Entre ellos estaba él. No era el más fuerte de los cazadores ni el más hábil modelando las herramientas de sílex. Sus manos tenían la misma dureza que las de los demás y sus pasos dejaban la misma huella sobre el barro blando.
Junto a él caminaba Saya. Para la mayoría, la identidad se marcaba con el dedo o se reconocía por la cicatriz en la piel y el tono del gruñido. Solo el anciano líder poseía un sonido único, un chasquido seco de la lengua que todos obedecían: Gort.
Pero el hombre sentía una necesidad distinta, un impulso por moldear el aire para aquello que no quería perder de vista. Había comenzado en la intimidad de la cueva con su hermana menor, para quien escogió una sílaba rápida y tibia, como el soplo de la brisa: Sha. Para su compañera, había moldeado un sonido suave y pausado, como el roce del agua sobre la piedra: Sa-ya.
Cierto día, mientras el sol caía, ella estaba inclinada junto al arroyo, lavándose la sangre de las manos después de la caza. Él la observó en silencio, trazando con la mirada la curva de su espalda, y dejó escapar el sonido que había repetido en su mente.
—Saya.
Ella levantó la cabeza. Sus ojos buscaron detrás de él, creyendo que el sonido pertenecía a un ave o al viento en las hojas.
—Saya —repitió él, mirándola fijamente.
Ella sonrió, divertida por aquella extraña música. Rozó su propio pecho con la mano húmeda y repitió el sonido con torpeza:
—Saa... ya.
Él soltó una breve risa. Cuando la noche caía y la tribu se apiñaba en torno al fuego, ella se sentaba a su lado. El contacto de sus hombros bajo la misma piel de bisonte y el calor compartido en las madrugadas frías constituían todo su universo. Cuando Saya estaba cerca, el frío dolía menos.
Los hijos del miedo