Capítulo 3:
La pantalla del teléfono aún guardaba el brillo de la conversación, proyectando una luz tenue en medio de la oscuridad de mi habitación. Mis dedos, casi por inercia, se quedaron suspendidos sobre la pantalla fría, recorriendo una y otra vez las últimas líneas de texto, como si al leerlas por quinta vez pudiera encontrar un significado oculto o una garantía de que no me estaba equivocando.
Ahí estaba su nombre de nuevo. El mismo que durante tanto tiempo intenté esquivar en mis pensamientos, el mismo que traía consigo un eco de silencio y dolor que me había costado semanas procesar. Y, sin embargo, en un solo instante, bastó un mensaje para derrumbar cada una de las paredes que con tanto esfuerzo había construido a mi alrededor.
En el pecho sentía una mezcla extraña y peligrosa: la aceleración involuntaria del corazón —esa ráfaga de adrenalina tan parecida a la ilusión— chocando de frente contra un nudo en el estómago que me advertía del peligro. Las mariposas del Capítulo 2 aún revoloteaban, pero ahora venían acompañadas por la sombra de la memoria. Mi mente me recordaba lo gris que se había vuelto todo la primera vez, mientras que mi corazón, terco e ingenuo, prefería aferrarse a la calidez del reencuentro.
Apagué la pantalla y la dejé bocabajo sobre la cama. La oscuridad volvió a llenar la habitación, pero el silencio ya no era pacífico; ahora estaba lleno de preguntas que me daba miedo responder.