Había una vez, en lo profundo de un bosque que parecía susurrar secretos a la luna, una loba muy tímida. Su pelaje era negro como la noche, y por eso todos la temían, creyendo que traía mala suerte. Pero en realidad, aquella loba solo soñaba con encontrar a alguien especial, alguien tan valiente como para ver más allá de las sombras.
Un día, el destino trajo a un chico increíble: un fotógrafo que buscaba capturar la belleza escondida del bosque. Cuando la loba lo vio por primera vez, su corazón se encendió como una hoguera. Tan enamorada estaba que comenzó a hacer cosas tontas: dejaba flores secas en la puerta de su cabaña, cocinaba demasiado para él aunque vivía solo, e incluso intentó aprender fotografía… pero sus fotos siempre salían borrosas, porque no podía dejar de mirarlo en lugar de enfocar la cámara.
El chico, sin embargo, era bondadoso. Nunca se burló de sus intentos torpes. Al contrario, cada mañana le regalaba una sonrisa mientras aceptaba el café que ella le preparaba con tanto cariño.
Y así, entre gestos pequeños y silencios compartidos, la loba fue reuniendo valor. Una noche fría, bajo un cielo bordado de estrellas, se acercó al fotógrafo y lo besó. En ese instante, el bosque dejó de ser un lugar de miedo y se convirtió en un refugio de amor.
🌙 Y colorín colorado, este cuento se ha acabado… pero en el corazón de la loba y del fotógrafo, apenas comenzaba.