Helena esperando desde las gradas toda la tarde para invitarlo me dejo pensando en ella. Pone la mano en el hombro de alguien que ya esta en otra y se va riendose con las amigas sin saber a quien va a llevar Damian. Me da que en la fiesta se cruzan los tres y a alguien le toca pasarla mal. Gracias por seguir subiendo esto!
Acto I
Los días siguientes, Damian se descubrió reprimiendo cualquier impulso de escribirle. Aquella noche había ido más lejos de lo que hubiera imaginado posible, y todavía cargaba con el placer…
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Helena esperando desde las gradas toda la tarde para invitarlo me dejo pensando en ella. Pone la mano en el hombro de alguien que ya esta en otra y se va riendose con las amigas sin saber a quien va a llevar Damian. Me da que en la fiesta se cruzan los tr
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Los días siguientes, Damian se descubrió reprimiendo cualquier impulso de escribirle. Aquella noche había ido más lejos de lo que hubiera imaginado posible, y todavía cargaba con el placer inexplicable de lo prohibido dándole vueltas en el cuerpo. No era tan inocente como ella parecía creer —ya sabía, al menos en teoría, que ese territorio que ella acababa de explorar en él también era depósito de instintos, no solo de vergüenza.
Decidió canalizar lo que sentía en el entrenamiento. Y funcionó mejor de lo esperado: estaba destacando más que nunca.
—Damian, otro récord —dijo el entrenador un día, cronómetro en mano, con media sonrisa—. Si sigues así, nadie más va a poder competir contra ti.
—Gracias —contestó él, humilde, casi tímido.
El entrenador lo miró un segundo de más.
—Deberías descansar. No te agotes, no te quemes. Despejate un poco.
Lo dijo con el tono de quien sospecha algo sin terminar de nombrarlo —ese tipo de intuición que a veces detecta un patrón antes de que la propia persona lo reconozca en sí misma.
—¿Estás tomando vitaminas? ¿Café? ¿O es algo de meditación? Deberías compartirlo con el equipo.
Esperó una respuesta, todavía sonriendo. No la obtuvo. Se alejó al fin, sin insistir más.
Damian se quedó pensando en esa palabra. Compartir. Eso nuevo que le había cambiado el cuerpo y el humor y el sueño tenía nombre. Compartirla no era una opción. Ni siquiera se lo había planteado antes, y ahora que se lo planteaba, tampoco iba a hacerlo.
Sentado en la orilla, dejando que el cuerpo se le secara un poco antes de salir de la pileta, una voz lo sacó de sus pensamientos. Era Helena. Le puso una mano en el hombro; para él ese toque no significó nada, en otro momento tal vez hubiera sido distinto, pero para ella todavía significaba algo.
—Damian.
—Hola, Helena. No te escuché, estaba distraído, perdón.
—Siempre tan distraído, Damian.
—Supongo.
Miró la mano de Helena, esperando que ella la apartara, pero al no recibir ninguna reacción se levantó del todo, quedando parado y mojado frente a ella. Helena se ruborizó, pero no dejó de mirarlo, de contemplarlo —así había estado toda la tarde, esperando desde las gradas a que él terminara la práctica para poder invitarlo.
Damian sabía que lo miraba. No le importó.
—Tengo una fiesta de disfraces por Halloween. Casa sola. Ven.
—No creo que pueda, tengo algunas cosas que hacer. Igual, gracias.
—Por favor, ven —le puso a la frase más tristeza de la necesaria, buscando sonar más inocente, casi suplicante—. Va a ser aburrido sin ti. Sería lindo, como antes...
Eso lo hizo acordarse del antes. Helena y él se habían conocido unos años atrás, en otra facultad, pero solían cruzarse en los entrenamientos. Se gustaban, aunque él nunca se había animado a decírselo. Después ella formalizó otra pareja, y él tuvo que guardarse esa ilusión en algún lado. Hoy ya no importaba nada de eso —aunque ella estuviera sola en este momento, para él ya no había lugar para algo así. Para ella, en cambio, seguía siendo una oportunidad nueva.
Una voz llamó a Helena desde lejos: el resto de las chicas del equipo.
—Va a ser el sábado a las ocho —dijo, ya alejándose, divertida—. Trae amigos.
Se fue con ellas entre risitas cómplices, del tipo que sueltan quienes acaban de descubrir a alguien en medio de una travesura.
Trae amigos. La frase le dio vueltas. Tal vez ese era el empujón que necesitaba para hacer, por fin, lo que realmente quería pedir.
No la llamó. No le escribió. Subió al auto y manejó hasta su casa. En las escaleras se preguntó si era lo correcto; sabía lo que quería, pero no quería que fuera como la última vez —no porque eso le hubiera desagradado, sino porque no era exactamente eso lo que buscaba ahora. ¿Volvería a ser ella quien decidiera qué hacer con su cuerpo, sin que él tuviera que pedirlo? La pregunta lo acompañó todo el camino.
Parado en la puerta del departamento, tocó el timbre. Una vez, dos, tres. Parecía no haber nadie.
Justo cuando se iba, la vio. Ella subía la escalera sin mirar a nadie, como siempre, y pasó a su lado sin registrarlo. Damian quedó un escalón atrás.
—¿Lou?
—Damian, hola.
—¿De compras?
Loures ya estaba abriendo la puerta, cargada de bolsas. Él tomó algunas para ayudarla —en realidad, se estaba dando a sí mismo una excusa para entrar. Había desaparecido esa preocupación que lo atormentaba minutos antes; ahora solo quería estar a solas con ella, ver si tenía alguna oportunidad de redimirse.
Ella entró. Él no titubeó y cruzó la puerta detrás.
Ella dejó los víveres sobre la mesada de la cocina y le dijo que dejara lo que llevaba en el piso. Él obedeció y cerró la puerta.
—No quería molestarte. Pasaba por acá y...
—Para no querer molestar, te esfuerzas mucho en lograrlo.
Damian se quedó callado, molesto, conteniéndose. Sabía que las cosas no habían sido así, que ella otra vez deformaba todo a su conveniencia.
—¿Qué quieres? —preguntó ella, con un tono burlón, buscando avergonzarlo—. ¿Buscas más de lo de la última vez? Qué curioso resultaste.
Damian sintió la vergüenza, el enojo, la humillación juntos. Quiso contestar con cuidado, pero se le salió todo de una sola vez, de forma atropellada: no tenía sentido ocultar algo que igual quería decirle, no tenía por qué suavizarlo.
—No. Solo vine a invitarte a una fiesta de disfraces por Halloween. Pero si después dices cosas así, empiezo a pensar que todo te molesta y que mejor me voy.
—Entonces no lo vas a pedir.
—¿Serviría de algo? ¿Irías? —dijo, tratando de provocarla, de retarla—. Ven conmigo. Vamos a la fiesta.
Había enojo e ironía en su voz.
Loures adivinó la intención detrás de eso. Se acercó deliberadamente, le pasó la mano por encima de la ropa, ahí donde sabía exactamente el efecto que iba a tener, lo frotó, buscó su boca y la encontró. Se besaron, y cuando consiguió que él reaccionara exactamente como quería, lo soltó y se apartó.
—Si insistes.
Damian trató de recomponerse. La odiaba por hacer ese tipo de cosas.
—Tú deberías ir disfrazado de hombre civilizado —dijo ella—. Después de todo, cada vez que estás conmigo te vuelves loco por poseerme. Yo voy a ir sin disfraz.
Estaba siendo cruel a propósito, orillándolo a reconocer lo que en verdad le pasaba. Él no cedió, y descargó el enojo en ella.
—¿De maldita? Te queda bien.
Se arrepintió apenas lo dijo. Intentó disculparse, pero ella ya estaba hablando.
—Damian, todos están disfrazados todo el tiempo. Usan máscaras, fingen ser personas que no son, protagonizan papeles que nunca pidieron. Casi todos aprendieron de chicos que el que eran de verdad no alcanzaba, que había que ser otra cosa para que alguien los quisiera —así que se fueron construyendo un disfraz, capa por capa, hasta que la máscara les quedó más cómoda que la piel. Solo se muestran desnudos en su intimidad más profunda, y la mayoría odia lo que ve ahí. Odia haber tenido que aprender eso.
—Puedes vestirte como quieras. Perdón, en serio.
—No te preocupes. Voy a ir como me pides. Solo te pido un favor: tú vístete con una camisa blanca y pantalón de vestir, y unos zapatos impolutamente lustrados. Tu mamá seguro te los deja relucientes.
—Como quieras. Paso por ti el sábado a las ocho.
Prefirió irse antes de que ella cambiara de opinión. Todavía se sentía mal por lo que había dicho en ese arrebato.
Le quedó dando vueltas el comentario sobre que su madre le dejaría los zapatos relucientes —le había molestado más de lo que hubiera esperado—, pero lo dejó pasar. Sentía que, después de lo que él mismo le había dicho, se lo merecía.
Llegó el sábado. A las ocho en punto salió hacia lo de Loures, listo para pasarla a buscar camino a la fiesta.
Estaba en el auto, sintiéndose estúpido. Ir elegante a una fiesta de disfraces, qué estupidez. Todos se iban a burlar, o iba a parecer un bicho raro fuera de lugar. Hasta disfrazado de Ghostface me vería mejor, y no haría tanto calor como con esto. Qué vergüenza.
Tocó el timbre pensando en eso todavía. El calor que sintió cuando la puerta se abrió fue peor que cualquier cosa que hubiera sentido antes —una fiebre colérica empezó a envolverlo, violenta.
La puerta abierta dejaba ver a Loures vestida con una malla negra, transparente, de mangas largas, que le cubría todo el cuerpo sin ocultar nada. Un cuello alto ajustado nacía en una argolla metálica sobre la garganta, de donde partían las primeras correas: bajaban entre los pechos y se abrían en un arnés que le rodeaba cada pecho por separado, sujeto con hebillas y anillos plateados que le marcaban el contorno del torso. Sobre cada pezón, dos tiras de cinta negra cruzadas en X. Otra correa más ancha le ceñía la cintura, y de ahí bajaban tiras finas hasta un arnés que le envolvía las caderas, rematado en argollas y hebillas a los costados. Un arnés más, como una liga ancha de cuero, le abrazaba cada muslo, conectado por finas cadenas plateadas que colgaban sueltas y tintineaban apenas se movía —el cuero brillando más de lo normal, si alguien hubiera apostado a que no llevaba nada debajo, habría ganado sin dudarlo. Completaba todo con unos tacos aguja altísimos, negros, impecables, que la dejaban casi a la altura de él.
—Cierra la puerta cuando entres —dijo.
Se dio vuelta, y Damian, viéndole la espalda, sintió que la presión en el pantalón se volvía todavía más intensa. El cuerpo le recordó que tenía que respirar. Se exigió entrar. No sabía cuáles eran los planes de Lou, pero quería descubrirlos, fuera lo que fuera.
—Ya casi termino —dijo ella.
—¿Vas a ir así?
—Dijiste que de maldita.
—No debí decir eso. Puedes cambiarte, si quieres. Perdón —estaba genuinamente avergonzado por lo que su comentario casi había desencadenado.
—Decirme maldita no puede salirte gratis. Es un castigo para ti.
Damian no entendió al principio, y ella disfrutó viéndole la cara de confusión mientras se colocaba una máscara de gato que le cubría medio rostro, dejando ver solo los labios, hoy pintados de un rojo cereza que resaltaba contra todo ese negro —si es que a eso se lo podía llamar vestida.
—Lista.
—¿En serio? Todos te van a mirar, vas a estar incómoda toda la noche.
—¿A mí? Te van a mirar a ti. A mí también, sí, pero ni sus miradas ni sus opiniones me importan. A ti te van a juzgar más que a mí, porque tu linda carita sí se ve. A mí me cubre el anonimato.
—Definitivamente no tienes un disfraz.
Quiso decirle que en verdad era una maldita, pero no se animó. No quería otro castigo.
—Una última cosa —dijo ella.
Tomó una cadena larga y se acercó hasta quedar alineada, perfectamente, frente a él.
—Solo vamos si tú quieres.
Lo obligaba a decidir. Se inclinó hacia adelante y le ofreció el cuello, para que fuera él quien enganchara la cadena en la argolla del collar.
Thoughts
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PermalinkLa teoría de las máscaras la suelta justo la única persona que después sale con media cara tapada. Lou habla de gente que aprendió de chica a disfrazarse para que la quieran, y ella va a la fiesta con el cuerpo entero a la vista y el anonimato puesto en la cara. Leo ahí a alguien que eligió muy bien qué parte esconder.
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PermalinkHelena esperando desde las gradas toda la tarde para invitarlo me dejo pensando en ella. Pone la mano en el hombro de alguien que ya esta en otra y se va riendose con las amigas sin saber a quien va a llevar Damian. Me da que en la fiesta se cruzan los tres y a alguien le toca pasarla mal. Gracias por seguir subiendo esto!
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PermalinkEl capítulo entero es Lou decidiendo por Damian: lo besa cuando le conviene, lo suelta cuando ya reaccionó, le elige hasta los zapatos. Y en la última escena le pone la cadena en la mano y le ofrece el cuello. Sospecho que la fiesta va a ser lo de menos en el Acto II; lo que viene es ver si él sabe qué hacer con ese poder que le acaban de dar.
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