Capítulo 4 Entre la confusión y el amor
Cuando ingresé al salón, me senté en una de las sillas.
Poco a poco comenzaron a entrar todos los alumnos.
Yo trataba de comportarme como si nada hubiera pasado.
Intentaba concentrarme en el comienzo de las clases, en lo que decía el profesor, en mis compañeros...
Hasta que de repente levanté la mirada.
Y ahí estaba.
Aquella persona con la que había chocado en el baño estaba entrando por la misma puerta del salón.
No puede ser, pensé, completamente confundido.
Volví a sentir todo aquello que había sentido unos minutos antes.
Ese cosquilleo.
Los nervios.
Las mariposas.
Esa sensación que no sabía explicar.
Intentaba fingir que no pasaba nada.
Quizás estaba confundido, me decía.
No puede ser.
No lo mires.
Pero cuanto más intentaba evitarlo, más consciente era de su presencia.
Yo no entendía qué me estaba pasando.
¿Cómo podía alguien que acababa de conocer provocar semejante sensación dentro de mí?
Era apenas el primer día.
Y, sin embargo, había sido un día completamente loco y único.
Finalmente sonó el timbre de salida.
Salí del colegio y comencé mi camino hacia casa.
Mientras esperaba el colectivo en la esquina, una joven se acercó a hablarme.
Con el tiempo nos hicimos amigos.
Terminamos compartiendo el mismo recorrido hacia el colegio y muchas veces viajábamos juntos.
Era curioso cómo, en medio de una etapa en la que tantas cosas estaban cambiando dentro de mí, también comenzaban a aparecer nuevas personas en mi vida.
Nuevos amigos.
Nuevas experiencias.
Nuevos sentimientos.
Llegué a casa.
Mi amiga me estaba esperando con los brazos abiertos.
Como siempre, quería saber cómo me había ido.
—¿Cómo te fue? —me preguntó.
Yo la miré y respondí:
—Muy bien. Aprendimos cosas básicas hoy.
Pero no le conté lo que había sucedido.
No le conté que había chocado con alguien.
No le conté que había sentido algo extraño.
No le conté que esa misma persona había entrado después al mismo salón.
Me lo guardé.
Quizás porque ni siquiera yo entendía lo que estaba sintiendo.
Quizás tenía miedo de ponerlo en palabras.
Así que simplemente continué con mi vida diaria.
Pero había algo que hacía que aquella etapa fuera todavía más difícil.
Mi papá vivía justo enfrente de la casa de mi amiga.
Y yo podía verlo.
Muchas veces lo veía salir rumbo al kiosco.
Sabía para qué iba.
Iba a comprar alcohol.
Cada vez que veía aquella botella, algo dentro de mí se revolvía.
Era como si hubiera llegado a odiar aquella botella de por vida.
Porque para mí no era simplemente una bebida.
Representaba muchas cosas.
Representaba discusiones.
Representaba momentos difíciles.
Representaba una parte de mi infancia que me había hecho sufrir.
Sentía que, de alguna manera, aquella botella había ido destruyendo poco a poco muchas cosas de nuestra familia.
Y ahora tenía que verla nuevamente.
Tan cerca.
Todos los días.
Era difícil.
Pero había algo que me ayudaba.
Mi hermanito.
Yo seguía viéndolo.
Y verlo, aunque fuera por unos momentos, me hacía bien.
Era como una medicina para mi vida.
Después de todo lo que habíamos vivido juntos, verlo significaba recordar que todavía había alguien por quien seguir adelante.
Él era mi hermano menor.
Pero durante mucho tiempo yo había sentido que también tenía que protegerlo.
Por eso verlo me daba tranquilidad.
Me recordaba que, a pesar de todo, todavía existía algo bueno dentro de mi historia.
Mientras tanto, aquello que había sentido por esa persona del colegio comenzaba a crecer.
Al principio había pensado que era solamente una sensación pasajera.
Un momento extraño.
Una confusión.
Pero con el tiempo comenzó a hacerse más fuerte.
Y entonces mi vida empezó a dividirse entre dos luchas.
Por un lado, estaban los problemas de todos los días.
Mi papá.
El alcohol.
Los recuerdos.
Mi hermano.
Las preocupaciones que todavía llevaba conmigo.
Y por otro lado estaba algo completamente nuevo.
Algo que no sabía cómo manejar.
El amor.
Mientras intentaba resolver los problemas de mi vida, también tenía que enfrentarme a mis propios sentimientos.
No sabía qué significaban.
No sabía si aquella persona sentía lo mismo.
No sabía si debía acercarme o mantenerme alejado.
Y, sobre todo, todavía estaba intentando entenderme a mí mismo.
Había pasado gran parte de mi infancia aprendiendo a sobrevivir.
Ahora la vida me estaba enseñando algo diferente.
Me estaba enseñando a sentir.
Y quizás esa era una de las batallas más difíciles que me había tocado enfrentar.
Porque sobrevivir al dolor era una cosa.
Pero aprender qué hacer cuando alguien empieza a ocupar un lugar dentro de tu corazón...
era completamente diferente.
Y así comenzó una nueva etapa de mi adolescencia: mientras luchaba contra los problemas de mi pasado, también comenzaba a descubrir los sentimientos que podían cambiar mi futuro.