Le poder al demonio Enoch y este se volvió su maestro de la oscuridad..salió de la bruja y cayó en manos de un castlyberry hasta dejarle su marca.... Interesante!!!! 😃
ADANA, Capítulo 2 Sensible
EL HOMBRECITO DEL FRASCO
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Le poder al demonio Enoch y este se volvió su maestro de la oscuridad..salió de la bruja y cayó en manos de un castlyberry hasta dejarle su marca.... Interesante!!!! 😃
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EL HOMBRECITO DEL FRASCO
Cinco años después del incendio en el camino a Middletown, el mundo de Adana se reducía a una cabaña que parecía respirar. Las paredes de madera crujían con el viento, y las raíces de los árboles se enroscaban en los cimientos como dedos protectores. Adana crecía bajo la tutela de la anciana, a quien llamaba "Abuela", una mujer que podía ordenar a las tormentas pero que no podía ocultar el olor a tierra húmeda y muerte que emanaba de su piel.
La anciana era una entidad de más de doscientos años en apariencia. Su cuerpo ral era una arquitectura de huesos frágiles y piel de pergamino, pero ante los ojos de los hombres que se perdían en el bosque, se mostraba como una mujer joven y magnética. Su poder provenía de un pacto antiguo y de un objeto que guardaba con celo en su recámara: un frasco de cristal grueso, sellado con un corcho de madera negra y una atadura de sangre que palpitaba con una luz tenue y violácea.
—Nunca entres en mi alcoba, Adana —le advertía la anciana —. Hay secretos que devoran los ojos de los niños.
Pero la curiosidad de Adana era más fuerte que el miedo. Un mediodía, mientras la anciana estba en trance en el jardín, alimentando a la tierra con los restos de un viajero desafortunado, Adana se deslizó en la habitación. El aire allí era espeso, con olor a azufre y metal. Sobre una mesa de piedra, vio el frasco.
Dentro, un humo negro giraba violentamente hasta condensarse en una figura diminuta: un hombrecito de aspecto débil, con grandes orejas puntiagudas y una mirada tan profunda y triste que Adana sintió un escalofrío. El ser la miró. No hubo gritos, pero en la mente de la niña resonó una voz clara y melancólica. —Adana — dijo el demonio.
—¿Quién eres? —preguntó Adana en su pensamiento. Sorprendida de poder hacerlo.. —No soy nadie — respondió la voz —. Tu abuela me invocó de un vacío donde no existe las palabras. Me mantiene aquí porque, al no tener nombre, no tengo forma de escapar de este cristal. Soy una idea sin dueño.
Durante los dos años siguientes, Adana regresó en secreto a la recámara. El demonio le enseñó a hablarle a la oscuridad y a torcer la realidad, siempre ocultando su verdadera naturaleza y su condición anónima. Sin embargo, la víspera de su séptimo cumpleaños, en un arrebato de afecto y rebeldía, la niña tomó una decisión que cambiaría el pacto.
—No me gusta que no seas nadie —susurró ella —. Te llamaré Enoch. Es un nombre fuerte, ¿verdad?
En el momento en que la palabra salió de sus labios, la atadura de sangre que rodeaba el corcho brilló con una intensidad cegadora y luego se apagó, volviéndose gris y quebradiza. El cristal no se rompió, pero el humo en su interior se volvió sólido. El demonio, ahora con nombre, sonrió. Por primera vez en siglos, sintió que el mundo físico lo reconocía. El sello de la anciana seguía allí, pero ahora tenía una grieta: Enoch ya no era una idea, era una voluntad.
—Gracias, Adana. Es un nombre muy fuerte —dijo el demonio, y esa noche, mientras la niña dormía, una sombra delgada se filtró por el corcho, paseó por la cabaña y regresó al frasco antes del amanecer. Ya podía salir, pero necesitaba que Adana creyera que seguía siendo un prisionero.
Aquel fue el inicio de una amistad clandestina. Adana regresaba a la recámara cada vez que la anciana dormía o salía de caza. El demonio Enoch se convirtió en su maestro secreto.
Mientras la anciana le enseñaba a identificar raíces venenosas, Enoch le enseñaba a hablarle a la oscuridad.
Desde entonces, el frasco dejó de ser una prisión: se convirtió en semilla. Cada sombra que Enoch filtraba durante la noche alimentaba una raíz invisible bajo la cabaña, y Adana, sin comprenderlo aún, empezó a cultivar el primer latido de la rosa negra.
—Mira esa serpiente entre los matorrales, Adana —le susurraba Enoch desde su prisión de cristal —. Imagina que sus escamas son plumas. Desea que vuele.
Adana cerraba los ojos y concentraba su voluntad. La víbora comenzaba a retorcerse hasta que , entre espasmos de dolor, le brotaban alas membranosas. La niña reía al ver al reptil elevarse torpemente hacia el cielo, solo para ver cómo la magia se agotaba segundos después. La serpiente recuperaba su forma en el aire y moría al estrellarse contra el suelo. Era una magia de crueldad y transformación, la única que Enoch conocía.
Sin embargo, el tono de las conversaciones cambió cuando Adana cumplió siete años.
—¿Por qué la abuela me mira de esa forma? —preguntó Adana una noche, pegando sus labios al cristal.
—Porque tu piel es joven y la de ella es polvo —respondió Enoch —. Ella no es tu abuela. Es tu carnicera. El pacto de su madre con mi señor exige un precio para que ella recupere su juventud real, no una ilusión. Necesita tu sangre, porque eres especial. Necesita verter tu vida dentro de este frasco para que ella pueda habitar tu cuerpo y yo pueda ser libre por un instante.
Adana sintió que el mundo se derrumbaba. El amor que sentía por la mujer que le había criado se convirtió en un odio negro y espeso. Empezó a observar a la anciana con ojos distintos. Notaba cómo la vieja afilaba la daga de obsidiana y cómo marcaba el calendario lunar con símbolos de sacrificio.
—Ayúdame, Enoch —suplicó la niña —. No quiero morir.
—Entonces, sé más rápida que ella —dijo el demonio, su mirada triste brillando con una malicia repentina —. Aprende el lenguaje del fuego. El bosque es ella, Adana. Si el bosque arde, ella arderá.
La noche séptima después del cumpleaños, la anciana llevó a Adana al centro del jardín, donde las raíces formaban un altar natural. El aire estaba cargado de electricidad estática. La vieja alzó la daga y desató la atadura de sangre del frasco, preparándose para el trasvase de almas. La anciana necesitaba el cuerpo de Adana, para poder no sólo recuperar la juventud, sino soportar la magia ancestral del demonio del frasco.
—Es por el bien de nuestro linaje, pequeña —susurró la anciana, su voz revelando por fín su verdadera decrepitud.
Pero Adana no lloró. Siguiendo las instrucciones de Enoch, puso sus manos sobre el suelo y llamó a las llamas que había estado cultivando en su interior. El fuego brotó de la tierra, alimentado por el aceite de belladona que Adana había derramado en secreto. El incendio fue instantáneo y voraz. El bosque entero, conectado a la fuerza vital de la bruja, comenzó a rugir de dolor.
La anciana cayó de rodillas, su piel de porcelana agrietándose para revelar la momia de doscientos años que ocultaba. Mientras las llamas la consumían, su figura se manifestó por última vez entre el humo; abrió su boca de forma antinatural y lanzó un grito psíquico que hizo sangrar los oídos de Adana.
Aterrorizada, Adana tomó el frasco de Enoch y corrió. entre las columnas de humo apareció un hombre de armadura pesada y capa roja: Johan Castleberry. Al ver a la niña, se abrió paso entre las llamas y la levantó en brazos para salvarla.
—¡Te tengo! —gritó Johan —. estás a salvo.
Adana lo miró. En el reflejo de la armadura del caballero, vio su propio rostro manchado de ceniza. Sintió el latido del corazón del hombre y, por un segundo, quiso confiar. Pero la voz de Enoch resonó en su mente, Más fuerte que nunca.
—No te equivoques, Adana. Él solo te ve como un trofeo. Muerde la mano que te sostiene o nunca serás libre.
Con una ferocidad animal. Adana le clavó los dientes en la mano a Johan, arrancándole un trozo de carne. El hombre gritó y la soltó. Adana cayó al suelo, abrazó el frasco contra su pecho y se perdió en la oscuridad del bosque que aún no ardía, dejando a Johan Castleberry sangrando y marcado para siempre por la niña, marca que heredaría su hijo Arthur de manera inexplicable.
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