Luego del drama en el colegio, de aquel momento en que ya no pude contenerme y terminé quebrándome y llorando en el salón, regresé a casa con el corazón hecho pedazos.
Esa tarde hablé con mi amiga. Le conté, finalmente, lo que sentía por aquel muchacho. No tuve que explicar demasiado. Ella simplemente me abrazó y me dijo:
—Todo va a estar bien.
Pero yo no sabía si realmente iba a estarlo.
Cuando cayó la noche, como siempre, él volvió a escribirme.
Y una pregunta empezó a dar vueltas en mi cabeza:
¿Por qué me escribís si no sentís nada? ¿Por qué me buscás si no querés involucrarte? ¿Será que vos también sentís algo? ¿O simplemente estás confundido?
Me preguntó por qué había llorado en el salón.
Le respondí con sinceridad:
—Por lo que vos hacés. No es fácil estar cerca de alguien que no te corresponde, ¿verdad?
No sabía qué respuesta esperaba de él. Tal vez necesitaba que reconociera lo que estaba provocando en mí. Tal vez necesitaba que, por una vez, fuera claro.
Pero la confusión continuó.
Una amistad que comenzó en una parada
¿Recuerdan a aquella chica de la parada del colectivo?
Con el tiempo nos hicimos amigos.
Ella se había acercado a mí y, poco a poco, comenzó a darse cuenta de que yo sufría por él. Lo sabía. Sabía lo que estaba pasando dentro de mí, aunque yo muchas veces intentara esconderlo.
Con ella compartí muchas cosas. Charlábamos, reíamos y nos acompañábamos en aquellos días de escuela que parecían interminables.
Hasta que un día tuvimos una tarea escolar.
Y, como si el destino quisiera seguir jugando conmigo, me tocó hacerla junto a él y junto a mi amiga.
Quedamos en juntarnos en la casa de ella.
Llegué primero, alrededor de las tres de la tarde.
Estaba nervioso.
Sabía que él iba a llegar y solamente pensar en volver a tenerlo cerca hacía que mi corazón se acelerara.
Al rato llegó.
Nos saludó y se sentó con nosotros.
Pero enseguida noté algo extraño.
La manera en que él y mi amiga hablaban, los comentarios que hacían y algunas cosas que parecían saber el uno del otro comenzaron a hacerme sospechar.
Los miré y pregunté:
—¿Ustedes se conocen?
—Sí —me respondieron.
—¿De dónde?
—Íbamos juntos en la primaria.
Me quedé mirándolos.
—Ah… sí. No me dijeron nada.
No quise hacer una escena, pero por dentro me dolió.
¿Por qué me lo habían ocultado?
Yo confiaba en ella.
Y, sin saberlo, estaba empezando a entrar en una historia de la que todavía no conocía todos los capítulos.
Los quince
Con el correr de los días se acercaban los quince años de mi amiga.
Todos estábamos invitados.
Primero habría una celebración durante la tarde y, más adelante, una fiesta en un salón.
Mientras tanto, mi relación con aquel muchacho seguía siendo cada vez más extraña.
Yo intentaba alejarme.
Él seguía molestándome, buscándome, haciendo cosas que volvían a confundirme.
Y yo seguía luchando contra mis propios sentimientos.
Además, estaba molesto con mi amiga por no haberme contado que conocía a aquel chico.
Finalmente llegó el día de su fiesta.
En la escuela estuvimos organizando dónde encontrarnos y cómo llegar.
Alrededor de las cuatro de la tarde fui con otra amiga.
Cuando llegué, él ya estaba ahí.
Y estaba solamente con ella.
Había sido uno de los primeros en llegar.
Sentí algo raro.
Algo no me cerraba.
Pero decidí dejarlo pasar.
Poco a poco comenzaron a llegar los demás.
Y la tarde terminó siendo hermosa.
Hubo juegos, embarradas para la quinceañera, risas, bromas y momentos que todos compartimos.
Por unas horas conseguí olvidarme de mis problemas.
Hasta que llegó la nochecita.
Mi amiga y el chico que me gustaba estaban afuera hablando a solas.
Salí.
Y detrás de mí comenzaron a salir los demás.
Entonces escuché una voz.
—¡Beso, beso, beso!
Me paralicé.
Sentí que el corazón se me detenía.
¿Qué estaba pasando?
¿Alguien había contado lo que yo sentía?
¿Estaban hablando de mí?
Miré a él.
Estaba nervioso.
Miré a mi amiga.
Ella también parecía nerviosa.
—¿Qué sucede acá? —pregunté.
—Nada, nada —me respondieron.
No entendía absolutamente nada.
Fui hasta el kiosco que estaba al lado de la casa.
Mi amiga me siguió.
Entonces le pregunté:
—¿Qué fue eso del beso?
Ella respondió:
—Ah… ellos quieren que me bese con él.
—¿Qué?
La miré sorprendido.
—Sí.
En ese momento apareció él.
Y nuevamente comenzaron los gritos:
—¡Beso, beso!
Yo no sabía qué hacer.
Estaba completamente nervioso.
Entonces él la agarró, me miró…
Y la besó.
Sentí que mi corazón hizo crash.
No fue simplemente un beso.
Para mí fue como si algo dentro mío se hubiera roto de golpe.
Me dolió tanto que no sabía cómo reaccionar.
Me sentí traicionado.
Mi amiga sabía perfectamente lo que yo sentía por él.
Y ahora estaba viendo aquello delante de mí.
Pero todavía faltaba algo peor.
Algunos de los chicos me miraron y dijeron:
—¿No sabías que ellos fueron novios?
Me quedé helado.
—¿Qué?
—Sí. Ellos fueron novios antes.
La miré.
No sabía que eran ex.
Ella nunca me lo había contado.
Sentí que todo encajaba de golpe.
Las conversaciones.
La confianza entre ellos.
La manera en que se conocían.
Todo.
Y yo había estado ahí, confiando en ella, sin saber que existía una historia entre ellos que me habían ocultado.
Mi otra amiga se dio cuenta de que algo me pasaba.
Nadie sabía realmente por qué estaba tan mal.
Entonces le dije:
—Vámonos a mi casa. No me siento bien.
Me fui.
Con el corazón roto.
Sentía que había formado parte de un espectáculo que ya estaba preparado y que yo había sido el único que no conocía el guion.
Esa noche me acosté llorando.
Y, como si la vida quisiera ponerme una última prueba, él volvió a escribirme.
Miré el teléfono.
Y por primera vez, mi corazón dijo:
Basta.
Ya no más.
No podía seguir viviendo pendiente de sus mensajes, de sus miradas, de sus provocaciones ni de aquello que yo imaginaba que algún día podía llegar a ser.
Así que decidí seguir con mi vida.
El último tramo
Al día siguiente fui a la escuela.
Lo ignoré.
Y lo hice todos los días.
No porque hubiera dejado de sentir.
Sino porque necesitaba aprender a sobrevivir con lo que sentía.
Tenía el corazón roto, pero seguía caminando.
Solo quería que terminara el año.
Quería irme de aquella escuela.
Quería dejar de verlo.
Quería que todo aquello quedara atrás.
También me alejé de mi amiga.
Con el tiempo, ella comenzó a andar de la mano con él por la escuela, incluso dentro del salón.
Y como si todo aquello no fuera suficiente, apareció otra de sus ex, una chica de la misma escuela.
Ella comenzó a hacerme problemas porque, según ella, él la había dejado por mi culpa.
Como si yo hubiera robado a su novio.
Como si yo hubiera provocado aquella ruptura.
Pero la realidad era otra.
Yo nunca le había robado nada a nadie.
Yo simplemente había sentido algo.
Y muchas veces, sentir algo por alguien puede meterte en historias que jamás quisiste protagonizar.
Mi corazón roto tuvo que soportar todo aquello.
Hasta que llegaron los últimos días del año escolar.
Y entonces hice algo que había estado pensando durante mucho tiempo.
Le escribí una carta.
No para pedirle que volviera.
No para confesarle nuevamente mi amor.
No para cambiar lo que había sucedido.
Simplemente necesitaba cerrar aquella historia.
Un día me acerqué.
Estaba frente a sus amigos.
Le entregué la carta.
Lo miré y le dije:
—Sé feliz.
Y me fui.
No miré atrás.
Después de él
Terminé el año escolar.
Después me cambié de escuela.
Y con el tiempo, nuestras vidas tomaron caminos diferentes.
Pero algunas historias no terminan exactamente cuando dejamos de ver a una persona.
A veces quedan viviendo dentro de nosotros.
De vez en cuando nos cruzábamos en la calle.
Y cada vez que lo veía, mi corazón volvía a acelerarse a mil.
Era extraño.
Yo había conseguido seguir adelante, pero mi cuerpo todavía recordaba aquello que mi mente intentaba olvidar.
Sin embargo, cada encuentro duraba apenas unos segundos.
Una mirada.
Un corazón acelerado.
Y después, continuar caminando.
Hasta que un día dejé de verlo.
Pasaron los años.
Y no volví a saber de él.
Hasta hoy.
A veces solamente me cuentan cosas sobre su vida.
Y cuando escucho su nombre, algo dentro mío recuerda aquel adolescente que fui.
Recuerda aquella escuela.
Recuerda las cartas.
Los mensajes de madrugada.
Las miradas.
El rechazo.
La confusión.
El beso que nunca quise presenciar.
Y aquella noche en la que finalmente entendí que tenía que decirme a mí mismo:
Ya no más.
No fue una historia de amor correspondido.
Ni siquiera sé si alguna vez él sintió algo parecido a lo que yo sentí.
Tal vez estuvo confundido.
Tal vez simplemente le gustaba mi atención.
Tal vez nunca sintió nada.
Nunca tuve esa respuesta.
Pero sí sé algo:
ese amor me marcó.
Porque fue una de esas primeras veces en las que descubrí lo que significaba querer a alguien y no poder tenerlo.
Fue también una de las primeras veces que entendí que no todas las personas que nos hacen sentir algo están destinadas a quedarse.
Algunas llegan para enseñarnos.
Otras llegan para rompernos.
Y algunas, sin saberlo, nos obligan a crecer.
Él fue parte de mi historia.
Una parte que durante mucho tiempo me dolió recordar.
Pero que hoy puedo mirar de otra manera.
Porque aquel chico que una vez lloró por alguien en un salón de clases…
algún día tendría que aprender a secarse las lágrimas,
levantarse,
y seguir caminando.
Y eso fue exactamente lo que hice.