugar de los hechos cerca de las once y media , en los alrededores la gente curiosa no daba plaza para poder entrar cómodo, ya habían puesto la cinta para restringir la entrada a la zona del accidente, dos carros hechos trizas y una laguna de sangre ponía presencia entre el medio de ello.

Los médicos forenses, policía y ciertos periodistas ya se hallaban dentro y antes de entrar me topo con la sorpresa que José Luis ya estaba ahí....

—Si es verdad— Me dijo apenas le pregunté —estaba en el parque pero me llamó el Licenciado Segarra para que venga urgente para acá, como estaba con Luis me vine con él en su moto.

—Chuzo ¿ y No te dijo nada el Máster Andrade?

—No, creo que ni sabe que ya estoy— Dijo mientras se reía.

Asentí con la cabeza.

—Entonces me quedé sin nada que hacer.

—Así parece.

—¿No necesitas alguna ayuda?

—Ah.. No Ernesto, yo me encargo de todo.

—Si, porque quiero ir a mi casa a comer con Irene.

—Ah tranquilo, brother— Empieza a ponerse de moda decir "Brother" —Aquí yo puedo solo, usted vaya nomás con su mujer.

—Está bien, mijo. Gracias

La camioneta no podía llevarme de vuelta a casa porque todos se hallaban ocupados y no terminarían después de dos horas como mínimo. 

Tomaría un bus pasajero y duraría una hora llegar vuelta a Milagro. Estaría justo a tiempo para el almuerzo con Irene que de seguro ya estaría por llegar a casa con las tarrinas de comida.

Y eso hice, llegué a la ciudad incluso más antes, pensé en llamar a Irene desde un teléfono público para avisarle pero me decidí mejor darle una leve sorpresa.

Arribé al departamento a los pocos minutos, mientras pasaba la llave por la cerradura oí un pequeño disturbio dentro, como alguien que se aceleraba.

Abrí la puerta y llamé a Irene, se escuchó una leve sonido, luego silencio total, volví a llamar, lo mismo.

Oí un pequeño susurro desde la habitación y sonreí.

—Ya llegué mi amor— Dije 

Voy al cuarto, la puerta estaba cerrada.

—Ya estoy aquí— Dije con una sonrisa

Pero cuando la abro veo a Irene... Vistiéndose, semidesnuda casi, con los ojos bien abiertos y con la respiración cortada.

Pregunté que sucedía y desde abajo de la cama vi a José Luis Andrade también a medio vestir.

No dije nada y ellos tampoco lo hacían, nos quedamos los tres observándonos. 

Una lágrima comenzó a brotar sobre los ojos de Irene, yo mantenía la boca semi abierta mientras que una parte en mi cabeza empezaba a golpearme, el estómago se me revolvió y lancé un fuerte suspiro antes de mirar hacía abajo para negar con la cabeza.

José Luis en cambio esbozaba una sonrisa nerviosa mientras se rascaba la cabeza.

 —Escucha....— Me dijo José Luis para al fin romper el silencio

—Salgan los dos de mi casa.

—Amor, porfa...— Dijo Irene

—No me digas amor, vístanse y váyanse.

Me fui para la sala, escuché como ambos se reclamaban. 

Irene susurraba cosas que no podía oír y José Luis le respondía casi queriendo gritar.

"Es que yo no tuve la culpa"

 "Yo no sé lo que pasó" 

"Estaba seguro que no estaba..."

Yo no hacía nada, me quedé sentado en el sillón mientras miraba la pared que se hallaba iluminada por el sol del mediodía. Ciertos momentos suspiraba y negaba con la cabeza así como lo hice en la habitación.

Cuando la pareja de impúdicos terminó, se dirigieron hacía mi para intentar explicarlo todo.

Yo no los escuché e insistía a que desaparecieran de mi vista, intentaron otra vez más pero seguí tajante. 

Entonces Irene se paró frente mío y aceptó lo que había hecho, que era porque yo no le tomaba la atención que necesitaba, que era demasiado santo, que no hacía el amor con ella porque apenas llegábamos del trabajo me encerraba a escribir hasta la media noche y no me le  acercaba ni para ver la televisión juntos.

Yo le reclamé porque nunca me dijo y que estaba dispuesto a cambiar si ella lo deseaba pero me dijo que ya es tarde; Y era verdad.

Una vez esa mujer terminó con su sermón, José Luis con voz trémula me dijo que me esperaba en la jornada de la tarde, no le respondí, entonces se largaron del departamento sin decir otra palabra más.

El departamento quedo seco y silencioso, yo seguía en la misma posición mientras escuchaba afuera el ruido de la gente, los pitidos de los carros, las campanas de las bicicletas y los ladridos de los perros.

Entonces me dejé caer sobre el mueble y clavé la vista en el techo. Pensé en las caricias y coqueteos que aquella mujer me había dedicado. Luego encendí un cigarrillo y me puse a reflexionar de lo irreal que había sido mi existencia.

Solo fíjense, desde los 14 años quise ser escritor, estudié para eso pero nunca pude publicar ninguna de los muchos relatos y novelas que escribí.

Realicé algunos viajes a Guayaquil para poder contactar con editoriales reconocidas pero siempre hacían de menos mis manuscritos.

Rechazo tras rechazo, un "Ya lo revisaremos" tras otro "ya lo revisaremos". 

Mientras que en mi vida diaria, pese de ser uno de los "mejores" redactores del periódicos trabajaba en una oficina maltrecha, con paredes raspadas e inmundas donde cada invierno olía a humedad debido al agua de las lluvias que se filtraban en los muros.

Lo peor es que llevaba varios años y a ninguno se le pasó por la cabeza cambiarme al menos de lugar para poder trabajar más cómodo, cada vez que he pensado en eso me hacía dar ganas de romper una silla.

En realidad, ese trabajo nunca me gustó pero lo necesitaba para subsistir. Mi mayor anhelo era comprar un terreno para construir mi casa o poner un negocio, poder pagar un carro o una moto y dejar de una vez esa maldita bicicleta que se le reventaban las llantas en los momento que ella quería.

Todo eso con la finalidad de compartirlo con.... ¿Irene?.... Maldita sea.... 

Cuando pensé en aquello me levanté y di unas cuantas vueltas por la sala con la cabeza hacía abajo "esto es ya demasiado" pensé y salí en seguida para ir a la tienda a comprar diez botellas de guanchaca y tres botellas de jugo. 

El tendedero me preguntó la razón por la cantidad de bebidas, Yo le respondí que mi hermano se graduó de bachiller y me fui vuelta al departamento.

Mezclé el jugo con el trago pero me pareció tan suave que le agregué un poco más de alcohol, me pareció suave de nuevo y le agregué otro poco, otra vez suave y le agregué otro poco, suave de nuevo.

Entonces tiré la botella de jugo aún abierta hacía la pared que se ensució junto a algunos muebles que estaban cerca que no me molesté en secar.

Bebí la guanchaca purita y al principio fue un mártir: La boca me ardía, la garganta se sentía como si hubiera lambido un metal y el hígado parecía como si se me fuera a reventar pero de manera sorpresiva, me sentí satisfecho. 

Y así estuve poco a poco, toma y toma, sorbo tras sorbo, hasta que luego sin darme cuenta, caí dormido.

                                                                3

Cuando me levanté ya era de noche; y yacía boca abajo sobre el desbaratado e incomodo sofá gris de la sala que había conseguido segunda mano junto a Irene. 

No se oía ni una sola mosca en el departamento, solo el murmullo de la gente de afuera y el pasar de los coches. 

La oscuridad invadía toda la sala, las botellas de guanchacas tiradas por el suelo adornaban todo el ambiente y de la ventana salía la única luz proveniente del alumbrado de afuera que iluminaba justo la zona del sillón.

Intenté sentarme pero la primera vez fracasé y caí vuelta al sillón como un saco de papa, intenté otra segunda vez y no pude tampoco, respiré fuerte para poder agarrar fuerza y hacerlo una tercera vez, al fin pude. 

Un fuerte dolor de cabeza me invadió y no pude evitar echar mi cabeza para atrás, apoyado en la espaldera del sofá.

"Te quiero tanto, Ernesto" 

"Si, acepto" 

"Te amo, Ernesto" 

Incliné el cuerpo hacía delante y apoyé los codos con las rodillas para ver si se me calmaba un poco la borrachera, así estuve por diez minutos en silencio

"Te hice ya la comida, Ernesto ¡Ven!" 

"Vamos Ernesto, vamos a trabajar, Levántate" 

"Vamos al parque a dar una vuelta" 

"Dame un abrazo"

Me levanté y me sorprendí de que podía caminar, descoordinado pero podía.

Prendí el radio y este sintonizó enseguida la emisora Atalaya, no me gustaba mucho esa estación pero pasaban una música de Carlos Rubira Infante y la dejé.

Prendí la luz y me fijé en el reloj. Eran las 10:40 de la noche.

Caminé suave por todo el departamento con la cabeza hecha pelota, aún sin saber porque.

"Toma esto para que te cures" 

"Que te vaya bien, precioso" 

"¿Y este texto? ¡Esta bonito!" 

Fui a la habitación donde encontré a Irene y a José Luis, la cama estaba con las sabanas desorganizadas, algunos perfumes tirados, ropa en el piso, el armario abierto y el anillo de matrimonio se encontraba posado encima del cajón, no sabía si lo había dejado por descuido o por una última crueldad. 

Mi atención se volvió a dirigir a la cama, el lugar donde pasé los mejores momentos con mi amada ha sido profanado. Ya no hay recuerdos bonitos ahí dentro, solo un reflejo de que todo aquello vivido tuvo un final tan insulso y banal.

No lo pude soportar, apagué la radio y salí de la casa para poder comprar algunas medicinas.

A lo que caminaba por las calles pude sentir el aire fresco, observé a la gente en los alrededores reír, los niños jugar y a las señoras conversar. 

"Esto funciona" Pensé.

Cuando llegué a la farmacia en vez de detenerme decidí irme de largo, aún mareado y con la ropa toda restregada. 

Pasé por el ingenio Valdez, el centro, el parque de la madre y el estadio Los Chirijos. 

Caminaba aún con prevención y notaba como la gente se incomodaba un poco mientras pasaba pero no me importó, en una ocasión hasta me choqué con un señor que se quedó perplejo cuando me quiso reclamar "¿Estás bien?" me preguntó al verme en tal mal estado; Yo solo asentí y continué sin decir más.

"Tendremos tres hijos"

"No, yo quiero cinco"

"No quiero infestarme de hijos, Ernesto" 

"Quiero cinco, Ya dije" 

Ya no me sorprendían los lugares transitados y entonces comencé a pasar por las calles vacías de la ciudad.

Como la Leónidas Plaza Gutiérrez, la Otto Arosemena, Machala, Córdoba. No tenían ni iluminación, daba la impresión que podía ser asaltado en cualquier momento y pensar en eso me daba paz.

Agarré la gran avenida 17 de Septiembre y de ahí no paré, la autopista ruidosa gracias a los vehículos pesados que recurrían, me ayudaban a menguar poco a poco el dolor de cabeza. 

"¿Otra vez te rechazaron? No pasa nada, escribe otra" 

"Una vez casados juro que pasearemos más seguido a Guayaquil" 

"Te amo"

A lo que avanzaba empecé a escuchar una música, al principio sonaba despacio, después medio despacio, después medio fuerte y luego fuerte.

"¿Qué es esto?" pregunté

Me detuve frente al lugar y con mi vista aún empañada hice un esfuerzo para leer lo que estaba pintado en el muro "Discoteca Clérico".

Dentro se escuchaba la algarabía adolescente que se deleitaba con música Euro dance (creo que así le dicen a ese tipo de ritmo) y una bola disco que hacía un buen trabajo al ambientar el lugar con luces intermitentes. Sin duda, mataría a cualquier epiléptico con facilidad. 

Entré y todo estaba aún más perturbado, quedé con la boca abierta al descubrir como estos jóvenes nacidos en los años setenta u ochenta tenían el atrevimiento de hacer: Hombres y mujeres que se toqueteaban mientras bailaban; Personas que se revolcaban en el piso para hacer un simple paso de bailes; personas que bailaban solas mientras reían de la nada; Parejas que se besaban con fuerte intensidad a la vista de todos.... Era una hecatombe total..... Y me parecía perfecto.

Choqué con un montón de muchachos mientras me dirigía a la barra, apenas llegué una muchacha de mas o menos dieciocho años me atendió, tuvo que repetirme tres veces la pregunta sobre que iba a beber por el fuerte  ruido, le dije que nada pero me reclamó sobre que tenía que pedir algo o me tenía que ir obligado. No quería tomar, ya tenía suficiente con la guanchaca en mi cuerpo, entonces le dije que en cinco minutos le pediría.

"¿Cómo le pondremos?" 

"Abelardo me parece bueno" 

"Eso es nombre como de viejo" 

"Y entonces cómo quieres llamarlo cuando lo tengamos" 

"Esteban" 

"Ese nombre demasiado seco en cambio"

—¿Tiene de la Pilsenser?— Le pregunté al fin.

—Si señor.

—Me da una lata.

En una esquina se sentaba un señor gordo con todo un equipo de discos a su alrededor, por fin pude observar a un "Dj"  mientras realizaba su labor. Entrecerré un poco los ojos para intentar adivinar lo que hacía con exactitud: Solo movía los discos y rotaba esas perillas instaladas en esa maquina, nada más, y aún así mantenía al público eufórico.

 La señorita me trajo la cerveza y me la tomé suave mientras descubría cada vez más las cosas que ocurrían en la vida nocturna.

Desde niñitos que bailaban con uniforme de colegio, amigos que ponían botellas de licor a fuerzas en la boca de otros, hasta señoritas que bailaban con los pechos casi al descubierto.

Una muchacha de pelo rizado abrió una botella de cerveza y se la regó a otro grupo de jóvenes que bailaba en circulo por el medio de la pista. Pensé que ahora sí se armaría una pelea pero todos solo se rieron y continuaron como sí nada.

Negué con la cabeza ¿Cómo puede ser? si eso me hacen a mí le proporcionaría dos palizas sin importar el género, una por mojarme y otra por desperdiciar la bebida.

"¿En qué fallé Irene? No entiendo" 

"Nunca me prestas atención cuando llegamos de trabajar, solo te limitas a escribir esa huevada de historia toda la noche"

 "Es algo importante, sabes que...." 

"Ni siquiera tenemos intimidad ya, la última vez fue hace casi tres meses" 

"¿Desde cuando andas con él" 

"Tres meses" 

"Tres meses"

"Tres meses"

"Tres meses"

Cerré los ojos y suspiré, algo se me empezó a revolver en el estomago y la cabeza comenzaba a darme mas vueltas de lo normal, no precisamente por la cerveza.

Abrí vuelta los ojos y pedí a la niña un par de cigarrillos.

 —¿Está bien usted?— Me preguntó cuando me los pasó.

Asentí con la cabeza, agarré los cigarrillos y salí.

Una vez afuera pregunté la hora a un joven que poseía un reloj mejor que el mío, eran ya las doce con cincuenta y me sobresalté un poco al darme cuenta de lo rápido que transcurrió el tiempo pero aún así decidí no irme a casa todavía.

Aún podía ver que más podía pasar en esta discoteca y cuando lo pensé el dolor en mi estómago menguó, siempre hay algo peor que hacer después de todo.

Encendí el cigarrillo y me apoyé  la pared, la música cambio a una de merengue y todos empezaron a gritar dentro para luego cantarla en un solo coro.

Mientras fumaba un señor elegante con smoking negro caminaba por la otra cuadra, su caminar era suave pero seguro, tenía una mano en el bolsillo y la que tenía suelta denotaba un ostentoso reloj. 

Era alto, mas o menos 1.85 de estatura; de cabello negro que tenía un corte clásico con raya lateral marcada y con una onda al frente, como si estuviera en los años sesenta; blanco y robusto; Zapatos de cuerina puro con un brillo que podía verse hasta oscuro.

Me di cuenta que él también me observaba y tras eso iba hacía mi, tiré el cigarrillo al piso y aparté un rato la mirada, luego se la volví a clavar y continuaba mirándome.

Me hice el loco, caminé unos cuantos pasos hacía la calle mientras intercambiaba vista entre el piso y el cielo.

Y cuándo menos me lo esperé, ya tenía al sujeto cerca.

—Señor ¿Me ayuda con la hora?— Me dijo con un tono de cordialidad y con una sonrisa rebosante, Miré su reloj.

—Está dañado— Me volvió a decir.

Mentía, las manecillas del reloj daban casi la una de la mañana que era la hora aproximada que me dio el muchacho de antes.

—No tengo reloj, señor.

El hombre asintió con la cabeza mientras sonreía. Su rostro era ovalado, de ojos muy abiertos color negro, una nariz respingada y encima de eso era blanco, no parecía ser de este país, la definición correcta de lo que aquí llamamos "pintero".

—¿Está usted bien señor?— Me dijo mientras me echaba un vistazo de pie a cabeza

Y yo claro, con un traje de oficinista sin planchar, camiseta por fuera, pantalones mojados, zapatos sin betunar, con la cara caída y una vista que parecía mas estar en la luna que en la tierra; le dije que si.

                                                             4

—Si le soy sincero, no lo veo demasiado bien que digamos.

—Estoy bien— Le volví a responder mientras hacía un ademán.

—Necesita que lo ayude a llevarlo a su casa.

Abrí los ojos y lo miré enseguida.

—No, no quiero ir a casa.

—Bueno pues, lo que ahora menos necesita tampoco es estar en la calle. Venga vamos, lo llevo a casa— Me respondió mientras alargaba su brazo para ponerlo sobre el mío.

—No, váyase por favor

—Está bien, está bien. Pero esté tranquilo ¿Sabe usted que está borracho?

Claro que lo  sabía, de hecho, así quería estar. No necesitaba a que nadie me venga a rescatar. No le respondí , solo miré hacia la carretera con las manos hacía la cintura.

—Venga, siéntese un momento.

Dejé que ponga su mano derecha a mi hombro y me jaló suave hacía la pared y el piso de la vereda, me obligó a ponerme casi de cuclillas mientras el se puso frente mío aún parado.

—¿Por qué bebió usted? ¿Diversión? ¿Aburrimiento? ¿Para ahogar las penas?

Me sobresalté un poco, y el hombre lo notó.

—Ah, es eso entonces— Dijo mientras sonreía y echaba vistazo rápido a la carretera. —Puede contarme o no contarme si desea.

agaché la cabeza y terminé por sentarme.

—Ella... mi prometida— Vacilé un poco —Bueno.. mi ex prometida.. yo.—  Miré hacía el horizonte con las lagrimas oprimidas, no podía hablar pero el hombre me insistió a que continúe —Me engaño con mi jefe y faltaba poco para casarnos.

El hombre de traje suspiró fuerte.

—Es duro, señor. Pero hay que seguir adelante.

—No sé que hice mal.

—No se puede culpar por la decisión que toma otra persona señor, estoy seguro que usted hacía lo que podía para hacer que funcione el futuro matrimonio.

—Estoy cansado ya de pensar en lo mismo, quiero solo estar en paz y no pensar en eso pero no puedo.

— ¿Cuándo se enteró del engaño?

—Esta tarde— Me quebré y solté unas lagrimas, quise ocultarlas pero el señor se dio cuenta y me pasó una servilleta que sacó de su bolsillo, le agradecí. —No sé como iré mañana a trabajar viendo a esos dos juntos, ellos trabajan en el mismo piso donde está mi oficina.

—¿De qué trabaja usted?

—Soy redactor de la prensa "La verdad".

El hombre podía apenas sonreír

—Que oficio tan curioso

—¿Por qué?

—Se pasa el día escribiendo la vida de los demás y, sin embargo, jamás escribió la suya.

Desde abajo lo miré serio, él me miraba también con una sonrisa.

—¿Siempre quiso ser periodista?— Prosiguió 

—No.

—¿Qué quería ser?

Bajé la cabeza

—Escritor.

—Usted me dijo que redactaba, ya es un escritor.

—Pero uno de verdad.

—¿Uno que escribe novelas? por ejemplo.

Asentí

—¿Y por qué dejó de intentarlo?

—No ósea, nunca dejé de intentarlo...Aún sigo pero ahora— Tragué saliva —Siento que no tengo fuerzas para seguir haciéndolo ya— Hubo un leve silencio, el sujeto no dijo nada —porque mi ex mujer me animaba cada día a hacerlo pero a la final, cuando me enteré de que me engañaba me dijo que en realidad le parecía ridículo escribiendo cosas que no llegarían a nada y..

—Le aconsejo a que no le de la razón.

—Creo que al final se la daré.

—No diga eso, venga motívese. Hoy puede estar triste, mañana y pasado mañana lo seguirá estando pero verá que al pasar de los días se cansará de estar derrotado y querrá salir adelante, querrá escribir, créalo.

—Llevo desde los diecisiete intentando publicar algo.

—¿Cuántos años tiene ahora?

—Treinta y cinco, ya estoy viejo.

—No diga eso, yo tengo diez años más que usted y soy un hombre mas o menos exitoso, no tengo mujer, pues eso es una pérdida de tiempo para mí— Me dijo mientras se reía —Siga intentando, los grandes escritores también empezaron a publicar mas o menos a su edad.

Levanté la vista para verlo.

Me di cuenta que su manera hablar era claro y fluido, no tenía el típico acento costeño de todos los de la ciudad sino que era un español neutro y bien articulado, su tono y entonación al momento de soltar palabras era pulcro. Además, lo que decía no lo había escuchado a nadie en mi vida, su manera de aconsejar parecía sacada de un libro académico.

 —¿Quién es usted?— Pregunté con un tono seco y directo.

El hombre río y me miró por unos segundos mientras negaba con la cabeza.

—Eso no importa.

—Quisiera saberlo.

Dos jóvenes salieron de la discoteca y pasaron por nuestro lado mientras se reían.

—Bueno pues, me llamo José.

—Señor José  ¿A qué se dedica? 

—¿Yo? Eeh, soy un simple oficinista, como usted.

Sabía que me mentía, como lo hizo cuando me dijo que su reloj estaba defectuoso.

—¿Oficinista en que sentido?

—Un oficinista, ya le dije.

De pronto, un grito eufórico se escuchó dentro de la discoteca, el DJ había puesto una canción que enloqueció al público.

—Tengo que irme— Dijo mientras se acomodaba el smoking.

Yo me levanté en seguida.

—Espere, déjeme su numero o algo quiero seguir conversando con usted en un día de estos.

—Ah tranquilo, nos volveremos a ver, Ernesto.

Me quedé petrificado. En ese instante repasé lo poco que me acordaba de lo que conversé con el sujeto y nunca pero nunca le mencioné mi nombre.

—¿Qué? ¿Qué?

No me dijo nada, solo entró a la discoteca.

Yo lo seguí pero no pude hacerlo por mucho tiempo debido a la multitud que me arrinconó, y por la oscuridad del lugar lo perdí de vista.

¿Quién diablos era ese tipo? ¿Cómo sabía mi nombre? ¿Era una especie de policía? ¿Estaban realizando una investigación? ¿a quién?

Entre el jolgorio y los gritos la gente todos hicieron coro para cantar la canción que empezaba a ser vocalizada.

¡Todos!, comienza el desmadre
A la de tres con la cabra y nos vamos de la olla
Uno, dos, un, dos, tres, sí

La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió
Yo tenía una cabra que se llamaba Asunción.

Corrí hacía la barra para intentar localizarlo aún entre la oscuridad; no estaba.

Me la dejaba en casa para ir a hacer turrones
Y cuando estaba de vuelta me chupaba los cojones
La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió
Yo tenía una cabra que se llamaba Asunción

 

Grité su nombre, apenas se oía

Cuando le pedía leche, no me daba, no me daba
Pero sí quería cerveza, la muy guarra se meaba

La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió (Bee)
Yo tenía una cabra que se llamaba Asunción.

El estribillo de la canción era rara, como desenfrenada y festiva, la gente aplaudía mientras esa melodía tan soez y sarcástica se paseaba por cada rincón del lugar.

Continué llamando a Don José desde la barra, sin respuesta.

La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió
Yo tenía una cabra que se llamaba Asunción


Cuando uno iba de putas y no encontraba ninguna
Se me iba con la cabra y le cobraba una fortuna

La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió
Yo tenía una cabra que se llamaba Asunción

"Irene ¿Te puedo hacer una pregunta?"

"Dime, mi amor"

"¿Tú nunca me dejarás verdad?"

"No amor ¿Por qué piensas eso"

"Te amo, Irene"

"te amo, Ernesto"

Cuando yo venía caliente por la noche de bailar
Como nunca yo ligaba, la cabra me iba a follar


La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió (Bee)
Yo tenía una cabra que se llamaba Asunción

Me senté con la vista perdida en los asientos de la barra, cerré los ojos y me los restregué, una frase que me acababa de decir ese tipo me atosigaba "No se puede culpar por la decisión que toma otra persona"

La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió
Yo tenía una cabra que se llamaba Asunción

Se me iba por el campo por evitar despelote
Yo quería hacerme una paja y ponía la cabra a flote


La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió
Yo tenía una cabra que se llamaba Asunción

¿Pero que pude hacer yo para que Irene decida acostarse con mi jefe? 

¿Por qué no pude ser suficiente? Si de amor se trataba, solo me falto arrancarme el corazón y dárselo.

¿No era suficiente? ¿Entonces que carajos es suficiente según ella?

¿Por qué ella no podía darse cuenta que estaba ocupado y por ende no podía estar cerca de ella en todo momento? 

Claro que me hubiera encantado hacerlo y créanme que de haber tenido una vida un poco más desocupada Irene nunca me hubiera engañado, le hubiera dado la atención que tanto quería y necesitaba.

Se me iba por el campo por evitar despelote
Yo quería hacerme una paja y ponía la cabra a flote
La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió
Yo tenía una cabra que se llamaba Asunción

 

Quise hacerlo bien, de verdad que intenté hacerlo bien....

Si la ponías caliente con la estufa de tu chulo
Ya podías ir corriendo porque te daba por culo

 

De pronto, escuche un "Ay Dios" luego un "Oe oe oe"  luego otro "Oe Oe oe ¿Qué chucha está pasando?"

Mucha gente empezaba a murmurar, luego esos murmullos comenzaron a intensificarse y poco a poco se transformó en alaridos horribles.

Las personas que estaban cerca mío se confundieron al principio pero luego empezaron a gritar de todas formas, el lugar se había convertido en una casa de terror absoluta.

Me quedé con la vista perdida mientras miraba los alrededores. La gente empezó a correr y la música se detuvo en seco.

Yo por pura presión social y aún sin tener un atisbo de idea sobre lo que pasaba también corrí hacia la salida. Recibía muchos empujones y sentía que los oídos se me iban a reventar por el grito desgarrador de la juventud. 

Veía como muchos se tropezaban fuerte contra el pavimento y se levantaban por las mismas, como si trataban de huir de una maquina trituradora enloquecida.

"¿Qué diablos estaba pasando?" No dejaba de preguntarme en mi cabeza, pues la situación era tan grave que veía hasta al maldito DJ gordo entre la estampida humana.

"¿Quieres casarte conmigo?" 

"Si si si, acepto" 

Intente meterme entre los jóvenes pero todos eran demasiados fuertes, toscos y estaban tan desesperados por salir que no tuve oportunidad alguna. 

Cuando estaba cerca de la puerta había demasiado gente pegada entre ellos y podía ver como se asfixiaban mientras se empujaban el uno al otro.

De pronto, la poca luz que quedaba encendida se apagó y ahora sí se puso todo oscuro de verdad, la gente gritó aun mas fuerte.

"Muévanse" "Chucha abran paso" "Oe haz espacio, conchetumadre" "El diablo, el diablo hijueputa, el diablo" 

¿El diablo? ¿Cómo que diablo? Qué era todo esto? ¿Un asalto? ¿Por qué no escucho disparos si están atracando el lugar?  

No podía pensar más porque ya me hallaba entre el tumulto de la gente y comenzaba faltarme el aire. 

Me empujaban, me ahogaban y hasta me golpeaban.

Pudimos ser felices Irene, pudimos ser muy felices pero decidiste engañarme

Entre el mareo y el desenfreno veía una pequeña luz que reflejaba la salida de la discoteca, luego esa luz se hizo mediana, y luego grande, y luego inmensa.

—Sale chuchetumadre— Gritó alguien.

Y me empujaron fuerte hacía el exterior.

Dos personas más entre el bulto de gente cayeron, pero yo rodé hasta llegar al final de la vereda donde me tropecé con el borde  y caí fuerte contra el piso de la carretera.

No recuerdo más nada.

     5

Desperté sobresaltado. Estaba en mi sillón, todavía con la misma ropa.

Era de mañana, vi el reloj que reflejaban las ocho y treinta. El teléfono empezó a sonar pero no tenía energía para levantarme a responder.

Bostecé fuerte mientras me restregaba los ojos aún acostado, el leve resplandor de la mañana se reflejaba en la ventana, afuera la gente murmuraba, los vendedores gritaban mientras pasaban con sus carretillas y las campanas de las bicicletas hacían fuerte presencia también.

El teléfono dejó de sonar y me fije en los alrededores donde el piso de la sala se bañaba en botellas vacías de guanchaca, la cabeza me dolió muy fuerte y me volví a recostar al sillón.

Todo había sido un sueño... solo un sueño..

Entonces me levanté y corrí hacía el cuarto, la cabeza me daba vueltas aún, así que tropecé. Lancé un fuerte alarido, pero me incorporé enseguida.

Cuando llegué la habitación seguía desordenada, las sábanas alborotadas, ropa tirada, las almohadas en el piso y el anillo aún postrado sobre el cajón, en el centro de la misma mientras brillaba por el reflejo solar de emanaba la mañana, y yo ahí, con las manos en la cintura, camiseta por fuera, pantalón sucio, zapatos manchados sin betunar y un peinado chuzudo. 

Cerré los ojos y agaché la cabeza, negué suave y suspiré. El teléfono volvió a sonar pero seguía sin la intención de responder, continué parado mientras soltaba un par de lágrimas.

Ese día no iría a trabajar, no me importaba si me despedían, en realidad ya no me importaba nada.

Aún con el sonido de teléfono de fondo fui a lavarme la cara.

Cuando terminé me miré al espejo..... y entonces.... vi al sujeto de smoking que conocí en la noche detrás mío que me observaba desde el espejo mismo.

Pegué un grito y me di la vuelta enseguida, no había nadie, voltee a ver el espejo y también desapareció.

El teléfono dejó de sonar, me puse la palma de la mano al corazón e intenté respirar suave.

"Solo era un espejismo del sueño" "Solo un espejismo, ese sueño estuvo fuerte" "Respira, Respira"

Me tranquilicé al poco tiempo, y pensé que sería mejor ir a desayunar afuera, entonces me cambié de ropa a una más casera y salí.

Me dirigí al puesto de Don Julio Cabrera que se hallaba en la esquina y este sonrió al verme

—Ernesto, a los tiempos compadre.

—Qué tal Don Julio ¿Cómo andas?— Le dije mientras le sonreía también.

¿Sonreía? ¡Sonreí! Después de mucho tiempo pude sonreír al fin.

—Aquí suave, dándole duro al trabajo ya sabe— Me respondió

—Está bien, estimado.

—¿Qué le sirvo?

—Una taza de café y un bolón de chicharrón.

—Listo, ya le doy.

Tomé asiento en una mesa y me puse a contemplar el alrededor vivido que me brindaba mi querido cantón, con esa gente que reía al pasar ya sea en bicicleta o por la vereda, los pocos vehículos que merodeaban y el sonido de los martillazos que provenían de una construcción cercana.

Respiré fondo mientras cerré los ojos, al final la vida parece más sencilla de lo que parece.

—Aquí está su café— Me dijo Don Julio mientras me lo servía —El bolón sale en tres minutos.

Le agradecí.

—Oiga, Ernesto— Dijo de repente a lo que se volvía a dirigir hacia mi. 

—Dígame.

—Sabe usted de lo que ocurrió la madrugada de ayer.

—No ¿Qué ocurrió?

—Oiga usted lo que la gente anda diciendo— Se acercó más a mi mesa

—¿Qué pasó?

—Fíjese que según cuenta la gente, en la discoteca que queda en la avenida diecisiete de septiembre se apareció el diablo.

Casi escupo el café que estaba por pasarme por la garganta cuando escuché eso.

—Epa.

—¿Cómo dijo?

—Que dice la gente que en la discoteca que queda por la avenida diecisiete de Septiembre se apareció el diablo, todo el mundo está diciendo eso....

—¿Cómo que el diablo?

—Si, el diablo diablo. En la discoteca esa... ¿Cómo se llamaba?

Dejé el café tirado y corrí directo calle arriba. Con las zapatillas y toda la ropa casera, no me importó.

Don Julio me gritó por la comida pero no le dije nada.

"¿Tu lo amas?" 

"El me da la atención que tu no me das?" 

"¿Pero lo amas?"

 "El sabe como tratar a una mujer" 

"¿Pero lo amas? Solo responde eso"

Toqué fuerte la puerta enrollable de la discoteca "Clérico", la gente que pasaba me miraba como si estuviera demente y hasta algunos me decían "Está cerrado" como si no lo supiera.

Me habré quedado siquiera media hora toque y toque la puerta hasta que llegó un señor bajito y delgado con cara seria.

—¿Qué sucede señor?

—Busco al dueño de esta discoteca.

—Soy yo ¿Qué se le ofrece? He venido rápido para acá que me llamaron unos vecinos porque usted está haciendo bulla ¿Qué necesita?

—Oiga, disculpe la verdad pero necesito saber lo que ocurrió ayer en la madrugada. Dice la gente que se apareció el diablo y la verdad créame que me tiene aturdido porque yo estuve aquí anoche y pensé que todo había sido un sueño y....

—Así es señor— Me irrumpió el señor —Yo vi todo.

—¿Es verdad entonces?

—Así es señor, no es ningún mito ni leyenda— Suspiró rápido —El diablo se presentó aquí a la vista de todos.

—¿Pero qué paso?

—Mire, anoche. Un señor blanco, bien peinado y vestido con un elegante smoking se apareció en la pista cuando empezó a sonar la canción esa de "La Kabra" que está de moda ahora entre los jóvenes. Yo lo observé desde el principio, pues su sola presencia lo hacía como... ver diferente a los demás... por así decirlo, luego sacó a bailar a una de las muchachitas que había llegado sola y estaba casi al borde de la pista, aceptó encantada. El sujeto bailaba chévere pero cuando la canción decía "La cabra, la cabra, la cabra" pasó algo que pensé que también había soñado.

—¿Qué pasó?

—Luego como que... Todo empezó a oler como a quemado, vi a la pareja bailar y pude ver como el sujeto de traje.... las patas.. se le volvían como las de una cabra.

—¿Cómo que cabra?

—Si, a cabra. Yo las vi, poco a poco sus pantalón se volvieron en patas de cabra.

—¡Dios santo!

 —No pude ver más porque toda la gente se dio cuenta también y se alborotaron para salir, yo me fui también desde una puerta trasera que nadie conoce y no supe mas, caballero. Eso sí, la chica con quien estaba bailado vio todito en primera fila.

—¿Sabe quién es la chica? ¿Dónde la puedo ver? Quisiera hablar con ella

—¿Hablar?— Rio  —Ahora se encuentra llegando a un manicomio en Guayaquil, esa señorita quedó totalmente traumatizada. Después que todos se fueron regresé junto a los demás empleadas y la encontramos tirada en el piso con la boca abierta mirando arriba. Pensábamos que estaba desmayada al principio, luego pensamos que había muerto pero no, llamamos al hospital enseguida porque había quedado como un vegetal. No decía nada.

—¿No dijo nada? ¿Nada de nada?

—Nada.

Suspiré profundo  me puse la palma de mi mano en mi cara para restregarme los ojos, miré hacía la carretera y me fijé en la parte de la vereda donde había caído anoche por unos segundos. 

¿Cómo pudo pasar?

Agradecí al señor y me fui a mi casa.

Abrí la puerta suave y entré despacio, El sol de la mañana fue reemplazado por un ambiente nublado y gris; el ruido ajetreado del exterior se desvaneció para convertirse todo en un silencio absoluto y la fuerte luz solar que daba vida a esa sala melodramática se transformó en una penumbra que imploraba desaparecer.

El teléfono sonó, cerré la puerta y fui a contestar.

—Aló.

—¿Qué tal? Ernesto ¿Sabe usted con quién tiene el gusto?

—Don José...

—Le dije que nos volveríamos a ver.

—¿Qué necesita? ¿Por qué hizo lo que hizo?

—Vea usted— Rio —¿Por qué todos creen que vengo con una intención clara? Muchas veces, las cosas no las hago para buscar algo sino porque eso es simplemente lo que hago..

—No lo entiendo.

—Está en mi mismo, ser yo mismo.

—Explíquese por favor.

Hubo un breve silencio, mis manos comenzaron a temblar y mi frente a sudar.

—Ya lo entenderá.

Y acto seguido colgó.

6

Es irónico pensar como la vida puede cambiar de manera radical, en un solo instante, en una sola noche y por una sola acción.

Siempre me ha obsesionado pensar en eso y ahora con justa razón.

Pues claro, si Irene no me hubiera engañado con ese infeliz, yo no me hubiera sentido triste y si no me habría sentido triste no habría ido a caminar para desahogarme y si no hubiese ido a caminar para desahogarme nunca hubiera llegado a la discoteca Clérico y si no hubiera llegado a la discoteca Clérico nunca hubiera conocido a Don José y si no hubiera conocido a  Don José....

Bueno....Pues no pasaría nada.

Irene no hubiera regresado de todas formas y yo seguiría sumido en mi desgracia, quizá hubiera tenido el valor de seguir con mi vida y trabajo con normalidad. 

Pero de todas formas estaría solo y ese peso sería lo más duro que me tocaría soportar. De hecho ahora que lo escribo, hasta agradezco que me pase lo que me está pasando.

O tal vez yo tendría la culpa igual, digo, nadie me mandó a caminar más allá de lo que no debía, si tan solo hubiera comprado esas medicinas (que eran pastillas para dormir) y me hubiera ido a mi casa tal como tenía pensado, aún tendría cierta "Paz".

Sin embargo, prefiero mil veces culpar a Irene.

La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió
Yo tenía una cabra que se llamaba Asunción

Yo tenía una cabra que se llamaba Asunción

Yo tenía una cabra que se llamaba Asunción

Dos meses han pasado ya, y de verdad se lo siente.

Cuando Don José colgó el teléfono en esa mañana lúgubre de Octubre, la cabeza empezó a darme vuelta, el tic tac del reloj sonaba más intenso, las nubes grises empezaban a volverse más oscuras y el silencio se hacía mas atroz.

Me asomé a la ventana; la calle estaba vacía. Ni carros, ni bicicletas, ni personas, ni vendedores. Parecía un desierto asfaltado, no sonaba ni una mosca.

De pronto el cielo se tornó más gris y a los segundos empezó a tronar, luego a llover. Yo solo me limitaba a quedarme quieto, no tenía ni siquiera juicio para gritar o moverme. Empecé a temblar y a respirar rápido sin control.

Alguien me llamó detrás, era el, que decía que me volteara pero no tenía la intención de hacerlo, me llamó de nuevo por mi nombre, y entonces empecé a llorar.

—Si no volteas será peor— Me dijo con una voz gruesa que me puso los pelos de punta.

Tragué saliva y con los ojos empañados me di la vuelta, para contemplar una de las cosas más asquerosas que jamás había visto.

Era don José con su traje de smoking impecable, tenía la cara ensangrentada, sus ojos estaban blancos en su totalidad y sonreía de una forma burda, de la cintura para abajo en cambio estaba con patas de cabra, con un pelaje color negro intenso y una cola delgada que llegaba al metro.

 Intenté vomitar pero no podía, me agarré la barriga, me volví a voltear hacia la ventana y me arrodillé mientras cerraba los ojos y soltaba lágrimas.

—A partir de ahora eres mío— Dijo con un tono lento y profundo

No aguanté más, me reincorporé enseguida y me tiré de la ventana.

No recuerdo más, ni cuando me estrellé contra el pavimento, pero eso sí, cuando me levanté lo hice en el sofá.

La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió
Yo tenía una cabra que se llamaba Asunción

 

La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió
Yo tenía una cabra que se llamaba Asunción.

A partir de ahí, esa entidad no ha parado de atosigarme. 

Se me presenta cada vez que se le da la gana. Como en cierta mañana que estaba preparando el café. Al girarme para agarrar el tarro de azúcar, Don José estaba sentado en la mesa. No dijo ni una sola palabra. Solo me observó hasta que terminé de desayunar. No creo que hace falta decirles que ni terminé ese maldito café, lo tiré al lavatrastos y me fui a toda prisa hacia la calle.

Dormir cómodo se volvió extraño para mi, no ha pasado ni una sola en que no haya soñado con el y en mi mente solo vive la imagen suya: Un hombre con smoking desde el tronco hacía arriba y patas de cabra con una cola desde el tronco hacía abajo.

Al principio caí en la locura y me ponía a llorar cada vez que se me aparecía, el cabrón lo podía hacer cualquier momento, pero a pasar las semanas me acoplé tanto que me pareció todo insulso.

No solo las manifestaciones sino la vida en sí.

Dos días después de que empecé a ser el juguete del diablo renuncié a mi trabajo en la prensa y no me dediqué a hacer más nada, bebía casi todos los días y me quedaba acostado en el sillón la mayor parte del tiempo mientras leía ensayos filosóficos que pedía desde Guayaquil por encomienda.

Don José me acompañaba, claro que si.

No obstante,  lo único que aún me pesaba era el recuerdo perenne de mi ex mujer.

Irene Maldonado nunca me volvió a dirigir una palabra pero aún así la tenía más presente que nunca.

Dos semanas después me enteré que se comprometió con José Luis y al mes se casaron.

Los infelices tuvieron hasta el atrevimiento de comprar una casa que estaba a dos cuadras del departamento mío.... Que también fue de Irene.

¿Qué hice mal? ¿Cómo pudo olvidarme tan rápido? ¿Es de verdad mi culpa? ¿De verdad mi culpa?

Todas esas cuestiones no me dejaban dormir por las noches, Irene atormentaba mi mente todo el rato, su tan recuerdo vívido le ponía peso a mi espalda todos los días y sentía que no podía hacer nada para olvidarla.

Por más que beba, por más que lea, por más que me pierda en el abismo de mi vida ya maltrecha, ella no podía salir de mi consciencia.

Le deseé la muerte un montón de veces y hasta pensé en yo mismo asesinarla, no como venganza, sino que pensé que si estaría muerta nunca más tendré que soportar su existir.

Porque eso al fin y al cabo es lo que me hace daño: Su estar. Pensar en como todas las noches abraza, besa y comparte cama con otro tipo.

Al final el diablo no pudo hacerme daño, así que me condenó a ver como mi ella es feliz con otro por el resto de mi vida.

Pero eso está por terminar.

Pues mis ahorros están por acabarse y mi salud mental también.

Llevo todos estos meses sin dormir bien porque si no sueño con don José, sueño con Irene. Y eso me molesta ya.

Como dije al principio: Estamos a vísperas de navidad. Pero si les soy sincero, no creo llegar a nochebuena si quiera.

Para el que encuentre este manuscrito solo tómenlo como la memoria de un viejo que arruinó su vida solo.

No busquen culpables ni en la calle, ni en la discoteca Clérico.

De todas formas ya no apareceré nunca más, ni en Milagro, ni en Guayaquil, ni en ninguna otra parte del mundo.

Porque ya todo por lo que luchaba se ha esfumado, todo me parece fútil ahora, ya que, en los último años solo vivía por amor, el amor de Irene y el amor también de un futuro con ella que me parecía tan cerca pero ahora remoto, o más bien, inexistente.

Ya lo dijo Albert Camus en algún lado que leí "si bastara con amar, todo sería demasiado fácil. Cuanto más se ama, más se acentúa el absurdo"

Y yo amé y respeté las reglas de la pasión y veneración, sin embargo, todo me fue infructuoso.

Tengo el diablo frente a mí mientras termino de escribir estas letras, acostado en mi sillón mientras sonríe de manera rebosante. Mi mente enervada solo le pide que por favor no celebre mucho para no verme tan degradado.

Porque al fin y al cabo; él venció.

 

Notas encontradas en una casa ubicada en la calle Jaime Roldós mientas se realizaba una mudanza el 11 de Junio de 2026. El texto fue editado y publicado por Abel Dalton. Se desconoce las razones por las cuales el cuaderno llegó hasta ahí.

Thoughts

  • OMNISLITERARIO

    Muy interesante cuento, que describe lo que ocurre en la mente de un hombre cuando se da cuenta de la traición de la mujer amada. Las locuras que llegamos a pensar y las cosas que podemos hacer.

    El cuento está muy bien escrito, tiene muy buena hilacion, pero creo que para este medio, está un poco largo.

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