Mi soledad duró poco. Esta vez apareció una compañera fanáticamente religiosa.
Me miró con desprecio absoluto.
—¿No le temes a Dios? Destazar un cuerpo de esa manera solo los demonios lo hacen...
Ni siquiera me tomé la molestia de detenerme en mi trabajo.
—¿Demonios? ¿Y el que la masacró? ¿Qué era, un ángel? Es una prostituta, ¿qué esperabas? Quien no sigue los buenos caminos de Dios siempre termina mal.
Es fácil juzgar cuando no se tiene la postura contraria. O cuando no se tienen sentimientos, como tú comprenderás, dicen por ahí.
Mi mirada casi la fulminó.
—Las necesidades básicas de sobrevivencia nada tienen que ver con sentimentalismos. Todo en este mundo es un intercambio.
—Sí, pero si no vas por los senderos de Dios te pierdes.
—Lo dices por experiencia propia.
Vi cómo su mandíbula se crispó y soltó su poco de veneno.
—¡Tú ni en Dios crees, por qué te sorprende!
—Una cosa es que no crea en ese dios que meten en dosis comprimidas a cerebros faltos de materia gris, y otra muy distinta es que la estupidez humana deje de sorprenderme.