En Celaya hay historias que los taxistas cuentan en voz baja cuando la madrugada se vuelve demasiado silenciosa.
No se cuentan para entretener.
Se cuentan para advertir.
Porque hay quienes aseguran que, después de medianoche, una niña aparece cerca de La Alameda.
Siempre sola.
Siempre vestida de blanco.
Y siempre esperando un taxi.
Don Javier llevaba treinta años trabajando como taxista.
Había visto de todo.
Asaltos.
Accidentes.
Personas llorando.
Personas que no querían regresar a casa.
A esas horas había aprendido que las calles podían guardar secretos que nadie quería conocer.
Por eso no creía en fantasmas.
Hasta aquella noche.
Era julio.
La lluvia había caído durante toda la tarde y el pavimento todavía brillaba bajo las luces amarillentas de los postes.
Pasaban pocos minutos de las doce cuando Javier circulaba por las inmediaciones del Mercado Morelos buscando un último servicio antes de terminar su turno.
Entonces la vio.
Una niña.
Pequeña.
Sola.
Estaba parada junto a la banqueta, bajo la lluvia.
Llevaba un vestido blanco, sencillo y antiguo.
Su cabello rubio y rizado le caía hasta los hombros.
No lloraba.
No hacía señas desesperadas.
Simplemente esperaba.
Javier redujo la velocidad.
Miró alrededor.
No había nadie con ella.
Bajó un poco la ventanilla.
—¿Necesitas un taxi, hija?
La niña levantó lentamente la cabeza.
Lo miró.
Y asintió.
Javier destrabó la puerta trasera.
La niña subió.
—¿A dónde te llevo?
Ella respondió sin pensarlo.
—A La Alameda.
Javier puso el taxi en marcha.
Durante los primeros minutos ninguno de los dos habló.
El limpiaparabrisas se movía de un lado a otro.
La radio permanecía encendida, aunque apenas se escuchaba entre la interferencia.
Javier miró por el retrovisor.
La niña observaba por la ventana.
—¿Dónde están tus papás?
Silencio.
—¿Viven cerca?
Nada.
Javier volvió a mirar el espejo.
Esta vez notó algo extraño.
La ventana junto a la niña estaba completamente empañada por dentro.
Excepto en un pequeño espacio circular, justo frente a su rostro.
Como si alguien hubiera apoyado la mano para limpiar el vidrio.
Javier frunció el ceño.
—¿Tienes frío?
La niña negó con la cabeza.
Entonces Javier se dio cuenta de algo.
Su vestido estaba completamente mojado.
Pero el asiento no.
Ni una sola gota.
Decidió no preguntar nada más.
Aceleró.
Cuando llegaron a La Alameda, la lluvia había comenzado a disminuir.
El parque estaba vacío.
Las luces iluminaban los caminos húmedos y los árboles se movían lentamente con el viento.
Javier estacionó junto a la banqueta, frente a La Alameda.
—Ya llegamos.
La niña no bajó.
Seguía mirando hacia los juegos.
Javier siguió la dirección de sus ojos.
—¿Quieres que te acompañe?
La pequeña negó con la cabeza.
—Aquí me quedo.
Javier abrió la puerta.
La niña descendió.
Pero antes de cerrar, se volvió hacia él.
—¿Me espera?
Javier sonrió con incomodidad.
—No, hija. Tengo que trabajar.
La niña lo observó durante unos segundos.
Después preguntó:
—¿Por qué todos se van?
Javier sintió un escalofrío.
—¿Qué?
Pero la niña ya caminaba hacia los juegos.
Javier la siguió con la mirada.
La pequeña avanzó unos cuantos metros.
Luego pasó detrás de un árbol.
Javier esperó a que apareciera del otro lado.
No apareció.
Se bajó del taxi.
Miró alrededor.
Nada.
—¿Niña?
Silencio.
Caminó hasta los juegos.
Vacíos.
No había nadie.
Volvió al taxi.
Y entonces encontró algo sobre el asiento trasero.
Una pequeña huella de barro.
Javier la observó durante varios segundos.
Había llovido.
Podía tener una explicación.
Eso quiso creer.
Subió al taxi y se marchó.
A la mañana siguiente, Javier contó lo ocurrido en la base de taxis.
Al principio algunos se rieron.
Otros hicieron bromas.
Hasta que Don Ernesto dejó de sonreír.
Era uno de los taxistas más antiguos.
Llevaba tantos años manejando que conocía prácticamente todas las historias de las calles de Celaya.
—¿Cómo era la niña? —preguntó.
Javier se la describió.
Don Ernesto permaneció callado.
—¿Qué pasa? —preguntó Javier.
El hombre bajó la mirada.
—La llevaste a La Alameda.
No era una pregunta.
—Sí.
Don Ernesto tardó unos segundos en responder.
—Entonces ya la viste.
Javier sintió un pequeño vacío en el estómago.
—¿Quién es?
Don Ernesto encendió un cigarro.
Tardó en dar la primera bocanada.
—No importa quién fue.
Javier frunció el ceño.
—¿Cómo que no importa?
El anciano levantó la mirada.
—Lo que importa es que todavía sigue esperando.
Javier sintió un escalofrío.
—¿Esperando a quién?
Don Ernesto negó con la cabeza.
—Eso nadie lo sabe.
—¿Y los taxis?
El anciano permaneció unos segundos en silencio.
—Mi padre también fue taxista.
Javier lo miró sorprendido.
—Él me contó la historia cuando yo era joven. Decía que algunos conductores comenzaron a verla después de medianoche. Siempre cerca de La Alameda. Siempre bajo la lluvia.
—¿Y qué les pasaba?
Don Ernesto apagó el cigarro.
—Eso depende de cuánto quieras saber.
Javier no respondió.
—Hay cosas que es mejor no preguntar.
Javier intentó olvidarlo.
Durante los siguientes días siguió trabajando.
Pero comenzó a notar cosas.
La primera ocurrió tres noches después.
Mientras limpiaba el taxi encontró otra pequeña huella de barro en el asiento trasero.
La limpió.
La segunda apareció al día siguiente.
La tercera, dos días después.
Siempre en el mismo lugar.
Siempre una sola.
Nunca dos.
Javier comenzó a revisar el taxi antes y después de cada turno.
Nada.
Hasta que una madrugada escuchó una voz.
—Señor Javier.
Frenó de golpe.
Miró por el retrovisor.
El asiento trasero estaba vacío.
—Señor Javier...
La voz parecía venir de la radio.
Javier la apagó.
El silencio llenó el automóvil.
Entonces escuchó una voz detrás de él.
—Usted dijo que me esperaría.
Javier sintió que la sangre se le helaba.
Él nunca había dicho eso.
Apagó la radio. Por primera vez en treinta años, terminó su turno antes de tiempo.
Al día siguiente buscó a Don Ernesto.
—Necesito saber toda la historia.
El anciano permaneció callado durante un largo momento.
Después sacó una vieja libreta del bolsillo.
La cubierta estaba gastada y las hojas amarillentas.
—Mi padre la llevaba consigo.
Abrió la libreta.
Había nombres.
Fechas.
Direcciones.
Algunas estaban tachadas.
—¿Qué es esto? —preguntó Javier.
—Conductores que dijeron haberla visto.
Javier pasó las páginas.
Uno.
Dos.
Cinco.
Ocho nombres.
Algunos tenían anotaciones.
Otros estaban tachados.
En la última columna aparecía siempre la misma palabra.
Desaparecido.
Javier levantó la mirada.
—¿Todos desaparecieron?
—No.
—¿Entonces?
Don Ernesto señaló los nombres que no estaban tachados.
—Algunos dejaron de trabajar de noche.
—¿Por qué?
El anciano lo miró fijamente.
—Porque después de llevarla una vez, empiezas a verla donde no debería estar.
Javier volvió a mirar la libreta.
Pasó otra página.
Y entonces se quedó inmóvil.
Había un nombre escrito casi al final.
Javier.
Debajo aparecía una fecha.
La fecha de aquella noche.
Javier sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Quién escribió esto?
Don Ernesto no respondió.
—¿Cuándo?
Silencio.
Javier señaló la página.
—Esta fecha todavía no había pasado cuando se escribió.
Don Ernesto levantó lentamente la mirada.
—Eso es lo que nunca pude explicarme.
Javier cerró la libreta.
—¿Qué significa?
Don Ernesto negó con la cabeza.
—No lo sé.
Pero su voz decía que sí.
Aquella noche Javier decidió no salir.
Por primera vez en mucho tiempo dejó el taxi estacionado.
Cerró las puertas de su casa.
Apagó las luces.
Intentó dormir.
A la una y cuarenta y tres de la madrugada, Javier escuchó un ruido de motor afuera de su casa.
Se levantó y apartó apenas la cortina.
La calle estaba vacía.
Su taxi estaba estacionado frente a la casa.
El motor estaba apagado.
Javier permaneció inmóvil, observándolo.
Entonces, sin que nadie se acercara, las luces del taxi se encendieron.
Un segundo después, el motor cobró vida.
Javier salió corriendo.
Llegó hasta el automóvil.
La puerta trasera estaba abierta.
El interior estaba vacío.
Excepto por una pequeña huella de barro.
Javier permaneció inmóvil.
Entonces escuchó una voz detrás de él.
—¿Me lleva a La Alameda?
Se giró.
La niña estaba parada al otro lado de la calle.
Exactamente como la primera vez.
Esperando.
Javier no respondió.
Ella sonrió.
No era una sonrisa monstruosa.
Ni aterradora.
Era peor.
Era la sonrisa tranquila de una niña que sabe que, tarde o temprano, alguien terminará acercándose.
Javier nunca volvió a su casa.
Su familia denunció su desaparición al día siguiente.
La policía encontró su taxi cerca de La Alameda.
Las puertas estaban abiertas.
Las llaves seguían puestas.
No había señales de violencia.
No encontraron a Javier.
Tampoco encontraron una explicación.
La investigación terminó meses después sin resultados.
Don Ernesto conservó la libreta, pero nunca volvió a hablar de ella.
Algunas semanas más tarde, otro taxista aseguró haber visto a una niña cerca del Mercado Morelos.
Era pequeña.
Rubia.
Llevaba un vestido blanco.
Y estaba sola bajo la lluvia.
El conductor redujo la velocidad.
La niña levantó la mano.
—¿A dónde vas? —preguntó él.
Ella respondió:
—A La Alameda.
El taxista sintió un escalofrío.
Recordó la historia.
Y arrancó, dejando atrás a la niña.
La niña no lo persiguió.
No gritó.
No golpeó el automóvil.
Solo permaneció en la banqueta.
Esperando.
El conductor continuó su recorrido sin atreverse a mirar por el retrovisor.
Por eso, los taxistas más viejos de Celaya tienen una regla que nadie cuestiona:
Si una niña vestida de blanco levanta la mano después de medianoche, no te detengas.
No porque sepan qué puede hacer.
Sino porque nadie sabe qué ocurrió con los hombres que alguna vez la llevaron.
Nadie sabe por qué siempre pide el mismo destino.
Y todavía hay una pregunta que los taxistas prefieren no escuchar:
—¿Me espera?
La Alameda sigue ahí.
Los juegos siguen ahí.
Y algunas noches, cuando la ciudad queda en silencio, hay quienes aseguran haber visto una pequeña figura sentada en uno de los columpios.
Balanceándose lentamente.
Esperando.
No hay viento.
No hay nadie alrededor.
Pero el columpio se mueve.
Y si alguien se queda mirando demasiado tiempo, puede escuchar una voz infantil entre los árboles:
—¿Me espera?
Quizá la niña sigue esperando que alguien la lleve a casa.
Quizá espera que alguien se quede con ella.
O quizá lleva tantos años esperando que ya olvidó a quién.
Nadie lo sabe.
Lo único que saben los taxistas de Celaya es que, después de medianoche, cuando una niña vestida de blanco levanta la mano cerca de La Alameda...
no frenan.
Porque algunas historias se cuentan para entretener.
Otras se cuentan para advertir.
Quizá la niña no esté preguntando si vas a esperarla.
Quizá esté preguntando si ya llegaste.