Las historias bonitas siempre empiezan con un “y fueron felices para siempre”, la mía empezó en una cajita de cartón que olía a viaje y lluvia.
Me llamo Marshall, o eso creo. Me llaman así cuando acarician mis orejitas.
Mi niño tiene los ojos más lindos que he visto, aunque ahora casi ya no veo bien, aún recuerdo el momento exacto en que llegó a mi vida, es algo borroso, mi cuerpo temblando, buscando el calor de mi mamá y mucha hambre.
Mi pancita sonaba como cuando el cielo se pone oscuro y luego empieza a caer agua. De repente, una mano me levantó y me pusieron en una cajita de cartón con muchos papelitos blancos y negros. Aún no comprendo por qué la humana se emocionó tanto cuando me vio ahí. Siempre pensé que los humanos son extraños.
Lo último que viene a mi mente antes de que mi perruna vida cambiara es una frase que no entendí hasta después: “este se va para Portoviejo”.
Aún estaba muy oscuro cuando conocí a mi humana y supe que se llamaba Madre. Ella se sentía sola, pude olerlo cuando la conocí. Cuando me cargó dejé de temblar un poquito; creo que por fin estaba en mi hogar.
Llegué a casa cuando mi niño todavía dormía dentro de su pancita. Desde entonces no nos hemos separado nunca.
Hasta que un día, Madre desapareció. La casa se sentía enorme y mis temblores volvieron. Mis orejitas no escuchaban su dulce voz. Esperé junto a la puerta muchos días. O tal vez fueron noches. No sé cuánto tiempo pasó. Los perros no entendemos mucho esas cosas.
Hasta que una noche volvió y tenía a mi niño en los brazos… Esa noche miré sus ojitos por primera vez y pensé: “Mi niño, voy a cuidarte siempre.”.
El tiempo pasó, mi niño creció. Estuve con él en sus primeros pasos y en su primera palabra.
Después las cosas cambiaron. Madre ya casi no sonreía como antes. Nunca entendí bien qué pasó; a los perros no nos cuentan esas cosas. Solo sé que mi niño tenía miedo y cada vez que eso pasaba yo corría a acostarme con él para cuidarlo.
Entonces le contaba historias. Historias de mundos fantásticos, llenos de colores, dulces gigantes y muchos orejones como yo corriendo en verdes campos y niños como él sonriendo felices.
Le conté muchas historias tantas veces y él se tranquilizaba.
No sé si mi niño podía entenderme de verdad, pero me gusta creer que sí porque después me abrazaba y me rascaba mi cabecita. Eso siempre hace que mi colita se mueva de felicidad. Mi colita siempre se mueve cuando estoy con él.
Mi niño huele a galletas y a vainilla. Podría encontrarlo en cualquier parte del mundo solo por su olor.
Y un día, por fin, la sonrisa de Madre volvió. Su risa iluminó de nuevo nuestra vida y mi niño dejó de tener miedo.
Pero esta ya no era la casa de antes, porque aquí hay un gato, ¡los gatos son tan raros!
La vida en la nueva casa se volvió mi favorita. Madre y mi niño reían siempre y, aunque ese gato no me gusta, he aprendido a convivir con él. Creo que tendré que explicarle, de la forma más gatuna que pueda, que yo lo vi primero.
Mi niño es feliz, pero está raro. Se ha convertido en una especie de gigante y lo veo algo borroso. Ya no habla mucho conmigo, ya no tiene miedo nunca y sonríe siempre.
Yo me acurruco a su lado lo más que puedo, pero cuando me levanto siento que mis patitas me duelen y me cuesta caminar a su lado.
La vez pasada escuché a Madre decir que ya tengo 10 años. Eso significa que soy un perrito adulto. Pero cuando dijo eso, la voz de Madre sonaba extraña. No sé por qué cuando la voz de los humanos cambia les sale agua de los ojos.
Yo estoy muy feliz porque mi niño tiene 9 años y yo 10. Quizás los dolores de mis huesitos y la tela que veo en mis ojitos es por eso.
Sí, de seguro es lo que les pasa a los adultos…
Eso no me importa. Siempre estaré con mi niño, no importa qué tan adulto me ponga. Yo sé que siempre estaré en su mente, en su corazón y en sus ojitos. ¿Ya les dije que tiene los ojitos más lindos que he visto?
Esta noche mi niño está durmiendo abrazado a mí otra vez.
Ya casi no puedo escuchar los grillos del jardín y la luz tiene una tela muy blanca que la cubre, pero el olor de mi niño, ese dulce olor, está conmigo. Galletas y vainilla.
Madre está botando agua por los ojos mientras acaricia mis orejas. Los humanos son extraños. Yo estoy muy feliz porque mi niño y ella están a mi lado.
Mi niño ya no es un niño, casi no lo reconozco, solo su olor… ese dulce olor. Ahora sus brazos son largos y su voz cambió un poquito, pero cuando me abraza sigue sintiéndose igual que antes. Porque con él todavía me siento en casa.
El gato duerme cerca de nosotros. Creo que al final ya no me cae tan mal. Ha sido un día hermoso, pero muy cansado. Tengo sueño. Mucho sueño… aunque esta vez no tengo miedo, porque mi niño ya no tiene miedo tampoco. y eso me hace feliz.
Antes de cerrar los ojos, siento su mano rascando despacito mi cabecita. Mi colita intenta moverse una vez más. Creo que lo logra.
Y entonces entiendo algo importante: los perritos no vivimos por siempre, pero creo que nunca dejamos de querer a nuestros niños.
Mi niño. Mi niño de ojos bonitos.
Siempre suyo. Siempre mío.